Chapter 20
H oy es lunes y el hecho de que el señor Woods se despidiera de aquella manera ayer ha conseguido que no tenga precisamente un domingo tranquilo. Por más que rebusco desesperadamente en mi cabeza, no encuentro ninguna razón lógica por la que debería importarme que se marchara decepcionado conmigo.
Y, sin embargo, me importa.
Ahora más que nunca estoy convencida de que jamás me haría daño.
Me lo demostró. Aunque sea una persona fría, tenga una evidente predilección por la depravación y disfrute viviendo constantemente al límite, sé que se preocupa por mí y quiere ayudarme.
Incluso diría que tiene una gran nobleza que a menudo intenta ocultar.
Pienso en el porcentaje tan elevado de los beneficios de sus libros, que desea destinar a distintas organizaciones. También pienso en la forma en que me cuidó anoche y esta mañana. Estoy convencida de que hay algo en su vida que lo está trastornando.
¿Pero qué?
Ayer pasé gran parte de la tarde investigando sobre él en Internet. Desafortunadamente, encontré muy poco, solo algunas fotografías dispersas en páginas relacionadas con la literatura y el mundo de los negocios.
Curiosamente, descubrí que Journal of Finance , la revista financiera más importante del país y una de mis lecturas habituales, se refieren a él como «El Lobo de Boston, el mejor agente financiero de la costa noreste estadounidense. El más brillante y competitivo».
Sonrío sin querer. Es imposible no pensar en El lobo de Wall Street , una de mis películas favoritas. Y, siendo sinceros, el apodo encaja con él. Los lobos son depredadores.
También busqué el nombre de la abogada inglesa.
Aparecieron varias fotografías de Elizabeth Stuart, una mujer muy atractiva, de cabello castaño y ojos verdes, que debía de rondar los veintiocho años.
Según los artículos, era una abogada inglesa especializada en Derecho Mercantil y trabajaba para uno de los despachos más prestigiosos de Nueva York.
Incluso había sido reconocida por una revista jurídica como una de las jóvenes promesas de la abogacía internacional.
Todos los titulares hablaban de la misma tragedia: suicidio por depresión. La versión oficial fue respaldada por el testimonio de su psicólogo, quien confirmó que atravesaba un cuadro depresivo desde hacía años.
Ni rastro de Brian Alexander Woods en la prensa.
Qué historia tan triste.
Sé que ya no puedo seguir mintiéndome a mí misma y no asumir que ese hombre me intriga y me apasiona cada día más.
Suspiro profundamente, atrapada en aquellos pensamientos absurdos, mientras saco las libretas, el estuche y la botella de agua.
Lo coloco todo sobre la mesa con el orden obsesivo que me caracteriza y espero a que empiece la clase de Finanzas.
Pero solo yo sé —y nadie más— que, en el fondo... lo espero a él.
—¡Hola! ¿Qué tal?
Una voz grave interrumpe mis pensamientos.
—¡Adam!
Mi compañero sonríe mientras toma asiento a mi lado.
Tiene unos ojos muy bonitos y profundos y una sonrisa que transmite cercanía.
Aunque lo viera el sábado, la aparición inesperada del profesor en el Dawn Boston eclipsó por completo todo lo demás.
Incluso diría que hasta ahora no me he dado cuenta de lo sumamente atractivo que resulta Adam. Quizá sea su forma de ser.
—Y Berta, ¿dónde está? —pregunta mientras el murmullo del aula continúa creciendo a nuestro alrededor—. Siempre se sienta aquí contigo.
—Así es, pero se fue ayer a visitar a su familia en Staten Island y, por lo visto, terminó con una gripe.
—Normal. —Se ríe—. Después de la fiesta que se pegó el sábado...
—Y el viernes —añado entre risas.
—¿Y qué te pasó en el club? Fuiste al baño y desapareciste. —Me observa con curiosidad—. ¿Te raptaron los extraterrestres?
«Sí. Los extraterrestres. Más bien un bombón moreno y sinvergüenza», pienso con ironía. Menos mal que me limito a pensarlo.
Adam sigue observándome, esperando una respuesta.
—Es posible.
Los dos volvemos a reírnos. Y hablando del bombón , en ese mismo instante el profesor entra en el aula. Camina con pasos tranquilos pero firmes, con su inseparable vaso de café.
Nada más verlo, mi corazón empieza a comportarse como un animal salvaje encerrado en una jaula, así que, para distraerme, me inclino un poco más hacia Adam.
—En realidad me encontraba mal —le explico en voz baja—. Vomité, así que terminé cogiendo un taxi.
—Ahm, vale. —Sonríe—. ¿Y cómo llevaste la resa…?
—¿Se han dado cuenta de que la clase ha empezado?
Mi compañero no termina la frase, porque de pronto él aparece junto a nuestra mesa. No es difícil haberse percatado de nuestra conversación, estamos en la segunda fila.
El profesor está de brazos cruzados y nos observa con desaprobación.
Su voz rauda provoca que note el pulso latiéndome en los oídos.
O quizá sea simplemente mi cuerpo reaccionando a su presencia.
Porque cuando sus ojos se detienen sobre mí durante un instante más de la cuenta, siento algo parecido a una descarga recorriéndome entera. Conozco perfectamente esa mirada.
—Perdón —murmura Adam.
