Chapter 16
F altan pocos minutos para la hora acordada y me dirijo al lugar de la reunión.
Escucho el sonido rítmico de mis tacones contra la acera y me aseguro de que llevo todo lo necesario dentro del bolso: móvil, cartera y un pintalabios rosa oscuro que combina perfectamente con el tono violeta del vestido.
Sigo caminando sonriente, intrigada por las personas que conoceré esta noche durante la cena.
Planeo ser lo más natural posible y estoy convencida de que causaré una buena impresión.
Tiene que ser así. Y, si todo sale bien, esto solo será el principio de mi carrera profesional.
Sacando buenas notas como hasta ahora, los socios de la agencia podrían darme la oportunidad de realizar allí las prácticas. Y eso sería maravilloso.
«Eso si no te resfrías antes, Aylin», pienso mientras tiro discretamente del diminuto vestido.
Para mi sorpresa, cuando apenas me quedan unos metros para llegar al punto de encuentro, reconozco inmediatamente el todoterreno de Woods.
Ya está esperando, con las luces apagadas.
Frunzo el ceño temiendo haber vuelto a llegar tarde, así que miro el reloj de pulsera.
Quedan cinco minutos exactos y es evidente que el profesor se ha adelantado.
En cuanto percibe mi presencia, enciende las luces y arranca el motor. Después sale del coche y lo rodea por delante con pasos firmes.
—Buenas noches.
Mientras me abre la puerta, hago un esfuerzo sobrenatural para que no se me vea la ropa interior al subir al coche.
Joder. Este vestido me va a matar esta noche. Y yo mataré a Berta.
El señor Woods arranca el automóvil y vuelvo a convertirme en víctima de esa mirada hambrienta que intenta disimular cada vez peor. Es algo a lo que, por desgracia, empiezo a acostumbrarme.
—Le queda muy bien el color violeta —constata mientras me coloco el cinturón y cruzo las piernas—. He quedado impresionado.
—Gracias —respondo educadamente mientras lo observo por el rabillo del ojo.
No podría decir que esta noche se vea más elegante que otros días, teniendo en cuenta que el profesor siempre viste impecablemente. Sin embargo, hay algo que llama poderosamente mi atención. Lleva un anillo grueso de oro en la mano derecha, uno que no le había visto antes.
Agudizo la vista. Creo distinguir un escudo y una lanza perfectamente tallados sobre una inscripción que mezcla tonos dorados y negros, aunque la penumbra del coche no me deja apreciarlo del todo.
—Me he dado cuenta de que le gusta mucho el color negro —comento, probablemente intentando iniciar conversación después de varios minutos de silencio.
—Es muy observadora.
—No es tan difícil notarlo.
Muevo ligeramente las caderas y admiro la ciudad a través de la ventana.
—Cierto, me gusta —afirma mirándome fugazmente—. Me inspira seguridad.
—No lo tengo por un hombre inseguro.
—Porque no lo soy.
—Sin embargo, elige llevar un color que le proporciona seguridad.
—Para mí el negro también simboliza elegancia y supremacía.
Junto los labios y le sostengo la mirada con cierta timidez. Su arrogancia ya no me sorprende y supongo que tendré que acostumbrarme a esa superioridad constante que desprende, aunque no comparta en absoluto su actitud altiva. Al fin y al cabo, mi objetivo es otro.
Ignorando aquel evidente gesto de egolatría, decido seguir conversando en un intento de conocer un poco más a la persona que se esconde detrás de Brian Alexander Woods.
—Pero el negro también simboliza oscuridad y luto. No sé… tristeza —señalo—. ¿Se identifica también con eso?
—Creo que nunca le he dicho que nuestras conversaciones me parecen sumamente interesantes. Usted me desconcierta.
—Yo creo que es justo al revés —respondo con sarcasmo.
Pero él ni siquiera se inmuta. Sigue concentrado en la carretera.
—No es mi intención desconcertarla. De hecho, creo que siempre he sido bastante claro.
—Pero no ha contestado a mi pregunta —insisto.
—La oscuridad es subjetiva. Lo que para usted resulta oscuro, para otra persona puede ser claro. Todo depende de quién mire.
—Hablábamos de tristeza.
—Y también de oscuridad y luto.
—Entonces se refiere a que…
—Reitero. —Da unos suaves golpecitos con los dedos sobre el volante—. Creo muchísimo en la subjetividad. A veces uno se equivoca juzgando un libro por su portada.
—¿Entonces considera que la primera impresión no es importante?
—Posiblemente lo sea. Pero no debería utilizarse para juzgar completamente a alguien porque podríamos equivocarnos. De hecho, me ocurrió con usted.
Volteo completamente la cabeza hacia él.
—No lo entiendo.
Él vuelve a mirarme con esa expresión enigmática que consigue ponerme la piel de gallina.
—Cuando la conocí… —Gira el volante para incorporarse a Carrington Road y aparta momentáneamente la vista— me equivoqué al formarme una primera impresión sobre usted.
—No sé si quiero saber cuál fue esa primera impresión —confieso con un hilo de voz.
Ahora sí, estoy completamente atenta.
—Me pareció una persona muy torpe, impuntual y que hablaba demasiado. En otras palabras, una mujer que pensé que no querría tener cerca ni como asistente, ni como amiga… ni como nada más —dice deprisa frunciendo ligeramente el entrecejo, y eso hace que me remueva incómoda en el asiento.
