Chapter 22
R ecorre la habitación con una mirada curiosa.
Hasta ese momento no me había parado a pensar en lo pequeña que es. Dos camas individuales, un sofá demasiado estrecho, una mesa cubierta de apuntes y una televisión antigua. Es un cuarto sencillo, muy distinto al ático enorme e impecable en el que vive él.
Sus ojos se detienen en las dos camas. Las observa durante unos segundos con esa atención casi enfermiza con la que analiza cualquier detalle que considera importante.
—Por cierto… ¿cuál es su cama?
—La que está junto a la ventana —respondo distraída.
Rodea el sofá y se acerca con demasiada curiosidad. Yo lo sigo sin apartar la vista de sus fuertes manos que me provocan todo tipo de fantasías. Y bueno, mejor no menciono sus duras nalgas que quedan marcadas por el pantalón de traje.
—Bonita cama.
—Sí... —Sonrío amablemente—. Y esta es de Ber…
Me callo. ¿Por qué quiere saberlo?
Las convulsiones regresan inmediatamente. Lo observo con atención, muy suspicaz. El profesor Woods arquea una de sus gruesas cejas, contempla la cama durante un instante y vuelve a fijar los ojos en mí. Después se inclina hasta que su boca queda a escasos centímetros de mi oído.
Escucho cómo inspira profundamente. No es un gesto cualquiera, juraría que ahora mismo está memorizando mi perfume.
—Quiero probar algo con usted en su cama. Algo que recordará cada noche que se acueste aquí.
Virgen Santa.
Doy un paso hacia atrás en cuanto comprendo que he vuelto a caer en una de sus trampas. No me da tiempo a abrir la boca, porque sin apenas preámbulos, me rodea la cintura y me levanta en peso. Mientras me sostiene entre sus brazos, vuelve a acercar la nariz a mi cuello.
—La ropa era una excusa… —susurro fascinada.
No responde enseguida. Nunca responde enseguida y es ese jodido misterio lo que me enloquece de él.
—Y, aun así, me ha dejado entrar.
—No volverá a ocurrir lo de esta mañana —hablo con torpeza—. No es ético hacer eso en su despacho.
—No estamos en mi despacho. —Recorre mi cuerpo con una mirada hambrienta.
Aprieto con más fuerza los brazos alrededor de su cuello mientras intento convencerme de que esto no puede estar pasando y de que él no se atrevería a llegar más lejos.
Eso es en teoría, porque en la práctica, me deposita sobre la cama con una delicadeza que contradice por completo la intensidad de sus ojos.
No aparta la mirada de mí ni un segundo.
—¿Qué va a hacer? —pregunto cuando siento el colchón rozando mi espalda.
Quedo apoyada sobre los antebrazos, atrapada entre su mirada y sus movimientos. La curiosidad me devora poco a poco.
—¿Quiere que se lo diga?
Observo cómo se quita la chaqueta oscura del traje y se afloja el nudo de la corbata con un movimiento lento.
Después los gemelos. Después se remanga con calma, prueba de que no tiene ninguna prisa; eso me pone todavía más tensa.
Mis terminaciones nerviosas despiertan, especialmente las del ombligo hacia abajo.
—Responda. ¿Quiere saberlo? —Se inclina sobre mi cama de una plaza tan contenido que parece a cámara lenta.
—Sí, quiero.
¿Es esto una invitación? Ya no importa. Lo único que importa en este momento es su imagen inclinada sobre mí y todo lo que consigue hacerme sentir.
«La vería más feliz si pensara menos y sintiera más», evoco sus propias palabras.
—Eso esperaba.
Con movimientos pausados desata el cinturón del albornoz. No tira de la tela, simplemente la abre con una lentitud desesperante. Sus ojos recorren mi cuerpo sin el menor disimulo, no hay vergüenza en ellos, solo una concentración insana.
—Tenemos un problema.
Parpadeo.
—¿Cuál?
Su mirada desciende, y frunce el ceño.
—Esto. —Señala mi ropa interior, unas bragas de color nude muy básicas—. No me gustan.
Lo miro incrédula.
—¿Perdón?
—Le quedaría mejor algo negro. —Hace una pausa—. Con encaje y ligas. De una buena tela.
Pasea los dedos sobre mi cintura con movimientos lentos.
—La ropa también habla de quien la lleva, señorita Vega. Y usted merece algo mucho mejor que conformarse con lo primero que encuentra en un cajón.
—¿Está criticando mis bragas?
—Estoy diciendo que no le hacen justicia.
Alza la vista y mi respiración se acelera.
No sé qué responder, no puedo evitar reírme por los nervios al ver su rostro crispado. Él continúa observándome con esa expresión analítica que utiliza en clase cuando detecta un error en un balance.
—Ríase, pero pienso sustituir todo su cajón cuando llegue el momento.
Se inclina un poco más. El calor me sube hasta las mejillas. ¿Desde cuándo este hombre es experto en lencería? Si fuese Berta lo entendería.
—Profesor...
—Shhh —susurra—. Llevo demasiado tiempo imaginándomelo.
Dibuja un círculo sobre la piel de mi abdomen con el mismo dedo índice.
—¿Quiere que continúe?
No digo ni mú. Me limito a parpadear deprisa y a humedecerme los labios, pendiente de cada palabra y cada gesto suyo.
—Besaré cada centímetro de su cuerpo. —Su tortuosa mano desciende más y más—. Quiero descubrir qué parte consigue hacerla perder antes el control.
