El profesor (El profesor 1) Chapter 13 #3
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Chapter 13 #3

—Señor Woods, cada uno tiene su propia visión de las cosas —le respondo tajante—. Aunque me gustaría preguntarle algo. ¿Puedo confiar en usted al menos hasta la cena con sus socios?

Une las manos bajo su varonil mentón y me observa sin pestañear. Es como si su reflexión fuese profunda, y así lo confirma la gran bocanada de aire que toma. Sus ojos quedan fijos en los míos, y un fuerte escalofrío me recorre.

—Señorita Vega… soy un depredador.

Entreabro los labios completamente desconcertada. Jamás habría imaginado una respuesta así. Ni en un millón de años.

—Creo que ya le he dejado bastante claro que me gusta recibir y ofrecer placer.

—Sí, más claro que el agua —respondo tensa antes de darle un trago enorme al agua.

Porque, siendo sincera, necesito una copa urgentemente, pero sé que sería una pésima idea. ¡Qué maldito calor!

—Y después de enterarme de que es virgen, el deseo que siento se ha intensificado todavía más. Así que mi respuesta es no. No puede confiar en mí.

Lo miro completamente boquiabierta. Mucho más que esta mañana.

—Entonces entiendo que, si usted es un depredador… yo soy su presa.

—En el fondo, todos somos animales.

Su voz adquiere un tono irónico que me eriza la piel inmediatamente. Lo curioso es que él ni siquiera parece incómodo. Permanece inmóvil en la silla, observándome con aquella mirada insinuante que empieza a volverme loca. Loca no, joder. Totalmente fuera de mis cabales.

—Eso suena misógino y anticuado —suelto con aspereza—. ¿De qué siglo viene exactamente?

—¿Me está confundiendo con un vampiro?

—¿Y usted con un trozo de carne?

—Puede ser. —Su mirada desciende descaradamente hacia mis pechos—. Del más exquisito.

Se relame los labios y yo junto más las piernas debajo de la mesa intentando controlar las pulsaciones. Porque esos labios… esos malditos labios… joder.

—Le advierto que su cinismo empieza a sobrepasar todos los límites.

—Se llama ironía —corrige—. Le he hecho una propuesta. Bueno, en realidad dos. Y no se preocupe, entiendo perfectamente que pueda asustarla. Pero no pienso mentirle. —Hace una breve pausa—. Tiene que comprender que voy a intentar seducirla.

—No podrá obligarme.

Sigo luchando contra él con el ceño fruncido y la cabeza hecha un auténtico caos. Vuelvo a preguntarme si aceptar este puesto ha sido el mayor error de mi vida mientras procuro calmar el temblor en mis rodillas.

—Nunca la obligaría —aclara sin apartar la mirada de mí—. Será usted quien me lo pida.

La tranquilidad con la que pronuncia esas palabras me hiela la sangre. Lo miro atónita, ha conseguido dejarme boquiabierta, una vez más.

—¡Es usted muy arrogante!

—Y usted muy guapa cuando se enfada. —Sus labios se curvan apenas un poco.

Me sigue observando como si me estuviera analizando con lupa. Tengo la horrible sensación de que me está poniendo a prueba constantemente, como si cada reacción mía le resultara fascinante.

—Yo… —tartamudeo con el mismo tono ridículo que siempre me sale cuando me dirijo a él—. Ya he terminado de comer. ¿Podría decirme cuánto es?

Me levanto de golpe provocando un ruido brusco que hace que varios clientes miren hacia nuestra mesa.

Perfecto. Más humillación.

—Veo que además es graciosa. —También se pone de pie—. Jamás permitiría que pagara.

Estoy furiosa porque aceptar este almuerzo ha sido un auténtico desastre.

—Quiero pagar.

—Bueno… la próxima vez será.

Miente.

Lo sé porque se le nota en la mirada. El profesor es exactamente el tipo de hombre que jamás permitiría que una mujer pague una comida. El típico macho alfa dominante. De esos que creen que una mujer siempre acabará cediendo.

Trago saliva y aclaro la voz antes de hablar.

—También espero que la próxima vez hablemos realmente de trabajo. Porque, en teoría, era a eso a lo que habíamos venido aquí. ¿Lo recuerda?

—Permítame al menos llevarla de vuelta a la residencia.

—Gracias, pero no hace falta. Quiero dar un paseo.

Salgo del restaurante sin mirar atrás y con un nudo enorme oprimiéndome la garganta. Lleno los pulmones de aire desesperadamente, y sé que necesito más oxígeno. Urgentemente.

Brian Alexander Woods es descarado, arrogante y peligrosamente seductor. Y, aun así, consigue descolocarme y excitarme hasta el punto de no reconocerme a mí misma. Ese hombre despierta dentro de mí cosas que nadie había despertado jamás.

Y lo peor de todo es que él lo sabe.

Por eso sigue tirando de los hilos de su juego sucio. Sabe perfectamente que, al arrastrarme a esta situación, mi escudo empieza a romperse. Incluso acaba de decirme a la cara que no puedo confiar en él y que intentará seducirme.

Dios mío.

¿Contra qué clase de hombre me estoy enfrentando?

Para alejar esos pensamientos tan jodidamente peligrosos y, sobre todo, desconcertantes, saco el móvil y empiezo a revisar cómo marcha el mercado bursátil en Wall Street. Es la única manera que tengo de distraerme. No me extraña que digan que soy una friki sin remedio.

Camino agotada hasta el parque cercano a la residencia, el mismo lugar donde suelo correr todas las noches para despejarme.

Apago el teléfono.

«¿Cómo demonios voy a soportar las insinuaciones del profesor hasta mañana?», pienso por última vez.