Chapter 20 #3
Aprieta el puño contra la puerta y respira tan hondo que parece que se está ahogando. Su pecho firme aplasta el mío, como si estuviera delante de una estatua de bronce y no de un ser humano.
—Señorita Vega... no siga.
—¡Reconózcalo de una maldita vez!
Levanta de nuevo la vista, y esta vez ya no queda rastro del profesor impecable, solo del hombre que poco a poco voy conociendo. Su voz cambia y también el brillo de sus ojos.
—¿Qué quiere de mí?
—Quiero la verdad… —susurro sin desviar la mirada.
Su mandíbula se contrae.
—¿La verdad?
El despacho entero parece contener la respiración.
—La verdad es que me he vuelto loco viéndola sonreírle a otro hombre —pronuncia las palabras con una calma casi aterradora.
—Si se refiere a Adam, él solo...
—La verdad es que no soporto a ningún maldito hombre cerca de usted. —Aprieta el puño contra la puerta y poco le falta para golpearla.
Lo miro atónita, perdiendo el aliento.
—Y la verdad...
Su mirada desciende hasta mis labios.
—...es que jamás tenía que haber vuelto —remata con un hilo de voz.
Nuestros rostros quedan separados por apenas unos centímetros y su profunda respiración roza mi piel.
El mundo parece detenerse por completo y entonces deja de luchar contra sí mismo. Se lanza a mi boca con la determinación de un depredador que por fin ha alcanzado a su presa. Me besa sin dudar y sin pedir permiso. Y yo le respondo.
Joder si lo hago. Es eso o… morirme.
El impacto me sacude por dentro. Un auténtico terremoto me atraviesa el pecho, me roba el aire y hace que todo dé vueltas a mi alrededor.
«No puedo. No puedo más...», me lamento.
Su boca reclama la mía con una intensidad feroz, sin concederme un solo segundo para pensar.
Sus dedos se enredan en mi cabello y tiran ligeramente de él, obligándome a levantar el rostro, mientras la otra mano se aferra a mi cintura con una posesividad que consigue vencerme.
Mi respiración se rompe cuando busco sus labios una y otra vez, incapaz de saciarme.
Es un beso que sabe a rabia, a deseo y a necesidad.
Un beso que no pide permiso, sino que arrasa con todo lo que encuentra a su paso.
Nuestras manos dejan de obedecer a la razón con una urgencia casi salvaje.
Durante unos segundos, solo existen su lengua enlazada con la mía con una pasión descomunal, el calor de su cuerpo y el latido frenético de nuestros corazones.
—Oh, Dios, estamos en la universidad, no podemos…
No me responde y simplemente me planta otro beso.
Yo le correspondo con la misma desesperación mientras sus manos descienden con brusquedad hasta mi trasero.
Lo aprietan con una firmeza que me roba el aliento.
Un gemido se escapa de mis labios cuando me alza de golpe sobre su pelvis con una fuerza casi salvaje, obligándome a rodear su cintura con las piernas.
El movimiento resulta tan brusco que el mundo parece inclinarse bajo mis pies.
Me aferro a su cuello con un jadeo cuando siento que voy a caer.
Al enroscar las piernas alrededor de su cintura, mi falda asciende sin remedio hasta quedar atrapada sobre mis caderas.
Él ni siquiera parece darse cuenta. Solo me sostiene con una seguridad absoluta, mientras sus dedos se hunden en mis nalgas desnudas y su respiración choca contra la mía.
—Yo... joder... —titubeo, incapaz de ordenar mis propios pensamientos—. Te necesito…
Una sombra de satisfacción endurece sus facciones.
Sus pupilas se oscurecen todavía más. Sin apartar la boca de la mía, empieza a caminar conmigo pegada a su cuerpo.
Cada paso provoca un leve balanceo que hace que vuelva a buscar sus labios con ansiedad.
No existe nada más. Ni el despacho. Ni el silencio.
Ni el tiempo. Solo él. Solo nosotros. Solo esa necesidad feroz que amenaza con consumirnos.
Cuando alcanza el escritorio, extiende un brazo y barre de un solo movimiento todo cuanto encuentra a su paso.
Los objetos chocan violentamente contra el suelo.
El estruendo retumba por todo el despacho y hasta ese sonido me excita a unos niveles inalcanzables.
La adrenalina se mezcla con el deseo hasta convertirse en una corriente imparable que me recorre de arriba abajo.
Él me sostiene sin el menor esfuerzo, manteniéndome completamente pegada a su cuerpo mientras su frente descansa un instante contra la mía.
—¿Sabe cuántas veces me la he imaginado así? —murmura con la voz quebrada por la tensión, sin apartar los ojos de los míos—. Justo aquí... sobre mi mesa.
Le muerdo suavemente el labio inferior antes de que vuelva a capturar mi boca. El beso estalla con más fuerza que el anterior. Sus manos se vuelven todavía más impacientes, incapaces de permanecer quietas un solo segundo, mientras las mías se aferran a sus hombros con la misma intensidad.
Oh, Dios. Solo él sabe besarme así. Solo él consigue despertar todas esas emociones que llevo tiempo intentando contener. Es como si un huracán me atravesara por dentro cada vez que me toca.
