El profesor (El profesor 1) Chapter 15 #3
23%

Chapter 15 #3

—¡Hasta luego! —me despido demasiado deprisa antes de girarme.

Camino con la velocidad de un rayo, alejándome de él mientras noto perfectamente cómo profesoras y alumnas se giran a mirarlo cuando pasan por su lado. Tiene esa clase de presencia que no pasa desapercibida.

Pero no soy capaz de seguir y al instante vuelvo la cabeza. Para mi sorpresa, lo veo allí plantado, sin haberse movido del sitio.

Me está mirando.

Jesús.

Me giro avergonzada y una sonrisa completamente idiota vuelve a aparecer en mi cara pensando en la oportunidad que me espera esta noche. AmExpress Co.

Aun así, las dudas vuelven a mí porque no dejo de preguntarme si esta noche será capaz de mantenerse en su sitio. Si él volverá a provocarme y si volverá a mirarme de esa forma que parece desnudarme por dentro y por fuera.

No creo que sonreír encaje conmigo.

Eso es lo que acaba de decir. Y no, no me equivocaba. El profesor es un hombre realmente extraño, pero no debería importarme. Es su problema, no el mío, aunque, a decir verdad, yo tengo un problema todavía mayor: la ropa que me pondré para la cena.

Tiro las llaves sobre la mesita nada más llegar a la habitación y busco a mi amiga con la mirada, pero Berta no está. Ni en la cama ni en el sofá. Visto lo visto, el sermón de esta mañana no le ha servido absolutamente de nada.

◆◆◆

Horas más tarde, miro somnolienta el móvil y compruebo la hora. Me he quedado dormida en el sofá. Está anocheciendo, ya son las seis y media de la tarde y Berta todavía no ha vuelto.

Salgo del sofá como un resorte al recordar que primero necesito enviar los correos antes de arreglarme.

Abro el portátil y pulso el botón verde de llamada, pero no obtengo respuesta.

Tras aproximadamente media hora, escucho la llave girando en la puerta y la veo entrar tiritando de frío, cuando en realidad todavía hace bastante calor.

—¡Berta! —Me acerco a ella suspicaz—. ¿Dónde estabas?

— Ragazza ! —me grita con la misma locura de siempre—. ¡Se nota que está entrando el invierno!

—¿Estás bien?

—¡Sí! —se ríe mientras entrecierra los ojos—. ¿Por qué no iba a estarlo?

—No sé. No das señales de vida.

—Estaba con Rebe y Pamela en el Blue. —Se quita los tacones deprisa y camina hacia el baño—. Se nos ha hecho tarde.

—¿Pamela?

—Ya te contaré. —Me guiña un ojo—. ¿Y qué tal el trabajo? ¿Has dejado ya sin camisa a Woods?

Bufo automáticamente. Ya está. Mi desaparecida amiga tiene ganas de bromear.

—Me imagino esos pectorales, esa tableta de gimnasio bien dura del profesor, ese…

Se manosea a sí misma mientras se quita la ropa y se prepara para ducharse.

—¡Qué dices! —Suelto una carcajada y le lanzo un cojín directo a la cara.

—Buaj, ¡qué aburrida! —protesta antes de abrir el agua de la ducha—. En una semana yo ya le hubiese dejado sin calzoncillos.

—Así te va.

La persigo por la habitación con una emoción absurda naciendo de golpe dentro de mí.

—Berta… ¡necesito tu ayuda!

—¿Estás bien? —Me toca la frente mientras seguimos riéndonos—. ¿Desde cuándo necesitas tú mi ayuda y no al revés?

—Pues desde que…

Me hago la interesante y ahogo una carcajada cuando ella cierra el grifo de la ducha y abre los ojos como platos. Berta no soporta quedarse fuera de un cotilleo. Literalmente no puede.

—¿Qué?

—Esta noche voy a cenar con… —continúo, alargando el suspense.

—¿Con…?

—¡El equipo directivo de AmExpress Co! —chillo extasiada.

