Chapter 15
D espués del almuerzo, sobre las dos, me pongo en marcha y me dirijo al despacho del profesor.
Si dijera que no estoy nerviosa, estaría mintiendo descaradamente.
Es algo que no puedo controlar, pero tendré que aprender a convivir con ello por decisión propia.
Aun así, me prometo ferozmente no volver a dar pie a conversaciones que no estén estrictamente relacionadas con el trabajo.
Ni insinuaciones, ni dobles sentidos. Ni otra maldita conversación capaz de dejarme temblando por dentro.
Toco dos veces la puerta y espero mientras doy gracias a Dios porque mi madre se encuentre bien.
Hoy le ha subido la tensión y acabo de hablar con mi padre.
El amago de infarto que sufrió hace unos meses nos dejó a todos aterrados y, desde entonces, vivo con el miedo constante de recibir una llamada que me rompa el mundo en dos.
—¡Sí! —escucho su voz inconfundible junto al sonido de unos pasos acercándose.
Inmediatamente me viene a la cabeza la morena arrodillada y el profesor con aquella calma obscena mientras yo moría de vergüenza. Esta vez no pienso abrir hasta que él me diga expresamente que puedo entrar. Por si acaso.
—Entre.
Su tono suena tan desenfadado como siempre, vamos, como si ayer no me hubiese provocado un jodido caos mental.
Cuando entro me saluda educadamente y señala la silla frente a su escritorio. Me siento intentando aparentar normalidad, aunque por dentro estoy rígida. Es como si llevara encima un chaleco antibalas del grosor de un diccionario de la Real Academia.
—Dígame en qué puedo ayudarle hoy —me adelanto antes de que él empiece. Necesito controlar la conversación.
Se acomoda en su silla y abre una carpeta que reconozco enseguida.
—Hoy tenemos bastante trabajo —carraspea—. Como le dije ayer, revisé la encuesta que redactó y me parece estupenda. Solo corregí algunos detalles.
Desliza los dedos sobre las hojas con esa elegancia que destila en absolutamente todo lo que hace, incluso en la manera de respirar.
—¿Qué detalles?
Me entrega la carpeta y empiezo a revisar las correcciones mientras él consulta algo en la tablet .
—Aquí creo que se ha equivocado —señalo al detectar una anotación que no encaja.
—No lo creo. —Su seguridad resulta irritante, pero también tremendamente atractiva—. Léase mejor este párrafo.
—Aquí especifica que un gran porcentaje de empresas se dedica a detectar estos riesgos y…
—¿Y dónde está el fallo? —Me observa de manera suspicaz. Igual que yo a él.
—Usted ha sustituido un gran porcentaje por la mayor parte . Y no significa lo mismo.
Frunce ligeramente el ceño. Yo permanezco quieta, con las manos enlazadas sobre el escritorio de roble. Revisa el texto unos segundos.
—Tiene razón.
No puedo evitar una pequeña sonrisa victoriosa, aunque sé perfectamente que cualquier triunfo sobre Woods dura menos que un caramelo en la puerta de un colegio.
—La idea ahora es enviar esta encuesta al mayor número posible de empresas y agencias financieras para recopilar datos —explica—. ¿Qué propone?
Me quedo pensativa mientras observo cómo hace girar el bolígrafo entre los dedos. Empiezo a conocer sus gestos, como por ejemplo, su manera de tensar la mandíbula cuando piensa o la costumbre enfermiza de tocarse la corbata. Incluso vigilo el nudo varonil que se mueve en su cuello al hablar.
El profesor se levanta y rodea el escritorio. Lleva exactamente el mismo traje oscuro y la misma camisa de color blanco que estos días atrás.
—Señor… —me giro ligeramente en la silla para mantenerlo dentro de mi campo de visión— podríamos emplear un sistema de encuestas online. Así abarcaríamos muchas más empresas.
—No solo en Estados Unidos, sino también en el extranjero —añade con aprobación.
De repente, se acerca con varios documentos, deposita los papeles frente a mí y permanece detrás de mi silla. Cuando apoya ambas manos sobre el escritorio y prácticamente me rodea, el aire deja de entrarme bien en los pulmones.
Miro de reojo sus brazos tensos, preparada para apartarlo si intenta cualquier cosa. Pero él simplemente habla, como si no fuera consciente de lo mucho que altera mi sistema nervioso con solo sentirlo tan cerca y oler ese perfume tan suyo.
—Señorita Vega, aquí tiene una lista con los perfiles de las empresas que entran dentro de nuestra investigación y aquellas que nos interesan especialmente. Aunque puede añadir las que considere oportunas.
—Comprendo —respondo deprisa mientras arrastro la silla hacia atrás de forma brusca.
Él da un pequeño respingo involuntario y se aparta. Lo miro desconcertada cuando se toca discretamente la pelvis.
—¡Perdón! —Levanto una mano instintivamente para tocarle el brazo, pero la retiro enseguida—. No pretendía hacerle daño.
—No estaría tan seguro.
Su respuesta suena especialmente seca y yo bajo la mirada mientras él me lanza una expresión casi demoníaca.
—Parece que tiene predilección por… determinadas partes de mi cuerpo.
Perfecto. Me está recordando que le quemé con el café, así que sencillamente, quiero morirme. Por enésima vez.
