El profesor (El profesor 1) Chapter 15 #2
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Chapter 15 #2

—Bien. Si necesita algo, dígamelo.

—Vale, gracias.

Para mi alivio, abandona el despacho unos minutos al vibrarle el teléfono móvil. Apenas echa un vistazo a la pantalla, su expresión cambia de inmediato. No parece enfadado, pero sí preocupado. Cierra la puerta tras de sí con suavidad, aunque no del todo.

Intento volver a concentrarme en la encuesta, pero la voz grave llega amortiguada desde el pasillo. Dejo de escribir casi sin darme cuenta.

—¿Estáis seguros?

Su tono ya no tiene nada que ver con el que utiliza conmigo en el despacho. No hay ironía, ni doble sentidos y tengo muchísima curiosidad en saber qué le están diciendo al otro lado.

—Esperad mi orden.

El bolígrafo deja de moverse entre mis dedos, no sé por qué esa frase consigue erizarme la piel. Más que nada, porque habla como si fuese un alto cargo del ejército o del FBI. Alguien acostumbrado a que los demás obedezcan sin hacer preguntas.

—Que nadie haga nada hasta que llegue. Y una cosa más…

La voz baja tanto que ya no alcanzo a distinguir las siguientes palabras. Un segundo después, la llamada termina. Me obligo a mirar la pantalla del ordenador antes de que vuelva a entrar. No quiero que piense que estaba escuchando.

Tecleo deprisa intentando concentrarme únicamente en el trabajo, aunque mi mente continúa atrapada en el momento de la llamada. Pero también recuerdo a la mujer pelirroja y la donación. En cómo Woods ha hablado de ayudar a esos niños sin esperar absolutamente nada a cambio.

Sigo dándole vueltas. Me resulta imposible creerlo, y solo espero que no lo haya hecho para impresionarme. Pero si es verdad… ¿Cómo puede existir tanta oscuridad y tanta luz dentro de una misma persona?

—Bueno… —Su voz me sobresalta cuando regresa junto a mí—. Creo que ya es tarde. Puede irse si quiere.

Mira el reloj que lleva en la muñeca.

—De acuerdo —respondo secamente mientras me levanto y empiezo a recoger mis cosas—. Solo me quedan unos cuantos correos, pero terminaré esta tarde.

—El lunes también puede continuar con ello. No se preocupe.

—Prefiero no acostumbrarme a procrastinar.

Entrelaza sus fuertes manos frente al abdomen y me observa con esa calma impenetrable que a veces me desespera.

—Ya veo que es muy comprometida —dice con un deje de admiración, provocándome un pequeño cosquilleo en el pecho.

—Por cierto —añade—, le recuerdo que seguimos teniendo pendiente la cena con los socios de AmExpress Co, tal y como le prometí. ¿A qué hora la recojo?

Mi respiración se detiene un segundo. Había estado tan concentrada intentando sobrevivir al día que casi lo había olvidado.

Parpadeo varias veces.

—¿Es esta noche?

Al informarme que la reunión sería en fin de semana, pensaba que sería mañana, o el domingo. No hoy.

—No tendrá ningún problema en venir, ¿verdad?

La ilusión me golpea tan fuerte que casi me avergüenza. Me da vergüenza que después de todo lo ocurrido, sigo emocionándome con la idea de entrar en el mundo de AmExpress Co.

—No, claro que no.

Intento disimular el entusiasmo, pero siento literalmente cómo me brillan los ojos. Y él lo nota, porque su expresión se suaviza de pronto.

—Es lo mínimo que puedo hacer después de…

—Entiendo.

No quiero que termine esa frase. No quiero volver a pensar en el sofá, en sus manos o en la forma obscena en que pronunció ciertas cosas a unos milímetros de mis labios.

—¿Le parece bien si paso a recogerla sobre las ocho y media? La cena es a las nueve.

—Me viene bien esa hora.

Camino hacia la puerta intentando mantener la compostura, tengo claro que necesito salir de aquí antes de que vuelva a decir algo capaz de revolucionarme el cuerpo entero.

Pero justo cuando voy a abrir, su mano atrapa la puerta antes de que pueda salir y el simple acercamiento vuelve a alterarme de manera ridícula.

—Yo también he terminado por hoy.

Me indica con la cabeza salir primero. Lo miro crispada mientras empezamos a caminar por el pasillo manteniendo una distancia prudencial. Cuando llegamos al final del pasillo y me dirijo hacia las escaleras, él me agarra suavemente del brazo.

—Cojamos el ascensor.

—De acuerdo.

Entramos juntos en el ascensor y, de repente, el espacio se reduce. El ascensor parece una cajetilla de cerillas, ni más ni menos. Es por eso que prefiero las escaleras.

Permanecemos en silencio absoluto y ambos intentamos pulsar el botón de la planta baja al mismo tiempo. Nuestras manos se rozan. Ha sido solo un instante, pero siento la descarga recorrerme hasta los dedos gordos de los pies.

—Disculpe —murmuro apartando la mano rápidamente.

Él no se disculpa.

Por supuesto, ¿qué esperaba?

Simplemente pulsa el botón mientras yo observo de reojo el reflejo de ambos en los espejos laterales. Entonces lo veo aflojarse ligeramente el nudo de la corbata mientras hace una mueca extraña. No sé exactamente de qué. Quizá de tensión. ¿O de agobio?

Me abanico disimuladamente con la mano intentando aliviar la oleada de calor que me recorre de repente.

