El profesor (El profesor 1) Chapter 14
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Chapter 14

E l ruido metálico de la cadena suena cada vez que mis nudillos se hunden contra el cuero negro del saco de boxeo.

Uno. Dos. Tres.

Lanzo otro directo y el impacto me sube por el brazo hasta el hombro.

Llevo guantes solo para cuidarme las manos y no levantar sospechas delante de una clase de cincuenta estudiantes.

No podría aparecer con heridas. No es por el dolor.

De hecho, el dolor me da igual, es útil porque sitúa y ordena las ideas.

Y ahora mismo destrozaría el puto saco a patadas si pudiera.

El cuerpo entiende mejor que la mente cuando algo se ha salido del eje y, desde la llamada que he recibido de madrugada, todo dentro de mí permanece en alerta. Si esto no se corrige a tiempo, nos hundiremos.

Repito esa frase mientras el sudor resbala por mi cuello y se pierde bajo la cintura del bóxer. Me gusta entrenar casi desnudo.

Sigo dándole vueltas. Jackson está vivo esta vez, ¿pero y la próxima?

El coche en el que iba a viajar mi hermano saltó por los aires anoche.

Parece que alguien, en algún lugar, ha creído que podía tocar a mi familia sin pagar un precio.

La idea me resulta tan absurda que casi tendría gracia si no llevara desde las cuatro y diecisiete de la madrugada imaginando exactamente cuántas formas retorcidas existen para que una persona se arrepienta de haber nacido.

Detengo el movimiento del saco con ambas manos y apoyo la frente contra el cuero.

El olor a piel y sudor llena mis pulmones cuando respiro hondo.

Mi cuerpo conoce la rutina igual que conoce el camino exacto hasta la ducha del cuarto de entrenamiento.

Pero antes me miro en el espejo. Hay una pequeña marca roja en mi hombro derecho.

Casi dos meses no son suficientes para curar.

La observo durante un segundo y después aparto la mirada.

Hay cicatrices necesarias para no olvidar que todo se puede ir a la mierda en un segundo.

Las toallas blancas están dobladas en tercios perfectos, los frascos de perfume alineados junto al lavabo, la maquinilla colocada siempre a la derecha, el reloj sobre la repisa, con la esfera orientada hacia mí. No soporto no poder ver la hora.

Durante unos minutos permanezco inmóvil bajo el chorro caliente, con las manos apoyadas contra la pared de piedra y la cabeza inclinada. Pienso en Jackson y en el motivo del ataque.

Pero, sin venir a cuento, la imagen de mi asistente invade mis pensamientos, y eso consigue irritarme mucho más que la explosión. Cierro el grifo con un movimiento brusco, sabiendo que esto ya no es normal.

Magnífico.

Me seco con una toalla y camino por los anchos pasillos hasta el dormitorio. Entonces, oigo un quejido que procede desde la cama. La chica que pasó la noche conmigo se mueve entre las sábanas al percibir mis pasos. No recuerdo cuándo se durmió, pero sí el momento en que dejó de interesarme.

Es muy guapa, pero nada nuevo, todas lo son.

Alza la cabeza y me observa con esa expresión de adoración que me es tan familiar.

Se llama Vanessa, o Verónica. Algo con V.

Trabaja en una galería de arte de Beacon Hill y antes de ayer fingí durante diez minutos que me interesaba hablar de expresionismo abstracto cuando lo único que quería era follármela.

Le dije que me visitara al despacho justo a la hora que cité a la señorita Vega. Y sí, todo salió como planeaba. Sabía que nos veríamos interrumpidos así que anoche volví a citarla. Necesitaba olvidar esos ojos celestes y también acabar lo que empezamos en la universidad.

—Buenos días —murmura, incorporándose despacio.

No le respondo, me acerco al vestidor, pulso el interruptor y la luz cálida se enciende sobre filas perfectamente ordenadas de trajes, camisas, zapatos y corbatas. El olor a cedro y colonia me recibe como siempre. Olivia acierta hasta con el olor del ambientador.

Veintiocho trajes descansan separados por tonalidades. Negro. Gris carbón. Gris humo. Las camisas blancas ocupan una sección completa, todas planchadas, todas con la misma distancia exacta entre perchas. No necesito pensar cuál voy a ponerme, mantener mi estilo me ayuda a mantenerme sereno.

—¿No vas a dormir? —pregunta ella desde la cama.

Saco una camisa blanca y la siguiente percha queda apenas desplazada. La recoloco.

—No.

Hay una pausa.

—Podría quedarme para desayunar.

Empiezo a abotonarme la camisa frente al espejo del vestidor. Primero el tercer botón, después el cuarto, y luego subo al segundo. La secuencia me resulta más cómoda así.

—No será necesario.

La veo aparecer reflejada detrás de mí, envuelta en la sábana, con el cabello oscuro cayéndole sobre un hombro. Se detiene en la entrada del vestidor.

—¿Eres siempre así?

Termino de abrocharme los puños.

—¿Así cómo?

—Frío después.

Levanto la mirada hacia su reflejo, no le voy decir que no me interesa para nada más allá de lo que ya pasó. Si me interesara para otra cosa, ya estaríamos hablando sobre términos y condiciones.

