Chapter 10
C uando llego a la residencia, son casi las tres y media de la tarde. Berta me recibe con una sonrisa enorme nada más abrir la puerta. Intento disimular mi felicidad, pero fracaso. Jamás podría engañarla porque me conoce demasiado bien.
—¡Quiero detalles! —exige mientras se arrodilla sobre el sofá como una fanática esperando un súper cotilleo.
—Berta… —Me aclaro la garganta exageradamente—. Permíteme decirte que…
—¿¡Qué!?
—¡Tienes delante de ti a la nueva asistente del profesor Brian Alexander Woods!
—¡No me jodas! —Empieza a aplaudir como una loca.
—Sí. Me lo propuso ayer, pero preferí no decir nada hasta asegurarme de que no acabaría despedida el primer día.
—Y yo pensando que solo hablasteis del examen…
—Pues no. —Dejo la carpeta sobre la mesa—. Ya me ha mandado trabajo para mañana.
Berta pone los ojos en blanco, muy indignada.
—Perfecto. Porque, por si no lo recuerdas, esta noche tenemos fiesta en la fraternidad Omega.
—¡Mierda! —exclamo mirando la montaña de carpetas con una mueca—. Bueno… tengo tiempo hasta las ocho.
—¿Sabes qué? —Se lleva un dedo a la boca pensativa—. Creo que ya odio a Woods.
Me río mientras ordeno papeles con el gruñido de mi estómago de fondo. Necesito alimentarme ya para poder con todo el papeleo y la hora de la comida pasó hace rato.
—Tiene una mala leche de cojones y te está explotando.
—Tiene muchísimo trabajo acumulado y…
—¡Y es un ogro vestido de Armani! —me interrumpe—. No pienso retractarme.
No puedo evitar soltar una carcajada, ella y su guerra contra el profesor, esa que le declaró el día que la suspendió.
—Podré con ello.
—Pero no vas a descansar.
—¡Me da igual! Estoy feliz. —La agarro emocionada del antebrazo.
—¡Qué fuerte! —grita abrazándome—. ¡La asistente de Woods!
Su entusiasmo termina contagiándome todavía más.
—¿Lo celebramos con un capuchino?
—Si invitas tú…
Nuestras carcajadas llenan la pequeña habitación de la residencia. Nuestro refugio, pero también nuestro pequeño nido de locuras.
◆◆◆
Casi cinco horas después, tras una sesión eterna de maquillaje y ropa tirada por todas partes, caminamos arregladas hacia la fiesta de bienvenida organizada por los Omega.
Berta lleva un vestido verde agua exageradamente corto y sin tirantes, claramente escogido con intenciones criminales.
No es un secreto que todos van a torcer el cuello cuando pasen por su lado.
Las sandalias doradas se enroscan alrededor de sus tobillos y la trenza griega que le he hecho hace una hora, hace que parezca una diosa italiana salida de la misma pasarela.
Yo jamás podría hacerme algo así con mi pelo, el mío tiene vida propia.
—Presiento que no aguantaré mucho —me quejo mientras maldigo internamente los tacones.
—Normal. —Berta se encoge de hombros—. Mientras yo dormía felizmente, tú estabas solucionándole la vida a ese ogro.
Sacude su bolso dorado, un Prada.
—Ya verás. Ahora te tendrá de esclava.
—Soy su asistente.
—Lo mismo es, conozco a los empresarios explotadores. ¿Al menos terminaste la tarea?
—¿Acaso lo dudabas?
Me tiende el puño orgullosa.
—¡Esa es mi chica!
Es lo último que escucho antes de entrar en la casa Omega.
La música retumba tan fuerte que parece vibrarme dentro del pecho.
Me llevo una mano a los ojos cuando las luces de colores atraviesan la pista abarrotada mientras más de cien estudiantes bailan, beben y gritan como si no existiera un mañana.
La clásica fiesta universitaria americana.
Alcohol, droga y rock and roll. También reguetón.
—¡Lyn!
Me giro al escuchar mi nombre y veo a Mary Anne haciéndonos señales desde una mesa llena de bebidas. Ahora lleva el pelo teñido de castaño y un vestido negro ajustadísimo que le queda fenomenal. La dieta le está funcionando.
—¿Qué tal el verano? —le pregunto mientras nos abrazamos.
—Increíble. ¿Y vosotras?
Nos entrega dos Budweisers mientras empezamos a hablar de vacaciones y cotilleos universitarios. De chicos también.
—¡Mis divas!
Rick, el rey de los Omega aparece de la nada y Berta prácticamente se le lanza encima.
—¡Rick! —le grita distraída, seguramente se traiga algo entre manos—. ¿Has visto a Rebe?
Parece que Rebe, nuestra amiga de Derecho no está por ningún lado, pero la compañía de Rick y Mary Anne es más que suficiente.
Después de tres cervezas —ella; yo una—, Berta empieza a mirar alrededor demasiado inquieta, con la misma actitud que lleva toda la noche.
No sé por qué, pero sospecho que está buscando a ese moreno de los aparcamientos, el chico que tiene novia.
