El profesor (El profesor 1) Chapter 18 #3
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Chapter 18 #3

Lo peor es que es guapa. De hecho, muy guapa y refinada. Su nariz es afilada, sus labios finos y sus ojos son pequeños, pero llamativos.

Puta vida.

«¿Por qué demonios actúo como si estuviera celosa?», me reprocho inmediatamente.

La vergüenza me deja sin aliento y ahora lo único que necesito es encontrar el baño. Necesito vomitar. Olvidarme de ese maldito hombre antes de volverme completamente loca. También necesito olvidar que está ahí, con su esposa, después de que anoche me tocara de esa manera tan…

Doy auténtica pena.

—¿Estás bien?

—¿Por qué no iba a estarlo?

Miro el suelo desanimada, con el corazón a mil, y me rasco la frente, intentando asumir de una buena vez una realidad desgarradora: él está casado. Casado y punto.

Pero justo cuando vuelvo a mirar hacia la zona VIP, ocurre.

Nuestras miradas se cruzan directamente, sin tapujos.

Sin nadie entre nosotros y definitivamente, sin posibilidad de escapar.

Sus ojos se quedan enganchados a los míos con una intensidad brutal y siento que esta vez nuestra mirada es diferente.

Todo es diferente. Nosotros somos diferentes.

Durante un instante desaparece la música, la gente, las luces. Solo quedamos él y yo. Y esa canción que ahora me parece preciosa, sonando de fondo.

Aparto la vista inmediatamente porque soy incapaz de sostenerle la mirada un segundo más. Me doy la vuelta deprisa y oculto parte del rostro detrás de mi mano. Cuando me giro, descubro que Bram y Berta ya han regresado y están bailando junto a Adam y Pamela.

Mi intención es escapar al baño. Huir, como siempre. Pero mis amigos no me dejan y Berta me agarra por los brazos, tomándome desprevenida.

—¡Vamos a bailar, cariño!

—Necesito irme.

—Tranquila. Yo también me iré dentro de nada. —Se acerca a mi oído—. ¿Cómo te lo estás pasando?

Le hago un gesto indicando que bien. Finjo más o menos, pero lo suficiente para que me deje tranquila. Eso no ocurre, por supuesto, puesto que, sin previo aviso, me empuja directamente hacia Adam.

Enseguida pierdo el equilibrio y, cuando estoy a punto de caerme, él me sostiene por la cintura y me acerca a su pecho.

Lo miro sobresaltada e intento mantenerme de pie, ya que todo gira ligeramente a mi alrededor.

Me sorprendo cuando noto el roce tímido de su mano sobre mi espalda.

Incluso él parece haberse ruborizado por la maniobra de Berta.

—Perdón... —murmuro—. Mi amiga se ha tomado una copa de más.

—Eso no supone ningún problema para mí. —Sonríe—. Más bien todo lo contrario.

Sus ojos brillan y es ahora cuando entiendo de verdad que no le soy indiferente. La prueba está en la forma en que sus manos empiezan a recorrer mi espalda descubierta mientras bailamos.

Sin embargo, apenas aguanto unos minutos. El alcohol me está pasando factura. Las náuseas aparecen de la nada, y siento que el suelo se mueve bajo mis pies. No estoy acostumbrada a tomar alcohol, y no sé por qué estoy forzando algo que no debería.

—Adam, voy al baño.

Me aparto suavemente.

—¿Quieres que te acompañe?

—No... —suspiro—. No hace falta. Gracias.

Empiezo a caminar deprisa hacia el fondo del local. No sé muy bien cómo consigo abrirme paso entre tanta gente. Oigo risas, música y gritos. Todo se ha convertido en una licuadora gigante y solamente veo sombras de rostros y luces. Y también veo una cola interminable delante del baño de mujeres.

Respiro agobiada y termino saliendo del Dawn Boston. Necesito aire, joder. Necesito respirar ya.

Fuera, los vigilantes de la entrada me observan con atención mientras me apoyo contra una pared. Agradezco el aire fresco como si fuera un salvavidas. Las sienes me laten dolorosamente e intento caminar unos cuantos metros, pero escucho una voz demasiado familiar detrás.

—¡Señorita Vega!

Es él. Me ha seguido.

Me giro y miro hacia la entrada del club atónita. Brian Alexander Woods camina hacia mí con paso rápido mientras yo intento alejarme. Un hombre sale detrás de él, llamándolo, pero veo cómo alza una mano con firmeza y lo detiene. Su atención vuelve a centrarse en mí.

Me doy la vuelta deprisa queriendo escapar, y me pierdo entre los coches del aparcamiento, con el sonido de mis tacones de fondo.

