Chapter 19
¿Q ué es ese ruido?
Hasta el tono de llamada de mi móvil, que normalmente adoro, me resulta insoportable. Vuelve a sonar y siento que me araña el cerebro, igual que una tiza chirriando contra una pizarra. Ese mismo sonido infernal, una y otra vez.
La cabeza está a punto de estallarme y tengo la desagradable sensación de que se me han llenado los ojos de arena.
Lo primero que veo cuando consigo abrirlos es un techo alto y una ventana enorme, parcialmente cubierta por unas gruesas cortinas negras. Apenas se cuelan algunos rayos de luz, de modo que la habitación permanece sumida en una penumbra casi total.
Y el jodido teléfono sigue sonando.
Busco mi bolso completamente desorientada, pero la llamada se corta antes de que pueda contestar. Cuando miro la pantalla, me encuentro cinco llamadas perdidas de Berta.
Mierda.
Suspiro profundamente. No me sorprendería en absoluto que ya estuviera planteándose llamar a la policía.
Vuelvo a observar la habitación con más atención ahora que mi vista empieza a acostumbrarse a la oscuridad. Y entonces...
¿Dónde demonios estoy?
No reconozco el cuarto. Estoy tumbada sobre una cama enorme cuyo cabecero aterciopelado de un color gris descansa contra una pared inmensa.
A ambos lados hay dos mesitas de noche de aspecto señorial.
Mi mirada continúa recorriendo la estancia hasta detenerse en un enorme cuadro colgado sobre el cabecero.
Se trata de letras griegas. Entorno los ojos intentando leer.
έρωτας.
Algunas letras me resultan familiares y creo que, en nuestro alfabeto, la palabra se leería «Erotas». En realidad, no tengo ni la más remota idea de lo que significa. Si estuviera escrito en latín tendría muchas más posibilidades.
Sigo analizando la habitación mientras me froto los ojos una vez más y aprieto la sábana sedosa de un color oscuro entre mis dedos. Tengo la boca pastosa, pues el sabor a alcohol todavía permanece adherido a mi lengua.
Busco un chicle de menta dentro del bolso, plenamente consciente de que anoche me pasé bastante con la bebida.
Y, por arte de magia —irónicamente hablando—, descubro mi vestido.
Está cuidadosamente colocado sobre una silla junto a la ventana.
Lo raro es que está perfectamente doblado, como si alguien lo hubiera dejado ahí con una meticulosidad enfermiza.
Frunzo el ceño. Probablemente tenga una amnesia monumental, porque no recuerdo absolutamente nada relacionado con esa silla. Y si el vestido está ahí, eso significa que…
—¡Maldita sea!
Aparto la sábana de golpe. Mis ojos se clavan en la camiseta negra, demasiado grande para mí, que llevo puesta. Además, ya no necesito seguir investigando, sé perfectamente dónde estoy. Estoy en casa del profesor Woods, específicamente en su dormitorio.
«¿Qué ocurrió anoche?», pienso angustiada.
Me llevo una mano a la cabeza mientras me incorporo despacio y me siento en el filo. Lo primero que hago es comprobar si todavía llevo la ropa interior. Sí, la llevo. Menos mal.
Bueno...
No.
Joder.
El sujetador ha desaparecido, así que abro la boca completamente horrorizada. Intento reconstruir los acontecimientos, pero cuanto más me esfuerzo, menos recuerdo. Nada encaja y nada tiene sentido. Y, aunque me avergüence reconocerlo, deseo confiar en él con todas mis fuerzas.
Quiero creer que no se aprovechó de mi estado. Quiero creer que no me quitó la virginidad mientras estaba inconsciente, y que yo simplemente no lo recuerdo.
Solo de pensarlo se me revuelve el estómago y siento náuseas.
Pero en ese momento escucho movimiento al otro lado de una puerta que no había advertido antes.
Probablemente sea el baño. Solo entonces me doy cuenta de que hay alguien duchándose, solo cuando el sonido del agua cesa. Estoy segura de que él está ahí dentro.
Mi plan es sencillo: me visto, salgo corriendo y desaparezco de esta casa antes de que Woods atraviese esa puerta.
Anoche...
Oh, Dios.
Algunos recuerdos empiezan a regresar como fragmentos rotos. Me acuerdo de pequeños detalles. Él y yo en el aparcamiento, su rostro tenso, y después una escena especialmente humillante. Le recriminé que hubiera ido al club acompañado de su esposa, como si estuviera celosa.
Qué vergüenza.
Aprieto los ojos, porque si lo pienso objetivamente, no tenía ningún derecho a echarle nada en cara.
Absolutamente ninguno. Y lo peor no es eso, lo peor es que me delaté.
Prácticamente le confirmé aquello que lleva sospechando desde hace tiempo.
Que no me resulta indiferente. En otras palabras: me abrí de piernas y me serví en bandeja, yo sola.
No tardo ni un minuto en saltar de la cama.
Me quito la camiseta apresuradamente y agarro el vestido con la esperanza de vestirme antes de que salga del baño.
Pero la puerta se abre justo en ese instante.
Aprieto los labios y utilizo el vestido para cubrirme el pecho.
Es un gesto completamente inútil por supuesto, porque sigo sintiéndome expuesta y vulnerable.
Miro hacia la puerta con el corazón golpeándome las costillas y casi sin aliento. Me falta poco para que me dé un infarto.
