El profesor (El profesor 1) Chapter 18 #2
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Chapter 18 #2

Ya es de noche, hemos quedado con Rebecca para salir —como cualquier sábado— y Berta ha aprovechado la ocasión para presentarnos oficialmente a Bram, su nuevo ligue. Curiosamente, su mejor amigo no es ni más ni menos que Adam, nuestro compañero de clase.

Los observo discretamente por el rabillo del ojo mientras hablan muy cerca el uno del otro en la penumbra del club.

Bram debe rondar los veinticinco años. Tiene una buena complexión, el cabello muy oscuro y perfectamente peinado, y unos ojos de un verde muy llamativo.

Parece modelo y gran parte de su cuello y manos están cubiertas de tatuajes.

Se ve irresistible así que comprendo a mi amiga.

Además, ha sido él quien ha conseguido entradas para Dawn Boston , uno de los clubes más exclusivos de la ciudad, y eso no debe ser precisamente barato.

El sitio es espectacular. Es elegante y lleno de luces tenues, sofás de terciopelo y música muy alta.

Todo aquí destila dinero y, a decir verdad, Bram también.

Tiene pinta de chico pijo a kilómetros. El típico universitario rico acostumbrado a conseguir todo lo que quiere.

Por lo visto, es hijo del senador Sander, uno de los nombres más reconocidos del condado.

No me sorprende demasiado que pagar entradas, copas o botellas enteras no suponga absolutamente nada para él.

—¿Qué te parece? —Berta me abraza por detrás tomándome desprevenida.

Cuando señala a Bram con la cabeza, me llevo los dedos al mentón.

Lo observo otra vez mientras él le pega un golpe amistoso a Adam en el hombro; Adam sigue esperando nuestras bebidas en la barra.

Entonces recuerdo inmediatamente la promesa que me he hecho esta mañana: dejar de pensar en mi profesor de Finanzas y fijarme en chicos normales.

Alguien que no sea un completo depredador.

Además, Adam no está nada mal. Mientras Bram posee un atractivo evidente, él tiene un aire caótico y desenfadado.

Lleva una chupa de cuero negra y tiene el típico aspecto de cantante de rock que sabe perfectamente el efecto que provoca en las mujeres.

Y como si fuese poco, esta noche ha llegado en una moto.

Siendo sincera, cualquier chica podría sentirse atraída por él. ¿Por qué yo no?

—Berta… —murmuro—. ¿No me dijiste que Bram tenía novia?

—Ya no tiene.

Joder. Algo está pasando y sospecho que Berta se ha convertido en una robanovios.

—¿Qué te parece Pamela? —me pregunta.

Mi atención se desplaza enseguida hacia una chica de rasgos dulces, que está conversando con Rebe, a unos metros. Es amiga de las dos, y Berta la conoció al final del curso pasado.  Queda más claro que el agua que intenta desviar mi atención del tema.

—Es simpática.

Más o menos.

Lo curioso es que Pamela apenas escucha a Rebecca. Tiene los ojos completamente clavados en Adam. Cada vez que él se mueve, ella lo sigue con la mirada como si el resto del club hubiera desaparecido.

—Vas guapísima esta noche, seguro que le has gustado —mi amiga me mira de arriba abajo y vuelve a señalar a Adam.

Me aliso la falda discretamente y me observo un instante. Quizá Berta tenga razón, además de atractiva, me siento cómoda. Llevo un vestido corto negro y aterciopelado, con escote en V y una abertura en la pierna derecha.

La empujo suavemente cuando el moreno de ojos verdes se acerca por detrás y rodea su cintura con el brazo.

—Bebé, ¿me has echado de menos? —escucho murmurar a Bram junto al oído de Berta, incluso por encima de la música.

Ella lo mira con amor y él le corresponde, con lo cual sonrío complacida.

—¡Dale una oportunidad a Adam! —suplica ella juntando las manos bajo la barbilla—. ¡Por favor!

Parece más interesada en emparejarme con Adam que yo misma. Además, no tengo claro que le gustaría, en la universidad hay chicas más llamativas que yo. Nunca me he considerado guapa, solo una rubia del montón.

—¡Aquí está el camarero!

Adam vuelve con varias bebidas y empieza a repartirlas entre todos mientras las luces multicolores del club bañan su rostro.

Cuando me entrega mi copa me guiña un ojo.

La música lo obliga prácticamente a quedarse pegado a mí mientras empezamos a hablar.

Aun así, noto inmediatamente que Pamela vuelve a lanzarnos una mirada molesta.

—¿Qué tal como asistente de Woods? —pregunta Adam.

Perfecto. Me ruborizo automáticamente y soy incapaz de responder, así que decido cambiar rápidamente de tema. Se me da bastante bien hacer eso, especialmente con Berta.

—Bien. Por cierto, me gusta tu tatuaje. —Señalo el interior de su brazo. Un pájaro oscuro ocupa buena parte de su bíceps y capta mi atención enseguida—. ¿Qué es?

Me fijo mejor, intentando distinguir los detalles pese a la iluminación tenue del club. Extiende el brazo para enseñármelo mejor.

—Es el pájaro del trueno.

—¿Qué es el pájaro del trueno?

—Una criatura mitológica.

—¿Y tiene algún significado?

