El profesor (El profesor 1) Chapter 11 #2
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Chapter 11 #2

Camino hacia atrás torpemente hasta notar el golpe de la puerta en mi espalda.

Giro el pomo y salgo al pasillo con las piernas temblándome.

Me quedo mirando la puerta fijamente mientras intento guardar la carpeta dentro del bolso gigante.

Me encantan los bolsos multiuso, y sí, confieso que ahora mismo estoy intentando distraerme con semejante gilipollez.

«¿Seré imbécil?», me regaño mentalmente.

Claro que sí. Si no lo fuera, ahora mismo no estaría preguntándome si la mujer que acabo de encontrar entre los muslos del profesor Woods es alumna o profesora.

Pongo una mueca. No me suena de la facultad. Aunque, claro, él tampoco me sonaba hace unos días y mírame ahora: esperando en el pasillo de su despacho como una gilipollas incapaz de irse.

Golpeo el bolso repetidamente con las yemas de los dedos, intentando calmar mis nervios y, pese a que una parte de mí contempla seriamente la posibilidad de salir corriendo, mis piernas no reaccionan.

Me quedo ahí plantada, quieta como una estatua.

¿Y eso por qué?

Porque necesito escuchar su explicación, aunque luego no me la crea. Aunque probablemente sea una mierda de explicación, pero definitivamente la necesito. Además, el profesor Woods me debe una disculpa.

Eso es. Una disculpa.

Y como soy de esas personas que se obsesionan con algo en cuanto se les mete entre ceja y ceja, sé perfectamente que no pienso moverme de aquí hasta conseguirla.

Después de aproximadamente dos minutos, la morena sale del despacho con la vista clavada en el suelo. Evito mirarla demasiado para ahorrarle más humillación de la necesaria y siento unas ganas tremendas de meterme bajo tierra.

—Entre.

La voz grave de Woods resuena al instante desde el interior. Tomo aire y entro despacio, todavía temiendo encontrarme otra escena digna de un maldito infarto. Por suerte, su pantalón sigue abrochado y todo parece… relativamente normal.

—No sé si debería estar aquí —confieso todavía conmocionada.

—Entonces, ¿por qué no se ha ido?

Su pregunta me golpea de lleno.

—Yo…

La voz me tiembla.

Inspiro. Espiro.

—¿Será porque quiere una explicación? —él mismo responde a la pregunta.

Lo miro incrédula. Siento exactamente lo mismo que sentiría alguien atrapado robando. ¿Pero qué coño es este hombre? ¿Un brujo?

—Si le soy sincera, no estoy segura de haber tomado la decisión correcta —admito levantando ligeramente la barbilla—. Quizá debería marcharme.

Me doy la vuelta inmediatamente, decidida a salir del despacho antes de que me estalle la puta cabeza.

—¿No siente curiosidad… señorita Vega?

La pregunta me paraliza en seco. Sus palabras sensuales me tientan los oídos.

No, no tienen nada de sensuales, es su voz ronca y pausada.

El tono. Ese maldito tono que oigo por primera vez en él, como si mi profesor de Finanzas serio y seco se hubiese transformado en el mismo diablo y ahora me estuviese invitando a probar las llamas de su Infierno.

Y sí, tengo curiosidad. Muchísima. Eso me irrita todavía más.

—Quédese… —demanda.

Jamás imaginé que una sola palabra pudiera sonar tan provocadora en la boca de alguien.

Me quedo de espaldas a él mientras intento luchar contra la tentación que acaba de lanzar sobre mí como si hubiera agitado una varita mágica invisible.

Como si me estuviera tentando con mis frutas favoritas, la banana y el coco.

Entonces, me llevo una mano al pecho intentando tranquilizarme.

¿Por qué demonios no dejo de pensar en cosas con forma de… ?

—¿Y bien? —insiste.

Me giro bruscamente y esta vez soy yo quien avanza con pasos decididos.

—Me quedaré —respondo con calma—. Y no porque crea que vaya a convencerme con su explicación, sino porque me debe una disculpa.

Perfecto. Estoy siendo directa, educada y digna. Una réplica maravillosamente perfecta en mi cabeza.

—Comprendo… —murmura reflexivo mientras señala el habitáculo contiguo—. Pase, debemos hablar.

Doy unos pasos, procurando mantenerme lejos de él. Lo más lejos posible.

—Entonces usted cree que no voy a convencerla.

Los nervios me ganan.

—No es que lo crea. He dejado bastante claro que no me convencerá.

Él me observa fijamente.

—Bueno… —La actitud seca ha regresado— siento que haya tenido que ver eso. Juraría que la he citado a las doce y media.

—Me ha dicho a las once y media —replico inmediatamente—. Estoy completamente segura.

—Entonces disculpe, me he equivocado.

Lo observo con desconfianza.

—¿Se ha equivocado con la hora o con citar a una mujer en su despacho?

Sus facciones cambian ligeramente al escuchar mi pregunta. Saca las manos de los bolsillos y cruza los brazos sobre el pecho. Ojalá fueran unos simples brazos, y no unos que parecen que van a explotar bajo esa chaqueta oscura y elegante.

Cielo Santo.

Parpadeo deprisa, intentando no mirar.

—Me da la impresión de que intenta aparentar ser la mujer perfecta —dice mordaz—. Una de esas personas que jamás han roto un plato.

La frase me desconcierta, al igual que su insistente y fría mirada. Enseguida bajo la vista al suelo procurando no perder los nervios. No quiero discutir, pero tampoco quiero permitir que me manipule.

—No sé a qué viene eso.

—A que se está metiendo donde no la llaman. —Su tono se vuelve aún más rudo—. Sí, he roto un plato. Pero estoy intentando arreglarlo, aunque ni siquiera tendría por qué hacerlo. Usted es simplemente mi alumna.

—Y usted mi profesor —contraataco alzando la cabeza—. Debería dar ejemplo.

—No quiero dar ejemplo.

Sostiene mi mirada sin apartarla ni un segundo. Siento que el corazón empieza a galoparme en el pecho y las manos se me humedecen. Mi indignación vuelve a dispararse.

—Aun así, no puedo evitar recordarle que estamos en una institución académica, y eso no es nada apropiado, señor.

Frunzo el entrecejo, completamente alterada. Odio la soberbia y este hombre rebosa soberbia por todos los poros.

—Señorita Vega, sinceramente, no me gustaría verme obligado a buscar otra asistente.

Ah, vaya. Es eso, ahora intenta chantajearme. Excelente.

—Pues debería empezar a buscar. —Aprieto el bolso contra el hombro con firmeza—. Acabo de darme cuenta de que no quiero este puesto.

Camino hacia la salida sin intención de darle otra oportunidad, pero no llego demasiado lejos. Se interpone bruscamente en mi camino y, de repente, me sujeta por la cintura.

Todo ocurre demasiado rápido. Me siento en una realidad paralela cuando sus dedos presionan mis caderas. Mi cuerpo choca contra el suyo violentamente y mis pechos se hunden contra su torso . Entonces me invade su perfume.

Joder. Ese maldito perfume.

Una corriente eléctrica me atraviesa de los pies a la cabeza, y me estremezco. Literalmente.

—No se vaya —susurra muy cerca de mi rostro—. Le pido una oportunidad.