El profesor (El profesor 1) Chapter 21 #2
39%

Chapter 21 #2

Cuando abro la puerta descubro que no hay ni rastro de mi amiga. Quien espera al otro lado, completamente sobrio y apoyando una mano en el marco, es él. El profesor.

Y entonces, por puro instinto de supervivencia, le cierro la puerta en toda la cara. El portazo retumba por todo el pasillo y todo sucede en apenas dos segundos. Dos segundos gloriosamente estúpidos.

Empiezo a temblar.

«¡Llevo un jodido albornoz y casi nada debajo!», grita mi cerebro mientras entra en combustión.

Pero... ¿Acabo de cerrarle la puerta en las narices?

El pánico me golpea inmediatamente porque sé que pensará que me falta un tornillo. Aunque, siendo sinceros, a él le falta la caja entera.

Tomo aire profundamente y vuelvo a abrir la puerta, intentando aparentar una tranquilidad que no existe ni remotamente. Esbozo una sonrisa falsa que no me convence ni a mí, así que dejo de sonreír.

Tras semejante espectáculo, el señor Woods me observa con una ceja arqueada. Sin sonreír, por supuesto. Aprieta ligeramente la mano sobre el marco y cambia el peso de un pie al otro.

—¡Hola! —consigo decir mientras me doy cuenta de que estoy completamente descalza.

Él también se da cuenta porque mira mis pies desnudos.

—Hola.

Mi mirada desciende desde su mandíbula hasta sus manos, donde sostiene un paquete, una especie de bolsa de cartón. Y hablando de paquetes... mis ojos bajan todavía más. Directamente hacia su bragueta.

«Genial, Aylin», me regaño mentalmente.

—¡Profesor! —exclamo con media voz mientras cruzo las piernas desnudas—. ¿Qué… hace aquí?

—Venía a traerle su ropa.

Señala la bolsa blanca con una serenidad que me descoloca teniendo en cuenta que hace menos de dos horas estaba entre mis piernas.

—¿Mi ropa?

—Sí. La que mandé a la lavandería el sábado, ¿no se acuerda?

Observo el desconcierto que cruza fugazmente sus facciones cuando intento recordar de qué ropa me está hablando. ¡Como si en este momento la ropa fuera mi principal preocupación!

—Bueno, sí. Me acuerdo.

El murmullo de varios estudiantes atravesando el pasillo nos interrumpe. No sé dónde meterme cuando un grupo de compañeros pasa por delante de la puerta y nos observa con una curiosidad descarada.

—¿Puedo entrar? —carraspea mientras se inclina ligeramente hacia mí—. Así nos ahorramos los chismes.

—Es que mi compañera...

—Su compañera no está.

La seguridad con la que lo afirma me deja desconcertada.

Antes de que pueda responder, se abre paso hacia el interior de la habitación como si le perteneciera.

Y, de algún modo, consigue que sea yo quien termine apartándose.

Fin de la cuestión. No me queda más remedio que cerrar detrás de él.

No puedo negar que mi preocupación se multiplica inmediatamente.

Mientras estaba al otro lado de la puerta todavía conservaba cierta ventaja. Ahora que está dentro, estoy prácticamente perdida.

—¿Y cómo lo sabe?

—¿El qué? —pregunta mientras examina nuestra diminuta habitación.

—¿Cómo sabía que Berta no estaría aquí?

Aprieto el albornoz contra mi cuerpo.

—Tengo mis contactos.

Continúa observando el cuarto durante unos instantes. Después deja la bolsa sobre el sofá y se sienta con una naturalidad abrumadora, sin que nadie lo haya invitado a hacerlo.

Yo permanezco de pie frente a él. Vuelvo a cruzar las piernas y rezo para que el albornoz siga cubriendo exactamente lo que debe cubrir. Le tengo muchísimo cariño, pero la realidad es que lo uso desde los doce años y se me ha quedado un poco corto.

—¿Por qué no me ha contestado al teléfono? —pregunta finalmente.

—¿Acaso estoy obligada a contestar?

La pregunta no me sorprende demasiado. Era evidente que querría saber por qué he ignorado olímpicamente sus seis llamadas.

—Necesitaba hablar con usted y saber cómo se encontraba.

Por un instante, la preocupación que detecto en su mirada consigue bajar mis defensas.

—Bueno... estaba haciendo tareas y no he escuchado el móvil —respondo incómoda mientras me apoyo en el borde de la mesa.

—¿Me invita a un café?

—¿Qué café toma? —pregunto incorporándome mientras intento imaginar qué tipo de café beberá el dios de Harvard.

—Negro.

Debí haberlo supuesto.

A continuación, asiento lentamente y una pequeña sonrisa asoma en mi rostro —sonrisa de imbécil pillada hasta las trancas— mientras él se humedece los labios con la lengua.

Camino hacia la cocina. Preparar un café solo apenas lleva unos minutos, lo complicado no es eso. Lo complicado es fingir que mis manos no tiemblan mientras siento que me observa con la misma intensidad con la que un lobo estudia a una oveja.

—¿Ha almorzado?

