El profesor (El profesor 1) Chapter 12
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Chapter 12

—N o se vaya. Le pido una oportunidad.

Busco sus ojos con una timidez ridícula y noto el calor subiéndome velozmente a las mejillas. Me aparto con brusquedad, obligándolo a retirar sus manos de mi cintura.

¿De verdad me está pidiendo una oportunidad? ¿O simplemente quiere retomar el control de la situación?

No. Soy yo la que necesita recuperar el control, maldita sea.

—Mire… —digo intentando mantenerme cuerda—, no vuelva a utilizar el chantaje conmigo. No va a funcionar con una persona que tiene escrúpulos, moral y dignidad.

Recalco especialmente la última palabra.

Para mi sorpresa, él casi sonríe. Apenas una pequeña curvatura en la comisura de sus labios, pero es suficiente para dejarme desconcertada. Acto seguido me da la espalda, coge la botella de whisky y sirve dos copas. El líquido dorado cae sobre el cristal mientras el silencio se vuelve insoportable.

—Por favor. En teoría ya ha terminado su horario.

Lo miro con desconfianza cuando me ofrece uno de los vasos. ¿Qué pretende? ¿Emborracharme?

—No intento emborracharla —dice de repente—. Jamás me aprovecharía de una mujer ebria.

Abro ligeramente los labios y me doy una bofetada mental. Definitivamente este hombre practica brujería.

—Brujo Woods… —murmuro.

—¿Ha dicho algo?

—Sí. Decía que no acepto la copa. Tengo demasiados escrúpulos como para beber alcohol en la universidad.

—Ah… escrúpulos —repite antes de darle un sorbo al whisky.

La manera en que pronuncia esa palabra hace que suene casi como una provocación. Me incomoda su análisis minucioso cuando empieza a examinarme de arriba abajo sin el más mínimo pudor.

—Podrá usted tener escrúpulos, moral y dignidad, pero apuesto a que, en la cama, se le olvida todo eso que acaba de enumerar.

—¿Qué insinúa?

Alzo la barbilla, intentando sostenerle la mirada cuando se acerca con pasos lentos hasta quedar delante de mí. Demasiado cerca. Tanto, que nuestras respiraciones terminan mezclándose.

—He notado cómo me mira.

—Pero… ¡cómo se atreve! —protesto escandalizada—. Soy una persona con principios y pensaba que usted también los tenía. Tiene una fama intachable. O al menos… —tartamudeo, bajando la vista al suelo— eso creía.

—Le he pedido una oportunidad para hablar como personas adultas —subraya—. Vamos a sentarnos y, si no le convence lo que voy a decirle, será libre de renunciar al puesto.

«¡Deberías haber salido de aquí cagando leches, Aylin!», me recuerdo mentalmente.

Pero sus palabras suenan demasiado incitantes dentro de mi cerebro hormonado y odio profundamente que sea así. Como resultado, ignoro completamente a mi conciencia y termino caminando hacia el sofá como si estuviera poseída.

Dejo el bolso en la mesita redonda que hay al lado del sofá y me siento expectante, aun siendo plenamente consciente de que el profesor Woods me está arrastrando a una encerrona.

Es más, en el preciso instante en que se sienta a mi lado, tengo la sensación de que esto acabará siendo una trampa letal.

Y, aun así… lo escucho.

—Iré al grano —empieza—. Esa intachable fama de la que me habla no refleja del todo la realidad.

Veo de reojo que deja el vaso de whisky sobre la mesita.

—Entonces, ¿es mentira?

—No. Todo lo relacionado con mi trabajo es cierto. Ahora bien, mi vida personal es un tanto promiscua —continúa con calma—. Pero no tiene ningún derecho a juzgarme.

—De acuerdo. Pero usted tampoco tiene derecho a chantajearme.

—En eso estamos de acuerdo, aunque le aseguro que no era mi intención —asiente—. Me he equivocado y si considera que debería comunicar en dirección esto que acaba de ver, está en su derecho.

Intento recapacitar. No me serviría de nada abrir un frente contra una persona como él.

Alguien capaz de arruinar mi futuro académico y profesional con una sola llamada.

Y, al fin y al cabo, esto pertenece a su vida privada, aunque me repugne la poca formalidad que muestra dentro de un entorno como este.

—No tengo ningún motivo para querer acabar con su carrera —respondo finalmente—. Pero no puedo mentirle, hoy se me ha caído un mito.

Su expresión se endurece, y enseguida extiende el brazo sobre el respaldo del sofá de manera que su muñeca roza mi hombro. El simple contacto hace que se me tense el cuerpo entero.

—Entonces déjeme decirle que usted tiene una manera de ver las cosas muy distinta a la mía.

—¿A qué se refiere?

Me aparto discretamente de su mano. Lo ha notado y enseguida carraspea.

Se apoya con los codos en las rodillas y se inclina un poco hacia adelante quedando más cerca de mí.

Su respiración masculina me golpea de una forma que ni siquiera sé explicar.

Es como si estuviera reprimiéndose, como si luchara constantemente contra algo dentro de él.

—Le dije que idealizar era un error. A veces confundimos la excelencia con la perfección.

Oh, vaya. No sé a qué está jugando.

—Tengo entendido que está casado y lo que acabo de ver…

No sé por qué leches sigo manteniendo esta conversación.

¡Debería importarme un cojón!

