Chapter 23
H oy es miércoles y acabo de llegar a la residencia con un hambre del copón.
Estoy calentándome el almuerzo deprisa y corriendo: un táper de arroz al curry que descongelé anoche.
Pongo el microondas en funcionamiento durante dos minutos y me dejo caer en una silla, con la mirada perdida en un punto cualquiera de la pared.
Mientras tanto, sus palabras siguen resonando en mi cabeza como un eco imposible de apagar.
«Prepárese».
Me llevo una mano a la frente y es como si, de repente, me estuviera subiendo la fiebre. Vale. Faltan dos malditos días y ya estoy poniéndome histérica.
Ayer fue un día tremendamente aburrido y, aunque me molesta reconocerlo, lo eché de menos.
Tanto ayer como hoy me lo he imaginado entrando en clase, caminando con esos pasos firmes y seguros que parecen anunciar su presencia antes incluso de que abra la puerta, sujetando aquel eterno vaso de café en la mano.
Evoco su actitud altanera, distante y formal.
Pero solo él y yo sabemos que esa imagen es, en cierto modo, una fachada.
Solo nosotros sabemos lo que ocurre cuando estamos cerca.
Solo nosotros comprendemos lo que se siente al quedarse sin aliento durante unos segundos mientras todo el cuerpo te tiembla por dentro.
Es nuestro secreto.
¿Me estoy haciendo ilusiones?
Sí.
Lo que ocurrió el lunes continúa girando en mi cabeza como una noria averiada que no sabe cuándo detenerse.
Me cuesta admitir que el señor Woods ocupa una parte demasiado grande de mis pensamientos.
Me siento confundida y también aterradoramente feliz.
Lo único de lo que estoy segura es que jamás he sentido algo parecido.
Por más que intente distraerme estudiando, leyendo o haciendo cualquier otra cosa, mi imaginación siempre termina regresando al mismo sitio. Al viernes. A Miami. A nosotros.
Y si todos los pensamientos impuros que se me pasan por la cabeza constituyeran un delito, probablemente ya me habrían condenado a cadena perpetua. Así de fuerte es esta atracción. Así de incapaz me siento de controlarla.
No dejo de repetirme que estoy siendo una irresponsable, pero lo peor es que ni siquiera puedo considerarme una víctima. La realidad es mucho más humillante porque yo sola me dejo caer.
¿Debería arrepentirme?
Sin previo aviso, mi móvil empieza a vibrar sobre la mesa y, sinceramente, lo agradezco.
Al menos durante unos minutos dejo de analizar todas las estupideces que se me están pasando por la cabeza.
Mis amigos han comenzado una conversación en nuestro grupo de chat.
En él estamos Berta, Rebe, Mary Anne, Rick y yo.
Hace poco, además, Berta añadió a Bram, Adam y Pamela.
Todos están hablando de una fiesta improvisada que se celebrará esta noche en casa del nuevo ligue de Berta.
Oye, confirmadlo ya —escribe Bram.
Parece que es su cumpleaños.
¿Y por qué no lo celebras el fin de semana? —pregunta Adam.
¡No podría perdérmelo! Estoy llegando a Boston, así que ahí estaré —responde la italiana junto a un emoticono de un corazón rosa.
¿Sobre qué hora? —pregunta Pamela.
¡Yo me adapto! —escribe Rebe casi al instante.
Ni Mary Anne, ni Rick, ni yo hemos contestado todavía, aunque presiento que terminaré yendo. La italiana jamás acepta un no por respuesta. Y si yo soy terca, ella es directamente la que podría ganar el récord Guiness en terquedad.
Mientras subrayo varios párrafos de un libro de Gestión Financiera con mis rotuladores fluorescentes, aparece un nuevo mensaje de Bram.
Os espero entonces sobre las 21:30. ¿Cómo lo veis?
Todos coincidimos en que nos parece bien y él responde con un emoticono guiñando un ojo.
Según me cuenta Berta por privado, su cumpleaños real es el viernes, pero ha adelantado la celebración porque estará fuera de la ciudad. Su padre, el senador, tiene previsto viajar y Bram irá con él.
Miro el reloj. Todavía quedan unas cuatro horas.
—¡Hola, baby ! —exclama Berta como un torbellino cuando entra en nuestra habitación.
Sonrío feliz, la he echado bastante de menos durante estos tres días. Nos abrazamos con fuerza.
—¿Cómo te encuentras?
—Pues imagínate. Con la resaca de una gripe de cojones.
Suelta una mochila enorme sobre el pequeño sofá.
Decido prepararle un capuchino. Le encantan y después de tres días enferma, merece que la consientan.
—¿Qué tareas han mandado? —pregunta mientras se rasca la frente.
—Lo tengo todo apuntado en la agenda. Luego te ayudo a ponerte al día.
—¿Y en Finanzas? —pregunta preocupada—. Ya sabes lo poco flexible que es Woods. Es capaz de suspenderme.
—Tranquila. Esta semana solo vino el lunes y no mandó demasiada tarea. Está en Washington.
—¡Menos mal!
Hace una mueca de alivio y da un sorbo ansioso a su taza.
—Berta, sabes...
Estoy decidida a contarle que acompañaré al profesor a Miami durante el fin de semana.
—¡Joder! —me interrumpe bruscamente—. ¿Has visto qué hora es? Tenemos que prepararnos para el cumpleaños. Se nos echa el tiempo encima.
