Chapter 11
G iro la cabeza hacia la cama de Berta. Con el paso de los días, la luz de la mañana resulta cada vez menos intensa, pero sigue haciendo calor. Es extraño, ya estamos a finales de octubre y, aun así, el otoño parece resistirse a aparecer este año.
Me envuelvo entre las sábanas y me incorporo mientras lanzo una mirada nerviosa al despertador. Es la hora.
Observo a Berta, que permanece atrincherada bajo las mantas, completamente inmóvil, sin la más mínima intención de abandonar la cama.
—¡Berta! —Le lanzo un cojín.
Ni se inmuta.
Camino hasta la pequeña cocina y pongo la cafetera al fuego. Tiene más años que el sol, pero me encanta. Es de las antiguas, de las que funcionan con butano y empiezan a burbujear. Nada de cafeteras eléctricas modernas. Sí, soy tradicional incluso para hacer café.
Abro el armario mientras vigilo la hora por el rabillo del ojo. El profesor Woods dejó bastante claro que detesta la impuntualidad.
Bostezo y saco unas perchas perfectamente alineadas. Hoy elijo unos vaqueros oscuros y una blusa celeste abotonada. No puedo arriesgarme a volver a mostrarle las bragas a ese hombre.
—¡Berta! —vuelvo a llamarla antes de entrar al baño.
—¿Qué? —Su voz soñolienta hace que saque la cabeza por la puerta con el cepillo de dientes entre los labios.
—¡Ya es tarde, vamos!
Pongo los ojos en blanco porque mi amiga no se mueve ni un centímetro.
La fiesta de anoche le está pasando factura y sé perfectamente que tarde o temprano tendremos una conversación seria.
No puede seguir así. Si continúa faltando a clase y suspendiendo asignaturas, acabará desperdiciando una carrera por la que media humanidad mataría.
Y Harvard no perdona. Según la normativa, si sigue acumulando faltas podrían anularle la matrícula después de Navidad.
—Joder, haz un esfuerzo —protesto mientras me visto.
Un segundo después escucho sus suaves ronquidos.
Por Dios.
Le doy un mordisco a un trozo de pan mientras empiezo a abrocharme la blusa.
Me observo en el espejo y valoro si el escote resulta demasiado pronunciado, asegurándome de que la tela no transparenta nada.
Inmediatamente recuerdo los desafortunados acontecimientos del despacho de Woods.
El ogro vestido de Armani , según Berta.
—¡Me voy! —grito sin sentido alguno.
Un ronquido especialmente fuerte me hace dar un pequeño salto cerca de la mesa de la cocina y no puedo evitar ahogar una sonrisa. Después, le doy el último sorbo al café.
«Ya hablaremos tú y yo seriamente, ragazza ».
Salgo disparada de la residencia prometiéndome que mañana me marcharé antes. Con Berta o sin ella.
En el grupo de chat —Los Fantásticos de H—, Rebe propone planes para el fin de semana, pero no me detengo a responder. A segunda hora tenemos Marketing y antes necesito pasarme por la copistería para recoger unos apuntes que la profesora nos dejó.
Chasqueo la lengua y maldigo varias veces mientras agilizo el paso. Primero cuando casi se me cae la carpeta gigantesca de las manos y después cuando el móvil empieza a sonar. Lo sujeto entre el hombro y la oreja mientras intento mantener el equilibrio. Es un número desconocido.
—¿Diga?
—¿Señorita Vega?
Se me corta la respiración, porque conozco esa voz.
—Soy Brian Woods. ¿Ha redactado ya la encuesta? —pregunta directamente.
—Sí, lo tengo todo listo. —Aprieto la carpeta contra mi pecho.
—Bien, entonces vamos a adelantar nuestro encuentro —añade tras aclararse ligeramente la garganta, como si acabara de dar un sorbo a algo. Visualizo el vaso del café.
Frunzo el ceño. Ese recuerdo me perseguirá de por vida.
—¿Adelantarlo?
—Sí.
—Pero… tengo clase.
—Lo sé. Con Clarisse —responde inmediatamente—. Hoy no asistirá, así que terminará antes. La quiero en mi despacho a las once y media. ¿Le parece bien?
No sé por qué las palabras la quiero suenan tan autoritarias.
—De acuerdo.
—Y guarde mi número.
Definitivamente eso ha sonado como una orden.
—Sí, claro.
La llamada termina abruptamente, sin despedida y sin nada más. Miro la pantalla del móvil embobada mientras entro en la clase bastante confundida. Desde luego, Woods es un hombre extremadamente parco en palabras. Aunque ya me había dado cuenta.
Vuelvo a mirar el reloj y descubro que apenas tendré hora y media de clase. Bueno, intento ver el lado positivo, el profesor y yo tendremos más tiempo para trabajar juntos. Y, aunque me avergüence reconocerlo, estoy deseando empezar con el libro del que me habló ayer.
También estoy flotando en una nube de felicidad.
◆◆◆
Nada más terminar Marketing, me dirijo directamente a la tercera planta, donde se encuentra el despacho del señor Woods.
La clase ha sido interesante. Llevaba tiempo queriendo profundizar más en marketing digital y hoy hemos hablado sobre e-commerce durante casi toda la sesión. Incluso he trabajado con una compañera francesa llamada Josephine y me ha parecido increíblemente simpática.
