El profesor (El profesor 1) Chapter 22 #2
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Chapter 22 #2

Estrujo la sábana entre los dedos, completamente descompuesta. Me separa los muslos un poco más y la intensidad de su boca aumenta. Aprieto los ojos con fuerza y arqueo las caderas de manera involuntaria cuando su lengua se abre paso en mi interior.

Oh, Dios.

La siento explorándome con una lentitud desesperante, mientras su pulgar continúa jugando con mi centro, arrancándome un estremecimiento tras otro. Su boca es insaciable: chupa, muerde, devora. Y yo solo rezo para no desmayarme.

—Así... siénteme. Y prepárate...

Ahogo varios gemidos y noto cómo las rodillas empiezan a temblarme.

Ya no soy capaz de contener los jadeos. Me retuerzo sobre la cama, completamente abierta para él, con los ojos cerrados, mientras sus manos inmovilizan mis caderas y su boca me devora sin descanso, alternando la suavidad de su lengua con una intensidad que amenaza con hacerme perder la cordura.

—Suéltalo, Aylin... —murmura, acelerando el ritmo de sus movimientos mientras continúa devorándome con una pasión desenfrenada.

—¡Joder… !

El placer me atraviesa de arriba abajo. Un terremoto me sacude el vientre y una descarga brutal y placentera me deja sin aliento. Junto las piernas por inercia, casi atrapándole la cabeza entre mis rodillas y ya no siento los dedos de tanto apretar las sábanas. Cada célula de mi cuerpo vibra.

—Dios… mío —susurro, fuera de mí.

Respiro agitadamente mientras intento recuperarme. Ha sido increíble. Fascinante. Jodidamente loco.

Entonces nuestras miradas se encuentran cuando me relajo y me resulta imposible no admirarlo. Tiene las mejillas encendidas y los ojos brillantes. Parece satisfecho, aunque no sonríe. Se limita a acariciarme el abdomen. Después se acerca hasta quedar apoyado sobre un codo.

—Se lo debía, señorita Vega. En la cena con mis socios la dejé con todas las ganas.

Joder. Este hombre es terrible.

—¡Aylin!

Una voz repentina me devuelve a la realidad. Reconozco inmediatamente a Rebecca.

¡Oh, mierda!

Le tapo la boca al profesor y casi nos caemos de la cama. Lo miro horrorizada.

—¿Rebe?

—Sí, soy yo —responde desde el otro lado de la puerta mientras golpea con impaciencia.

Nos ponemos en pie a la velocidad del rayo y nos miramos completamente alarmados, sin saber qué demonios hacer. Me llevo un dedo a los labios.

—Shhh...

Señalo frenéticamente el armario empotrado de la pared mientras él me señala el baño. Niego enseguida con la cabeza. Rebe tiene la pésima costumbre de usar mi baño siempre que viene porque el suyo está averiado.

—¡Aquí! —susurro nerviosa.

Al principio no parece entenderlo, pero finalmente agarra la chaqueta y se mete entre la ropa, protestando únicamente con gestos. Lo empujo dentro y cierro las puertas del armario justo cuando otro golpe sacude la puerta.

—¡Aylin! ¿Qué coño haces? —grita Rebe desesperada.

—¡Estoy en la ducha, espera!

Cojo el albornoz de la cama y lanzo una mirada al armario.

Joder, ahora sí que estoy desnuda.

Rezo a todos los dioses para que el profesor no se asfixie ahí dentro mientras suelto una risita nerviosa. ¿Quién lo diría? El imponente, respetable e inteligentísimo profesor Woods escondido en un armario. Nadie se lo creería.

—Dime, Rebe. —Me ciño el albornoz al pecho.

—Lyn, joder tía, ¿por qué has tardado tanto? —pregunta exasperada antes de entrecerrar los ojos—. ¿Y por qué tienes el pelo tan revuelto?

Me arreglo el cabello disimuladamente.

—Entra.

—Oye, hoy me voy a duchar también si no te importa. El instalador que vino a arreglar el váter no sé qué hizo, pero desde entonces no sale agua caliente. Muy torpe el chico, la verdad.