El profesor entra en la habitación y noto que solo lleva una toalla enrollada a la cintura. El resto de su cuerpo queda completamente al descubierto. Está… desnudo. Y yo también.
Ni parpadeo, tan solo lo miro boquiabierta.
Su cabello está mojado y pequeñas gotas de agua resbalan lentamente por su cuello.
Esas gotas deslizándose por sus fuertes pectorales son una auténtica provocación.
Mi piel se eriza al perseguirlas con la vista atentamente: bajan por su duro pecho y hombros perfilados, y mi imaginación empieza a traicionarme de mil maneras peligrosas.
«Ni se te ocurra», me reprende mi cordura.
Pero es demasiado tarde.
Estoy tan bloqueada que incluso me cuesta respirar y juro que, si tuviera el más mínimo talento artístico, ahora mismo estaría pintando un cuadro. O le tallaría una puta estatua.
No puedo negar que ese jodido hombre se ve obscenamente sexy y sus músculos están más desarrollados de lo que jamás hubiese imaginado. Ni yo sabía lo que ocultaba ese traje oscuro. Y, aunque me fastidie admitirlo, no creo que exista un hombre más atractivo sobre la faz de la Tierra.
Intento volver en mí, pero solo soy capaz de humedecerme los labios y apretar todavía más la tela contra mi pecho. Parpadeo varias veces intentando no bajar la vista hacia su abdomen perfectamente trabajado en el gimnasio. Y mucho menos imaginar qué hay debajo de esa maldita toalla.
Él se detiene un instante. Sus facciones apenas se alteran, como siempre. Eso, por supuesto, hace imposible saber qué demonios está pensando. Sin embargo, ambos somos plenamente conscientes de que nos encontramos en una situación terriblemente comprometida.
—Estás despierta.
Habla con absoluta normalidad mientras se seca el pelo con una toalla y aparta la cortina. Yo, en cambio, daría cualquier cosa por una varita mágica capaz de hacerme desaparecer.
—Sí.
—Menos mal que sigues viva —añade con sarcasmo.
«Por ahora», me digo mentalmente.
—Yo...
—¿Cómo te encuentras?
—Bien —susurro completamente petrificada cuando lo veo acercarse.
—Me alegro. ¿Te ayudo?
—Eh... sí —balbuceo, completamente hipnotizada por su figura—. Digo... ¡no! No hace falta. Gracias.
Y antes de que pueda reaccionar, me arrebata el vestido de las manos. De pronto me quedo prácticamente en ropa interior y con los pechos completamente al descubierto.
—No hace falta que te tapes. Créeme, estoy acostumbrado.
Pongo los ojos en blanco porque sus comentarios son inapropiados, aunque tampoco me sorprenden. Le encanta provocarme, tentarme y llevarme al límite. Y lo sabe.
A tan poca distancia, percibo claramente el olor del gel de ducha y desodorante. Se trata de un aroma tan masculino que anularía la cordura de cualquier mujer. Uno de esos olores que se quedan atrapados en la memoria. Y, seamos sinceros, eso no ayuda absolutamente nada en mi situación de mierda.
Solo necesito mantenerme serena y recordar quién es Brian Alexander Woods.
Necesito recordar que hay rumores muy feos sobre él, que no estoy segura si es un marido liberal, como dice; que, si no lo es, sigue poniéndole los cuernos a su mujer; y que esto sigue siendo un juego para él.
Una jodida cacería donde yo soy la presa y él disfruta persiguiéndome.
No sé qué más tiene en mente, pero vuelven a enfurecerme los acontecimientos de las últimas horas. Me cabrean su descaro y su arrogancia. La forma en que parece convencido de que tarde o temprano acabaré en su cama. Eso me hace apretar los dientes con fuerza mientras lo observo.
—Lo dice para incomodarme, ¿verdad? —pregunto rápidamente, frunciendo el ceño mientras me cubro con las manos.
—No, solo intento ayudar —replica demasiado tranquilo.
Baja la cremallera de mi vestido y lo prepara para que pueda ponérmelo, como si realmente necesitara su ayuda.
—Puedo sola.
Le arrebato la prenda con gesto hosco, evitando su descarada mirada.
—En realidad, te aconsejo que te duches primero. Anoche vomitaste encima de todo, incluyéndome a mí.
—¿Por qué me quitó el sujetador sin mi permiso?
—Dudo que me hubieses podido dar permiso. Dormías como un tronco.
—Podía dormir vestida —suelto intransigente.
Pone los ojos en blanco, un gesto que no le había visto nunca.
—Vomitaste encima. Es normal que...
—Pero mi vestido está aquí y mi sujetador no —lo interrumpo, todavía aturdida y cada vez más incómoda por su cercanía—. ¿Necesitaba completar su colección de lencería? ¿Le faltaba mi sujetador?
Alza las cejas ante mi pregunta cargada de ironía y baja la vista unos segundos. Sin embargo, cuando vuelve a levantarla, noto cómo se le endurece la mandíbula y sus rasgos se tensan.
Comienza a acercarse con pasos sinuosos, sin apartar los ojos de mí. Mi piel se eriza con solo sentirlo tan cerca.
—Yo… sería mejor que me vaya.
—¿Irte? —Sus manos de hierro me inmovilizan cuando doy un paso a un lado.