El profesor (El profesor 1) Chapter 20 #2
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Chapter 20 #2

No sé por qué, pero todo esto me recuerda a esa batalla infinita entre el mar y el rompeolas. Él y yo seguimos golpeándonos una y otra vez, intentando domarnos mutuamente. Sin un ganador claro.

—Van a tener dos semanas para realizar este trabajo en parejas.

La voz rasposa del profesor interrumpe mi reflexión. Vuelvo a la realidad cuando en la pantalla aparecen instrucciones.

—Para la próxima semana deberán enviarme el trabajo a mi correo y después comenzaremos con las presentaciones.

—Profesor, ¿podemos hacer el trabajo con quien queramos? —pregunta una compañera.

Adam y yo ni siquiera necesitamos hablarlo, es evidente que trabajaremos juntos. Y quizá incluso podríamos pedir permiso para incluir a Berta cuando regresara.

—¡No!

La negativa cae como una jarra de agua fría y arruina todos mis planes. Lo peor es que, mientras responde, noto que no aparta los ojos de mí. ¿Será imaginación mía o ha notado que Adam y yo pensábamos trabajar juntos?

—Trabajarán con quien yo diga.

Y queda claro que no admite discusión. Finalmente me asigna al chico pelirrojo al que acabo de defender, Erik Davis.

El chico me guiña un ojo como muestra de agradecimiento.

Adam, en cambio, termina emparejado con la rubia del bótox, una estudiante nueva cuyo nombre apenas consigo recordar. Creo que es Sharon.

La expresión de Adam es tan cómica que no puedo evitar encogerme de hombros y dedicarle una mueca divertida, no quiere trabajar con ella. Diez minutos más tarde suena el timbre y todos nos apresuramos hacia la salida.

Pero ni él me dice nada ni yo a él. Ni siquiera una mirada.

Salgo inmersa en una conversación con Adam e intento despejar mi mente.

—Lyn, se te dan bastante bien los casos prácticos. Hasta parece que llevas años haciendo operaciones.

—¡En mi vida! —me río.

—Pues me hace falta ayuda con esto...

Agita varias hojas delante de mi cara. Todos abandonamos el aula y el murmullo inunda el pasillo. Inconscientemente, espero escuchar mi nombre: «Señorita Vega». Quizá espere que él me detenga diciéndome «Un momento» o «Tenemos mucho trabajo» con esa voz antipática. Nada de eso ocurre.

Me giro sutilmente. El profesor permanece junto a la mesa, ordenando unos documentos con la misma precisión meticulosa de siempre.

Ni siquiera ha levantado la cabeza cuando he pasado por delante.

Es como si yo fuera una alumna más y el restaurante, el club y la noche en su ático jamás hubieran existido.

Mi pecho se encoge de una forma absurda cuando recuerdo esa frase: «Prefiero no volver a verla.»

Lo decía en serio.

—¡No sé cómo aguantas a este capullo! —protesta Adam cuando se percata de que estoy mirando hacia el interior del aula—. Hoy se ha pasado tres pueblos.

—Es solo el profesor... —murmuro sin demasiada convicción.

Él levanta las hojas que sigue sujetando bajo el brazo.

—¿Qué dices de un café? Tengo el cerebro completamente frito.

Estoy a punto de responder que sí. De hecho, necesito un café desesperadamente, pero, justo antes de llegar a las escaleras, mis pasos se ralentizan. Veo a Woods de reojo saliendo deprisa de la clase y montándose en el ascensor. Probablemente vaya a su despacho.

No debería ir porque después de todo, fue él quien dejó claro que prefería no volver a verme y, sinceramente, quizá sea lo mejor para los dos.

Sin embargo, también existe una investigación en proceso y recuerdo que confió en mí para la edición de ese libro.

Jamás he faltado a mi palabra, yo misma me comprometí y sé que, a pesar de que él quiera tenerme —o quería—, me eligió por mi nota. Le creo, creo que fue así.

—Adam...

Se gira.

—Ve tú. Te alcanzo en un rato.

—¿Va todo bien?

Asiento con una sonrisa que ni yo misma termino de creer. Adam me observa durante unos segundos y se despide con la mano, perdiéndose entre la multitud. Espero a que desaparezca escaleras abajo antes de cambiar completamente de dirección.

Cada peldaño que subo hacia la tercera planta pesa más que el anterior, y no porque tenga miedo de ir a su despacho. Tengo miedo de que abra la puerta y confirme lo que ya sospecho, que realmente no quiere volver a verme.

Saco el móvil del bolso mientras tecleo rápidamente.

¿Sigues viva o tengo que empezar a preparar el funeral?

Berta tarda apenas unos segundos en contestar.

¡Bicho malo nunca muere! ❤️

No puedo evitar sonreír.

¿Cómo sigues?

Fatal, pero sobreviviendo. ¿Y tú? Más te vale contarme con quién pasaste la noche del sábado. Sigo esperando.

Mis dedos se quedan inmóviles sobre la pantalla. ¿Qué se supone que debo responder? No puedo decirle que dormí en casa del profesor Woods. Por mucho que intentara explicarlo, llegaría a la misma conclusión que cualquiera: que pasó algo entre nosotros.

«Igual que su mujer», susurra una voz inoportuna en mi cabeza.

Es una historia larga. Te la cuento cuando vuelvas.

Los tres puntos aparecen durante unos segundos.

Más te vale. Y quiero toda la verdad.