—Sí, es cierto —prosigue con la misma voz seca y reflexiva—. No me gusta hablar de mi vida privada, aun así, le diré que mi esposa y yo mantenemos una relación liberal. Y espero que, después de contarle esto, deje de mirarme como si fuera un monstruo.

El tono jocoso de sus palabras me deja todavía más desconcertada. Entreabro los labios cuando sus ojos oscuros y lascivos resbalan insinuantes por mi cuello y escote y después quedan fijos en mi boca.

—No he dicho que sea un monstruo —respondo deprisa—. Pero me da la impresión de que no se está tomando en serio lo que acaba de ocurrir.

—No lo ha dicho con palabras. Sin embargo, tengo el presentimiento de que sí lo piensa.

—No me conoce.

—Rara vez me equivoco.

—Entiendo que por eso me propuso ser su asistente —aclaro mi voz intentando no temblar—. Para llevarme a la cama.

Si él puede hablar con esa seguridad arrogante, ¿por qué no iba a poder hacerlo yo también?

—No.

La contundencia de la respuesta me desconcierta. No se justifica, simplemente me observa.

—Entonces, ¿por qué?

—Porque es brillante.

Parpadeo.

—¿Perdón?

—Porque domina la asignatura mejor que cualquier estudiante que haya pasado por mis clases en años. Nadie ha sacado un sobresaliente en la primera prueba. Jamás.

¿Debería sentirme halagada?

—Está de broma… —lo miro aturdida mientras froto las manos en mi regazo, sin saber qué responder.

—No —contesta con firmeza—. Le ofrecí el puesto porque piensa y no se limita a repetir lo que lee en un libro. Y porque… —la intensidad de sus ojos no disminuye ni un instante—. Me atrae.

Mi respiración se atasca.

—No puede decir eso.

—Acabo de hacerlo.

—Es mi profesor.

—Y usted es una mujer adulta.

Su voz adquiere un tono sensual.

—Eso no cambia nada —susurro boquiabierta.

—Lo cambia todo.

Mi pulso aumenta cuando posa su mano robusta sobre mi rodilla. El calor de sus dedos atraviesa directamente la tela del vaquero y se me seca la boca.

—No debería hablarme así, y lo sabe.

—Puede ser…

Su calma resulta desesperante, como si estuviera observando una reacción que ya esperaba. Se inclina ligeramente hacia delante.

—¿Quiere saber la verdad?

No respondo.

—La verdad es que intento ser razonable.

Su voz desciende un tono mientras mueve despacio los dedos en mi pierna, sin romper el contacto visual.

—Y la verdad es que cada vez me resulta más difícil.

—¿Por qué?

Sus ojos vuelven a deslizarse apenas un instante hasta mis labios.

—Porque quiero follarla.

Un escalofrío me recorre la espalda. Estoy flotando, es como si acabara de recibir un puñetazo en toda la cara. No, esto es un puto sueño. Una realidad paralela. Una pesadilla de la que despertaré de un momento a otro.

—¿¡Qué!? —exclamo, completamente aturdida.

—Lo que ha oído.

Casi doy un brinco en el sofá, de modo que se ve obligado a apartar la mano de mi rodilla.

—¿Me acaba de decir que… —trago saliva— quiere hacer el amor conmigo?

—Señorita Vega… —Me mira fijamente—. Para mí no existe el amor. Yo practico el sexo duro. Y… otras cosas.

Me quedo boquiabierta mientras siento que el corazón se me saldrá del pecho.

—Es un sinvergüenza. —Tenso los labios, furiosa—. Yo soy una persona decente y…

—Sí, con escrúpulos, moral y todo eso que ha mencionado antes.

Hace un gesto despreocupado, como un robot programado para volverme jodidamente loca.

—Pero... ¿y si hubiera una línea muy fina entre eso y el placer, el deseo, la lujuria y, al fin y al cabo, sentir que está viva?

Los latidos de mi corazón se disparan cuando veo el brillo oscuro y apasionado que incendia sus ojos.

¿Qué demonios es todo esto?

Y, peor aún… ¿por qué sigo escuchándolo embobada?

—Créame, esa línea es muy, muy fina —continúa con el mismo tono pausado y sensual mientras acerca más su rostro al mío—. Y puede cruzarla en cualquier momento, si está dispuesta.

No, esto es mentira.

El aroma masculino de su perfume me embriaga por completo y su cercanía me hace sentir mareada.

La excitación me consume de forma cruel y me niego a admitir que el poder de seducción de este ser es lo más peligroso y aterrador que he conocido jamás.

Y aunque mis hormonas me estén traicionando miserablemente, me niego a asumir la derrota.

—¿Quién se cree para hablarme así?  —protesto con un gemido ahogado, sin saber qué decir.

Intento empujarlo, pero él me inmoviliza el brazo al instante, acercándome a su firme torso.

Mi corazón está dando tumbos y mi respiración parece tan descontrolada como mis pensamientos. Sus palabras me bloquean por completo y hasta las malditas piernas me traicionan y se niegan a moverse.

—La deseo, señorita Vega. —Su mano recorre mi mentón y acaricia mi labio inferior con el pulgar—. Y usted a mí también.

Está loco. No, no lo está. Pero yo sí, estoy para un manicomio. La intensidad de su mirada y la rapidez de su respiración sobre mi mejilla me provocan escalofríos violentos, despertando sensaciones que ni siquiera sabía que existían.

—Sé que no le soy indiferente —continúa con una insolencia que me cuesta creer mientras atrapa mi barbilla entre sus dedos.