Y, por su bien, espero que no sea así y que, por una vez, piense con la mente fría.
—¿Estás bien?
—Estoy genial, cariño.
Claramente no lo está. Cuando Berta gira la cabeza tantas veces en una misma dirección no es una buena señal.
—Creo que me iré dentro de poco, estoy muy cansada.
—Pues yo creo que deberías beber más, ¿sabes que el tequila quita el sueño? —suelta con una carcajada.
—Y yo creo que deberías dejar de comportarte como una mala influencia, mañana tenemos clases.
Me saca la lengua y le da un largo trago a la cerveza. Vale, está pasando de mi culo, como siempre.
La música cambia a una canción todavía más estridente y decido alejarme un momento de la multitud. Necesito aire y silencio. O bueno, lo más parecido al silencio que puede existir dentro de una fraternidad tan escandalosa como los Omega.
Termino junto a una de las ventanas abiertas del salón principal. La brisa nocturna entra a ráfagas, y eso me refresca. Cierro los ojos unos segundos, pero entonces unas manos cubren mi vista.
—¿Quién soy?
El sobresalto me atraviesa como una descarga eléctrica y mi cuerpo reacciona antes que mi cerebro. Giro sobre mí misma y lanzo un codazo hacia atrás con toda la fuerza que soy capaz de reunir.
—¡Joder!
La voz masculina llega acompañada de una carcajada.
Mi respiración sigue acelerada y tardo un instante en comprender que no estoy en peligro. Que estoy en una fiesta y que hay gente por todas partes. Que nadie intenta hacerme daño.
Trago saliva.
—Muy amable por tu parte.
Reconozco la voz inmediatamente y miro sorprendida al chico moreno y alto que tengo delante.
—Tú...
Durante un segundo todavía noto la tensión aferrada a mis músculos. Es la misma sensación ridícula que aparece cada vez que alguien me toca por sorpresa. Adam, mi nuevo compañero, se frota las costillas con una mueca exagerada.
—Recuérdame que nunca vuelva a saludarte así.
—Te lo has buscado.
—¿Eso es una disculpa?
La luz azulada que atraviesa la estancia se refleja durante un instante en su rostro.
A diferencia de la mayoría de chicos de Harvard, Adam no parece esforzarse por impresionar a nadie.
Lo sé porque lleva unos vaqueros oscuros, una camiseta celeste arrugada y el cabello despeinado, como si hubiera pasado la mano por él varias veces durante la noche.
No puedo evitar sonreír.
—Más o menos.
A nuestro alrededor, la música sigue atronando y doy un brinco cuando alguien derrama una bebida sobre una mesa cercana.
—¿Estás bien?
Asiento con el corazón aún en la garganta, pero me intento distraer. Un grupo de estudiantes empieza a cantar una canción que ni siquiera suena en los altavoces y el humo del tabaco —y lo que no es tabaco—, flota en el ambiente como una nube.
Adam apoya un hombro contra la pared, se mete las manos en los bolsillos del pantalón vaquero y me mira fijamente. Tiene la misma expresión de niño bueno que tenía el primer día de clases.
—Me han dicho que te has convertido en la nueva estrella de Harvard. La asistente de Woods.
Pongo los ojos en blanco, pero la risita me delata.
—Berta debería cobrar comisión por difundir rumores.
Adam silba.
—Vaya.
—¿Qué?
—Nada. Solo que todo el campus lleva años intentando impresionarlo. ¿Cómo lo has conseguido?
—Pues imagino que el sobresaliente que saqué tiene mucho que ver. Aunque no empezara con buen pie, ya sabes…
Lo miro avergonzada. Por Dios, no soy capaz de olvidar ese momento.
—Claro, yo no tuve tanta suerte —su tono rezuma ironía.
—¿Qué significa ese claro ?
—Significa que eres la primera persona que conozco capaz de estropearle el traje a ese capullo y salir beneficiada de la experiencia.
Suelto una carcajada, un poco más relajada.
—Eso fue un accidente.
Le doy un pequeño empujón en el brazo.
—No, en serio, no sé cómo lo aguanta su mujer. Llevamos menos de una semana de curso, y ya lo odia la mitad de la clase.
Su mujer. Recuerdo perfectamente el anillo plateado en su dedo.
—No creo que sea para tanto, creo que es más bien la imagen que quiere dar —respondo con una mueca, sin saber qué pensar—. Quizá en casa no sea tan borde, incluso podría ser un esposo amoroso y tenerlo muy callado.
Adam deja escapar una risa breve.
—Qué va. No sé cómo no le ha pedido ya el divorcio.
Mi curiosidad se despierta inmediatamente.
—¿A qué te refieres?
—Pues… —se rasca la cabeza y apoya una mano contra la pared, acercándose más— hace un par de años hubo un escándalo bastante feo.
—¿Qué pasó?
—¿No lo sabes? —Su sonrisa se ensancha mientras arquea una ceja—. Se rumoreaba que tenía una amante.
Me quedo inmóvil unos segundos.
—¿El señor Woods? ¿Una amante?
