Chapter 13 #2
Llego al punto acordado unos minutos antes de la hora y los remordimientos empiezan a aplastarme otra vez. He cometido un error aceptando este almuerzo, pero ya no hay marcha atrás.
Prometo mantenerme firme, ponerme la pintura de guerra y batallar contra él si hace falta. Voy a demostrarle al profesor Woods que valgo para mucho más que para convertirme en su amante.
Empiezo a mover nerviosamente la pierna sobre la acera mientras espero. Y entonces reconozco inmediatamente el coche de Woods. Ni siquiera me da tiempo a abrir la puerta, porque antes de que alcance la maneta, él ya ha salido del vehículo para abrírmela personalmente.
Lleva el mismo traje gris oscuro de esta mañana. Hoy, curiosamente, la camisa es de color negro y el conjunto entero hace que las facciones afiladas su rostro destaquen todavía más.
—Hola —saluda—. Me alegro de verla.
No sonríe en ningún momento, solo percibo aquella amabilidad fría en la voz. Lleva gafas de sol oscuras y, sinceramente, parece más un agente de la CIA o un empresario multimillonario que un profesor universitario.
Intento mantener la cabeza fría y repetirme que debo verlo únicamente como mi jefe. Nada más. Sin embargo, resulta imposible ignorar lo elegante que es. Sus trajes siempre están perfectamente planchados y parece sacado de una revista de esas de Gucci, con modelos masculinos que rozan la perfección.
Mientras arranca el coche y yo intento ponerme el cinturón, mi atención se desvía hacia el reloj carísimo y escandalosamente sofisticado que lleva en la muñeca. Lo hago únicamente para distraerme, siendo consciente de que nos quedaremos solos en un coche. Su coche.
—Esto… creo que no funciona —murmuro cuando el cinturón se niega a moverse—. Está bloqueado.
—Imposible.
Y al segundo siguiente prácticamente invade mi asiento para alcanzarlo. Su perfume vuelve a golpearme de lleno. Maldita sea, nadie debería oler tan exageradamente bien.
Cuando su rostro queda demasiado cerca del mío, giro la cabeza automáticamente para evitar que nuestras narices choquen. Pero él se detiene un instante, como si estuviera oliendo algo.
Empiezo a preocuparme de inmediato. No llevo perfume ni siquiera sé si huelo decentemente, aunque me acabo de duchar. Por puro nerviosismo termino olisqueándome las axilas de manera disimulada. Patético.
—¿Tiene alguna preferencia en cuanto a restaurantes? —pregunta mientras vuelve a acomodarse las gafas. Su tono vuelve a sonar completamente normal.
—La verdad es que no. Suelo frecuentar sitios de comida basura.
—Comprendo. La vida universitaria es dura —completa—. Entonces la llevaré a uno de mis restaurantes favoritos. Espero poder sorprenderla al menos con el almuerzo.
Juraría que me observa de reojo, no lo sé con exactitud porque evito mirarlo.
—Yo también espero sorprenderlo con mi trabajo.
«Y no con lo que realmente busca», pienso.
—No me cabe la menor duda de que lo hará, señorita Vega.
¿Cómo es posible que todo haya cambiado tan rápido? Hasta esta mañana veía en él a un profesor admirable. Ahora lo veo como a un hombre peligroso del que no sé qué esperar.
El restaurante queda bastante cerca y, apenas unas calles después, apaga el motor y vuelve a apresurarse a abrirme la puerta.
—¿Siempre es tan caballeroso? —pregunto sarcástica cuando salgo del coche.
Se queda ligeramente perplejo, pero enseguida responde.
—No siempre —susurra esto último junto a mi oído antes de cerrar la puerta del coche.
Trago saliva de inmediato, me arrepiento profundamente de haber hecho ese comentario. Para distraerme, empiezo a inspeccionar el restaurante. Se llama Blue Lagoon y está especializado en productos frescos del mar. Todo resulta exageradamente elegante y caminar junto a él me hace sentir extraña.
Cuando llegamos a la mesa, el camarero nos indica dónde sentarnos y Woods vuelve a apartarme la silla con aquella actitud impecable y controlada.
—Gracias.
No estoy acostumbrada a que me traten así. Los chicos de mi edad no se comportan de esta manera, pero eso no significa que él sea digno de admiración. Ni mucho menos. No pienso olvidar lo que he visto esta mañana.
—Me alegro de que haya aceptado continuar trabajando conmigo, pese a que… —empieza una vez sentados.
—Es temporal.
Mi mirada baja automáticamente hacia sus manos fuertes descansando sobre la mesa. Las gruesas venas las hacen terriblemente irresistibles y jamás pensé que podría tener un fetiche oculto con las manos de un hombre. Bueno, no de cualquier hombre.
—Aun así, se está arriesgando.
Decido hablar con honestidad. No pienso andarme con rodeos.
—Me está ofreciendo una oportunidad enorme y sería bastante insensato desaprovecharla.
—Eso mismo pienso yo —replica complacido—. Sabía que era valiente.
—No se trata de valentía.
—Yo creo que sí. —Se inclina ligeramente hacia atrás sin dejar de observarme—. Y le agradezco la discreción. De hecho, admiro que haya querido seguir después del desafortunado evento de esta mañana.
