Chapter 18
S ábado por la mañana.
Suspiro adormilada mientras aprieto uno de los cojines contra mi pecho. Agradezco profundamente que sea fin de semana y que, por fin, pueda olvidarme del trabajo y dormir un poco más. O, al menos, eso pensaba.
Escucho la voz estridente de Berta de fondo y, segundos después, noto sus manos enérgicas sacudiéndome los hombros. Hace muchísimo ruido, tanto que siento literalmente cómo me taladra los sesos. Solo necesito paz y mi amiga, a veces, tiene la delicadeza de un terremoto.
—¡Son las diez y media!
Levanto la cabeza de la almohada y me restriego los ojos, es como si me hubiese pasado un tráiler por encima.
—¿Y? —mascullo medio dormida.
Pero ella sigue tirando de mí como una posesa. No me puedo creer que Berta no esté roncando ahora mismo.
¿Desde cuándo se despierta antes que yo?
Mi amiga tiene más aguante que un coche de carreras y, si ya está levantada, es porque anoche ni siquiera durmió aquí. O directamente no durmió.
—¿Dónde estuviste anoche? —le pregunto.
La observo atentamente porque estoy convencida de que me esconde algo. Y, aunque ella piense lo contrario, no soy tan ingenua.
—Estuvimos en el Blue mientras tú, señorita, estabas cenando en un restaurante de lujo con el buenorro de Woods. —Se hace un moño desastroso en lo alto de la cabeza y vuelve a adoptar ese aire misterioso que lleva arrastrando desde hace días.
Después de que mi amiga desplegara su versión dramatizada de los hechos, se tira sobre mi cama y le pega un mordisco exagerado a una manzana verde brillante. Yo, en cambio, me dejo caer otra vez sobre la almohada y decido no responder.
Estoy agotada.
Después de que la directora de la agencia me acompañara hasta la residencia, me quedé profundamente dormida y ni siquiera la oí entrar.
—¡Lyn! —Tira de mi hombro, llena de curiosidad—. No me digas que no te lo pasaste bien. ¿A quién tengo que matar? —Abre mucho la boca y me analiza suspicaz—. ¿El vestido no funcionó o qué?
Su tono se vuelve repentinamente serio y yo me apoyo en un codo.
—¡Oh, Dios! —Entierro la cara entre las manos—. Era solo una cena de negocios. ¡Déjame dormir ya!
Prácticamente gruño, esperando que me deje en paz y no me obligue a confesarme como si estuviera en una iglesia.
Mentir se me da fatal y, además, yo misma estoy intentando olvidar todo lo que ocurrió anoche.
Cada vez que lo recuerdo siento que el rostro me arde y es como si todavía notara la mano del profesor entre mis piernas.
¿Será posible? Me estoy volviendo loca. Literalmente.
—No me hagas esto, por favor…
Le da otro mordisco a la manzana y sigue implorándome con un gesto teatral.
—Cuéntame tú primero.
Levanto la cabeza y la señalo expectante. Necesito ganar tiempo porque todavía no sé cuánto voy a contarle sobre anoche. O si debería contárselo. ¿Qué demonios podría decirle?
«Berta, resulta que nuestro profesor de Finanzas casi me provoca un orgasmo en la jodida cena, delante de sus socios».
Mi monólogo interno empieza a sonar completamente desequilibrado.
«Ah, y también es un fetichista perturbado que disfruta robando y oliendo las bragas de las mujeres».
Joder. Los nervios vuelven a invadirme y tengo clarísimo que no voy a librarme de su interrogatorio cuando Berta se tumba a mi lado, en la cama.
—¿Entonces lo pasaste bien en el Blue o qué? —me adelanto.
—Teniendo en cuenta que anoche salí con un chico, podría decirse que sí.
Ahora sí me concentro completamente en ella mientras sigo frotándome los ojos.
—¿Qué chico?
—Estudia en la misma facultad que Rebe. Sabes de quién te estoy hablando.
—Vale, Bram. El que se llama como el escritor de Drácula —Sonrío automáticamente al ver el brillo de ilusión en sus ojos.
—Aunque no es un vampiro. Bueno… —se queda pensativa— en cierto modo sí lo es.
Se ríe de pronto y su carcajada termina contagiándome. Ya sé perfectamente por dónde van sus pensamientos.
—¡Bram Stoker no era un vampiro! —La empujo con el hombro—. ¡Escribía sobre vampiros!
—Lo sé, solo me hacía la ignorante, ragazza .
—¿Y cómo es él?
La observo atentamente. Berta no suele enamorarse con facilidad y hace muchísimo tiempo que no le veía esa expresión tan brillante en la mirada.
—¡Oh! —empieza emocionadísima—. Bram tiene un cuerpazo. Y sus ojos son…
Me apoyo de lado mirándola con desaprobación.
—¿No te das cuenta de que siempre te fijas primero en el físico?
—Lo sé —responde encogiéndose de hombros—. Sí, soy de las que van a lo que les entra por los ojos. Con la comida pasa igual, ¿o no?
—Ya, pero Bram no es comida.
Pongo los ojos en blanco pensando que mi amiga es un caso perdido. Así jamás va a lograr enamorarse de verdad. El amor tiene que ser algo más que atracción física.
—Vale, no niego que lo veo un poco como un helado.
Vuelvo a enterrarme en la almohada.
—¡Oh, Berta! Así te va a costar encontrar novio.
—Ay… —La italiana se tira encima de mí mientras me abraza dramáticamente—. No te irrites, Santa Lyn. Alégrate de que mi cuerpo lo disfrutara.
