El profesor (El profesor 1) Chapter 17
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Chapter 17

N uestros rostros quedan a escasos centímetros y me doy cuenta de que ha pegado peligrosamente su silla a la mía. Entonces la música de jazz empieza a envolver el restaurante.

—Simplemente… no se mueva.

Mantengo la vista fija en el escenario e intento ignorar la cercanía de su respiración. Durante un segundo llego a convencerme de que son imaginaciones mías, consecuencia de las copas de vino y de la absurda tensión que siempre aparece cuando él está demasiado cerca.

Pero entonces sucede.

Siento su mano deslizarse bajo el mantel y recorrer lentamente mi muslo desnudo. El aire se queda atrapado en mis pulmones.

—¿Qué está haciendo? —pregunto en voz baja, procurando que mi tono suene firme.

Escucho mi propio pulso golpeándome los oídos cuando su palma asciende despacio, sin prisa, como si el tiempo jugara a su favor. Giro la cabeza y lo fulmino con la mirada. Cualquier otra persona habría retirado la mano inmediatamente. Él no.

—Señor... —insisto.

Sus ojos permanecen clavados en el escenario.

—Confíe en mí.

«Ni en sueños».

Su mano continúa avanzando por mi pierna con una naturalidad obscena. Me quedo petrificada porque se comporta como si no estuviera pasando absolutamente nada. Pero sí están pasando cosas. Cosas muy peligrosas debajo de esa mesa.

La sala permanece sumida en la penumbra y apenas puedo distinguir sus movimientos, aunque no necesito verlos para sentirlos. Y vaya si los siento.

Su mano cambia de dirección y se mueven con cuidado hacia la parte interna de mi muslo, dejándome sin respiración. Su intención es evidente y, sin embargo...

«¿De verdad cree que voy a derrumbarme tan fácilmente?»

Sin apartar la vista de él, dejo escapar una sonrisa casi imperceptible.

—Creía que ya habíamos tenido esta conversación.

Él arquea apenas una ceja.

—Ah, ¿sí?

—Sí. Usted sostenía que nadie podía vivir sin sexo. Yo sigo pensando exactamente lo contrario.

Su mano se detiene apenas un instante.

—Así que le aconsejo que no pierda su tiempo.

Por primera vez percibo un destello de diversión en sus ojos.

—¿Está segura de que sería una pérdida de tiempo?

Sostengo su mirada con una tranquilidad que ni yo misma sé de dónde saco.

—Completamente.

Él no responde, simplemente continúa acariciando mi piel con una lentitud desesperante. Mi respiración intenta acompasarse con la música porque no pienso darle el gusto de verme alterada.

Joder. No volveré a perder los nervios como lo hice en su despacho.

Con un movimiento hábil, tira suavemente del lateral de mi diminuta ropa interior, comprobando la tensión de la tela. Ya entiendo adónde pretende llegar.

—No va a conseguir nada —murmuro sin dejar de sonreír.

—¿No?

—No siento absolutamente nada, señor.

La mentira sale de mi boca con una seguridad sorprendente. Por dentro, sin embargo, mi corazón late desbocado en mi pecho.

Él permanece inmóvil durante unos segundos, observándome como si acabara de descubrir una teoría jugosa dentro de un experimento. Después curva apenas una comisura de los labios.

—Interesante.

No sé por qué esa única palabra consigue ponerme más nerviosa que cualquiera de sus provocaciones anteriores.

—¿Te gusta la música? —pregunta una de las mujeres al otro lado de la mesa.

Me vuelvo inmediatamente hacia ella.

—Muchísimo. Es... un concierto precioso.

Sonrío con toda la calma de la que soy capaz de fingir. Cuando vuelvo a mirarle, descubro que sigue observándome. No dice nada, no necesita hacerlo. Su mano vuelve a moverse, esta vez ya no se limita a tantear la tela. Desliza dos dedos bajo mi ropa interior, muy despacio.

Mi sonrisa empieza a resentirse y aprieto ligeramente los muslos. Él lo nota. Claro que lo nota.

—¿Qué ocurre? —pregunta casi en un susurro—. Pensaba que no sentía absolutamente nada.

Bajo la vista un instante, intentando entender cómo demonios está haciéndome esto en mitad de una cena.

—Sigo sin sentirlo.

—¿Está segura?

Me está concediendo una última oportunidad para retirarme antes de perder aquella apuesta invisible que acabamos de hacer.

Levanto ligeramente la barbilla.

—Completamente.

Entonces deja de jugar.

Sus pupilas destilan perversión y lujuria. Nuestras bocas apenas están separadas por unos centímetros y es como si estuviera atrapándome dentro de su mundo y, maldita sea… nunca había sentido algo tan enfermizo.

Respiro profundamente, con el corazón a mil, cuando noto cómo sus dedos se abren paso bajo mi ropa interior. Toda la seguridad que llevaba varios minutos fingiendo empieza a resquebrajarse sin remedio.

Maldita sea.

El calor empieza a extenderse lentamente por mi vientre, así que aprieto con fuerza la servilleta bajo la mesa.

No. No voy a darle esa satisfacción. Levanto la barbilla otra vez, pero él continúa avanzando con una lentitud insoportable.

Me estremezco cuando la yema de sus dedos encuentra mi pubis con una delicadeza cruel.

—Solo relájate y disfruta de la música —susurra con voz ronca, tuteándome por primera vez.

No me lo puedo creer.