Trago saliva. Mi respiración se acelera cuando me empieza a bajar la ropa interior despacio. Muy despacio. Siento las llamas quemándome el vientre. La impaciencia me está matando.
—Pero…
Su índice acaricia mi labio inferior.
—No piense tanto, solo sienta.
Sus labios encuentran los míos en un beso delicado y tremendamente placentero mientras desliza mis bragas por mis piernas hasta deshacerse de ellas completamente.
—¿Tiene curiosidad?
Permanezco inmóvil. Joder, lo necesito. Lo necesito ya. Y sé que él no necesita escuchar la respuesta, mi cuerpo habla por mí.
Levanta la vista y analiza mi rostro con satisfacción mientras queda suspendido sobre mí, apoyándose en sus fuertes brazos. Su contacto visual me quema hasta las entrañas. Entonces atrapa mi mentón en su mano.
—Míreme.
Obedezco, no sé por qué.
—Mucho mejor —responde satisfecho—. Me gusta cuando deja de luchar conmigo.
Observo la fascinación en sus ojos y un escalofrío me recorre la espina dorsal. Me resulta incomprensible que algo tan simple pueda despertar semejante intensidad en él, pero la percibo con claridad. Está en su mirada. En la tensión de sus facciones. En la forma lujuriosa en la que me analiza.
—Empezaré por sus senos...
Tan solo el roce del dorso de su mano contra uno de mis pechos me estremece.
—Y seguiré bajando hasta aquí... —añade rozando mi pubis.
Miro hacia abajo, ruborizada, con el corazón latiéndome deprisa.
—¿Y si empezamos ya? —le pregunto con un hilo de voz.
—No sea impaciente.
No entiendo nada. Se suponía que él era quien estaba desesperado por acabar con mi virginidad. ¿O resulta que ahora la impaciente soy yo?
—Todo en su momento —añade.
El placer se vuelve insoportable cuando me acaricia la piel de las ingles y sube hacia mi abdomen.
—¿Le está gustando la clase de hoy?
—No puedo determinarlo, profesor... —suspiro, atrapada por la locura que sus caricias despiertan en cada músculo de mi cuerpo.
—No me gustan las ambigüedades. —Me observa inquieto mientras se inclina más sobre mí y sus labios rozan mi cuello.
—Debo ver el resultado final y después ya le pondré una nota —respondo ahogada ladeando la cabeza.
—Me gusta este jueguecito, pero... se le olvida una cosa. —Se muerde el labio—. Yo soy el único que pone las notas aquí.
Su boca captura la mía de nuevo, pero esta vez se hunde en mí con pasión. Me sacudo, embriagada por su sabor.
—¿Quiere que siga contándole qué más le voy a hacer?
Gimo con suavidad mientras aprieto los muslos y trato de controlar una reacción que ya no me pertenece. Entonces, su mano desciende por la línea de mi cuello y sigue bajando hasta alcanzar ese punto sensible que anhela sus caricias.
Atrapa uno de mis pechos con su boca y desliza un dedo en mi interior, lentamente. Suelto otro gemido por la locura que me está poseyendo con cada minuto que pasa. Cada segundo se vuelve más intenso.
—Quiero saborear cada parte de usted, señorita Vega —continúa con una avidez que ya no puede contener.
Siento cómo sus labios descienden desde mis pechos hasta las costillas y el abdomen a base de besos lascivos. El movimiento experto de su lengua sobre mi vientre me obliga a removerme inquieta, cautiva del placer puro y duro.
—Se está moviendo demasiado... —dice con la voz alterada cuando alcanza mi pubis y empieza a besar la sensible piel de mi ingle—. Pero no se preocupe, ya le mostraré cómo comportarse cundo me tenga entre sus piernas.
Alza la cabeza bruscamente. Nuestros ojos se encuentran y yo le sostengo la mirada. Sin saber por qué, termino frunciendo los labios con impaciencia. Enseguida extiende una mano y me acaricia suavemente el labio inferior.
—Una cosa más, uhm… Me estoy controlando, y… —dice con un varonil gemido— no me gustaría que experimentara hoy lo que significa «no ser un caballero».
Jesús.
Me dejo caer sobre la almohada mientras la sangre me recorre el cuerpo a toda velocidad. Soy incapaz de articular una sola palabra y me limito a contemplar el techo mientras me abandono a su ansiosa boca.
Pero él no se detiene ahí. Me abre las piernas con firmeza y las inmoviliza.
Mi corazón late desbocado y una fina capa de sudor empieza a cubrir mi piel, fruto de la sobredosis de adrenalina que este hombre me inyecta. Suelto un quejido gutural cuando siento el contacto de su lengua rozando mi clítoris, primero suave y después con más fuerza.
—Me encanta su sabor —dice con voz sensual mientras ejerce presión con los dedos—. ¿Lo desea tanto como yo?
Está jugando conmigo.
Sabe perfectamente que lo deseo muchísimo, pero le encanta jugar con mi mente igual que juega con mi cuerpo.
—No me ha contestado.
Sigo mirando al techo mientras mi corazón baila en mi pecho. Maldigo entre dientes. Me ha embrujado por completo.
—Lo deseo.
—Del cero al diez… ¿Cuánto? —responde.
Su aliento sobre mis muslos me provoca escalofríos. Yo veo estrellas mientras él continúa entregado a su tarea con pasión. Su lengua me golpea una y otra vez antes de hundir todavía más sus labios en mi creciente humedad.
—Un… —balbuceo con un gemido sonoro—. Joder…