Chapter 13
M e muevo en la cama intentando volver a dormirme y recuperar el sueño que perdí anoche, sacrificándome por un trabajo que ahora sé perfectamente que no le importará a nadie.
Desde el principio, el señor Woods me ofreció ser su asistente con un propósito muy claro, y ese propósito no era precisamente explotar mis conocimientos sobre finanzas ni ofrecerme un puesto en su agencia.
Reflexión del día: en esta vida nada sale gratis. Absolutamente nada. Ni siquiera cuando tus intenciones son puras y tus ganas de trabajar son más grandes que la mismísima Gran Muralla China.
Vuelvo a cerrar los ojos mirando la cama vacía de Berta. Las imágenes de lo ocurrido en el despacho hace apenas dos horas parecen escenas ridículas de una de esas películas malas de por la tarde, porque de Hollywood no puede ser.
Y ojalá fueran solo imágenes. Porque la peor parte de todo no es lo que ha ocurrido, sino el conjunto de sensaciones que aquel hombre ha despertado dentro de mí.
¿Cuál es la decisión más acertada?
Ojalá lo supiera.
Lo único que tengo claro ahora mismo es que no puedo volver a esa oficina.
Esta mañana han ocurrido demasiadas cosas y apenas nos conocemos.
No quiero volver a verlo y reconozco que, en gran parte, es porque me ha demostrado que puede hacer conmigo lo que le dé la gana simplemente susurrándome unas pocas palabras al oído.
El eco de su voz sigue trastornándome por dentro.
No la estoy juzgando, pero déjeme decirle que ahora comprendo muchas cosas.
¿A qué se refería? ¿Qué es lo que comprende?
En realidad, no me importa, lo importante es lo que yo he comprendido. He vivido estos días completamente ilusionada, creyendo de verdad en sus buenas intenciones y admirando su profesionalidad.
¡Menuda necia!
No consigo dormir y finalmente me doy por vencida.
Me levanto de mala gana, me preparo un café y me quedo pensando qué podría almorzar hoy, aun sin tener el más mínimo apetito.
Después me hago una cola alta y pongo una lavadora, dedicándome durante casi media hora a ordenar nuestra pequeña habitación.
He guardado varias prendas de ropa de Berta dentro de su armario intentando distraerme un poco. Porque cuando digo que la italiana es un desastre, realmente lo es. Incluso con su ropa.
Saco las prendas de la secadora mientras dejo música pop sonando en el móvil y me acerco a la nevera, donde prácticamente sopla el viento.
Fantástico.
Me llevo una mano a la barbilla intentando improvisar algo decente para almorzar cuando, de repente, la música se corta por una llamada entrante. Y siento literalmente cómo el pecho me da un vuelco en cuanto veo la pantalla.
Es él. El profesor Woods.
Aprieto el móvil entre las manos. ¿Qué hago?
No. No pienso cogerle el teléfono. No tiene ningún derecho a llamarme. Al fin y al cabo, solo soy una alumna.
El sonido se detiene al instante tras mi gloriosa evasión y mi mirada se desvía automáticamente hacia la hora. Casi las dos de la tarde. Pero, evidentemente, él no se da por vencido.
Una segunda llamada empieza a sonar de inmediato y me quedo escuchando embobada la banda sonora de Juego de Tronos —mi tono de llamada—, que sigue siendo, sin ninguna duda, la mejor serie de todos los tiempos.
La cobardía nunca me ha caracterizado y, si no lo ha entendido todavía, pienso dejárselo muy claro.
Pulso el botón verde.
—¿¡Diga!?
—Hola. No cuelgue, debemos hablar.
Su voz actúa como una descarga eléctrica atravesándome el oído y, si hasta ahora me despertaba curiosidad, ahora me despierta… otras cosas.
—¿Hablar? —susurro, con el pulso en aumento—. ¿Para qué?
—Tenemos mucho trabajo.
Intento mantener la compostura.
—Dudo mucho que usted tenga ganas de trabajar, señor.
—¿Se encuentra bien? —ignora completamente mi comentario.
Pongo los ojos en blanco mientras me apoyo contra la encimera de la cocina. Es tan hábil que incluso logra transmitir cierta preocupación en el tono de voz. Una preocupación claramente fingida.
—Estoy bien —respondo distante.
—Me alegro. Y si no quiere verme, doy por hecho que ha tomado una decisión.
—Así es.
—También doy por hecho que ya no desea trabajar conmigo.
—Correcto.
Mi voz sale igual de helada.
—Comprendo… —carraspea dubitativo, y sospecho que me está regalando los oídos, y que claramente no lo comprende—. En realidad, también quería hablarle porque este fin de semana tendremos una reunión con algunos socios de la agencia y necesitaba asegurarme de que podía contar con usted.
Frunzo el ceño inmediatamente. ¿De verdad está pasando esto? Acabo de decirle que no quiero seguir siendo su asistente y él sigue actuando como si nada.
—No podrá contar conmigo.
—Vale, no la entretengo más. —La misma voz lineal e impenetrable de siempre—. Le pido disculpas por lo ocurrido esta mañana.
No respondo, ahora mismo estoy demasiado ocupada pensando en la barbaridad que acabo de hacer. ¿Acabo de renunciar al puesto?
—Que tenga un buen día, señorita Vega.
