El profesor (El profesor 1) Chapter 14 #2
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Chapter 14 #2

Entonces, como si mi cerebro decidiera traicionarme por puro vicio, Aylin Vega vuelve a aparecer.

Veo su imagen en el sofá de mi despacho, con la barbilla alta, hablándome con honestidad.

No sabe que mientras ella me estaba soltando ese discurso sinsentido, me la estaba imaginando arrodillada frente a mí.

Y a mí, con una mano en su precioso cabello.

Uhmmm. La impaciencia me consume.

Revisemos la situación. La señorita Vega sabe que no puede confiar en mí y, aun así, aceptó acompañarme a la cena de AmExpressCo. Le importa su futuro y es ambiciosa. ¿Pero hasta dónde llega esa ambición? ¿Qué estaría dispuesta a hacer para conseguir sus objetivos?

Esa es la parte que sigo analizando.

Su moral la retiene mientras su ambición la empuja. Su cuerpo reacciona antes de que su cabeza pueda dictar una sentencia clara. Y su orgullo, ese orgullo absurdo, la obliga a fingir que tiene todo bajo control cuando no es así.

Esa chica me recuerda a un activo con alta rentabilidad y volatilidad impredecible, justo el tipo de inversión que un hombre sensato evita.

Pero yo no soy ese tipo de hombre. Desearla no me preocupa, llevo toda la vida deseando mujeres.

Lo preocupante es que siga pensando en ella cuando ya no está delante.

Lo irritante es no saber qué hará cuando la presión aumente.

No saber si su resistencia nace de la moral o de una variable que todavía desconozco. Y odio no saber.

«Mantén la calma, Brian…», me digo.

Las personas terminan revelándose tarde o temprano. Basta con crear las condiciones adecuadas, retirar las salidas cómodas y observar qué decisión toman cuando empieza a ser difícil seguir siendo quien dicen ser.

AYLIN

Maldigo mientras presiono un paño mojado contra la nevera, intentando limpiar la leche que he derramado a primera hora de la mañana. Me paso la mano por la frente deseando que llegue ya el fin de semana.

Hoy es viernes y agradezco profundamente que tendré al menos dos días para recomponerme y volver al planeta Tierra antes de empezar otra semana infernal.

Aunque antes me queda superar la auténtica prueba de fuego: volver al despacho del profesor Woods después de lo ocurrido ayer.

Porque, por desgracia, sigo siendo su asistente.

—¡Buenos días! —suena la voz alegre de Berta detrás de mí.

La italiana se lanza sobre mi espalda con una energía arrolladora y casi me desequilibro cuando me planta un beso exageradamente sonoro en la mejilla.

Yo solo respiro hondo, mal humorada, porque este es uno de esos días en los que no me apetece hacer absolutamente nada, ni siquiera recibir un abrazo suyo.

La extraña sensación que llevo arrastrando desde ayer sigue instalada dentro de mí como un okupa que se niega a abandonar una casa que no le pertenece. Y sé que, tarde o temprano, tendré que recuperar mi casa. Expulsar las dudas y todo lo que ese hombre ha sembrado dentro de mi cabeza.

—¿Y ahora qué? —Berta cierra los ojos todavía medio dormida y despeinada.

Su aspecto resulta ridículamente gracioso y, aunque apenas haya dormido y tenga una mala leche monumental, sé que necesito hablar con ella urgentemente.

—¿Dónde estabas anoche? —Apoyo las manos en las caderas como una madre enfadada.

Ahora mismo me analiza como si estuviera viendo un fantasma. Después coge la taza de capuchino que le he preparado hace unos diez minutos.

—¿Anoche? —Se rasca la cabeza y parpadea demasiado rápido. Mala señal. Sé que me está ocultando algo, la conozco más de lo que cree.

Debo mantenerme firme. No apareció por la residencia hasta pasada la una de la madrugada y ayer tampoco fue a clase. No supe nada de ella en todo el día.

—¡Tampoco vamos a dramatizar! —Se encoge de hombros—. Una amiga me invitó a una fiesta y…

Evita mi mirada y siento inmediatamente que algo no encaja. Cojo mi taza de café todavía de morros y me siento junto a ella. Intento suavizar el tono, solo quiero que reaccione antes de que sea demasiado tarde.

—Y terminaste llegando después de medianoche, como siempre —la interrumpo.

¿Qué demonios me está escondiendo? Frunce los labios y presiento exactamente lo que va a decirme, así que me adelanto.

—Has suspendido ya dos exámenes.

—¿Y? —Lanza el trapo de cocina sobre la mesa claramente molesta por mi reacción.

Suspiro.

Mi amiga tiene un corazón enorme, pero es incapaz de controlarse. No sabe decir que no cuando alguien le propone salir de compras o irse de fiesta.

—¿Qué pasó realmente? —insisto—. Ayer por la mañana te dejé durmiendo, pero cuando regresé ya no estabas. Solo me mandaste un mensaje.

—¡Se está haciendo tarde, luego te cuento!

Me da la espalda y empieza a colocar platos en el fregadero, completamente decidida a seguir ocultándome donde estaba. Empieza a vestirse ignorándome olímpicamente, como siempre.