Mi amiga empieza a gritar también y aplaude como una loca. Acto seguido, me da un abrazo tan fuerte que casi me deja sin respiración. Las dos empezamos a dar pequeños saltos por la habitación como si tuviéramos diez años. Y, sinceramente, hacía muchísimo tiempo que no me sentía tan ilusionada.

—Pues le debes un polvo a Woods.

Mi sonrisa desaparece apenas un segundo.

—¡No seas tonta! —Junto los labios inmediatamente, con la mosca detrás de la oreja—. La cosa no va por ahí.

Odio profundamente que mi voz no suene tan convincente como me gustaría. Porque, aunque quiera negarlo, el profesor ha dejado bastante claro por dónde le gustaría que fueran las cosas.

—Bueno, bueno… —Pasa completamente de mi explicación—. ¿Y qué te vas a poner?

—Pues… —Me froto las manos nerviosamente— ahí es donde te necesito. No tengo vestidos muy elegantes.

Mi tono risueño cambia de golpe y la ansiedad empieza a crecer dentro de mí. Porque ahora no se trata únicamente de una cena. Se trata de AmExpress Co, y de contactos y oportunidades reales. Del tipo de oportunidad por la que llevo trabajando toda mi vida.

—¿Te llevará a un restaurante?

—Supongo. Aunque ni siquiera hemos hablado de eso.

La chiflada de mi amiga abre los armarios de par en par y empieza a desfilar por la habitación solamente en ropa interior: un conjunto rosa chicle de seda brillante, claramente su favorito.

—¡Todo el armario es tuyo, amore ! ¡Ven!

Suelto una risa cuando Berta prácticamente se mete dentro del armario buscando vestidos. Su ropa es elegante y sofisticada. Sus padres poseen varios restaurantes italianos repartidos por todo Estados Unidos, y económicamente viven en una realidad completamente distinta a la mía.

En mi casa solo trabaja mi padre y la salud de mi madre es demasiado delicada como para permitirse ciertos lujos. Aun así, jamás me he considerado una persona desgraciada. Tengo una familia que me quiere y, además, ahora mismo estoy mucho más cerca de mi sueño de lo que jamás imaginé.

—Creo que este vestido violeta te quedaría de escándalo —dictamina Berta con un tono profesional—. Eres rubia y este color te favorece.

—¿Pero no es demasiado corto?

Sujeto el vestido entre las manos. Parece de seda, tiene manga mediana y apenas escote.

—¡Cariño! —Me regaña inmediatamente—. Tienes unas piernas increíbles. ¡Lúcelas un poco! Ah, ¡y los zapatos! —Corre hacia el armario—. Toma estos stilettos dorados. Combinan perfectamente con los pendientes.

—Ehm…

Examino los pendientes largos cubiertos de cristales Swarovski, demasiado llamativos para mí. Son demasiado Berta.

—Prefiero mis pendientes cuadrados.

—Vale, también combinan muy bien. —Sigue revolviendo ropa a velocidad supersónica.

Empiezo a rebuscar en el cajón de mi ropa interior y selecciono un tanga negro cuando recuerdo que las bragas normales se marcarían bajo la tela del vestido. Lo observo unos segundos porque es diminuto. Ridículamente diminuto. Dos tiras finísimas sosteniendo un trozo de seda microscópico.

—Menos mal, ragazza . Pensaba que ibas a ponerte las bragas de mi abuela.

Doy un brinco cuando Berta aparece detrás de mí.

—¡Seguro que son más cómodas que esto! —protesto mientras sostengo el tanga entre dos dedos con una mueca nerviosa.

—¡Me encantas!

—¡Tú a mí no tanto!

Nuestras carcajadas llenan la habitación otra vez mientras giro la rueda de la ducha. El tiempo se me echa encima, pero no me importa.

Porque, por primera vez desde que llegué a Harvard, siento que mi vida está cambiando. Y aunque Brian Alexander Woods sea un caos de traje y corbata capaz de destrozarme los nervios… AmExpress Co me está esperando.

Y pienso aprovechar cada segundo de esta oportunidad.