Chapter 21
E l silencio vuelve a adueñarse del despacho apenas la puerta se cierra tras Stephanie.
Permanezco inmóvil.
Mi mano continúa apoyada sobre el borde del escritorio mientras observo la madera oscura, sin verla realmente.
No he perdido una negociación importante, no he firmado un contrato que podría llevarme a la ruina, y tampoco han atentado contra ninguno de los intereses de mis socios.
Sin embargo, hace mucho tiempo que no siento una derrota tan jodida como esta.
Exhalo despacio.
El despacho continúa exactamente igual que hace media hora.
La silla está ligeramente desplazada y algunas cosas están en el suelo, por esa razón no le he dicho a Steph que entrara.
Lo recoloco todo con calma. Finalmente, cojo mi agenda y me acerco al escritorio.
La carpeta está torcida cinco milímetros así que la centro.
Respiro hondo, pero no funciona. Vuelvo a intentarlo mientras compruebo que todo ha vuelto a la normalidad, pues ni así la sensación desaparece. Aprieto el puño.
—Diablos...
Cierro los ojos un instante porque todavía puedo sentir el sabor de sus labios, pero, por encima de todo, todavía veo las lágrimas en sus ojos y escucho aquellas palabras: Sé que lo hará. Así que… ¡empiece de una puta vez!
La noche del sábado y el ático regresan a mi mente. Y, en el fondo, sé por qué es. Aquello debería haberme hecho sentir indiferencia o como mucho que me dé rabia, pero… me dolió.
Me dolió que ella me viera como un monstruo. No porque nadie me hubiera llamado eso antes, siendo quién soy y habiendo hecho lo que he hecho. Lo insoportable fue descubrir que me importaba lo que ella pudiera pensar de mí.
Abro los ojos mientras me apoyo con ambas manos sobre el escritorio. Sé que cometí un error al decidir apartarme de ella.
«Prefiero no volver a verla», pienso en lo que le dije.
Estaba convencido de que era la única decisión inteligente.
La distancia siempre ha sido el activo más rentable, sin embargo, conozco demasiado bien a la señorita Vega.
No necesitaba citarla hoy aquí, solo tenía que desaparecer.
Y si ella era la mujer que yo creía... vendría.
Sé que es una chica responsable que se toma esto bastante en serio y calculé que no me dejaría plantado.
Y he acertado… hasta un punto. Hasta que ha dicho que «podemos trabajar por correo». Aquellas cuatro palabras destruyen todo el planteamiento. Ha venido aquí, como yo pensaba, pero no para quedarse. Lo ha hecho solo para ofrecerme una salida elegante y profesional.
En cierto modo, su visita ha sido una maldita despedida. Y ha sido justo en ese momento que he entendido algo que jamás había contemplado: puedo perderla.
De verdad.
Y no la perdería por otro hombre, por el chico ese, compañero suyo, o por cualquier otro. He estado a punto de perderla porque ella ha decidido marcharse y ahora estoy que me lleva el Diablo. Esa puta posibilidad no figuraba en ninguno de mis cálculos.
Tomo asiento, enciendo la tablet y leo el mismo informe por tercera vez. Pero la tercera, no paso de la primera línea. Cierro la pantalla, giro mi teléfono móvil y marco un número.
—Max —murmuro después del segundo timbre—. Necesito información.
Al otro lado se hace un breve silencio. Max sabe que, cuando utilizo ese tono, es porque hay dos cosas que me preocupan: los últimos ataques que mi familia ha recibido, o una rubia que se ha colado en mi cabeza y que me está volviendo completamente loco.
—Revisa las cámaras del edificio de Negocios. Necesito saber hacia dónde ha ido. Ha salido de aquí hace poco más de media hora.
Max tarda apenas unos segundos. Teclea y consulta las cámaras y nuestra base de datos, pero sé que tendré una respuesta en unos segundos. Su eficacia nunca deja de sorprenderme.
—Después de despedirse de un compañero, ha entrado en la residencia donde vive.
—¿Compañero? —pregunto con el pulso latiéndome en la sien. Siempre me pasa lo mismo cuando me pongo nervioso—. ¿No iba sola?
—No, el objetivo iba con un chico.
—¿Moreno?
—Sí —afirma, pero continúa, porque me conoce—. No hay señales sospechosas. Parece amigo.
Eso debería tranquilizarme. Debería.
—¿Intervenimos? —pregunta.
Giro lentamente el bolígrafo entre mis dedos, pero no puedo evitar apretarlo. Me relaja, quizá porque me imagino cómo le retorcería el cuello a ese tipo si intentara algo con ella.
—Max… —continúo—. Investiga a Adam Larrison.
—Entendido.
—Quiero saberlo todo sobre su familia, sus amigos y sus antecedentes. Quiero saber con quién habla, dónde pasa el tiempo libre y por qué se ha matriculado en Harvard justo ahora, en el segundo curso.
Me acerco al ventanal y apoyo una mano sobre el cristal frío. Qué fácil resulta creer en las máscaras cuando nadie ha visto el rostro que esconden.
Ella vuelve a adueñarse de mis pensamientos.
Toda mi vida he vivido convencido de que las personas son previsibles, pero ella ha hecho exactamente lo contrario. Cuanto más la presiono, más íntegra se vuelve, y eso es algo que no sé cómo gestionar. En este punto, el problema ya no es ella, el problema soy yo.
