El profesor (El profesor 1) Chapter 14 #3
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Chapter 14 #3

—Pensaba que la reputación del profesor era impecable —comenta Berta asombrada mientras abre una barrita de cereales. Qué raro que ella no esté informada de todo.

—Y lo es. Al menos oficialmente —añade Rebe cruzando los brazos.

—¿Qué pasó?

Nuestra amiga mira unos segundos al techo, intentando hacer memoria.

—Parece que se lió con una abogada inglesa, muy conocida. Espera... —Frunce el ceño—. Elizabeth Stuart.

El nombre no significa absolutamente nada para mí.

—Ve al grano, que en cinco minutos empieza la tortura con Contabilidad aunque la prefiero antes que Finanzas —protesta Berta.

Rebecca ignora la interrupción.

—La abogada aseguró que Woods la había engañado y que se había aprovechado de ella.

Berta deja de masticar, yo hago exactamente lo mismo.

—¿Engañado? —pregunto intrigada.

Una amante. La palabra aparece en mi cabeza de forma inmediata. Adam también me habló de una mujer en la fiesta de los Omega. No me dijo su nombre, solo comentó que el profesor había mantenido una relación con alguien y que curiosamente, sigue casado.

¿Estaba hablando de la misma persona?

Rebecca continúa sin darse cuenta del torbellino que acaba de provocarme.

—Pero eso no fue lo peor —baja la voz e instintivamente, las tres nos acercamos un poco más—. En sus declaraciones lo relacionó con... bueno... unas prácticas sexuales poco ortodoxas.

Mi corazón da un vuelco, pero ella no dice nada más, ni falta que hace. Mi memoria completa el resto sola. «Soy un depredador». La voz del profesor resuena con una claridad escalofriante dentro de mi cabeza.

—¿Qué quieres decir con eso? —pregunta Berta.

Rebecca niega con la cabeza.

—No tengo ni idea. Muchos decían que la abogada se lo había inventado por despecho.

Hace una breve pausa.

—Lo único que sé a ciencia exacta es lo que pasó después.

Se me seca la boca porque creo intuir lo que nos contará.

—A los pocos días apareció muerta en el río Charles —explica—. La versión oficial fue que se suicidó tirándose desde el puente Zakim.

Ninguna de las tres dice una palabra. El bullicio del vestíbulo continúa alrededor, pero durante unos segundos, todo deja de existir.

—Joder —murmuro sin aliento.

—Qué horror... —susurra Berta, visiblemente impresionada.

Siento un peso extraño instalándose poco a poco en el pecho.

—¿Y la policía no sospechó?

—Claro que sí —afirma—. Lo investigaron. Durante un tiempo todo el mundo hablaba del caso.

Mi pulso empieza a acelerarse.

—¿Y?

—No encontraron nada.

Da otro sorbo al café antes de continuar.

—Parece que la abogada llevaba meses obsesionada con él.

Parpadeo lentamente, no sé por qué esa última parte me sorprende más que el resto.

—El caso terminó archivándose —continúa Rebecca—. Oficialmente concluyeron que la mujer se quitó la vida porque él no le correspondía.

¿Ella obsesionada con él?

Vuelvo a quedarme en silencio porque sencillamente no puedo evitar recordar el despacho. Su voz. Su mirada oscura. La calma con la que me dijo que era un depredador. En aquel momento pensé que solo intentaba provocarme, pero ahora...

Ahora ya no sé qué pensar, pero sí sé lo que debería sentir: rechazo.

O, como mínimo, desconfianza. Cualquier persona con dos dedos de frente pondría toda la distancia posible después de escuchar una historia así.

Y, sin embargo, mi cabeza insiste en no creérmela del todo.

Es como si algo dentro de mí me gritara que huyera, pero a la vez no fuese capaz.

¿Me estoy aferrando a una ilusión? ¿A una excusa?

—Ok, chicas, nos vemos mañana —interrumpe Rebe dándonos un abrazo rápido—. ¡Y poneos monas porque después hay cervezas!

—¡Si no hay tíos buenorros, no voy! —grita la italiana.

—¡A las ocho! —Rebe se despide lanzando un beso al aire.

Yo ya ni sé en qué mundo vivo. Berta me lo nota.

—¿Estás bien?

—La historia que ha contado Rebe del profesor me ha dejado muy mal cuerpo —admito mientras tiro de ella, preocupada por Contabilidad.

—Lyn, no hagas caso a eso —responde despreocupada—. La gente como él, con dinero y prestigio, siempre acaba metida en escándalos.

Me froto las manos nerviosamente mientras vemos a Rebe alejarse. Pero Berta enseguida me da un codazo suave y señala hacia la entrada.

—Hablando del rey de Harvard…

Levanto la vista, y ahí está él. Woods se encuentra cerca de la puerta hablando con un hombre rubio que acaba de bajarse de una motocicleta. Su acompañante no lleva casco, solo unas gafas de aviador y una chupa de cuero que marca perfectamente su torso. Tiene el típico aspecto de motero peligroso.

Y, aun así, no me parece ni la mitad de atractivo que él.

El profesor permanece completamente serio mientras el otra habla gesticulando con entusiasmo. Se despiden con confianza, como si chocaran el puño.

—¿Será su hermano? —susurro confusa.

—Sí, claro. De madres distintas. —Berta se ríe por lo bajo—. ¿Acaso necesitas gafas? Uno es rubio y el otro moreno.

La fulmino con la mirada.

—¡Pues amigos!

—¿Amigos? Me cuesta imaginar al ogro conduciendo una moto —murmura divertida—. No creo que le vayan estas cosas.

—A él le van otras cosas… —suelto sin pensar.

—¿Como qué?

Suspiro.

Debería coserme la jodida boca.