Chapter 17 #3
Cuando inmoviliza más sus dedos en mi nuca y acerca su boca a la mía vertiginosamente, escuchamos unas carcajadas estridentes acercándose desde el pasillo. Eso lo obliga a separarse.
Se aparta deprisa y yo me recoloco el vestido y el cabello con los labios fruncidos por la rabia y la frustración. Me niego a mirarlo cuando me ofrece el brazo con un gesto elegante.
—Sería mejor volver a la mesa —carraspea.
Me obligo a dar un paso hacia un lado rodeándolo, y sin aceptar su brazo. Jamás lo haría.
—No me toque.
—¡Perfecto! —bufa detrás de mí bajando la mano—. Lo que quieras.
—¡Y no vuelva a tutearme, maldita sea! —murmuro furiosa—. Solo manténgase alejado.
La brusquedad de mis gestos y el dedo amenazante que agito delante de su cara no parecen intimidarlo en absoluto. Más bien todo lo contrario.
Se arregla el cuello de la chaqueta frente al espejo y se pasa una mano por el cabello para recolocar un mechón fuera de sitio. Tan tranquilo como si no acabara de destruirme la estabilidad mental.
Salgo disparada del baño, casi chocando con dos mujeres que entran riéndose. Él me sigue detrás.
Cuando vuelvo a la mesa —sin ropa interior— me siento completamente endemoniada, porque soy consciente de que no puedo seguir aquí, y mucho menos permitir que él me lleve después a la residencia.
Seguro que desviará el coche del camino correcto o me volverá completamente loca antes de dejarme en el campus.
—Disculpen, me duele muchísimo la cabeza y me gustaría descansar —anuncio con voz firme.
Recupero mi bolso colgado en la silla y ni siquiera lo miro. No podría mirarlo a la cara, aunque quisiera.
—Compañeros, yo también os voy a dejar porque ya es tarde y mañana tengo planes. Hasta Derbyshire hay un buen tramo. ¿Adónde vas? —anuncia la mujer morena que nos ha acompañado durante la cena.
—En la misma dirección.
—Entonces te llevo —me sonríe mientras se pone de pie.
—Ha sido un placer —me dirijo a los socios—. Muchas gracias por la cena.
—Para nosotros también —contesta Carlyle con amabilidad—. Estamos en contacto para la entrevista.
El corazón me da un vuelco. La entrevista. AmExpress Co.
A pesar del desastre que acaba de provocar el profesor en mi cabeza, sigo siendo consciente de las gigantescas puertas que se me han abierto esta noche.
—¡La entrevista, claro! —Intento sonreír con educación—. Gracias al profesor Woods por ofrecerme esta oportunidad.
Termino la frase y me vuelvo hacia él. Sin embargo, él permanece más seco que una momia. Creo que sé cuál es la razón.
—De nada, señorita Vega —responde con una rigidez extraña—. ¿Está segura de que no quiere que la lleve?
La intensidad de su mirada me golpea de lleno. No sé por qué, pero tengo la horrible sensación de que acaba de declararme algún tipo de guerra silenciosa. ¿Una guerra sexual?
—Muy segura, gracias. No quiero interrumpir su cena.
Su mandíbula se tensa apenas un segundo.
—De acuerdo —responde demasiado rápido, como si acabara de tomar nota mental de algo.
—Que pasen una buena noche.
Me lanzo hacia la salida del restaurante, con la necesidad imperiosa de escapar de él antes de que vuelva a acercarse demasiado.
—Señorita Vega…
Su voz consigue que me detenga en seco. Me doy la vuelta haciendo resonar mis tacones contra el suelo, con el alma encogida.
—¿Sí?
Me sostiene la mirada desde el otro extremo, de pie, serio y con ambas manos en los bolsillos. Por un instante, el ruido del restaurante parece desaparecer.
—Que pase un buen fin de semana.
Mi respiración se atasca un segundo porque lo dice de una forma extraña y demasiado personal. Demasiado íntima para tratarse solo de un profesor deseándole buen fin de semana a una alumna. Aunque ya sabemos que eso quedó en el pasado.
—Igualmente.
Sonrío ruborizada, mordiéndome la lengua para no decir ninguna estupidez más.
Es lo último que sale de mi boca antes de girarme definitivamente hacia la salida.
Sin embargo, justo antes de irme, noto otra vez sus ojos recorriéndome de arriba abajo.
Su vista está clavada en mi vestido. En mis piernas. En mí.
Me está recordando que no llevo nada debajo y eso me sacude hasta las entrañas.
Desata en mi algo que me es imposible controlar.
Y él sencillamente está ahí, a unos dos metros, mirándome como si estuviera orgulloso de la locura que acaba de provocar.
Y quizá lo esté porque es a lo que ha venido desde el principio.
Lo odio profundamente. Lo odio porque la ha cagado.
Muchísimo.
Esta iba a ser una cena prometedora, elegante y profesional y ha terminado convirtiéndose en un completo desastre por su culpa.
«¡Aylin Vega, piensa!», me mortifico internamente mientras atravieso el vestíbulo del hotel a la velocidad de un rayo.
Necesito serenarme y recuperar el control, pero cada vez me cuesta más. Porque, poco a poco, el señor Woods está ganándome terreno, y lo peor de todo es que no sé cómo detenerlo.
¿Por qué?
Porque ese hombre es el mismísimo diablo.
Y después de esta noche, ya no me queda ninguna duda: cuando la tentación tiene su rostro, tus principios se convierten en tu peor enemigo.