Y vuelve a carcajearse.
—Bueno… me alegro de que tu cuerpo lo haya disfrutado entonces.
Termino sonriéndole con dulzura. Porque Berta siempre hará exactamente lo que le dé la gana, nunca se reprime cuando alguien le gusta. No es como yo.
Mientras la escucho hablar emocionada, desconecto unos segundos y vuelvo a preguntarme por qué me cuesta tanto dejarme corromper por las propuestas indecentes de Brian Alexander Woods. Juro que no entiendo qué me pasa.
¿Por qué me bloqueo de esa manera si él despierta una curiosidad enfermiza dentro de mí?
¿Por qué, cada vez que pienso en él, siento que algo sobrenatural se apodera de mi cuerpo y el corazón empieza a latirme tan rápido que parece que me va a dar un infarto?
¿Por qué me cuesta tanto confiar en un hombre?
Intento apartar esos pensamientos de mi cabeza, pero las dudas sobre el lunes vuelven a devorarme, y eso es porque sé perfectamente que él no va a detenerse.
—¡Ahora te toca a ti! —dice Berta emocionada—. ¿De verdad no te tiró la caña ni una sola vez?
Ahí está. Esperaba semejante pregunta por parte de ella. De hecho, estaba tardando.
—¿Por qué crees que el profesor intentaría ligar conmigo?
—Pues no sé, como pasáis tanto tiempo juntos pensé que…
—Pues no pienses tanto. —Me ruborizo inconscientemente y procuro cortar la conversación levantándome de la cama—. Venga, ¡vamos!
—¿A dónde?
—A correr. —Propongo mientras cojo la taza de café y compruebo que está fría.
No me gusta demasiado caliente y, no sé por qué, pero últimamente cada vez que veo un jodido café pienso en él y en aquella primera vez que nos conocimos. Ya está bien.
—¿Ahora?
—Sí. Anoche no pude salir y necesito despejarme. Ahora mismo vamos a correr las dos. —Agito el dedo índice con actitud mandona—. Recuerda lo que siempre te digo, entrena tu mente, pero también tu cuerpo.
—No… —se queja poniendo morritos mientras yo ahogo una risa—. Estoy cansada. ¡Voy a dormir!
Empiezo a tirar de sus brazos para despegarla de la cama mientras ella sigue suplicándome que la deje descansar.
—¡Por favor!
—No —respondo autoritaria—. Además, ¿no quieres saber más detalles sobre lo que pasó anoche?
Sí, la estoy chantajeando descaradamente, pero me da igual. Ha sido ella la que me ha despertado.
—Pues la verdad es que sí. —Se pone de pie de golpe, muy exaltada—. Pero con la condición de que luego nos echemos una siesta. No aguanto dos noches seguidas de fiesta.
La conozco demasiado bien, un cotilleo siempre le interesa más que dormir.
—¿Cómo? ¿La gran fiestera Roberta Monticelli se está haciendo mayor? —me burlo mientras empiezo a cambiarme con ropa deportiva.
Necesito correr y sudar. Agotarme físicamente, o lo que sea con tal de sacarme a Woods de la cabeza aunque solo sea durante una hora.
—¡No te pases! —grita desde el baño—. Hoy quería presentarte a alguien, pero ya me lo estoy pensando.
—Berta, deja ya de buscarme novios, te estás poniendo muy pesada —le devuelvo el grito mientras me recojo el pelo en una coleta alta frente al espejo.
—¿Quién ha dicho novio? —Asoma la cabeza desde el baño con el cepillo de dientes en la boca y espuma de dentífrico en los labios—. Yo lo que quiero es que dejes de ser virgen antes de echar tu vida a perder.
Frunzo los labios inmediatamente. Cojo un cojín del sofá y se lo lanzo sin pensármelo dos veces. El proyectil impacta violentamente contra la puerta del baño justo cuando ella consigue apartarse.
—¡Te gustan demasiado los cojines, eh, Lyn! ¡Más que los hombres! —vocifera mientras escucho el agua del grifo.
Suspiro después de escucharla y me dejo caer sobre el sofá, agradeciendo profundamente que no pueda verme la cara ahora mismo. Porque eso es exactamente lo que ella cree: que no me gustan los hombres. Y no es así.
Claro que me gustan los hombres. El problema es que me gustan los hombres equivocados. Ojalá me atrajeran chicos normales y corrientes, pero existe un hombre en concreto que me fascina hasta tal punto que temo que llegue el lunes. En el fondo, temo mucho volver a presentarme delante de él.
¿Soy una cobarde?
Intento convencerme de que no y quizá, en lugar de seguir lamentándome, debería centrar mi atención en otra persona. No sé, alguien más normal.
Con esto en mente, compruebo que llevo el MP4 y los cascos. Tengo muchísimas ganas de quemar calorías esta mañana y también de ahuyentar todos los pensamientos indecentes que siguen arrastrándome hacia cierta persona.
La cruel realidad es que jamás debería haberme fijado en un hombre como Brian Alexander Woods. Nunca debí imaginar siquiera cómo sería caer dentro de sus redes. Nunca debí fantasear con él.
Y nunca debí pensar que podría ganarle.
◆◆◆
—Aylin, ¿el Mai Tai lo quieres con licor de naranja o de coco? —pregunta Adam con una sonrisa amable—. También puede llevar limón.
—Con coco, gracias —respondo.
Adam vuelve hacia la barra para decírselo al camarero y yo aprovecho para mirar alrededor mientras le agradezco el gesto con la mano.