—No era mi intención, se lo aseguro.
Se recoloca el cuello de la chaqueta con una dignidad impecable, aunque noto cierto cambio de color en su rostro.
—Bien. Empiece a trabajar. Ahí tiene su mesa.
Asiento, aunque él tarda demasiado en apartarse. Nuestras miradas vuelven a encontrarse y prácticamente le suplico en silencio que deje de bloquearme el paso. Mi corazón está golpeándome las costillas con violencia e intento soportar con la cabeza en alto esta tensión que me electriza la piel.
—Tenga cuidado con el escritorio —comenta con ironía señalando la pata de la mesa.
«¡No es justo!», protesto mentalmente.
Sabe perfectamente lo que hace. Le encanta provocarme, torturarme y recordarme constantemente que es por su maldita presencia que me pongo nerviosa y no controlo la situación.
Y no controlar la situación me fastidia.
Mucho. Siempre he controlado todo en mi vida y he diseñando cada detalle al milímetro.
Tras sentarse finalmente en su sitio, centra su atención en el iPad mientras yo prácticamente huyo hacia mi mesa.
Durante los siguientes veinte minutos trabajo sin descanso completando la encuesta con los datos seleccionados. Probablemente no me dé tiempo a enviarla hoy y tenga que terminarla en casa mezclándola con los trabajos de Marketing.
Mientras sigo tecleando en mi ordenador, llaman a la puerta.
—Hola, Brian.
—¡Stephanie!
Levanto la vista automáticamente, con una corriente horrible atravesándome la espina dorsal al oír de nuevo ese nombre. Brian. No puedo dejar que un simple nombre me haga recordar, así que decido evadirme, además de que estoy intrigada por la recién llegada.
Una mujer pelirroja, alta y muy elegante entra en el despacho y se lanza a abrazarlo con confianza. Le besa ambas mejillas y siento una punzada extraña en el estómago al verlos tan cercanos.
«Otra amante», pienso un tanto irritada. «¿Cuántas tendrá?»
Mi mente vuela sola hacia la señora Woods, su esposa. Me pregunto si realmente conocerá la versión oscura y mujeriega de su marido o si él simplemente me mintió cuando habló de su supuesto matrimonio liberal. Porque cada vez me cuesta más saber cuándo dice la verdad y cuándo miente.
—Stephanie, te presento a Aylin Vega. Mi asistente.
—Encantada. —Sonríe acercándose a mi mesa para estrecharme la mano.
—Stephanie es la editora de la Universidad —me explica—. Se encargará de la edición de nuestro libro.
«¿Nuestro?»
Parpadeo varias veces.
—Seguro que quedará excelente. Brian es un auténtico profesional. Además de profesional, es una grandísima persona —añade ella girándose hacia mí—. Estoy segura de que trabajaréis muy bien juntos.
La pelirroja resulta muchísimo más agradable de lo que esperaba y, después de conversar unos minutos, vuelvo a centrarme en el ordenador. Sin embargo, sigo escuchando su conversación de fondo.
—Brian, ¿la donación sigue en pie?
—Por supuesto.
—Los niños te lo van a agradecer muchísimo. También te he traído este documento para que lo firmes.
La mujer deja una carpeta sobre su escritorio y yo los observo discretamente de reojo.
—Aquí pone que donas un cuarenta por ciento del beneficio de tus publicaciones a estas organizaciones.
—Rectifica eso —se aclara la garganta—. Pon cincuenta.
La editora abre los ojos de par en par. Al igual que yo, aunque disimulo.
—Pero… eso es la mitad. Es demasiado.
—No importa. Cámbialo.
Lo dice con una tranquilidad aplastante, como si regalar la mitad de su dinero fuera la cosa más normal del mundo. Y, por primera vez desde hace unos días, vuelvo a sentir algo que no quiero sentir: admiración. Una admiración profunda y sincera que me desarma por completo.
—¿Y el tema de la prensa?
—Un no categórico —responde—. No necesito hacerlo público.
Me paso una mano por la frente, sumamente contrariada.
Cuanto más descubro sobre mi profesor de Finanzas, menos capaz soy de encajarlo dentro de una sola definición.
Vale, es arrogante, manipulador, oscuro y provocador.
Pero también es inteligente, brillante y, aparentemente, capaz de donar la mitad de sus beneficios sin necesidad de publicarlo delante de cámaras.
¿Qué puñetas hago con un hombre así?
—Entonces ya está todo en orden. —La mujer no insiste más y guarda los documentos dentro de la carpeta—. Ah, Brian, recuerda que el libro debe estar terminado para enero.
—Lo sé, descuida. Lo terminaremos a tiempo.
«Lo terminaremos».
Otra vez esa insinuación, que me provoca miles de cosas. Y, aunque intento seguir concentrada en la pantalla, la sensación de orgullo florece en mi interior. Porque una cosa es ayudar como asistente y otra muy distinta que alguien como él hable de mí como si realmente formara parte del proyecto.
El profesor acompaña a la editora hasta la puerta y, cuando vuelve a entrar en el despacho, hasta el aire se vuelve electrizante.
—¿Cómo va?
—Finalizando. —Levanto apenas la vista de la pantalla.
Intento mantener el tono profesional y neutro, pero aun así siento claramente que me observa.