Chapter 19 #2
Solo un momento, es lo que necesito. Miro la puerta de reojo, y estallo a todo pulmón.
—¡Ayudaaaaaaaaaaaaaa! —grito, pero no llego a dar dos pasos, porque él me atrapa contra su pecho y me inmoviliza por las caderas.
—¿Qué cojones…? —balbucea—. Tranquila…
Pero no puedo estar tranquila, ¡ni de coña!
Me revuelvo entre sus brazos como un pez fuera del agua, con el cuerpo quemándome cuando nuestras pieles desnudas entran en contacto.
—¡Joder!
Me sacudo con fuerza, y no sé en qué momento, tropiezo con algo al retroceder.
Siento el borde de la cama golpeando la parte posterior de mis rodillas.
Todo ocurre demasiado deprisa. Sin esperármelo, caemos hacia atrás, en la cama.
Yo debajo y él parcialmente encima. Entonces me atrapa las muñecas con una firmeza brutal y me extiende los brazos por encima de la cabeza antes de que tenga tiempo de reaccionar.
En cuestión de segundos me encuentro completamente inmovilizada bajo su cuerpo.
—¿Qué va a hacer? —rujo furiosa.
Cuanta más resistencia opongo, más presión ejerce sobre mis muñecas con la mano izquierda y más hunde la derecha en mi cintura, manteniéndome atrapada sobre su maldita cama.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Lo único que quiero es irme a mi casa —balbuceo todavía conmocionada.
Sigo revolviéndome durante unos segundos más, intentando quitármelo de encima, pero resulta inútil.
Solo veo aquel rostro diabólicamente atractivo sobre mí.
Su mandíbula tensa y sus ojos demasiado maquiavélicos me provocan un bloqueo.
Soy incapaz de ocultar los nervios que siento y la Aylin desafiante de la cena del viernes ha desaparecido.
—Cuanto más luches, menos te dejaré ir.
Maldita sea. Otra vez me habla de tú, buscando esa cercanía entre nosotros.
Su voz firme y concluyente me atraviesa como una daga envenenada. Su respiración entrecortada golpea mi mejilla y un escalofrío me recorre entera.
—Ya veo. Eres un puto pervertido… —susurro, con los ojos como platos, sin poder creérmelo.
Su aliento cálido me desarma todavía más cuando sus dedos empiezan a acariciar lentamente mis costillas. No me muevo e intento calmar mi respiración.
—¿Piensas que soy un pervertido? —dice con una mueca de irritación, señal de que mi afirmación le ofende.
Mis pulmones parecen incapaces de llenarse de aire. Los latidos desenfrenados de mi corazón —y los suyos— resuenan dentro de mi caja torácica mientras una tormenta de emociones se instala bajo mi piel.
Siento mucha furia, pero también locura y excitación. Todo al mismo tiempo.
—¿Si lo pienso? —Consigo reunir fuerzas y le respondo entre dientes, recordándole quién es él y quién soy yo—. ¡Estoy segura, señor Woods!
—¿Señor Woods? —repite, su ira creciendo más aún—. Pues todavía no ha visto nada, señorita Vega.
Una de las comisuras de sus labios se alza en una sonrisa desafiante.
—Si fuera un pervertido, ahora mismo podría hacerle lo que quisiera. Recuerde que está usted en mi cama.
Sus dedos siguen recorriéndome mientras se inclina y acaricia mi pezón con un dedo. Lo presiona y disfruta de cómo se endurece bajo su tacto mientras se pasa la lengua por los labios. Sonríe levemente, pero sus ojos no. Sus ojos se ven tristes y fríos. Se nota cuando una persona sonríe de verdad.
—También podría provocarle dolor —continúa—. Pero le provocaría un dolor diferente. Uno placentero.
¿Ha dicho dolor?
Lo observo con recelo, incapaz de comprender cómo funciona su cabeza.
¿Cómo demonios puede afirmar que alguien disfrutaría con el dolor? Solo una persona profundamente perturbada podría pensar algo así.
—Ya no me cabe duda… está loco —murmuro sabiendo que no servirá de nada gritarle.
Sus dedos aprietan más mis muñecas por encima de mi cabeza y esa extraña vibración que me acompaña desde que lo conocí vuelve a instalarse en mi vientre.
—Oh, señorita Vega —suspira—. No puedo evitarlo. Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco, usted está loca...
La presión de sus dedos me deja claro que no piensa liberarme. No todavía.
—¿Es esto lo que le gusta, jugar con sus víctimas? ¿Qué hará después? ¿Matarme?
¿Matarme como a ella? El nombre de la abogada inglesa no sale de mi mente y eso me genera más ansiedad. Por un efímero momento, he pensado en que quizá esa chica no se haya suicidado, quizá él sea un asesino o un violador. El miedo me desestabiliza y miles de pensamientos retorcidos me invaden.
—¿Víctima? —replica con la misma seguridad insolente—. No, no lo es. Si fuera una víctima, hubiese dejado el puesto hace días, ¿recuerda?
Sus dedos se deslizan hacia mi otro pecho. Lo acaricia con tanta delicadeza que una corriente placentera me sacude y mi piel se eriza al instante. El gesto es tan lento como devastador y odio la reacción inmediata de mi cuerpo.
