Chapter 19 #3
Empiezo a caminar por un pasillo larguísimo, flanqueado por innumerables puertas.
Miro a ambos lados completamente perdida, intentando localizar la salida.
Sin embargo, los cuadros colgados en las paredes captan mi atención de inmediato.
Hay decenas, todos distintos, pero todos relacionados con el mismo tema: palabras escritas en griego.
Observo escenas inspiradas en la cultura clásica y símbolos mitológicos.
No encuentro ni una sola obra que no esté relacionada con aquel universo.
Me sorprende. Jamás habría imaginado que el señor Woods fuera un apasionado de la mitología. Por lo visto, cuando lo comparaba mentalmente con un dios griego, no estaba tan desencaminada.
«Vaya coincidencia», pienso.
Respiro aliviada cuando finalmente descubro unas impresionantes escaleras de mármol.
Empiezo a bajarlas con cautela. A ambos lados hay enormes paneles de cristal translúcido que permiten el paso de la luz y hacen que todo parezca todavía más lujoso.
Por suerte, el dolor de cabeza prácticamente ha desaparecido y empiezo a sentirme un poco más tranquila.
Al llegar a la planta baja, me quedo observando a mi alrededor completamente fascinada. Todo es amplio y los muebles parecen de diseño, pese a que los colores sean neutros, así encajando perfectamente con su propietario.
Aquí y allá aparecen esculturas, reliquias y piezas decorativas que parecen sacadas directamente de un museo. Pienso que, sin duda, aquella casa se parece mucho a él, elegante, misteriosa y sensual.
«Muy sensual», corrige una voz en mi cabeza.
Me detengo delante de una escultura que representa el busto de una mujer desnuda. Lleva el cabello recogido en elaboradas trenzas y una especie de diadema descansa sobre su coronilla. Se trata de una reina griega o una diosa.
Me quedo contemplándola unos segundos, inmersa en mis pensamientos, pero un ruido estridente procedente de la cocina me hace girar. Parece una batidora o una cafetera.
Me pongo mi armadura invisible y avanzo hacia allí con pasos lentos, solo quiero despedirme y averiguar en qué parte de Boston estoy exactamente. También pedir un taxi.
—Me voy y quería saber cuál es la salida.
La cocina se encuentra completamente abierta al enorme salón y desprende el mismo aire sofisticado que el resto del ático. Una gran isla de cuarzo negro domina el espacio, rodeada de muebles de madera oscura sin tiradores y electrodomésticos de acero integrados.
A él lo encuentro de espaldas, junto a la encimera. Cuando escucha mi voz detiene la batidora y se gira. Noto fugazmente que está preparando un smoothie de frutas. También hay café y tostadas. Lleva puesto un pantalón negro de chándal y una camiseta del mismo color.
—¿Quiere desayunar antes de irse?
Empieza a colocar los platos sobre la isla situada en el centro de la cocina.
Con cada gesto y movimiento que hace, los músculos de sus brazos se expanden bajo la camiseta.
No sé por qué estoy tan impresionada, será porque no estoy acostumbrada a verlo con otra ropa que no sea una camisa de un blanco nuclear y un traje.
Así parece más joven. Mucho más joven. Hasta diría que no tiene más de veinticinco años.
—No, gracias.
Avanzo unos pasos.
—Me gustaría decirle que no creo que sea un monstruo —las palabras se me atascan en la garganta—. Pero tampoco está bien que no entienda de límites cuando le digo que pare.
Él me mira con la misma expresión de siempre mientras se sienta en un taburete, coloca los codos en la encimera y une sus fuertes manos bajo la barbilla.
—Ojalá esos límites que quiere imponer fuesen reales y no una armadura que se coloca para mantenerme alejado, señorita Vega.
Aprieto el bolso e intento controlar el temblor. Tiene razón, lo deseo con todas mis fuerzas, pero hay algo en todo esto que no me deja avanzar.
—Reconozco que su actitud me desconcierta bastante y...
Mi frase muere cuando escucho el sonido brusco de unas llaves al otro lado de la casa.
Me giro y veo entrar a una mujer rubia muy elegante, que camina segura de sí misma.
Con esta interrupción poco oportuna, descubro dos cosas al mismo tiempo.
La primera: ya sé dónde está la salida; y la segunda: acaba de encontrarnos su mujer juntos. O sea… su jodida esposa.
Mierda. Preveo la catástrofe que ocurrirá a continuación.
—Buenos días —saluda mientras pasa junto a mí.
Ella me observa detenidamente, de arriba abajo, y yo busco la mirada del profesor, pero no me sirve de mucho. Él permanece completamente impasible, como si le importara un comino que su mujer me haya encontrado en su casa.
—¿Esta chica es muda?
Quiero morir. Literalmente. Quiero desaparecer o evaporarme, me da igual cómo. Ella va a pensar que...
—Brian, tu móvil. Se te olvidó anoche.
Lanzo una mirada atónita hacia el aparato de última generación que acaba de arrojar sobre la isla, con una naturalidad extraña, teniendo en cuenta la situación. Después se abanica ligeramente con una mano. Lleva una falda negra, una camiseta roja y los labios pintados exactamente del mismo color.
—Gracias —responde él con frialdad.
Se levanta al instante con demasiada rapidez como si no soportara su presencia y deja el desayuno a medias. No me cabe duda de que intenta alejarse y su serenidad se convierte en irritación.
—Nos vamos. La llevaré.
Inclina la cabeza en mi dirección como si la rubia ni siquiera estuviera presente.
—No es necesario. Cogeré un...
Pero ella interrumpe.
—¿Es tu nuevo juguete? —pregunta con una lengua tan afilada como una navaja—. ¿Por eso no fuiste anoche al Templo?
La molestia en su voz es evidente y, sinceramente, la entiendo, nos acaba de encontrar juntos y está en su derecho sentirse mal, pero no voy a permitirle faltarme el respeto.
—Señora, aquí no ha pasado nada... —replico indignada mientras levanto una mano—. Esto es un malentendido.
—¿Un malentendido?
La rubia estalla en carcajadas y yo me quedo perpleja.
—Señorita Vega, usted no tiene nada que explicar. —Él me corta inmediatamente con voz firme.
—¿Señorita Vega? —repite ella en tono burlón—. Pues, señorita Vega, si quiere decirme que no habéis follado, no la voy a creer. Brian nunca duerme con una mujer sin algo a cambio.
—¡Lorraine, ya basta!
—De todos modos, descuida, somos un matrimonio moderno —ignora por completo su advertencia—. Discúlpame si te he hablado mal. Anoche contaba con él y no apareció, y al final la he pagado contigo.
Sonríe tranquila y amable, como si acabara de hablar del tiempo.
¿De verdad me está ocurriendo esto?