Y, sin añadir una sola palabra más, cuelga. Me cuelga él a mí.
Me quedo mirando la pantalla del móvil completamente embobada mientras una sensación horrible empieza a crecerme en el pecho. Ha dicho que este fin de semana me llevaría a una reunión con socios de AmExpress Co. De la mismísima AmExpress Co.
¡Virgen Santa!
Empiezo a morderme las uñas mientras doy vueltas por la habitación.
Jamás volveré a tener una oportunidad como esta.
Dada esta situación de chiste, mi parte sensata me grita que salga corriendo del marrón en el que me he metido.
Pero la otra parte, la parte más ambiciosa y egoísta de mí, me susurra que continúe.
No puedo olvidarme de lo que significa trabajar para alguien como Brian Alexander Woods. A todos —literalmente— les gustaría estar en mi lugar. Matarían por pisar ese despacho, y aún más cuando se trata de una investigación para un futuro libro que ayudará a miles de empresarios.
¿Acaso no me prometí a mí misma luchar con todas mis fuerzas para llegar a Wall Street? Ese libro es el trampolín a mi sueño. Pero no, joder. No puedo confiar en él. Entonces la frustración termina explotándome dentro y lanzo el móvil sobre la cama jodidamente irritada.
Vuelvo mentalmente a la escena del sofá en su despacho.
Soy consciente de que los hombres siempre han sido un tema complicado para mí y, en el fondo, deseo con todas mis fuerzas superar ese aspecto de mi vida.
Siempre me pasa lo mismo. Cuando las cosas empiezan a ir más allá del simple flirteo, me acobardo y desaparezco antes de que intenten algo más.
Siempre termino huyendo y teniendo miedo de no estar preparada y de que el pasado vuelva a perseguirme.
Pero él ni siquiera flirteó conmigo estos días atrás. ¿O sí?
De repente, otra llamada entrante.
Mierda.
Parpadeo varias veces mientras me froto nerviosamente las manos, pues la curiosidad vuelve a ganarme. Pulso el botón verde casi de manera automática.
—¿¡Qué quiere!?
—Hacerle una propuesta —responde con aquella voz ronca que me desarma los nervios—.
Me gustaría que me acompañara a cenar con mis socios.
—Su tono vuelve a sonar firme y profesional—.
Sé lo muchísimo que admira AmExpress Co y, sinceramente, mis escasos escrúpulos —recalca con evidente ironía— me dicen que se lo debo.
Después tendrá libertad absoluta para dejar el puesto si así lo desea.
Dios mío.
Pestañeo nerviosa mientras me rasco la frente. Debo ser fuerte. Debo ser inteligente. Y, sin duda, debo ser egoísta. Trabajar unos días más con él no significa que tenga que sucumbir a nada que no sea estrictamente profesional.
—De acuerdo.
—Muy bien —responde enseguida con la misma voz inexpresiva y controlada, sin una pizca de emoción.
—Mañana iré a su despacho.
—Si se encuentra bien, preferiría verla hoy.
Respiro profundamente. Empiezan a regresar los mismos nervios absurdos que me dominan cada vez que escucho su voz.
—Tengo algunos asuntos pendientes y dentro de poco iba a marcharme. ¿Qué le parece si paso a recogerla y almorzamos juntos? —sugiere—. Tenemos mucho trabajo acumulado y varios plazos límite.
Respiro hondo. No sé exactamente qué estoy haciendo, pero ya estoy abriendo las puertas del armario.
—Vale. Necesito unos minutos.
—¿Quince estarán bien?
—Veinte mejor.
—Perfecto. Pero deberá enviarme la ubicación.
—Vivo en la residencia de la universidad. Está muy cerca, así que puedo esperarlo en la calle Stanford.
—Muy bien. Por cierto, ya he revisado la encuesta que me ha entregado y creo que ha hecho un excelente trabajo.
—Gracias —respondo con un gesto crispado mientras cierro los ojos, maldiciéndome por no haberlo mandado ya a la mierda.
—Hasta ahora, entonces.
—Hasta ahora.
Sigo temblando después de colgar y rezo para que mi voz no haya temblado también. Eso inflaría su ego.
—¿Qué me pongo? —murmuro contrariada.
Me regaño a mí misma dentro de la ducha, completamente de morros y sin saber con qué demonios me saldrá esta vez. Mientras la gente canta bajo el agua, yo hablo sola; eso solo significa una cosa: sé perfectamente que estoy entrando en su juego. Y aunque sea por una buena causa, no importa.
Después de ducharme, me unto el cuerpo con crema de coco e intento arreglarme deprisa.
No quiero darle demasiada importancia a mi aspecto esta vez.
De hecho, termino poniéndome una falda gris de algodón, bastante holgada, y una camiseta blanca no muy elegante.
Los tacones que elijo me parecen exagerados para un almuerzo, así que termino cambiándolos por unas sandalias negras de plataforma.
Ni siquiera me maquillo. Cuanto más desaliñada me vea, menos ganas tendrá de tirarme los tejos.
Salgo de la residencia pocos minutos después y saludo a varios compañeros. Casi todo el mundo está almorzando en la cafetería o en bares cercanos. Solo veo a Rick, nuestro Omega favorito, y enseguida le pregunto por Berta, pero no tiene ni idea de dónde está y simplemente se encoge de hombros.