Chapter 19 #4
Si antes estaba confundida, ahora mismo siento que un tsunami acaba de aparecer en el horizonte. La esposa del profesor está completamente desequilibrada, como si tuviera doble personalidad.
—Yo... —Señalo torpemente la puerta.
—Luego hablamos —suelta él amenazante, mirándola fijamente—. Iré a tu casa, no tenías que haber venido.
«¿A tu casa?»
Entonces no viven juntos, otro misterio más en la lista interminable de fenómenos paranormales que protagonizan la vida de mi nuevo profesor de Finanzas.
Me giro con rapidez, con los labios fruncidos y el rostro todavía sonrojado, además de una furia de mil demonios ardiéndome bajo la piel por la situación tan embarazosa en la que me encuentro.
—¡Hasta luego, querida! —la escucho despedirse mientras salgo por la puerta.
Nunca en mi vida he pasado tanta vergüenza. Jamás me había visto atrapada en una situación semejante y me niego a sentirme culpable por nada. Porque no he hecho nada.
—Entre en el ascensor, por favor.
Él me sigue y señala las puertas mientras se pasa una mano por el cabello y aprieta la mandíbula con una tensión evidente.
—La voy a acompañar.
Saca unos auriculares del bolsillo.
—No hace falta.
—Sí hace falta —gruñe, exasperado por mi obstinación—. No voy a permitir que vuelva sola a casa. Y menos vestida así, podría pasarle cualquier cosa.
Sus ojos recorren mi cuerpo durante un instante y se detienen en el corto vestido negro.
—¿De qué se queja? —recrimino—. Me lo compró usted.
—No fui yo. Fue la mujer que trabaja para mí. —Apoya una mano en mi cadera cuando las puertas del ascensor se cierran.
Por Dios.
—¿De verdad esto es lo único que le preocupa ahora mismo? ¿Mi vestido? —Me cruzo de brazos, incrédula—. Su esposa acaba de encontrarme en su cocina.
Aparta la mirada, no responde de inmediato, solamente pulsa un mando a distancia cuando llegamos al aparcamiento subterráneo.
—Lorraine no tenía que haber venido.
Mi atención se desvía hacia el todoterreno que reconozco al llegar, pero él me indica otro vehículo. Un deportivo de color metalizado.
—¡Suba!
—¿Acaso es una orden?
Me dedica una mirada cargada de impaciencia. Sus pestañas parecen todavía más largas bajo la luz artificial del aparcamiento.
—No. Es una indicación —suaviza ligeramente el tono.
Subo al coche sin añadir nada más. Estoy demasiado cansada y confundida. Permanezco en silencio mientras arranca y nos incorporamos a la circulación. Mi mente sigue atrapada en el desastre de la mañana.
Cuando salimos a la calle intento orientarme y concluyo que estamos en Back Bay, una de las zonas residenciales más exclusivas de Boston, a apenas diez minutos de la universidad, en coche.
—Vive muy cerca de la residencia —comento finalmente—. Puedo ir andando.
—Sabe perfectamente que andando tardaría más de media hora.
—Me gusta andar.
Miro por la ventanilla, todavía ruborizada y alterada.
—¿Siempre hace esto? —me pregunta al cabo de unos minutos que se me hacen eternos.
—¿El qué?
—Ser tan intransigente.
—Se equivoca —objeto, todavía aturdida.
—No lo creo. —Su mirada permanece fija en la carretera—. De hecho, diría que es demasiado orgullosa.
Su enfado se percibe claramente en la forma en que pisa el acelerador. El deportivo se desliza por el asfalto mojado con una velocidad que empieza a ponerme nerviosa. Parece que ha llovido.
—¿Podría relajarse y dejar de intentar ser perfecta todo el tiempo?
Parpadeo varias veces.
—¿Ha dicho «perfecta»?
La palabra me recuerda inmediatamente a Berta.
—Sí. Perfecta —su voz se vuelve más incisiva—. Créame, le convendría relajarse un poco.
¿Encima soy yo quien tiene que relajarse? Es increíble.
—¿De verdad no se da cuenta de que acabo de pasar por una situación muy incómoda?
—¡Le he dicho que mi esposa no me importa! —Pisa el acelerador con brusquedad y me tambaleo en el asiento del copiloto.
—¿Puede ir más despacio? —pregunto acojonada mientras me agarro al cinturón—. Tengo suficiente con su mujer. Créame, no quiero morir en la carretera.
—Señorita Vega... —Golpea su sien con un dedo—. No pertenezco a nadie. Soy libre como el viento. ¿De verdad no le entra eso en la cabeza? Le he dicho que Lorraine no me importa y tampoco debería importarle a usted.
Sus palabras me dejan desconcertada y, por algún motivo, también enfadada.
—No estoy acostumbrada a todo esto —confieso tras un largo suspiro—. Vengo de una familia tradicional y yo...
—¿Y cree que yo sí estoy acostumbrado?
No sé qué responderle porque no parece precisamente un principiante. Pero elijo callarme.
Frena el deportivo bruscamente y es cuando compruebo que estamos ya delante de la residencia. No dice nada más, sencillamente se coloca las gafas de sol y mantiene su mirada al frente. Aun cuando ni siquiera vuelve la cara hacia mí para despedirse, intento ser educada.
—Hasta luego.
Sin embargo, no obtengo respuesta.
Salgo del coche y casi ni espera a que dé dos pasos. Nada más bajarme arranca su automóvil, derrapando con violencia. Es evidente que está furioso. Muy furioso. Me quedo en mitad de la calle con el pecho encogido y sin saber muy bien qué pensar o cómo sentirme.
Joder.