—¡Espere! —Sus dedos se cierran sobre mi codo—. ¿Está bien?

Me obliga a detenerme. No soy capaz de articular ni dos palabras y me quedo inmóvil mientras sus ojos recorren mi rostro, intentando adivinar lo que me ocurre.

—Ha bebido.

Me mira unos segundos interminables y aparta un mechón de pelo de mi cara; el gesto me irrita todavía más.

—Mire cómo está. Como consejo, creo que no debería...

Me aparto de él con brusquedad.

—No necesito sus consejos.

—Va a ponerse enferma —bufa desconcertado mientras mete las manos en los bolsillos, tras dejarle claro que no quiero que me toque.

—¿Y por qué le importaría que enfermara?

Levanto la barbilla desafiante prometiéndome que jamás agacharé la cabeza cuando él esté delante de mí. No he olvidado ni por un instante cómo este «señor» acabó con mi tanga en las manos anoche ni la manera burlona en la que decidió jugar conmigo.

—Claro que me importa, es mi alumna.

Percibo un leve matiz de indignación.

—¡Déjese ya de hipocresías! —estallo—. ¡Un profesor jamás le metería mano a una alumna!

Bendito alcohol. Tiene la maravillosa capacidad de aflojar la lengua hasta hacerte escupir todo lo que piensas y todo lo que sientes. Y en cuanto a él... que se aguante.

—¡Mejor no siga! —Me agarra del brazo y me obliga a caminar unos pasos más, alejándonos de la entrada.

Observo que mira hacia todos lados con una mueca de preocupación y, en cierto modo, lo comprendo. Su esposa está dentro y él aquí fuera conmigo.

—Profesor... —sonrío con malicia— nunca le he visto tan nervioso.

Se me escapa una risa cargada de sarcasmo, nacida de la tensión que hay entre nosotros. Siento que floto cuando me rodea la cintura para ayudarme a caminar.

—Venga por aquí.

—¡Vaya! —prosigo—. Ahora tiene miedo...

—¿De qué está hablando? —musita entre dientes, visiblemente enfurecido—. No le sienta nada bien pasarse con el alcohol, ni siquiera puede caminar —añade.

En ese instante tropiezo y nuestras caderas chocan.

—Se está poniendo nervioso porque su esposa podría verle, ¿verdad?

Sigo riéndome burlona —la típica risa que te sale con dos copas de más— mientras me aparto de él, jodidamente fastidiada. Soy plenamente consciente de la soberbia con la que le estoy hablando, pero me da igual. La furia arrolladora que siento no me permite callarme.

—¡En realidad, no sé qué coño está haciendo aquí fuera, conmigo!

Las palabras salen disparadas de mi garganta como si llevaran demasiado tiempo encerradas y ya no pudiera contenerlas.

—No me importa lo que vaya a decir mi mujer, si es lo que quería escuchar. —Levanta una ceja, enfurecido—. ¿Le traigo un poco de agua?

—No necesito agua ahora. Solo necesito que desaparezca de mi vida… —comento, completamente ebria y con la voz quebrada.

En cuanto termino de decirlo, me arrepiento de no haberlo gritado más fuerte.

—¿Me ha escuchado? ¡Que desaparezca!

El grito me sale demasiado agudo y, al intentar dar otro paso, estoy a punto de desplomarme. Él reacciona al instante, me sujeta por la cintura y evita que acabe estampándome contra la chapa de un coche.

—Lo dudo —su voz suena distorsionada—. Si no le importara lo más mínimo, ahora mismo no me montaría escenas de celos.

—¿Qué? —Lo miro embobada, incapaz de comprender de qué está hablando—. ¿Piensa que estoy celo...?

No termino la frase porque de repente… vomito. Y, por si la humillación no fuera suficiente, lo hago sobre su impecable camisa perfectamente planchada y sus relucientes zapatos.

—¡Diablos! —exclama.

Me aparta el cabello con rapidez sin soltarme la cintura ni un instante.

No dice una sola palabra, entre nosotros solo queda un silencio incómodo mientras él saca un pañuelo del bolsillo del pantalón.

Acerca el pañuelo a mis labios y me limpia la boca con cuidado, aún conmigo entre sus brazos.

No, no es posible que esté haciendo eso y me quiero morir de vergüenza.

—Como ve, le estoy devolviendo el favor —concluye.

¿A qué se refiere? ¿A aquel primer día de clase en el que le limpié el pantalón y terminé metiendo la pata hasta el fondo?

Pero al instante su voz empieza a sonar cada vez más lejana. La vista se me nubla, las piernas dejan de sostenerme y noto los párpados insoportablemente pesados.

Después... nada. Una oscuridad repentina me envuelve.