—Sí. —Se aclara la garganta—. Simboliza la fuerza de la naturaleza y…

—Eh, chicos, ¿qué tal? —interrumpe Pamela apareciendo de repente—. Adam, quería preguntarte por tu hermana, Mia. Hace muchísimo que no la veo. ¿Está bien?

El chico se queda cortado por la irrupción de Pamela y no continúa con la intrigante explicación sobre su tatuaje.

La mirada de la chica me alcanza cuando sus ojos pasan de mí a mi compañero de clase.

Se coloca entre los dos con total naturalidad y prácticamente nos separa, dejando bastante claras sus intenciones. Sin duda, me considera una amenaza.

Rebecca se acerca cuando se da cuenta de que se ha quedado sola.

—¿Y la italiana?

—Quizá estén en el baño —le respondo, ausente.

Las dos recorremos con la mirada la planta baja del club en busca de la parejita feliz, pero no hay ni rastro de ellos.

—Lyn, ¿ese no es el profe?

Rebe se inclina hacia mí para hablarme al oído y me agarra del brazo mientras señala algo a lo lejos. Apenas entiendo lo que dice por culpa del volumen ensordecedor de la música. En ese momento está sonando una canción famosa, Him & I, de G-Eazy y Halsey.

—¿Quién? —pregunto distraída mientras doy pequeños sorbos a mi copa.

—¡El profesor Woods! ¡Ahí!

Me giro de golpe, con demasiado interés.

Joder, Rebe tiene razón.

A unos metros de distancia, rodeado de varias personas y disfrutando de la zona VIP de la planta baja, está él.

No me lo puedo creer y siento que me va a dar un infarto.

Me quedo mirándolo como una auténtica idiota.

Vamos, como si mi cerebro hubiera olvidado de golpe todas las promesas que me he hecho esta mañana.

Me he prometido borrarlo de mi mente al precio que sea.

Menuda mierda de plan.

—Es él, ¿verdad?

—Sí... —Mi voz sale irregular, demasiado suave y temblorosa—. Es él.

Qué ridícula soy. Yo convertida en un jodido flan andante mientras él sigue tan relajado como siempre. Ni siquiera me ha visto, pero es mejor así.

Observo el brillo oscuro de su cabello, impecablemente peinado, y vuelvo a sentirme impresionada por ese porte serio y dominante que parece acompañarlo incluso cuando simplemente sostiene una copa.

Lo examino con atención cuando se lleva el vaso a los labios y da un largo sorbo.

Después asiente mientras conversa con uno de los hombres que lo acompañan.

Está completamente concentrado. Se ve seguro de sí mismo y en cierto modo…

magnético. Los gestos de su rostro se intensifican mientras habla.

El otro hombre escucha atentamente, como si estuvieran discutiendo algo realmente importante.

Negocios, probablemente. Es evidente que la música les importa una mierda.

Mientras el resto de la gente viene aquí para bailar, beber y ligar, ellos parecen estar celebrando una reunión empresarial. Aunque, siendo sincera, tampoco logro imaginarme al profesor bailando. Bailar implica divertirse, y divertirse implica sonreír. Y Brian Alexander Woods nunca sonríe.

¿Desde cuándo me he vuelto tan sarcástica?

Entonces todos los propósitos que me hecho por la mañana se desmoronan como un castillo de naipes por la sencilla razón de que es imposible dejar de pensar en ese hombre inteligente, dominante y severo.

En ese jodido hombre que tiene un cuerpo que parece diseñado por algún ser celestial y unos ojos capaces de provocar un infarto.

¿Y qué decir de aquella boca? Invita a quedarse pegada a ella con superglue. Y mejor ni recordar aquel dedo invasor.

Y ahora está ahí, a apenas unos metros de mí.

Maldita sea.

Siento mis mejillas arder, de repente. ¿Será que me siento tan confundida porque una cerveza y varios chupitos de tequila han terminado de aniquilar mis neuronas?

—¿Lo has visto o no? —insiste Rebe mientras me sacude el brazo.

Me escondo parcialmente detrás de ella con el alma instalada en la garganta. Estoy intentando que no me vea, como si eso sirviera de algo.

Observo entonces que el profesor está acompañado por dos mujeres y tres hombres. Sobre la mesa hay una cubitera con hielo y varias botellas de champán. Todo desprende lujo y exclusividad.

But what the fuck is love with no pain, no suffer...

La letra de la canción se cuela en mi cabeza.

¿Qué coño es el amor sin dolor ni sufrimiento?

Mi corazón se acelera solo por mirarlo, y esa canción no ayuda absolutamente nada.

—Aylin, mira a la rubia que hay a su lado —señala Rebe—. Esa es su esposa.

El golpe de realidad me alcanza de lleno.

—¿Estás segura?

Empiezo a analizar a las dos mujeres. Una rubia de cabello liso, la otra morena y con el pelo rizado.

—Sí. La vi una vez en una revista y otra en la universidad.

Mi atención se centra inmediatamente en la rubia.

No parece una mujer mayor, pero tampoco tiene veinte años.

De hecho, me da la impresión de ser algo mayor que él.

Quizá tenga cuarenta o menos. No lo sé. Lo único que sé es que se conserva increíblemente bien.

Es delgada, elegante y tiene unas curvas de infarto.

Además, lleva un vestido granate espectacular que deja ver un escote generoso.