—Soy exactamente igual antes —murmuro—. Ahora disculpa, tengo que atender un asunto urgente. Te llamaré un taxi.

Su boca se entreabre, quizá para reírse o quizá para decirme que soy un cabrón. En el fondo, sabe que no puede hacerlo, fui claro desde el principio. La invité a cenar y le regalé una pulsera que podría costar más que su propio coche.

—De acuerdo, Brian. Tienes mi número —responde—. Y… encantada.

No respondo, tan solo asiento con la cabeza. Mientras se viste en silencio, escribo deprisa la palabra taxi. Max sabrá qué hacer.

Intento vaciar mi mente y por unos instantes, lo consigo. Excepto cuando recuerdo a cierta rubia de lengua afilada enfrentándome en el restaurante. Salvo cuando su voz preguntándome si podía confiar en mí invade mis pensamientos.

Le dije que soy un depredador. Tal vez no debería haberlo hecho, y no porque fuera mentira, solo que la verdad a veces puede ser un arma de doble filo. Y si hay una cosa que me caracteriza, esa es que no me ando con rodeos.

Pulso el botón verde y efectúo una llamada justo después de oír el portazo del dormitorio. Curiosamente, me responden al instante, a pesar de la hora.

—Pensaba que estarías durmiendo.

Al otro lado suena el rugido de una Harley y después una voz ebria.

—Buenos días. Yo también me alegro de oír tu voz, ¿sabes?

—¿Estás conduciendo?

—No, estoy volando. ¿Qué crees?

Pongo los ojos en blanco, intentando tener paciencia, aunque la paciencia con él represente una de mis pendientes.

—Creo que algún día te estamparás contra un camión y me tocará identificar lo que quede de ti por culpa de tus fiestas ridículas.

Oigo la risa de Liam camuflada por el viento golpeando el intercomunicador de su casco. Reconozco ese motor incluso por encima del tráfico. Lleva años diciendo que piensa cambiar el escape, y lleva los mismos años mintiendo.

—¿Cómo está Jack? —pregunta al fin.

—Vivo—. Tomo una corbata negra del primer cajón y la paso alrededor del cuello—. No fue un trabajo improvisado.

Termino el nudo de la corbata y lo ajusto con dos dedos. Queda perfecto, pero aun así lo bajo un milímetro y vuelvo a subirlo.

—Quien puso esa bomba conocía sus rutinas —completa mi amigo.

Me coloco el reloj en la muñeca derecha y lo cierro con un clic limpio.

—Concéntrate, no me digas cosas que ya sé.

—Me concentro mejor cuando no imagino tu cara de amargado. Apuesto a que acabas de echar a alguna tía del ático.

—No la he echado.

Suelta otra risa tonta, pero lo interrumpo.

—Liam…

—Vale, vale, sé qué vas a decir. Estoy de camino. Max ya envió fotos y el patrón es limpio. Demasiado limpio para un aficionado.

—Querían a Jack muerto, y lo sabes. No fue una advertencia.

—Lo sé, pero pronto sabremos de quién se trata.

Confío en él, no es casualidad que sea el amo y señor de la artillería pesada. Y, aunque en el fondo me gustaría que se tomara las cosas más en serio, admiro la manera en la que afronta la vida, con optimismo y humor.

Recuerdo una tarde de lluvia, un patio lleno de grava y a Liam escupiendo sangre antes de preguntarle al instructor si la segunda paliza venía con postre.

Nunca entendí de dónde sacaba las bromas.

Yo contaba respiraciones, él contaba chistes.

Dos formas distintas de manejar nuestra situación de mierda.

—¿Crees que alguien habló? —pregunta finalmente.

Apoyo el codo en el mueble y paso el pulgar por el borde de la alianza.

—Solo sé que alguien quiere verlo muerto, y es en eso en lo que debemos centrarnos.

—¿Quieres que empiece por los nuestros?

—Quiero que empieces por todos —respondo rudo—. Necesito nombres antes de que acabe el día.

Liam silba.

—¿Antes de que acabe el día? —pregunta con ese tono jocoso—. ¿Quieres también que encuentre la cura contra el cáncer mientras aparco?

Lo ignoro. Justo a esto me refería.

—Escúchame bien —digo—. No quiero que se nos vaya de las manos. Quien haya colocado esa bomba va a pagar.

No elevo la voz porque no lo necesito. Hay frases que pierden valor cuando se gritan.

—Lo sé.

—No. No lo sabes. Si han tocado a Jack para enviar un mensaje, responderé con uno que no olvidarán. Y si alguien de dentro se chivó, se arrepentirá.

—Vale, vale. Te aviso en cuanto tenga algo. Y hermano...

—¿Qué?

—No te encierres demasiado en tu cabeza.

Llega tarde. Cuelgo antes de que pueda añadir otra estupidez con buenas intenciones.

Camino hasta la cocina y me sirvo un espresso en una taza blanca de porcelana. Es el primer café de la mañana, el segundo siempre me lo tomo en la universidad.

Observo cómo el líquido oscuro cae en un hilo perfecto.  Tomo un sorbo y después dejo la taza sobre la encimera. La giro hasta que el asa queda orientada exactamente hacia la derecha.

Café.