El profesor (El profesor 1) Chapter 12 #2
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Chapter 12 #2

La profundidad de esa mirada oscura me deja sin aire. No, esto no me puede estar pasando a mí, ¡por Dios!

Me tiemblan las rodillas y el calor húmedo se acumula entre mis piernas mientras mis ojos bajan a sus labios, sin poder evitarlo. La tormenta termina de desatarse y un gemido escapa de mi boca. ¿Por qué lo estoy mirando, como si fuese a punto de lanzarme?

—¡Quítese de mi vista! —gruño completamente alterada.

—¿Ve cómo ya se le ha olvidado todo lo moral y correcto? —pregunta despacio, acortando la distancia entre nosotros—. Seré bueno, y le diré algo más… la dignidad no existe.

Percibo su voz sofocada y hasta el roce de su aliento sobre mi piel me abrasa.

—¿Acaso tiene un problema mental? —Le clavo el codo en los pectorales con brusquedad.

Se ve obligado a retroceder, y sus rasgos se endurecen de inmediato, afilándose peligrosamente, como si mi actitud hubiera terminado por irritarlo de verdad.

—Yo no le he faltado el respeto y espero lo mismo.

—Me parece que su percepción de la realidad es muy diferente a la mía —contraataco.

—¿Y cuál es la suya?

—Que esta charla ha terminado.

Me pongo de pie deprisa, obligándolo a apartarse de mí. Necesito salir de aquí. Necesito aire. Necesito dejar de sentir el cuerpo ardiéndome cada vez que este hombre me mira, me habla o me toca.

—¿Segura? —pregunta con una respiración pesada antes de levantarse también.

La tensión dentro del despacho se vuelve casi irrespirable.

—No voy a permitir que siga intentando ponerme a prueba para convencerme de algo que no comparto. —Acerco mi rostro al suyo, furiosa. Después me agacho y recojo el bolso.

—¿A prueba? —murmura, con una mueca crispada—. Me parece que es tan competitiva que lo ve todo como si fuera un examen.

—Piense lo que le dé la gana.

—No quiero ofenderla, pero está creando un problema donde no lo hay —dice tranquilo mientras mete ambas manos en los bolsillos del pantalón.

—Sí, hay un gran problema, señor Woods. ¡Esto no es apropiado!

Las palabras retumban dentro del despacho como un trueno.

—Se equivoca. Es apropiado siempre y cuando sea consentido. Y usted me ha correspondido.

—¿Correspondido? —Me aliso nerviosamente el borde inferior de la blusa—. No sé en qué mundo vive. No me llevará a la cama, ¡a ver si le queda claro! —rujo como una chiflada—. Ni usted ni nadie, aunque me muera vir…

Trago saliva.

Mierda.

Mierda.

Mierda.

Me muerdo la lengua inmediatamente después, mientras él entrecierra los ojos con un gesto escéptico y profundamente atento.

—¿Virgen? —Arquea levemente una ceja—. ¿Es… virgen?

Respiro hondo con la mirada clavada en el suelo, preparada para largarme de una vez de este maldito sitio donde jamás debería haber entrado. Pero Woods es más rápido. Muchísimo más rápido. Me toca la cintura y me detiene en seco antes de que pueda escapar.

—¡No me toque! —exclamo entre dientes.

Da un paso hacia atrás mirándome fijamente. Después se cruza de brazos y asiente, como si acabara de confirmar algo que llevaba tiempo sospechando.

—Lo sabía.

—¿Qué narices sabía?

—Aunque… —susurra casi jactándose— resulta extraño. Es difícil creer que usted, a esta edad, todavía…

Mueve la mano en el aire, bloqueado por primera vez desde que lo conozco, señal de que no encuentra las palabras adecuadas. Y, por algún motivo, verlo así me enfurece todavía más.

—¡Por supuesto! —añado indignada mientras lo amenazo con el dedo—. ¿Y cuál es exactamente el problema?

—Disculpe, señorita Vega, la gente suele…

—¡La gente sabe respetar muy poco las decisiones de los demás! —lo interrumpo alzando la voz de nuevo.

—No estoy de acuerdo en un punto.

—¡Me da igual! —Trueno a los cuatro vientos mientras él me observa perplejo—. ¿Desde cuándo existe una edad concreta para perder la jodida virginidad? ¿O es que ser virgen le da derecho a alguien a señalarte con el dedo?

—Nadie debería señalarla con el dedo, por supuesto. —Frunce el entrecejo—. Al igual que usted tampoco debería juzgarme sin conocerme.

Sigue observándome sin dejarse leer del todo, pero la realidad es evidente, por fin he conseguido romper la maldita calma del ilustre Brian Alexander Woods. Y en el fondo… joder, cómo me alegro.

—Igual que usted no quiere ser juzgado, yo tampoco. ¿Entendido?

Mis uñas siguen afiladas y ahora mismo le sacaría los ojos si hiciera falta.

—No la estoy juzgando, pero déjeme decirle que ahora comprendo muchas cosas —dice pensativo.

—No me importa una mierda lo que comprende. Lo único que me importa es salir de aquí.

Camino rápidamente hacia la salida intentando mantener las piernas firmes. Tiemblo y odio que él pueda notarlo.

—¿Adónde va?

Me sigue de cerca.

No le respondo, ni siquiera lo miro, simplemente saco la pesada carpeta del bolso y se la estampo contra el pecho antes de apartarme.

—¡Aquí tiene la encuesta!

Salgo disparada antes de escuchar nada más y cierro la puerta de un sonoro portazo. Estoy furiosa. Furiosa de verdad. Ese hombre ha intentado seducirme descaradamente y, aunque sigo admirándolo muchísimo a nivel profesional, su actitud me desconcierta por completo.

Tengo clarísimo que el rumor de la amante es cierto, y que es exactamente el tipo de hombre que se acuesta con una mujer distinta cada semana —o cada día—. Y ahora cree que me tocará a mí.

Bajo las escaleras deprisa, con miles de pensamientos golpeándome la cabeza unos contra otros.

Al parecer, el «respetable e inaccesible» profesor Woods es una mentira.

Pura fachada. Un traje caro cubriendo la piel de acero de un hombre capaz de citar mujeres en su despacho para follárselas dentro de una universidad como Harvard.

Un hombre sin escrúpulos que se atreve a denigrar una institución académica tan prestigiosa por una jodida mamada.

¿Cómo podré volver a confiar en él?

Todavía siento sus manos sobre mi piel y oigo esa voz sensual en mis oídos. Me toco inconscientemente el cuello mientras noto la cabeza a punto de estallarme. Mi corazón golpea mi tórax como si quisiera salirse y mis tobillos se han convertido en mantequilla.

A duras penas, llego a la salida. Inspiro profundamente, queriendo huir. Necesito aire, mucho aire.

¿Qué coño debería hacer ahora?

Maldita sea.