No sé por qué la idea me resulta extraña, como si no encajara con él.
Tal vez porque el profesor parece demasiado responsable para cometer errores tan evidentes y no me lo imagino metido en escándalos de ese tipo.
O porque soy tan gilipollas que lo tengo en un pedestal y me cuesta creer que ese hombre pueda hacer algo malo.
—Eso es lo que dicen, pero nunca se confirmó nada. —Se pasa una mano por el cabello, pensativo—. Pero si sigue casado, sospecho que fue un rumor.
—¿Y qué hay de esa mujer? —le pregunto con una curiosidad exagerada—. ¿La supuesta amante?
Adam se tensa al instante. Se le borra la sonrisa del rostro y mira de reojo hacia los lados, como si temiera que las paredes tuvieran oídos.
—Mejor no preguntes —dice en un susurro áspero.
El estómago se me contrae.
—¿Por qué?
Sostiene mi mirada durante tres segundos interminables y un miedo real que me hiela la sangre surge de la nada, antes de que vuelva a abrir la boca.
—Porque está muerta.
EL PROFESOR
Termino una llamada varios minutos después, justo cuando abandono el centro de Boston y tomo una de las avenidas que conducen hacia Harvard.
La ciudad brilla al otro lado del parabrisas.
Farolas, escaparates, semáforos y edificios iluminados se reflejan sobre el asfalto húmedo después de la lluvia de la tarde.
El tráfico ha disminuido considerablemente a estas horas y eso me permite conducir sin prestar demasiada atención al entorno.
Mi cabeza sigue ocupada con la conversación que acabo de mantener.
Steve, mi jefe de seguridad, lleva años trabajando conmigo y todavía no entiende que los problemas son como los incendios.
Cuando detectas el humo, ya es demasiado tarde, lo inteligente es identificar la chispa antes de que aparezcan las llamas.
En este punto, los rumores que circulan son un puto problema, y de los más gordos.
Tamborileo los dedos sobre el volante mientras repaso mentalmente las operaciones pendientes de la semana. Singapur. Lorraine. Harvard y… El Templo.
El semáforo cambia a verde y continúo avanzando. Pero, de repente, doy un frenazo involuntario cuando una melena rubia llama mi atención. ¿O será que desde hace días veo cosas donde no las hay?
El aliento se me corta por un instante e intento darme cuenta de si me lo estoy imaginando. Primero reconozco el cabello, después la forma de mover las manos cuando habla, y finalmente esa risa ridículamente expresiva.
No hay duda. Es ella, mi asistente.
Está a pocos metros del parque que bordea la universidad, justo enfrente de un gran edificio de la calle Stanford.
Me detengo en seco, a unos metros, y apago las luces, para no llamar la atención demasiado.
En ese mismo instante pienso qué diablos estoy haciendo, tengo mucho trabajo y no estoy para gilipolleces. Aun así, no me muevo ni un milímetro.
No va sola, un chico alto vestido informal la está acompañando. Los observo mientras esperan junto al camino de entrada de la residencia estudiantil donde ella vive. Lo sé todo de ella. O al menos eso pensaba.
No están haciendo nada extraño, ni siquiera se están tocando. Él habla, ella responde y después sonríe.
Mis dedos se tensan en el volante cuando él se inclina ligeramente, no sé con qué intención. ¿Besarla quizás? No puede ser su novio, de lo contrario, Max me habría informado. Además, ella misma me ha dado a entender hoy que no tiene novio, solo un perro. Palabras textuales.
Sigo observándolos. La distancia entre ambos se reduce unos centímetros y en realidad, es una escena normal, algo irrelevante como para estar perdiendo mi tiempo espiando a unos estudiantes como si fuese un acosador.
Entonces, ¿por qué sigo mirando?
¿Por qué sigo intentando descifrar si esa sonrisa es distinta de la que me dedica a mí? ¿Y por qué demonios me importa?
Por inercia, toco el maletín que está en el asiento del copiloto, totalmente ido del planeta.
Sé que estoy dejando salir ese lado mío que no sé cómo cojones conseguiré controlar, por más que lo intente.
Es fácil controlarme cuando no hay novedades de por medio, y cuando todo funciona como un engranaje. Pero algo está cambiando.
Diablos.
Permanezco inmóvil unos segundos apretando los dedos en el cuero del maletín. A punto de abrirlo. De joderla sin ninguna necesidad. Retiro la mano lentamente, sin quitarle la vista a ese chico.
Hoy no.
Vuelvo a apoyar ambas manos sobre el volante y respiro hondo.
El tiempo se agota y no estoy para este tipo de necedades.
Entonces piso el acelerador, procurando no girar la cabeza cuando desaparecen por una puerta metálica cutre.
El edificio antiguo se pierde lentamente por el espejo retrovisor, pero sé que esto no quedará así.
Necesito saber si estoy viendo lo que creo que estoy viendo. Sobre todo, necesito dejar de pensar en ello. Mi cabeza funciona así, mientras una ecuación permanece sin resolver, todo lo demás pierde importancia.
Y la señorita Vega es esa puta ecuación que necesito descifrar.