No lo voy a negar… hay una variable que no soy capaz de controlar y eso me asusta. Intento animarme al instante. Las variables que escapan a mi control nunca sobreviven demasiado tiempo.
AYLIN
Llego a la habitación y tiro las llaves sobre la mesa de la entrada.
El metal golpea la madera con un sonido seco.
Es demasiado temprano y las clases aún no han acabado, pero claramente yo no volveré a la facultad.
Me he saltado las últimas clases y jamás pensé que diría esto, pero no me arrepiento.
No podría centrarme después de lo ocurrido y refugiarme en mi pequeño bunker parece la mejor opción.
Apenas tengo tiempo para respirar cuando comienza a sonar la melodía épica de Juego de Tronos.
La canción me atraviesa como un relámpago y un escalofrío me recorre entera cuando veo el nombre que aparece en la pantalla.
Profesor Woods.
Solo esas dos palabras consiguen que se me nuble la vista. Ha pasado poco más de media hora desde que he abandonado su despacho y ya me llama.
Me rasco nerviosamente la frente con la otra mano.
«¿Y si quiere terminar lo que ha empezado?», pienso.
La posibilidad me sacude con la fuerza de una bofetada. Lo que más me fastidia es que una parte de mí teme la idea, pero la otra me sigue diciendo que me faltan dos tornillos por querer que pase eso con un hombre casado.
Decido no contestar. Lanzo el teléfono sobre la cama y lo cubro inmediatamente con el famoso cojín volador. Bueno, ahora mismo más bien no volador, porque Berta no está aquí y no tengo a nadie a quien lanzárselo.
Respiro aliviada cuando el maldito tono deja de sonar, pero la tranquilidad apenas dura unos segundos.
Suena otra vez. Creo que jamás he sufrido un bloqueo mental semejante, ni siquiera si me enfrentara a un suspenso.
Menos mal que nunca me ha ocurrido eso, aunque puedo imaginar perfectamente el desastre.
En un acto completamente irracional, agarro también la almohada de la cama de Berta y la aplasto sobre el cojín, como si dos capas de tela fueran a impedir que el teléfono siguiera existiendo.
Soy idiota, podría ponerlo en silencio y ahorrarme todo este espectáculo lamentable que acabo de protagonizar. Definitivamente he perdido la cabeza y además de forma irreversible.
Arrastro los pies hasta la cocina y me sirvo un refresco.
Necesito azúcar. Me siento frente a los apuntes de Contabilidad.
Las cifras y los balances empiezan a ocupar mi atención, sé que necesito distraerme desesperadamente.
Necesito dejar de pensar y recordar. Pero, sobre todo, necesito dejar de imaginar cómo hubiese sido si la editora no nos hubiese interrumpido.
Al cabo de aproximadamente una hora viendo números y más números, decido por fin darme una ducha. Sin embargo, antes siquiera de entrar al baño, compruebo las llamadas entrantes. Chasqueo la lengua, atónita, cuando descubro seis llamadas perdidas de él.
¿Es esto una broma?
No, no puede ser.
Lo que veo no es normal. Ni terrenal. Ni remotamente humano.
Abro la ducha sin apartar la vista de la pantalla del móvil. Parece que la interrupción de Stephanie lo ha puesto bastante nervioso y, para mi desgracia, ese pensamiento consigue arrancarme un ligero rubor.
¿Qué debería hacer?
Pienso que quizá lo mejor sea reflexionar bajo el agua. Siempre pienso mejor allí, bajo el vapor. Así que dicho y hecho. Espero a que salga el agua caliente —soy incapaz de soportarla tibia— y me enjabono con mi gel de coco.
Coco otra vez.
Empiezo a sospechar seriamente que tengo una obsesión poco saludable con ese aroma. Aunque, bien pensado, tampoco soy la única obsesionada. Quizá el obsesionado sea él. O quizá seamos los dos. Y ahí está el verdadero problema, joder.
No es que solo piense en él. Es que cada vez que lo hago, algo despierta dentro de mí. Una especie de latigazo invisible que me atraviesa el abdomen y me deja desarmada, como si alguien estuviera tensando una cuerda en mi interior.
Empiezo a tararear una canción para distraerme, intentando expulsarlo de mi cabeza, aunque sea durante cinco minutos. Fracaso estrepitosamente y, para rematar la jugada, justo cuando cierro el grifo de la ducha escucho sonar el timbre.
Frunzo el ceño.
¿Quién podría ser?
Probablemente Rebe. Esta mañana me ha comentado que quería que le prestara un libro sobre Derechos Mercantiles que me he estado leyendo y que le llamaba bastante la atención.
Los golpes vuelven a sonar impacientes, así que me intento dar prisa. Me seco torpemente y alcanzo el albornoz colgado junto a la ducha. Me envuelvo en él mientras me pongo la ropa interior a toda velocidad.
—¡Un momento! —grito.
Me peino con los dedos, intentando domesticar mi cabello mojado, y camino despreocupada hacia la puerta, pensando en una lista interminable de películas que podría proponerle a Rebe para pasar la tarde.
Pero la realidad tiene un sentido del humor muy retorcido.