—Evento que dudo que olvide pronto.
Aparto la mirada sintiendo cómo se me vuelve a acelerar la sangre. La tensión se instala otra vez entre nosotros.
—No la culpo. De hecho, preferiría que no olvidara lo ocurrido.
Lo miro aturdida porque entiendo perfectamente la indirecta. No está hablando de la mujer arrodillada bajo su escritorio, sé perfectamente que está hablando de sus palabras. De su propuesta indecente. De la manera en que prácticamente ha confesado querer tenerme.
Mi cara empieza a arder.
Mientras intento recomponerme mentalmente, él hace una señal al camarero. Supongo que está pidiendo la comida.
—¿Viene mucho aquí? —pregunto intentando desviar el tema.
—Sí. Aunque jamás tan bien acompañado.
No funciona. Para nada.
—¿Hace esto a menudo?
—¿El qué? —Arquea una ceja mientras el camarero sirve vino en su copa.
—Agua, por favor —interrumpo rápidamente antes de que llenen mi vaso.
—Sigue pensando que quiero aprovecharme de usted.
—¿Es a esto a lo que se dedica?
—Si piensa que me dedico a seducir alumnas, está completamente equivocada.
Muevo ligeramente la cabeza, nada convencida.
El camarero trae la comida en un tiempo record, está claro que lo conocen y sabían qué iba a pedir.
Mis tripas rugen instantáneamente cuando el aroma de los platos invade la mesa.
Woods ha pedido raviolis mediterráneos, marisco y pescado variado y una ensalada de rúcula con piñones. Todo tiene una pinta espectacular.
—Si quisiera comer otra cosa, le pediré que le traigan el menú.
—Gracias, está bien así.
—Por la expresión de su cara, diría que no le agrado demasiado —sigue.
—No me esperaba esto de usted, eso es todo —respondo mientras clavo el tenedor en la ensalada.
—¿Qué exactamente? —pregunta mientras hace un corte perfecto en un filete de atún.
—Cuando lo miraba veía a un hombre de negocios con principios, que ha conseguido muchas cosas. En resumen… —suspiro— alguien admirable.
—¿Y ahora qué ve?
Su rostro cambia ligeramente.
—No estoy segura de lo que veo, pero tengo claro que no veo a un hombre fiel ni íntegro. Y disculpe mi sinceridad.
—Está bien. —Deja el tenedor a un lado después de tragar varios trozos—. De hecho, hacía muchísimo tiempo que nadie me hablaba con tanta claridad. Y sí, tiene razón, no soy un hombre fiel. Nunca he tenido necesidad de serlo.
—No hablo solo de fidelidad, sino del sitio donde…
—Sé perfectamente lo que intenta insinuar. Confieso que no soy una persona con una moral demasiado elevada.
—Me alegra que al menos lo reconozca.
Frunce los labios, pensativo, y continúa.
—Aunque no queramos verlo, los principios y los prejuicios convierten a las personas en infelices. No permiten ser libres —recalca inclinándose ligeramente hacia delante—. Los principios encadenan.
—Pues yo pienso exactamente lo contrario. Necesito tener principios para sentirme en paz conmigo misma.
—Ya veo… —masculla algo suspicaz.
—Los principios también pueden hacer feliz a una persona.
—Para mí la felicidad es completamente subjetiva, señorita Vega. —Me sostiene la mirada—. ¿Usted es feliz?
La pregunta me toma completamente desprevenida así que al instante levanto la vista del plato y dejo los cubiertos a un lado. Jamás sabes qué esperar de este hombre.
—¿Cómo?
—¿Es una mujer feliz?
Observo disimuladamente la precisión con la que alinea los cubiertos en la mesa mientras insiste. Después le da un sorbo lento al vino.
—¿Yo? Claro que sí.
Suspiro, aunque me intento controlar. Observar sus labios rozando el cristal me provoca la misma sensación que si alguien me deslizara un cubito de hielo por la espalda.
—Una mujer no puede ser feliz si jamás se ha permitido sentir de verdad. No creo que pueda ser feliz si nunca ha experimentado plenamente su sexualidad.
—Si se refiere a que soy virgen, le advierto que para mí existen cosas muchísimo más importantes que el sexo.
—Es normal que diga eso si nunca lo ha probado. Nuestro mayor error es hablar de cosas que realmente no entendemos —continúa con desparpajo—. Si el ser humano hablara únicamente sobre aquello que comprende y ha experimentado, el mundo iría mucho mejor.
Hablar con él resulta agotador. Sabe manejar las palabras demasiado bien. Joder. Brian Alexander Woods posee un don natural para la dialéctica y cada día que pasa me impresiona más su elocuencia.
—Pues fíjese… aquí tiene la prueba de que una persona puede vivir perfectamente sin eso. Y, por supuesto, también puedo opinar.
Mi tono sale mucho más cortante de lo que pretendía.
—Pero no podrá vivir así indefinidamente.
—Supongo… —Me humedezco los labios—. Hasta que encuentre a la persona adecuada.
—Como desee. Pero creo sinceramente que sería más feliz si pensara menos y sintiera más.