Cuando llego a la tercera planta, el pasillo está completamente vacío. Me detengo frente a la puerta de madera oscura. Leo la placa dorada donde pone brIAN ALEXANDER WOODS. Finanzas. Todo es un déjà vù horrible.

Respiro hondo, sé que podría dar media vuelta y marcharme ahora mismo. Él nunca sabría que he estado aquí, pero yo sí. Y tendría la desagradable sensación de haber dejado algo inacabado.

Levanto la mano, doy dos golpes suaves con los nudillos y espero, mordiéndome los labios.

—Adelante —su voz llega amortiguada desde el interior.

Respiro hondo y empujo la puerta, expectante.

Está sentado tras el escritorio, revisando varios documentos. La luz que entra por los ventanales dibuja sombras sobre su rostro mientras sostiene un bolígrafo negro entre los dedos. Ni siquiera levanta la vista al principio.

—Buenos días.

Solo entonces deja el bolígrafo sobre la mesa y sus ojos se encuentran con los míos. Durante unos segundos no dice nada.

—¿Qué hace aquí?

Su voz suena cansada, mucho más de lo habitual.

—He venido por la investigación. —Trago saliva.

Su expresión permanece impasible, está claro que no me esperaba.

—Pensé que había quedado bastante claro que prefería no volver a verla.

Las palabras me golpean con la misma fuerza que ayer.

—Lo sé, pero… —Inspiro con fuerza cuando él frunce levemente el ceño—. No quería dejar las cosas a medias. Podemos seguir trabajando sin necesidad de coincidir, por ejemplo, podemos hacerlo por correo o por videollamada. No hace falta que volvamos a quedarnos solos.

El silencio vuelve a aplastarnos porque él baja la mirada hacia los documentos. Los ordena mecánicamente y los coloca en una carpeta. Cierra la carpeta y respira. Sin contacto visual.

—No era necesario.

—Para mí sí.

Vuelve a levantar la vista.

—¿Por qué?

—Porque le dije que podía contar conmigo. Y jamás he incumplido un compromiso.

Mi respuesta parece dejarlo sin argumentos, sus ojos simplemente permanecen fijos en los míos.

—¿Ha venido únicamente para decirme eso?

—Sí.

Asiento tensa, deseando largarme ya de aquí.

—Bueno, no lo molesto más.

Me doy la vuelta, con un nudo inexplicable en la garganta, decidida a irme, pero solo llego a posar la mano sobre el picaporte.

Entonces escucho la silla deslizarse bruscamente contra el suelo.

No me da tiempo a reaccionar, porque en dos zancadas ya está detrás de mí.

Una mano rodea mi cintura con firmeza y la otra cierra la puerta de golpe.

El clic seco de la cerradura resuena en todo el despacho.

Mi corazón se dispara. Tira de mis caderas girándome hacia él hasta que mi espalda choca contra la madera. Cuando vuelvo a levantar la vista, él está casi pegado a mi boca. Durante unos segundos no habla, permanece allí, muy cerca, con la mandíbula tan tensa que parece a punto de quebrarse.

Una mano continúa sujetándome con firmeza por la cintura, la otra descansa junto a mi cabeza, apoyada en la puerta.

Su respiración es pausada. La mía, un completo desastre.

Cierra los ojos apenas un instante, como si intentara recuperar el control. Cuando vuelve a abrirlos, la serenidad ha desaparecido de su rostro.

—¿Sabe qué es lo peor de usted?

Niego muy despacio, aún en shock.

—Que le di una oportunidad para marcharse —continúa con un susurro—. Y, aun así... ha decidido volver.

Mi corazón golpea intensamente contra el pecho.

—He vuelto por la investigación.

—No.

Esta vez es él quien niega con la cabeza.

—Ha vuelto porque ninguno de los dos sabe terminar lo que ha empezado —continúa.

Mis ojos se deslizan hacia sus labios sin poder controlarme y confieso por primera vez que tiene razón. Todo su ser me enloquece tanto que no soporto el pensamiento de no volver a verlo aquí. En este sitio al que incluso le estoy tomando cariño.

—Está equivocado —Tiemblo.

—¿De verdad?

Sus ojos buscan los míos con una intensidad insoportable y sus dedos presionan mis caderas contra su pelvis. La dureza de su torso y abdomen provocan una corriente eléctrica en mí.

—Entonces dígame por qué sigue aquí.

Aprieto los labios. No respondo. No puedo.

—¿Le gusta jugar con fuego? —Su voz se vuelve más grave y más lenta—. No se vuelva a atrever a cuestionar mi autoridad delante de toda una clase.

Su respiración agitada golpea mi rostro y me estremece. Me quedo inmóvil. Las palabras se atascan en mi garganta porque no sé exactamente a qué se refiere.

Bueno, sí lo sé, pero jamás imaginé una reacción tan violenta. Lo ocurrido en la clase no me ha parecido para tanto. Lo peor de todo es que juraría que el mismísimo Diablo lo está poseyendo.

—Erik no se merecía aquello.

—Eso lo decido yo.

—No… —Tenso los labios—. Lo ha decidido el hombre que estaba enfadado conmigo y lo ha pagado con otra persona.

El silencio cae entre los dos como una bofetada y, por primera vez, él no es capaz de sostenerme la mirada. Aparta sus ojos solo un segundo, el suficiente para que yo comprenda que he acertado.

—¿Le da tanto miedo reconocerlo?