Chapter 17 #2
Atrapa mi muñeca con fuerza y se lleva mi mano a la boca. Sus labios se posan sobre mi piel con una galantería enfermiza mientras me sostiene la mirada.
—Has sido tú quien ha querido jugar. Yo solo me he limitado a terminar la partida.
Retiro la mano de un tirón brusco y me quedo pasmada, igual que si acabara de sentarme en la silla del dentista. No puedo creer hasta dónde llega su maldita soberbia.
—¡Se ha aprovechado de la situación porque sabía perfectamente que en otras circunstancias no se lo habría permitido!
Retrocedo dos pasos.
Él me observa en silencio, imperturbable, como si cada palabra que sale de mi boca fuese simplemente parte del guion que ya esperaba escuchar. Y entonces, sin previo aviso, se agacha lentamente, recorriéndome con la vista de arriba- abajo.
No lo entiendo.
Me quedo congelada y no sé ni hacia dónde mirar mientras mis piernas parecen incapaces de reaccionar.
—¿Qué… qué hace? —pregunto con voz ahogada.
Pero él no responde enseguida. Su hambrienta mirada se desliza por mis piernas.
Mira fijamente la tela ajustada de mi vestido, en la zona de mis caderas.
Después traza círculos por mis pantorrillas hasta rozar mis tobillos.
Su respiración es pausada, jodidamente controlada, como si estuviera mirando algo sagrado.
—Tienes algo mío.
Frunzo el ceño.
¿Algo suyo?
—Levántese, joder... —susurro.
Ni siquiera yo me creo la autoridad de mi voz.
Permanece inmóvil, ignorando por completo mi orden.
Estoy paralizada. Nadie jamás se había atrevido a hacerme algo así. Me observa como si yo fuera el tesoro prohibido que desea poseer. La joya que ansía arrancarle al mundo. Me sostiene la mirada con una serenidad que me deja sin respiración.
—Tus bragas.
La sangre abandona mi rostro.
—¿Qué?
—Dámelas, Aylin.
«Aylin»
—Aquí. Ahora.
No hay ni rastro de broma en su voz, ni vergüenza, ni siquiera lujuria convencional. Percibo algo enfermizo, como si se tratase de un desequilibrado mental que siente ni más ni menos que… obsesión. La palabra me produce un escalofrío.
—Estás enfermo… —murmuro, aunque mi voz tiembla más que mis piernas.
Inclina apenas la cabeza, intrigado por mi resistencia.
Después alarga la mano hacia mi pierna. Su dedo asciende lentamente por el exterior del muslo hasta encontrar el lazo lateral de mi tanga.
Tira de él con una delicadeza insoportable, como si conociera perfectamente el efecto que cada uno de sus movimientos provoca en mí.
Lo noto, joder. Disfruta cada matiz de mi tensión.
Levanta entonces la vista. No está intentando quitármelas, está esperando mi decisión.
—¡Joder! —estallo, dando un brinco hacia atrás para apartarme de él—. ¿Quieres mis putas bragas? ¡Pues tómalas!
Completamente fuera de mí, me agacho y me las bajo de un tirón.
—¡Toma mis malditas bragas y lárgate!
Se las lanzo al suelo sin dejar de mirarlo.
El silencio que sigue resulta casi insoportable.
Él baja la vista, contempla la diminuta prenda durante un instante y vuelve a levantar los ojos hacia mí.
No sonríe y no dice absolutamente nada. Simplemente se agacha y la recoge con un cuidado que me pone los pelos de punta.
—¿Sabes cuál ha sido tu error? —pregunta finalmente con aquella voz grave.
Permanezco inmóvil.
—Mentirte a ti misma.
Mi respiración se acelera. No soy capaz de responder porque una parte de mí sabe que tiene razón.
Cuando finalmente se levanta, aprieta mi ropa interior entre los dedos durante un instante. Después la acerca lentamente a su rostro y cierra apenas los ojos. Inspira y la guarda en el bolsillo interior de la chaqueta con la misma naturalidad con la que otra persona guardaría una cartera.
Lo observo horrorizada. No alcanzo a comprender qué clase de hombre hace algo así.
—Señor Woods... —susurro intentando recuperar el trato formal, aferrándome a él como si todavía pudiera marcar alguna distancia entre nosotros—. Tiene un jodido problema mental. Uno muy serio.
Él sostiene mi mirada sin alterarse.
—¿Porque te desee?
—¡Porque está cayendo muy bajo! —gruño en su cara.
—¿Porque te quiera en mi cama? —Arquea los labios con ironía.
—¡Porque está jugando sucio!
—Bueno, yo tengo otra teoría… —Frunce ligeramente el entrecejo—. Un depredador jamás pregunta si puede atacar. Te lo advertí.
—¡Y yo le advertí que no se sobrepasara conmigo! Me ha tocado sin mi permiso, ¿vale? —le suelto, incapaz todavía de asimilar lo que acaba de hacer.
—Y aun así no has huido.
Él avanza dos pasos. Yo retrocedo otros dos.
No lo entiendo.
No.
Mierda.
Sí lo entiendo.
Ahora mismo veo las cosas con demasiada claridad y deduzco, por fin, que Brian Alexander Woods es exactamente lo que dijo ser: un depredador. Y tiene mucha razón, me lo advirtió.
Me toma por la cintura con una mano y me pega completamente a su pelvis mientras la otra se ancla en mi nuca. Siento su duro bulto rozando la parte baja de mi vestido cuando él presiona sus caderas contra mí descaradamente.
—No vuelvas a creer que puedes desafiarme fingiendo que no sientes nada.
Mi respiración se corta, no porque me esté amenazando. Él acaba de verbalizar exactamente la mentira con la que he intentando vencerlo unos minutos antes.
—Yo… no se lo voy a permitir. —Mi barbilla tiembla y hablo titubeando.
Odio que sea así, y más me odio a mí misma al notar la vibración en mi pecho. No puedo evitar mirar sus labios, una invitación obscena y directa al pecado.
—¿Qué no me vas a permitir? —Me mira fijamente—. ¿Besarte?
Su mano baja por mi espalda y me presiona contra él.
—Yo no le he dado permiso para tutearme.
No. No voy a tolerarlo. No voy a permitir que me hable de “tú” como si yo fuera a convertirme en su amante.
—Te estoy desencadenando de tus prejuicios —gime turbado.
—¡Soy su alumna!
No cedo y si tengo que repetírselo mil veces más, lo haré.
—No… —susurra, apartando un mechón de mi rostro—. Eres la mujer más guapa que he conocido jamás, Aylin.
Admiro su boca tan perfecta. Ese mentón varonil y esas arrugas que le salen en la frente cada vez que pone una mueca de sorpresa. Esos jodidos ojos que se me han clavado en el cerebro como dagas.
Me derrito como un helado bajo el sol.
Si alguien me hubiera preguntado hace unos días si sería capaz de perder la virginidad en los baños del hotel Gold, un viernes por la noche, mientras cientos de personas cenan fuera y mi profesor de Finanzas me mira como si quisiera devorarme viva, le hubiese dicho que no.
Hasta este momento estaba completamente segura de mi autocontrol, pero ya no confío en mí misma, y mucho menos en él.