—Ok —respondo amablemente mientras rezo para que vaya directa al baño—. Mientras tanto voy a buscarte el libro.

—¿Y qué tal con el profe?

—¿Qué?

Rebe se apoya en el marco de la puerta del baño mientras se quita la goma del pelo.

—¡El profe cañón! ¡Woods! La italiana me contó que te tiene loquita.

Contengo la respiración. ¿En qué momento has decidido aparecer, Rebecca?

—No te creas —siseo mientras miro el armario de reojo.

—¿Pero te gusta o no?

—No es para tanto.

—¡Mentirosa!

Meto a empujones a Rebe en el baño y cierro la puerta antes de que pueda empeorar todavía más la situación. Después me llevo una mano a la frente, sin saber muy bien qué hacer, porque él lo ha escuchado absolutamente todo.

Cuando por fin oigo el sonido del agua cayendo en la ducha, corro hacia el armario y abro las puertas conteniendo el aliento.

Lo primero que veo es su cara. Lo segundo, su cabello, hermosamente despeinado.

El profesor junta los labios con expresión suspicaz y hasta me atrevería a decir que hay algo parecido a la diversión en sus ojos.

Sobre su cabeza descansa, como una corona digna de un rey, el sujetador rosa chicle de Berta.

La imagen es tan absurda que se me escapa una sonora carcajada. Sin embargo, me tapo la boca de inmediato para evitar que Rebe me oiga.

—¿Esto es suyo? —pregunta, fingiendo seriedad mientras se quita el sujetador de encima.

Agarro su brazo y empiezo a tirar de él hacia fuera.

—No —respondo entre risitas—. Que sepa que acaba de perder credibilidad, señor Woods.

—Bueno, ¿esto podría quedar aquí, por favor? —murmura con un tono suplicante tan poco convincente que casi vuelvo a reírme.

—Según cómo se comporte.

—Entonces piensa que no soy para tanto...

Apoya una mano en mi cadera y me examina sin pestañear.

Menos mal que Rebe sigue duchándose y no puede escuchar esta conversación. El agua continúa cayendo al otro lado de la puerta y, para rematar la escena, empieza a cantar como si estuviera actuando en la ópera. No tenía ni idea de que Rebe poseyera voz de soprano.

Vuelvo a soltar una carcajada.

Él también escucha el concierto improvisado. Frunce ligeramente el ceño y mira hacia el baño desconcertado. Sé que le hace gracia, aunque siga empeñado en mantener esa imagen de hombre serio y atormentado. Todavía no comprendo su empeño en no reír y parecer un robot con patas.

—¡Por aquí! —Tiro de su antebrazo.

Los dos avanzamos deprisa hacia la puerta. La abro deseando que desaparezca antes de que tenga que dar explicaciones.  Sin embargo, justo cuando voy a girar el pomo, él me rodea la cintura y me roba un beso. Un beso rápido, pero devastador.

—Estaré deseando que llegue el viernes... —masculla serio—. Prepárese, no va a poder sentarse en un tiempo.

Le sonrío incapaz de ocultar la emoción. Hay algo entre nosotros. Algo poderoso, lo sé. Lo noto. Lo respiro.

—¿Una advertencia o una promesa?

—Las dos.

No añade nada más, simplemente se aparta de mí y abandona la habitación como si no acabara de poner mi mundo patas arriba.

Me quedo inmóvil, a puntito de tener otro orgasmo.

¡Por Dios!

Doy unos pasos hacia el pasillo y sigo su figura con la mirada hasta que desaparece al fondo. Después cierro la puerta, me apoyo contra ella y cierro los ojos con el pulso tan veloz que parece un caballo de rodeo.

Tengo miles de mariposas revoloteando dentro del pecho. Mariposas no. Parece que llevo un ejército entero atrapado bajo las costillas.

Sonrío como una idiota mientras miro al techo y reprimo un grito de pura euforia. Siento que me derrito.

Definitivamente...

No me lo puedo creer.