Yo no digo nada. Lo único que se me ocurre hacer es girar la cabeza hacia la ventana. Mientras tanto, él continúa caminando entre las mesas y reanuda la clase.
—Dando por hecho que todo el mundo ha hecho la tarea —continúa cruzando las manos a la espalda—, quiero que la carguen en la plataforma antes de que suene el timbre.
—Profesor, ¿se la podemos enviar mañana?
La pregunta surge desde el fondo del aula. Un chico pelirrojo y bajito acaba de levantar la mano. Me sorprende, siempre me ha parecido uno de los alumnos más responsables de la clase.
—¿Su nombre?
—Erik Davis.
—Señor Davis, ¿cuál era la fecha límite?
—Hoy, pero... por problemas de salud me fue imposible y… —explica avergonzado.
—Entonces comprenderá que su pregunta sobra. No vuelva a hacerme preguntas tan estúpidas. Tiene que pensar antes de hablar.
—Le aseguro que si me da una oportunidad...
—¡Descartado! ¿Me ha oído? ¡Descartado!
El chico baja la cabeza inmediatamente.
El rugido del profesor resuena por toda el aula y todos nos quedamos inmóviles.
Frunzo ligeramente el ceño porque algo no encaja.
Soy consciente de que Woods siempre ha sido duro, exigente e incluso intimidante, pero esta vez es diferente.
Parece algo personal y tengo la desagradable sensación de que está humillando al chico.
Me remuevo en la silla, sé perfectamente que debería callarme. Pero también sé que nunca he sido especialmente buena quedándome callada cuando algo me parece injusto, y eso termina jodiéndome.
—Profesor, ¿le está diciendo esto porque no cree en las oportunidades o porque quiere dejarlo en ridículo delante de toda la clase?
Mi pregunta trampa va seguida de silencio. Incluso diría que la mirada que me dirige podría congelar el infierno. Entonces trago saliva cuando empieza a acercarse a mi mesa, con pasos lentos.
—Explíquese. Y espero que tenga una muy buena respuesta —su voz rezuma peligro.
—Erik ha dicho que estaba enfermo —respondo intentando mantener la calma—. Es normal que no haya podido hacer la tarea. Solo le está pidiendo una oportunidad.
Presiento que se le está yendo de las manos y no es algo que lleve bien, dada su forma de ser.
—Aylin Vega, ¿verdad?
Entorno los ojos ante aquella representación teatral absurda. Como si no supiera quién soy.
—En esta institución existen unas normas que deben respetarse —sigue, tras notar que no respondo.
—¿Está seguro?
—Yo sí. ¿Usted no? —Arquea una ceja mientras me lanza una mirada cargada de advertencia.
Y entiendo perfectamente lo que significa.
«Atrévete a seguir hablando y estás acabada».
Me muerdo la lengua cuando calculo la gravedad de mi insinuación. Ojalá pudiera borrar de mi memoria aquel día en que encontré al profesor acompañado de la mujer morena en su despacho.
—La enfermedad no entiende de normas.
—Es una excusa —replica con frialdad—. Dudo que el señor Davis estuviera enfermo durante tres días seguidos. Le recuerdo que la última vez que tuvimos clase fue el viernes.
—Yo estaba... —murmura el chico pelirrojo.
Sin embargo, ninguno de los dos le permitimos continuar con su explicación.
De reojo observo cómo Erik y el resto de la clase nos observan completamente absortos, siguiendo el intercambio como si estuvieran presenciando un partido de tenis. Aun así, no puedo rendirme tan fácilmente.
—Quizá Erik pueda justificarlo, pero ni siquiera se lo ha preguntado.
—No me interesa.
—Pues entonces déjeme decirle que es muy poco empático.
Su mandíbula se endurece inmediatamente. Sigue observándome con aquella mirada recelosa mientras vuelve a cruzar sus fuertes brazos sobre el pecho. Y si antes estaba enfadado, ahora parece dispuesto a prenderle fuego al aula.
—Empático significa ponerse en el lugar del otro. Y yo soy la máxima autoridad aquí —sentencia con una arrogancia exasperante mientras nos observa desde arriba—. ¿Quiere usted dar la clase en mi lugar? ¡Adelante!
Se gira y vuelve a clavar los ojos en mí.
Vale, quizá me haya excedido.
—Lo suponía. Le daré el mismo consejo que al señor Davis: piense bien antes de hablar —termina la frase con firmeza y me dedica una mirada triunfante.
«Aylin cero. El profesor uno».
El calor me invade las mejillas y ya no me cabe ninguna duda de que estoy perdiendo la puta cabeza. ¡Esto no es ningún juego! Ni una competición. Ni una guerra. ¿O sí?
—¡Mierda! —susurro por lo bajo cuando me da la espalda y comienza a proyectar una presentación con el nuevo contenido del tema que estamos dando.
Miro alarmada a Adam. Mi compañero está reprimiendo una sonrisa y enseguida un silencio sepulcral se extiende por toda la sala.
—¡Has estado genial! —intenta tranquilizarme—. Eres la única persona de aquí con dos cojones.
Nos miramos con complicidad y trato de aparentar que estoy bien, pero es una miserable mentira. Por dentro tengo la sensación de que el carácter del señor Woods y el mío son demasiado parecidos. De hecho, nos comportamos como si estuviéramos en guerra permanente.