—Ehm… no.

Dejo que el agua hierva durante unos minutos mientras preparo las tazas. Estoy tan ocupada intentando poner orden en mi cabeza que ni siquiera me he acordado de comer.

—Y dígame... —continúa con su particular interrogatorio mientras se pone de pie—, ¿cómo está?

Entreabro los labios. Él se mete las manos en los bolsillos y se aproxima con pasos lentos como si dispusiera de todo el tiempo del mundo.

—¿A qué se refiere?

Vierto el agua hirviendo en la taza.

—A que estábamos a punto de deshacernos de su virginidad y nos han interrumpido —suelta tranquilamente, observándome con aquellos ojos negros. Esos malditos ojos que me dejan sin aliento gran parte del tiempo.

Mi corazón da un vuelco tan brusco que casi deja de latir. Sin querer, vierto demasiada agua y algunas gotas salpican sobre la mano que tengo apoyada junto a la taza.

—¡Auchhh! —exclamo, sacudiendo la mano mientras el café rebosa por el borde.

—¿Se ha quemado?

Recorre la distancia que nos separa en apenas unos segundos. Coloca una mano en mi cintura y atrapa mis dedos con la otra. Lo miro embobada cuando se lleva mi mano a la boca y noto el calor de su aliento sobre la piel.

Mis ojos siguen, fascinados, el movimiento de sus labios carnosos y perfectamente delineados cuando me da un beso suave en los dedos. Después sopla con dedicación, sin apartar la vista de mí.

Joder. Menudo subidón.

—Estoy bien —musito.

Me siento tan aturdida que el vello se me eriza por todo el cuerpo y mis pezones, esos malditos traidores, reaccionan al instante.

—¿Le sigue doliendo?

—No me duele en absoluto. —Retiro la mano con rapidez antes de terminar derritiéndome allí mismo—. ¿Azúcar también?

—No.

—Aquí tiene su café. Espero que le guste.

—Gracias.

Recoge la taza cuando me separo de él, y le da un pequeño sorbo.

—Por cierto, mañana volaré a Washington. Tengo un viaje de negocios. Estaré fuera hasta el jueves.

—Entonces mañana no hay clase.

—No, pero podrá trabajar desde casa. En el fondo, era lo que quería.

Da otro sorbo prolongado al café, arqueando una ceja.

—El café también se le da bien, aparte de calcular la rentabilidad de una inversión.

¿Me está regalando los oídos?

—Me alegro de que le guste. —Me abrazo a mí misma porque no sé muy bien qué hacer con las manos.

—El viernes tengo que ir a Miami. Tengo una conferencia en la universidad, además de una reunión con un socio importante de la costa sur —continúa tras otro sorbo—. ¿Le gustaría acompañarme?

—¿A Miami? —pregunto sorprendida—. El viernes tengo clases.

—Sí. Debemos irnos por la mañana, así que le he pedido permiso al resto de profesores para que pueda faltar. No habrá ningún problema, ya que es por trabajo.

«Por supuesto que es por trabajo. Y yo soy Ariana Grande», replica mi mente, que últimamente está desarrollando un sentido del humor un tanto maquiavélico.

—Pero... todavía no he aceptado.

—Bueno, yo cuento con que acepte.

—¿Y por qué no va con… su esposa? —pregunto, decidiendo ser tan sincera como siempre, le guste a quien le guste.

Entonces él se gira sin prisa y deja la taza sobre la mesa. Después roza la alianza con el dedo índice de manera distraída.

—¿Quién es mi asistente?

Mi expresión se vuelve seria. ¿Qué pretende?

—Usted, ¿verdad? —afirma.

—Pues no parece que lo sea —respondo mientras aprieto los labios. Necesito cambiar el rumbo de esta conversación antes de que vuelva a llevarme a un terreno peligroso.

—¿Por qué?

—No me está enviando muchas tareas, señor.

—Es extraño. Jamás me habían pedido más tareas de las que mando.

—Creo que la editora le dijo que teníamos de plazo hasta enero —continúo—. No nos va a dar tiempo.

—Nos dará tiempo. Lo tengo todo calculado.

Estamos esperando a que nos envíen las encuestas cumplimentadas y, después, pondremos en marcha el análisis, tal y como acordamos —explica acompañando las palabras con aquellos movimientos elegantes de las manos que tanto le caracterizan—.

Ahora bien, esta semana, mientras no esté, quiero que vaya leyendo varios estudios para recopilar información. ¿Podrá hacerlo?

—Sí, por supuesto. Y una cosa... —Levanto un dedo—. Si acepto, ¿iremos a Miami solos?

Las comisuras de sus labios se mueven apenas un milímetro. No llega a sonreír, pero casi. Después vuelve a meter las manos en los bolsillos.

—A no ser que quiera traerse a Don, pues sí, iremos solos. ¿Algún inconveniente?

Me relajo un poco y bajo la mirada, divertida.

—Se ha acordado de mi perro.

—Tengo buena memoria —responde.

De pronto, echa un vistazo alrededor con auténtico interés.

—Por cierto... ¿cuál es su cama? —pregunta.