—¡Sabe perfectamente por qué no renuncié, maldita sea!
—Eso es lo que usted cree. Yo tengo otra teoría.
Entonces su mano se desliza sobre mi ropa interior con cuidado.
Acaricia el borde de mis bragas con un dedo.
Siento la presión de sus yemas contra la tela y cierro los ojos deseando inconscientemente que me vuelva a tocar cómo lo hizo en el restaurante.
La humedad surge de una manera despiadada, y no sé cómo frenarla.
—Está ansiosa por vivir al límite —dice mientras presiona mi centro a través de la tela; dibuja uno o dos círculos, haciéndome estremecer.
—¡Ohhh! —gimo perturbada.
—¿Lo ve?
Parpadeo nerviosa porque estoy completamente desbordada. Voy sin frenos y sin cinturón.
Por mucho que intente ocultar el deseo que se refleja en mis ojos, él parece tener un talento sobrenatural para leerme. La prueba está en esa maldita mano y en su agrandado miembro que presiona contra la minúscula toalla que lleva, y que es lo único que nos separa ahora mismo.
—No podemos… —niego con la cabeza—. Está casado.
—Claro que podemos —replica con dulzura, besándome la mejilla.
Sus labios recorren ávidamente mi piel. Cierro los ojos y aprieto, intentando contener las lágrimas que amenazan con desbordarse. Pero es inútil. Los recuerdos me golpean sin piedad.
Vuelvo a sentir el frío de unas esposas metálicas cerrándose sobre mis muñecas. Escucho aquellas palabras cargadas de desprecio, escupiéndome a la cara que era una zorra. Siento otra vez el violento impacto de aquella bofetada y el sabor metálico de mi propia sangre llenándome la boca.
El miedo. La humillación. Saber que por mucho que gritara, nadie iba a salvarme. Como ahora.
Mi respiración se quiebra.
—Shhh… —Sus dedos atrapan mis mejillas y me observa con preocupación cuando dos lágrimas resbalan por mi rostro—. ¿Estás... llorando?
Nuestras miradas vuelven a encontrarse mientras me seca el pómulo con el pulgar. Me mira incrédulo.
—Yo no…
No dejo que termine la frase.
—Lo conozco y sé que lo hará —escupo con repulsión, temblando de rabia y de miedo al mismo tiempo—. Así que... ¡empiece de una puta vez!
Él me ha arrastrado a aquel momento oscuro que llevo años intentando olvidar. Y eso duele. Muchísimo. Solo por eso lo detesto.
—¡Hazlo, jodeeeer!
Pero él está quieto, con una mirada ausente. Para mi sorpresa, no me besa ni me toca. No me obliga. Simplemente acerca los labios a mi oído.
—No tienes ni idea de cómo soy —dice con voz firme—. Si me conocieras, sabrías que nunca obligaría a una mujer.
Me suelta las muñecas bruscamente y se aparta.
Cuando abro los ojos, ya está de pie arreglándose la toalla que rodea su cintura. Lo observo completamente desorientada mientras me incorporo sobre los antebrazos. Hay algo atascado en mi garganta, algo que me impide hablar.
Sus ojos se han vuelto más gélidos aún y, si antes ya resultaba difícil descifrarlos, ahora podrían representar el mayor enigma del planeta. Sé que algo ha cambiado y hasta podría jurar que detecto decepción y… ¿dolor?
—Esto no es suyo —informa mientras recoge el vestido y me lo muestra—. He enviado a mi empleada para que le comprara un vestido esta mañana, uno parecido. Pero se le olvidó comprarle también un sujetador. Su vestido y su sujetador están en la lavandería.
—Creía que...
Me levanto con dificultad. Todos mis músculos continúan tensos y doloridos. Termino sentándome en el borde de la cama, con los ojos enrojecidos.
—No soy un monstruo, ¿vale? Y si eso es lo que piensa de mí... —hace una breve pausa y baja la vista al suelo— prefiero no volver a verla en mi despacho nunca más, señorita Vega.
Me quedo paralizada, tanto por la seguridad que desprenden sus palabras, como por el tono formal.
—Será lo mejor.
Coloca el vestido con cuidado a mi lado, en la cama, y después simplemente se gira y abandona la habitación con pasos rápidos. De hecho, nunca antes lo había visto marcharse tan deprisa.
¿Por qué me está haciendo esto? No deja de seducirme y provocarme, incluso recurre a la fuerza. Además, me habla del dolor, de un dolor placentero y de cruzar límites.
El silencio del dormitorio me aplasta y mis ojos todavía siguen fijos en la puerta abierta. Permanezco unos segundos inmóvil, luego me levanto despacio y recojo el vestido. Lo examino detenidamente y suspiro sintiéndome idiota. Tiene razón, no es mío.
Genial.
Entro en el baño mientras sigo dándole vueltas a todo y sintiéndome cada vez más culpable.
Quizá he sido demasiado dura con él, anoche le vomité encima y él me recogió cuando me desmayé.
Me trajo aquí, aunque podría haberme llevado perfectamente a la residencia o a un hospital. A cualquier sitio menos a su casa.
Después de vestirme y refrescarme la cara, recojo el bolso y abandono la habitación con la firme intención de largarme cagando leches de aquí.