—¿Tiene calor?

—No mucho.

Bajo la mano enseguida.

—Qué raro.

—¿El qué?

Su respiración sacudida me golpea el cuello porque está peligrosamente cerca, y eso me obliga a girarme rápidamente. Necesito tenerlo de frente, no detrás de mí. No respirando sobre mi espalda y con sus caderas casi pegadas a mi culo.

—Estamos en octubre. No debería hacer tanto calor —dice mientras tira ligeramente del cuello de la camisa.

—Profesor…

Me observa desde arriba con aquellos ojos oscuros en los que me pierdo a menudo. Es tan alto que hace que alce bastante el mentón.

—Ayer fui sincera y critiqué su comportamiento.

—¿Y hoy?

Arquea una ceja, ese gesto que hace cuando está sorprendido.

—Hoy me parece admirable que quiera donar la mitad de sus beneficios para ayudar a otras personas.

—No es nada.

—Sí lo es. Y debo ser justa.

Vuelve a quedarse en silencio observándome y noto exactamente cómo cambia algo en su mirada. De repente, sus ojos se vuelven más suaves y humanos.

—Comprendo. No esperaba que un hombre sin principios, como yo, pudiera ser solidario.

Entrelaza las manos detrás de la espalda mientras el ascensor sigue descendiendo demasiado lento.

—Nunca he pensado eso —respondo atónita—. Yo…

Nuestras miradas vuelven a engancharse de esa forma tan íntima y sensual, algo que empieza a resultarme una jodida pesadilla.

Y otra vez me cuesta respirar con normalidad.

Porque Brian Alexander Woods tiene una manera de mirar que no sabría describir con palabras.

Es como si analizara cada uno de mis gestos y cada reacción.

Como si fuera capaz de romperme poco a poco sin necesidad de tocarme.

Las puertas se abren finalmente y salgo del ascensor sintiendo un alivio absurdo. Doy gracias a Dios por no haber salido embarazada solamente por compartir unos pocos minutos aquí dentro, con este hombre.

—¿Entonces le parece bien donar el cincuenta por ciento de los beneficios de nuestro futuro libro? —pregunta mientras caminamos hacia la salida principal.

—Quiero que me aclare algo… —Saludo distraídamente a la profesora Brown al pasar—. ¿A qué se refiere exactamente con nuestro ?

—Le hablo de la investigación que estamos realizando sobre el binomio rentabilidad-riesgo.

—Pensaba que solo estaba ayudándolo como asistente. El libro es suyo y la investigación es suya.

Sigo confundida. Muchísimo.

Se detiene frente a la entrada principal de la facultad. El campus está abarrotado de estudiantes y, aun así, siento que el mundo entero desaparece cuando él me mira fijamente con esos ojos de pestañas infinitas.

—No podría apropiarme de su trabajo —se aclara la garganta—. Por supuesto que su nombre aparecerá en la portada junto al mío. Ya le dije que recibiría reconocimiento público.

Me quedo completamente inmóvil.

¿Mi nombre? ¿En un libro junto al de Brian Alexander Woods?

El corazón empieza a latirme tan fuerte que me da vergüenza hasta respirar.

—Le recuerdo que mi ayuda es temporal —admito, acordándome de lo que me prometí.

—Y eso es una verdadera pena.

Su voz suena más grave de repente. Incluso juraría que habla con pena de verdad, aunque mantiene las formas, como siempre.

—Si le soy sincero, espero hacerla cambiar de opinión. Sé que usted es exactamente lo que necesito para este proyecto.

Bajo la mirada sintiéndome culpable por lo mucho que me ilusiona escuchar eso. Porque debería estar manteniendo distancia, en cambio, él consigue exactamente lo contrario.

—Encontrará a otra persona igual de válida.

—Lo dudo. —Carraspea—. No creo que encuentre otra persona que muestre tanto entusiasmo como usted.

Y entonces sonrío, tan solo le muestro una sonrisa pequeña y natural.  Es una sonrisa sincera porque, maldita sea, por mucho que intente luchar contra ello, hablar de finanzas, de investigación y de publicar un libro con él me hace feliz. Muy feliz.

—Bueno… —tartamudeo aturdida— si hemos terminado, le deseo…

—Nunca deje de hacerlo.

Sus ojos permanecen clavados en mí con una intensidad brutal.

—¿El qué?

—Sonreír así.

Sus palabras me cortan en seco y mi sonrisa desaparece. Lo dice completamente serio y joder… yo no sé qué responder. Hay algo en su mirada en este momento que me conmueve hasta el alma; más que todas sus insinuaciones sexuales.

—¿Sonreír?

Intento disimular el fuego que acaba de provocar dentro de mí, pero ya es demasiado tarde.

Mi cuerpo vuelve a reaccionar solo porque, de repente, siento calor y un torrente de nervios.

Esa sensación absurda y líquida me derrite lentamente por dentro.

Necesitaré tirar a la basura mis bragas cuando llegue a la residencia.

—Pues… creo que usted debería hacerlo más a menudo —consigo responder finalmente.

Él parece divertido, porque sus facciones se relajan.

—No creo que sonreír encaje conmigo. La veo luego.

—Sí, dentro de unas horas.

—Dentro de unas horas.

Y otra vez ese silencio tenso y esa sensación de que una conexión invisible está creciendo entre nosotros.

Entonces él se humedece los labios con un gesto sensual y aparta la mirada. Yo siento literalmente que el cerebro deja de funcionarme.