¿Y cómo podría relajarme?

El calor de su aliento sobre mi cuello me condena. Mis pulmones dejan de responder y, de repente, ocurre lo peor, o quizá lo mejor. Presiona mi punto más sensible con una caricia sensual, quedando completamente empapado de mi excitación.

Sus caricias se vuelven precisas. Desquiciantes. Adictivas.

Cada vez me cuesta más esconder el efecto devastador que está provocando en mi cuerpo. Lo peor es que él lo sabe. Claro que lo sabe. Por eso, de vez en cuando, me mira y curva ligeramente la comisura de los labios de esa manera obscena que me hace perder la puta cabeza.

—¿Notas la adrenalina? —murmura.

Mis mejillas arden instantáneamente. No respondo, porque ya no estoy segura de poder hacerlo sin delatarme.

—¿Es tu grupo de jazz favorito, Woods? —pregunta Davidson.

Él aparta un instante la vista de mí para responder con normalidad mientras su mano permanece donde está. La escena resulta tan ridícula que me enfurece. ¿Cómo puede comportarse como si no estuviera ocurriendo nada?

Cuando vuelve a mirarme, su expresión apenas ha cambiado, solo sus ojos. Esos malditos ojos. Entonces inclina la cabeza.

—Sigues fingiendo.

Su voz apenas es un susurro.

—Te equivocas… —Niego despacio.

Miro al escenario como si estuviera prestando atención a la música, pero toda mi existencia está concentrada en ese maldito dedo.

—Estás muy mojada —me susurra al oído.

Tiemblo cuando acelera las caricias y presiona la yema contra mi entrada, sin dejar de observarme. Y entonces, en vez de parar, desliza un dedo en mi interior con mucho cuidado.

—Oh… —gimo—. Joder…

Mis caderas se arquean involuntariamente. Aprieto el borde de la mesa con ambas manos mientras lo miro completamente alterada.

Su dedo resbala dentro de mí lentamente y siento miles de sensaciones explotándome en el vientre. El vello se me eriza, la piel me arde y es como si estuviera flotando en un universo paralelo.

La expresión completamente trastornada de mi cara parece animarlo todavía más y aumenta el ritmo de sus movimientos. Mi centro responde cuando sus penetraciones cobran vigor.

Virgen Santa. Siento las gotas de sudor deslizándose por mi frente.

Maldigo mentalmente porque mi cuerpo acaba de traicionarme y él lo sabe.

Siempre lo supo. Precisamente por eso acelera el movimiento de su mano.

El golpe resulta devastador. Mi respiración se rompe por completo y noto que toda la falsa seguridad con la que había empezado aquel pulso desaparece de golpe.

He perdido.

Trago saliva.

—Quiero... que pare.

Sus ojos permanecen fijos en los míos.

—¿Estás segura?

No para.

Mis suaves gemidos, camuflados por la música de jazz, son la prueba más humillante de ello.

Y justo cuando siento que estoy perdiendo toda la cordura, que la adrenalina me recorre las venas como un golpe de calor y que falta muy poco para que mi cuerpo reaccione de una forma vergonzosa, él finalmente… se detiene.

Retira la mano sin una protesta, sin una última provocación. Incluso siento que todo ha terminado exactamente cuando él ha decidido que terminara. Acto seguido levanta la vista hacia el resto de la mesa con una calma devastadora.

—¿Queréis un cóctel de mango? —pregunta señalando la bandeja que pasa junto a nosotros—. Tienen buena pinta.

¿Será capullo?

Lo fulmino con una mirada cargada de odio mientras intento recuperar una respiración que hace mucho ha dejado de obedecerme.

—Pagará por esto —murmuro junto a su oído.

Él ni siquiera responde y eso consigue enfurecerme todavía más.

Lo detesto. Lo odio. No lo soporto.

Sin decir nada, me levanto de la silla para huir de la asfixia que siento, consecuencia directa del abominable momento que acabo de vivir.

Me dirijo al servicio deprisa, sin mirar atrás, completamente avergonzada. Irrumpo en el baño con el cuerpo convulso y lo primero que hago es abrir el grifo y mirarme en el espejo. Siento las mejillas ardiendo y quiero matarlo.

Juro que lo mataré.

Me mojo las manos, la cara, el cuello, incluso el cabello, mientras sigo maldiciéndolo en voz baja, balbuceando furiosa y fuera de mí.

—¡Jodido cínico pervertido!

Me seco con una toallita de papel al borde de una taquicardia. Después abro el bolso para retocarme el pintalabios. Estoy más calmada pero no del todo. Las manos todavía me tiemblan y entonces se me cae todo al suelo.

Mi carmín rosa oscuro resbala sobre las baldosas brillantes del baño. Me agacho rápidamente para cogerlo, pero rueda varios metros y termina deteniéndose justo al lado de unos zapatos de hombre.

Mi respiración se corta de golpe.

Es él. Me ha seguido hasta el servicio y está aprovechándose de que no hay nadie porque todos están disfrutando del concierto de jazz.

—¿Estás bien?

Recupero el pintalabios y me pongo de pie a la velocidad de la luz, preparada para enfrentarlo.

—¿¡Cómo se atreve!?

Levanto el brazo para darle una bofetada, dominada por la rabia brutal que me consume en este momento. Sin embargo, él me detiene con una mano firme antes de que llegue a rozarle la cara. Y lo que hace después me deja completamente descolocada.