—Estoy perfecta, ¿no me ves? —Me guiña un ojo cuando detecta mi cara de preocupación—. ¡Mejor cuéntame tú! ¿Dónde estabas ayer?

Tenso la boca y cojo el bolso después de pintarme los labios frente al pequeño espejo de la entrada.

—Almorzando con el señor Woods.

—¿En serio? —Abre la boca exageradamente—. ¿Os habéis saltado todos los demás pasos o qué?

«¡Yo no!», pienso de inmediato. «Pero él sí. ¡Va más rápido que un puto correcaminos!»

—Ya es tarde. —Le entrego el bolso sin entrar en detalles.

¿Cómo voy a contarle que el profesor intachable no pierde precisamente el tiempo?

—No me digas que ya te despidió.

—Aún no —le respondo ausente—. Pero pronto lo hará.

Inspiro y espiro, mordiéndome la lengua para no revelarle algo que sé que medio Harvard sabría cinco minutos después.

Las noticias vuelan, y jamás ha encajado mejor una frase con Berta, que está ya abriendo la boca más de lo que debería.

Me acuerdo de que todos se enteraron que soy la asistente del profesor por ella.

◆◆◆

Dos horas después reconozco la voz de Rebecca incluso antes de verla. Es imposible no hacerlo porque su entusiasmo suele llegar unos segundos antes que ella.

Estamos junto a las máquinas expendedoras de la planta baja, esperando a que empiece Contabilidad.

El vestíbulo bulle de estudiantes que entran y salen con vasos de café en la mano, portátiles bajo el brazo y con una expresión de estar jodidos, que parece formar parte del plan de estudios de Harvard, como siempre ocurre en estas fechas.

Rebecca estudia Derecho, al otro lado del campus. Aun así, siempre encuentra la forma de escaparse unos minutos para coincidir con nosotras entre clase y clase.

—¡Buenos días, criaturas del sufrimiento financiero!

Levanto la vista y sonrío por inercia. Rebe es bajita, apenas supera el metro sesenta y lleva el pelo teñido de un rosa intenso que probablemente provocaría un infarto colectivo en cualquier bufete tradicional.

Está obsesionada con los tatuajes, aunque se los hace en sitios discretos. Según ella, el mundo de la abogacía necesita urgentemente una reforma. Y sinceramente, no puedo estar más de acuerdo. No es normal que los abogados no puedan tener tatuajes en un sitio visible.

—¿Y ese pelo? —pregunta Berta mientras le da un rápido abrazo—. No me digas que has liderado otra revolución.

Rebecca se pasa una mano por la melena con gesto orgulloso.

—No. Solo he cambiado de peluquera.

—Qué decepción. Ya me imaginaba viéndote esposada a la puerta del Tribunal Supremo.

—Dame un par de años.

Las tres nos echamos a reír. Ese es el efecto de Rebe.

Incluso cuando una lleva una mañana horrible, consigue arrancarle una sonrisa.

Yo, sin embargo, solo sonrío a medias. Mi cabeza sigue atrapada en otra parte.

Por un lado, Berta continúa sin contarme dónde demonios pasó la noche anterior.

Por otro... el profesor Woods. Dentro de poco volveré a ir a su despacho y no sé qué me espera esta vez.

—Por cierto —dice Rebecca mientras saca un café de la máquina—, mañana es sábado. ¿Os apuntáis a cenar en el Wendy's?

Me acerco a la papelera para tirar el vaso vacío. Segundo café de la mañana. Una cantidad perfectamente razonable para sobrevivir a esta semana.

—A mí me parece un plan estupendo —dice Berta—. Nos vendría bien salir un rato.

Por supuesto, precisamente ella está diciendo eso.

A continuación, gira la cabeza hacia Rebecca con esa sonrisa traviesa que siempre precede a una de sus ideas. Mala señal.

—Aunque igual deberíamos celebrar que esta señorita tiene trabajo.

Le lanzo una mirada endemoniada.

—Berta...

—¿Sabías que tienes delante a la nueva asistente del profesor Woods?

Rebe deja de remover el café y parpadea. Es raro que aún no se haya enterado, ya lo sabe medio campus.

—¿Del profe sexy?

Cierro los ojos un instante, un poco cansada del tema. Si las circunstancias fueran otras, seguramente estaría orgullosa.

—Rebe... —suspiro, decidida a aprovechar para indagar más en el asunto—. ¿Cómo conoces tú al profesor? Estudias Derecho, nunca te ha dado clase.

Ella me observa como si acabara de preguntarle quién es el presidente de Estados Unidos.

—¿Por qué lo conozco? —Se encoge de hombros—. ¿Será porque es Brian Alexander Woods?

Hace una pausa, esperando que eso baste como explicación, pero al ver mi cara de desconcierto, continúa.

—Vamos, Aylin. Es imposible que no supieras quién es. —Rebecca da un sorbo a su vaso y, de repente, deja de sonreír—. Y más aún el escándalo en el que estuvo metido —finaliza apoyándose contra la máquina expendedora.

Noto cómo el estómago se me encoge sin motivo aparente.