—Jamás pretendería ser su amiga.
—Y yo jamás pretendería que fuera solo eso.
«Pretende que sea su amante», completa inmediatamente mi mente traidora.
—Es raro…
—¿El qué? —Aclara la garganta mientras se detiene en un semáforo y vuelve a fijarme con esa mirada enigmática.
—Que diga que al principio no quería nada más conmigo cuando hace poco afirmó que desde el primer día que me conoció quería hacerme el… ehm… —carraspeo, nerviosa.
«¡Mejor te callas, Aylin!», me ridiculiza inmediatamente mi conciencia. Y también me recuerda que él no hace el amor. Vaya estupidez, por cierto.
Por un instante tengo la sensación de que está sonriendo. Aunque con él nunca estoy completamente segura. Su manera de sonreír es extraña, apenas curva una comisura de los labios y listo. Ni siquiera creo haber visto nunca una sonrisa completa en su rostro. Jamás.
—Señorita Vega, me hacen mucha gracia sus comentarios. De nuevo está mezclando el sexo con otras cosas. Yo nunca dije que usted no me atrajera físicamente. Pero aquel primer día… digamos que me atraía para una sola noche.
Me quedo callada varios segundos. Y, aunque intento que no me afecte, la confesión me golpea directamente en el orgullo. Supongo que a ninguna mujer le entusiasma escuchar que solo despierta interés para una noche.
—¿No me va a preguntar cómo la veo ahora?
—Prefiero no preguntarlo —titubeo mientras noto un leve temblor en las manos.
En el fondo sé perfectamente que su impresión ha mejorado, pero también sé que estamos acercándonos otra vez a ese terreno peligroso donde él domina demasiado bien las reglas del juego. Y yo… joder. Yo apenas consigo mantenerme en pie.
—Profesor, ya he enviado esta tarde la encuesta a un gran número de empresas. Conforme vaya recabando información, empezaré con el análisis de resultados.
—Muy bien.
—También les he fijado una fecha límite para responder. Así evitaremos retrasos y podremos tener las respuestas lo antes posible —explico—. ¿Debería habérselo consultado antes?
—No, ha hecho muy bien. ¿Qué plazo les ha dado?
—Dos semanas. En aproximadamente un mes también tendremos listo el análisis cualitativo y cuantitativo. ¿Le parece bien?
—Se nota que es una mujer de decisiones.
Pongo una pequeña mueca sin saber exactamente cómo responder y vuelvo la vista hacia la ventana.
—¡Aquí es! —exclama de repente mientras detiene el automóvil.
Leo el enorme letrero iluminado: Gold Star . Es un hotel de cinco estrellas, uno verdaderamente impresionante. Ni siquiera sabía que existía un sitio así en Boston.
Empiezo a observarlo todo fascinada. Mientras hablábamos no me había dado cuenta de que nos encontrábamos en una de las zonas más exclusivas de la ciudad.
Un aparcacoches nos abre la puerta con elegancia, Woods le entrega las llaves y me rodea por detrás con el brazo, rozándome apenas la cintura. El simple contacto hace que se me acelere el pulso.
—¿Está nerviosa?
—No. —Intento controlar la respiración—. ¿Debería estarlo?
—No, claro que no. Mis socios son estupendos.
Le sonrío mientras avanzamos por el pasillo iluminado.
Nada más entrar al vestíbulo del hotel, percibo el aire lujoso envolviéndolo todo.
El personal viste de gala y se mueve con rapidez por el inmenso salón de la planta baja.
Hay fuentes decorativas, enormes lámparas vanguardistas suspendidas del techo y una zona llena de plantas ornamentales que parece sacada de un catálogo de diseño de interiores. Todo resulta sofisticado.
—¡Ahí están! —indica señalando al fondo.
Nos acercamos a una mesa donde hay dos hombres sentados y cuatro asientos vacíos.
—Buenas noches —saludo educadamente después de que el profesor estreche la mano de ambos socios.
—Os presento a mi asistente, la señorita Aylin Vega.
—Hola. Pete Davidson, el pureta —se presenta un hombre robusto y calvo, con aspecto de estar cerca de la jubilación.
El otro hombre, rubio y alto, suelta una carcajada.
—No le hagas caso, le encanta dramatizar. Yo soy Bill Carlyle.
Mi corazón se acelera al reconocer el apellido. Bill Carlyle, uno de los propietarios de AmExpress Co y el rostro visible en la prensa.
—Encantada.
El profesor me indica las sillas pegadas a la pared, dejando libres las que dan al pasillo.
—Aylin, ¿cómo es que no has salido corriendo todavía? —pregunta Pete de repente—. Brian es horroroso para trabajar.
—Y espero que nunca lo haga —añade Woods mientras tomamos asiento.
—Señor Davidson, no creo que exista algo capaz de asustarme y el señor Woods no será una excepción —respondo rápidamente, deseando que el profesor haya captado perfectamente la indirecta.
Nuestra conversación se interrumpe cuando dos mujeres exageradamente elegantes, de entre treinta y cuarenta años, una de pelo castaño y la otra morena de pelo corto, se incorporan a la mesa.
—Hola, perdón por llegar tarde.