Acto seguido empieza a tirar de mí como si nuestra supervivencia dependiera de ello.
—¿Y si esta noche te pones el vestido que llevaste en Nochevieja?
—¿El turquesa? —Levanto una ceja porque no es precisamente uno de mis favoritos.
La verdad es que ni siquiera tengo demasiadas ganas de ir, pero eso me lo guardo para mí.
—¡Vamos, ragazza !
—¿Y estas prisas? —me río al verla tan alterada.
Sus ojos brillan con fuerza y noto algo diferente que otras veces.
—Te estás enamorando, ¿verdad?
La pregunta se me escapa antes de poder detenerla. Porque sí. Berta parece feliz y quizá enamorada. Eso, sin duda, es motivo de celebración.
—¿Enamorando? ¿De Bram? —me corta de inmediato, mirándome como si acabara de escaparme de un psiquiátrico—. Qué va. Es muy bueno en la cama, no te voy a mentir. Pero solo eso.
—¿Seguro?
—¡Por supuesto! —responde al ver mi cara de duda—. A los hombres no hay que darles más importancia de la que se merecen.
Berta y sus teorías.
—Si tú lo dices...
Le sonrío y al instante me arrepiento de haber insinuado algo tan sentimental, como si no la conociera. Lo he hecho porque hay algo en la forma en que pronuncia el nombre de Bram que me dice que quizá él ya no le resulta tan indiferente como pretende hacer creer.
Aun así, esperaré pacientemente a que lo reconozca.
◆◆◆
Son las 21:15 y acabamos de coger un taxi en Callum Street que nos llevará a un barrio residencial de Boston, no demasiado lejos de la residencia.
Mi vestido turquesa ajustado y el rosa palo de Berta nos hacen lucir especialmente elegantes esta noche, y no puedo evitar pensar que asistir a una fiesta un miércoles es una auténtica locura.
Apenas me queda tiempo para estudiar y eso es algo que no me puedo permitir. Pero ya mañana pensaré en eso.
Cuando observo de reojo el vestido de mi amiga, recuerdo el sujetador rosa chicle que reposaba sobre la cabeza del profesor el día que terminó encerrado en nuestro armario y entonces se me escapa una risita.
—¿Qué te pasa?
—Nada, acabo de recordar algo gracioso.
Berta frunce el ceño mientras yo me vuelvo hacia la ventanilla del taxi, intentando contener otra risa. Dibujo un corazón en el cristal medio empañado, inconscientemente.
Llegamos aproximadamente veinte minutos después a la ubicación que Bram nos ha enviado por el grupo y que, según parece, es su casa.
Menudo casoplón.
Analizo el lugar, equipado con cámaras de seguridad por todas partes, y se me ocurre que aquello tiene de casa lo mismo que Harvard de universidad pública.
Nos encontramos frente a una imponente mansión situada en una de las zonas residenciales más exclusivas de Boston, relativamente cerca de la zona de áticos donde vive el profesor.
Todo está perfectamente iluminado y una melodía romántica y envolvente se escucha desde el jardín, donde se celebra el cumpleaños.
Comenzamos a caminar hacia las enormes puertas metálicas y me froto los brazos, agradeciendo haber traído una chaqueta. La temperatura ha bajado bastante desde la tarde.
Una vez dentro, nos abrimos paso entre los invitados y enseguida comprendo que la fiesta supera todas mis expectativas. Hay un equipo completo de catering desplazándose entre la multitud y los aperitivos, cuidadosamente emplatados, parecen sacados de un concurso gastronómico de estrellas Michelin.
—Lyn, ¿has visto esto?
Tanto Berta como yo observamos fascinadas cada detalle.
—Sí.
—¿Seguro que voy bien? —pregunta de repente mientras vuelve a examinarse.
—Tanto que a tu Bram se le va a caer la baba. —Le sonrío y aprieto suavemente su brazo.
Hay personas de todas las edades repartidas por el jardín, todas impecablemente vestidas.
No esperaba encontrarme a nadie en zapatillas deportivas ni tampoco una mesa llena de bolsas de patatas fritas.
Por supuesto. Estoy en una fiesta-cóctel organizada por millonarios y no un cumpleaños improvisado entre semana.
Y, siendo sincera, es la primera vez que asisto a algo parecido.
—¡Aquí estáis! —exclama una voz masculina a nuestras espaldas. Es Bram.
Las dos nos giramos al mismo tiempo.
—¡Felicidades!
El moreno abraza a Berta y le planta un beso en la mejilla mientras mi amiga parece estar a punto de devorarlo con los ojos.
Y tampoco puedo culparla. Lleva un traje impecable y sus enormes ojos verdes combinan a la perfección con una corbata color oliva que le queda fenomenal.
Sus anchos hombros y los tatuajes en el cuello y en las manos lo hacen intimidante.
Adam aparece a su lado unos segundos después, y lo observo discretamente. Esta noche ha sustituido la ropa de motero por unos pantalones chinos ajustados y una camisa elegante que le sienta sorprendentemente bien.
—¿Qué tal? —pregunta con amabilidad. Sus ojos recaen inmediatamente sobre mí.
Cuando se arregla la corbata negra me viene a la mente el traje oscuro del profesor Woods. Y no es que me gusten los hombres de traje —jamás me han gustado—, me gusta él. Mucho.
Joder. Se encuentre ahora mismo a kilómetros de distancia y, aun así, no soy capaz de largarlo de mi mente.