Su boca se desliza por el lóbulo de mi oreja y continúa descendiendo por mi cuello, al sentarme en el escritorio. Aprovecho para empezar a desabrocharle la camisa. Llevo demasiado tiempo imaginando este momento y no lo desaprovecharé.
—No sabe cuántas veces he fantaseado con esto…
Por más que mi mente quiera negarlo, llevo demasiado tiempo soñando conmigo así, atrapada entre sus brazos.
—Tu fantasía se está cumpliendo… —digo con un gemido cuando sus labios rozan la comisura de mi boca y me abre los muslos, instalándose entre mis piernas.
—Todavía no, señorita Vega.
—¿Señorita Vega? —murmuro, admirando sus ojos, que han adquirido un brillo especial.
—Me da morbo llamarte así —me vuelve a invadir con la lengua—. ¿A ti no?
Sus sensuales palabras vibran contra mi piel. Sus jadeos me recorren como una descarga eléctrica y noto el calor de su cuerpo bajo mis manos.
—Quiero más —susurra junto a mi oído—. Mucho más…
«Yo también. Lo quiero todo», confiesa mi mente.
Se deshace de mi camiseta blanca de un solo movimiento, obligándome a levantar los brazos. Las mejillas me arden y la cabeza me da vueltas mientras el flujo espeso me empapa, preparándome para él. El mismísimo infierno parece haberse instalado entre mis muslos y la impaciencia me consume.
—Esto no entraba en mis planes.
—¿El qué? —Su voz ronca y el roce de sus labios en mi cuello terminan de aniquilar las pocas neuronas que me quedan—. ¿Reconocer que me desea tanto como yo o perder la virginidad en este despacho donde hace unos días me daba lecciones sobre moral?
Y cuando me atrae todavía más hacia él, siento cómo todo mi cuerpo reacciona a su cercanía.
—¿Lo nota? ¿Nota todo lo que provoca en mí? —pregunta mientras nuestras bocas vuelven a encontrarse.
El sabor de sus labios es un golpe directo, y mi jodida mente queda reducida al caos. A él. A todo lo que este hombre me hace sentir.
Él parece leer cada uno de mis pensamientos porque continúa recorriendo mi piel desenfrenado, como si conociera de memoria cada reacción que provoca en mí.
Su dureza presionando contra mi periné me despierta instintos básicos y mi mano desciende deprisa por su pecho desnudo hasta la bragueta de su pantalón.
Pero un golpe seco resuena en la puerta de pronto.
—¡Diablos!
El hechizo se rompe. Él me observa con las mejillas sonrojadas mientras yo regreso bruscamente a la realidad. Lo peor de todo es que la situación me resulta ridículamente familiar.
Hace apenas unos días era yo quien estaba al otro lado de aquella puerta. Yo era quien llamaba y quien esperaba en el pasillo mientras él se encontraba dentro con otra mujer. Y sí, la vida tiene un sentido del humor bastante cruel.
Entonces lo aparto con rapidez y recupero mi camiseta mientras él comienza a abrocharse la camisa. La excitación desaparece tan deprisa como ha llegado, en su lugar solo quedan angustia y vergüenza.
—¿Quién?
—Stephanie —responde una voz al otro lado—. Brian, ¿puedes abrir? Es urgente.
—¡Un momento! —gruñe frustrado mientras termina de arreglarse.
Mis labios parecen sellados y la cabeza me da vueltas. Recojo el bolso a toda velocidad y salgo por la puerta como un cohete. Cuando se vuelve hacia mí, observo que ya ha recuperado por completo su máscara habitual, la del profesor impecable y el hombre sereno.
Claro, a él le resulta jodidamente fácil fingir que no ha pasado nada. Yo, en cambio, estoy a un paso del infarto.
—¡Hola!
—Hola… —saludo educadamente mientras intento parecer una estudiante perfectamente normal. Una alumna que no acaba de estar medio desnuda sobre el escritorio de su profesor, con ganas de una buena dosis de sexo, que es lo que últimamente me interesa; incluso más que la bolsa de Wall Street.
—Bueno, señorita Vega, hablamos por teléfono. Me mantiene informado sobre la investigación.
—Sí, por supuesto —murmuro.
Me alejo deprisa ruborizada y con el corazón desbocado. Estoy rezando para que Stephanie no haya sospechado absolutamente nada. Entonces acelero todavía más el paso.
«Soy gilipollas», pienso mientras me dirijo hacia el ascensor, pero cambio inmediatamente de idea. El ascensor puede esperar, siempre he preferido las escaleras y hoy no va a ser diferente.
Empiezo a bajar escalones a toda velocidad, llegando a la planta baja en un tiempo récord.
Y vale, queda confirmado: he estado a punto de perder la virginidad con un depredador.
Con un lobo disfrazado de profesor universitario serio y respetable.
Un hombre con un cerebro privilegiado que utiliza como un arma para tentarme y empujarme constantemente hacia el borde del precipicio.
Esa idea me deja completamente desconcertada y me llevo una mano al pecho mientras me detengo un instante al llegar al vestíbulo.
Maldita sea. ¿Qué me pasa?
Brian Alexander Woods está dispuesto a asumir riesgos que ninguna persona sensata asumiría jamás, incluso poner en peligro su reputación, su matrimonio y su trabajo.
Y todo por… mí.