Mientras pienso en por qué apenas hablé con ella el curso pasado, decido entrar al baño de mujeres. Me retoco el pelo rápidamente sin perder de vista la hora y aplico sobre mis labios un tono rojo muy suave. Después me observo en el espejo.
Y maldigo la blusa que llevo. Es muchísimo más escotada de lo que me ha parecido esta mañana así que tiro discretamente de la tela intentando cubrirme.
Las ojeras marcan mis ojos. Anoche apenas dormí revisando el informe una y otra vez. ¿Y eso por qué? Porque necesito impresionarlo. Necesito que piense que soy buena en esto. Lo bastante buena como para recomendarme y lo suficientemente buena como para abrirme las puertas de AmExpress Co.
Me guiño un ojo a mí misma frente al espejo.
«Vamos, Aylin. Tú puedes».
Pero inmediatamente me doy un puñetazo mental. ¿Desde cuándo me preocupo tanto por gustar a alguien? O sea… a un hombre. A él, concretamente.
Trago saliva, agarrándome al lavabo mientras sigo observándome en el espejo, muy consciente de mis actos.
No soy una niña a la que le gusten los juegos.
Y no solo estoy intentando impresionarle profesionalmente, sino también físicamente.
Y eso es peligroso. El señor Woods es mi profesor, es mayor que yo y está casado.
Mierda.
Esa última parte es, probablemente, la peor de todas.
Salgo del baño casi corriendo, con mil diablillos hablándome al oído, intentando convencerme de que soy una exagerada. Aun así, menos mal que también está mi lado cuerdo, y ahora mismo me está dando un toque de atención necesario.
Cuando subo los últimos escalones, suena el móvil. Maldigo otra vez, con un apretón de dientes.
—¡Mamá! —suspiro al ver la pantalla porque ya sé que la conversación va para largo.
—¿Qué tal, cariño? —Su tono nervioso me pone inmediatamente en alerta.
Desde el preinfarto que sufrió este verano procuro evitarle cualquier disgusto.
—Bien. Todo bien.
—Llevas varios días sin llamar —recrimina.
Cierro los ojos un instante sintiéndome mal por ocultarle la verdad. Si le contara que estoy trabajando sin remuneración para uno de mis profesores y que esta tarea me ocupa casi todo el tiempo, empezará a hacerme preguntas.
—He estado ocupada, mamá.
—Ya… —Su voz se suaviza—. ¿Pero seguro que estás bien?
—Sí, no te preocupes. ¿Y vosotros?
—Bien. Te echamos muchísimo de menos.
Mi pecho se encoge un poco al oír su cálida voz.
—Yo también os echo de menos.
—Estamos organizando una barbacoa para cuando vuelvas a Long Island. Además, a tu prima le queda muy poco para tener el bebé y había pensado que podríamos…
Miro el reloj.
Joder.
Cinco minutos tarde, Woods va a matarme.
—¡Vale, mamá, perdón! —la interrumpo pensando que soy una hija pésima—. Tengo que dejarte.
Cuelgo casi sin aliento después de subir las últimas escaleras y finalmente llego frente a la enorme puerta de roble del despacho del profesor.
Respiro hondo. Me recoloco la blusa por última vez y toco suavemente en la puerta. Sin embargo, lo único que recibo es silencio. Ninguna respuesta. Frunzo el ceño y acerco el oído a la madera, pero no se oye nada.
¿Habrá salido? Imposible. Él mismo fijó la hora.
Golpeo otra vez, esta vez con más fuerza, y oigo una voz grave dentro. Me imagino que ha dicho que entre, con lo cual abro la puerta rápidamente.
—Perdón por llegar tarde, yo…
Las palabras mueren en mi garganta porque la escena frente a mí me deja completamente paralizada.
El señor Woods está sentado en la silla de su escritorio y una mujer morena, de pelo largo y traje blanco de falda lápiz, se está poniendo de pie deprisa.
Como si hace unos instantes hubiese estado… ¿arrodillada?
Durante un segundo mi cerebro intenta buscar una explicación lógica, pero sin éxito. Más que nada porque veo cómo él se lleva una mano a la bragueta, y también el evidente bulto bajo su pantalón de traje.
Oh. Jesús. Santo Cristo bendito.
—¡Joder! —chillo automáticamente—. ¡Lo siento, no he visto nada!
Una mentira más grande que una catedral. He visto lo suficiente y ahora mismo me quiero morir. Me llevo una mano a la cara queriendo taparme los ojos mientras retrocedo horrorizada.
La mujer parece tan conmocionada como yo. Tiene el pelo despeinado y el pintalabios corrido alrededor de la boca. No hace falta ser Sherlock Holmes para entender qué estaba pasando allí antes de que yo irrumpiera como una maldita lunática.
Y lo peor de todo es que Woods permanece completamente tranquilo, sin vergüenza ninguna. Ni siquiera parece estar preocupado, como si lo normal fuera recibir alumnas mientras una mujer te está haciendo una mamada.
—Baje la mano —dice con una calma inquietante—. No hace falta que se tape los ojos.
No sé ni cómo sigo respirando. Bajo lentamente la mano y alterno la mirada entre ambos, con los ojos como platos. Pero entonces él le hace un gesto seco a la mujer. ¿Pero qué coño…?
—Deme unos minutos, por favor —me ordena con aquella voz tranquila. Vamos, como si esto no fuera el momento más incómodo de su vida, porque de la mía sí lo es.