El profesor (El profesor 1) Chapter 16 #2
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Chapter 16 #2

Después de las presentaciones pertinentes descubro que ambas son directoras de Marketing y Recursos Humanos dentro de la agencia. Y, poco después empiezan a servir el menú. Todo parece exquisito, hay una enorme variedad de platos, ostras y una cubitera con champán.

—¿Le gusta la comida? —me pregunta después de varios minutos en los que me he limitado a escuchar atentamente la conversación. Muy atentamente, de hecho.

—Sí. —Clavo el tenedor en el trozo de carne frente a mí—. La salsa está increíble.

—¿Cómo va la investigación, Brian? —pregunta la directora de Recursos Humanos con amabilidad.

Sus labios son gruesos y es muy guapa, como todas las mujeres de las que se rodea.

—Muy bien. Estamos avanzando bastante y eso es gracias a que tengo una gran asistente.

—Aylin… —Esta vez habla Bill Carlyle—, ¿a qué te gustaría dedicarte cuando termines la carrera?

—Mi mayor objetivo es trabajar en una gran banca de inversiones —respondo emocionada—. Me encantaría participar en investigaciones relacionadas con la optimización de inversiones en bolsa y estrategias para aumentar la rentabilidad.

—Suena interesante. —Bill levanta la copa ligeramente.

—De hecho, podría ser el título del siguiente libro —añade Pete divertido—. ¡Piénsatelo, Woods!

—Las ideas de la señorita Vega suelen ser bastante acertadas, así que, si todo sale bien, quizá podría convertirse en nuestra próxima investigación, ¿verdad?

El profesor me sostiene la mirada buscando aprobación.

Sin querer, vuelvo a pensar lo mismo que llevo días intentando ignorar.

Brian Alexander Woods tiene unos ojos increíbles.

Son profundos e hipnóticos. Ese negro intenso rodeado por pestañas larguísimas hace que resulte casi imposible llevarle la contraria cuando te mira así.

—Ya lo veremos… —afirmo dubitativa. Después me acerco ligeramente a su oído, aprovechando que los demás están distraídos—. ¿No le parece que me está elogiando demasiado? No me gustaría que sus socios se vieran presionados a tenerme en cuenta para las prácticas.

—Descuide —susurra—. No concederíamos unas prácticas a una persona que no las merezca. No somos ese tipo de personas.

Acto seguido, se inclina un poco más hacia mí y roza mi oreja con la punta de la nariz. El simple contacto hace que se me erice la piel.

—Yo simplemente les digo la verdad sobre usted.

—Ya, pero…

—Aylin… —escucho entonces la voz de Bill Carlyle—. Podrías hacer esa investigación dentro de nuestra empresa. Puedes venir a entrevistarnos cuando quieras. ¡Concertemos una cita y listo!

—¿De verdad? —pregunto entusiasmada mientras miro a Woods con la boca ligeramente abierta—. Se lo agradecería muchísimo. En realidad, lo que más me interesa de la agencia es cómo adquieren participaciones en compañías de renombre.

—¿Y cómo es eso? —interviene el pureta .

—Estoy informada de que en AmExpress Co tienen los mejores planes de negocios o, al menos, eso afirmó Journal of Finance en su último número.

—¡Increíble! —Carlyle aplaude claramente impresionado, señal inequívoca de que estoy triunfando—. Está muy al día, por lo que veo. Como todos, tenemos nuestras estrategias.

—Señorita Vega, si le dijéramos nuestro secreto, tendríamos que asesinarla después.

El profesor interrumpe inesperadamente la conversación y el simple roce de su rodilla contra mi pierna me provoca un escalofrío que me atraviesa desde la punta de los pies hasta la coronilla.

Noto que permanece ligeramente inclinado hacia atrás en la silla, dibujando círculos lentos con un dedo sobre la mesa mientras me observa de esa forma lasciva que me resulta intimidante.

—¡No seas tan dramático, Brian! —exclama una de las directoras poniendo los ojos en blanco—. Vas a asustar a la pobre niña.

Estallamos en carcajadas y el ambiente termina relajándome más de lo que esperaba.

Los socios de la agencia parecen personas agradables y cercanas y, mientras doy otro sorbo a mi copa de vino, pienso que lo más probable es que la reunión de esta noche me asegure las prácticas en AmExpress Co. Y eso es una auténtica locura.

Mientras termino la copa —que, por cierto, es ya la tercera y quizá debería detenerme— las luces del restaurante se atenúan lentamente hasta sumir la sala en una agradable semioscuridad.

—¿Qué está ocurriendo? —pregunto acercándome al oído del señor Woods.

—Hoy toca un grupo de jazz.

—Ah… —Miro el escenario con interés.

—¿Le da miedo la oscuridad? —pregunta entonces, en un guiño descarado a nuestra conversación anterior.

—No. —Sonrío—. Creo que ya he dejado claro que no me da miedo nada.

Es evidente que ninguno de los dos está hablando de la iluminación del restaurante.

—Yo creo que sí hay algo que le da miedo. Mucho miedo.

—¿Qué? —Frunzo el ceño.

—Dejarse llevar.

Apoya un codo sobre la mesa y se toca el mentón sin apartarme los ojos de encima. Empiezo a frotarme los dedos nerviosamente sobre el regazo. Sé perfectamente hacia dónde intenta llevar la conversación, pero me niego a permitir que vuelva a seducirme esta noche.

—Bueno, señor Woods… —comento intentando recuperar la compostura— debo decirle que sus socios son encantadores. Estoy sorprendida.

—Usted también me ha sorprendido esta noche.

—¿En qué sentido?

Mi atención recae un instante sobre los demás, inmersos en una conversación que parece aburrida.

—Sabe mucho más sobre mi empresa de lo que imaginaba. Casi más que yo.

—Pensaba que no tenía sentido del humor. —Me río suavemente.

—Nos estamos conociendo. Yo tampoco sabía que usted entendía tanto de Finanzas, aunque podía suponerlo.

Esbozo una sonrisa satisfecha. La realidad es que me encuentro bastante relajada gracias a las copas de vino Leroy Domaine y enseguida vuelvo la vista hacia el escenario, fascinada por el ambiente.

Todo aquello es completamente nuevo para mí y lo estoy disfrutando como una niña pequeña en Navidad. No suelo asistir a conciertos de jazz.

Pero entonces, por el rabillo del ojo, veo cómo él se acerca ligeramente a mí. Me quedo completamente inmóvil cuando noto que su mano desaparece discretamente bajo el mantel.

Lo miro desconcertada justo cuando sus ojos se encuentran con los míos y se inclina hacia mi oído. No me da tiempo ni a reaccionar.

—No se mueva —murmura con voz grave.