Chapter 9 #2
—Creo en los límites que nos imponemos nosotros mismos.
—Entiendo.
Su voz permanece igual de grave y calmada.
—¿Y usted? —pregunto.
Él baja la cabeza por un instante y persigue con la mirada su propia mano. Está dibujando algo con el dedo como si estuviese intentando distraerse. Intuyo que es una figura geométrica, por el movimiento que ejecuta. Quizá un triángulo.
—Yo no creo en los límites —dice alzando la vista de nuevo—. Y, por cierto, la felicito. Me parece admirable que tenga aspiraciones altas.
—Imagino que todo el mundo las tiene. La diferencia es que muy poca gente se atreve a tomárselas en serio —añado—. Y eso dice mucho del carácter de una persona.
Sus ojos oscuros permanecen clavados en mí.
—¿Y cómo definiría el carácter de alguien a través de sus aspiraciones?
—Muy sencillo. —Me incorporo ligeramente, demasiado entusiasmada con la conversación—. Si una persona es capaz de comprometerse de verdad con sus sueños y luchar por ellos, probablemente será capaz de todo lo demás.
—Con compromiso y perseverancia.
—¡Exacto! —Lo señalo con el índice de forma impulsiva.
Y entonces él mira mi dedo y tose suavemente. Yo retiro la mano como si acabara de cometer un delito federal.
—Déjeme adivinar —dice mientras cruza un tobillo sobre la rodilla contraria—. Su sueño es trabajar en Wall Street.
Mi atención se desvía hacia sus zapatos negros impecables y jodidamente relucientes. Ni una arruga o una mota de polvo. Exactamente igual que él.
—No.
Alza una ceja con interés.
—¿No quiere trabajar en Wall Street?
—No es eso. —Sostengo su mirada con firmeza—. No solo quiero trabajar allí. Quiero ser la mejor de Wall Street.
En cuanto las palabras salen de mi boca, me arrepiento.
«Perfecto, Aylin. Acabas de sonar como una sociópata competitiva».
—Ya veo.
No parece burlarse ni que quede impresionado, solamente me mira atento.
—¿Y usted? —pregunto antes de poder detenerme—. ¿Cuál es su sueño?
Silencio.
Woods se humedece los labios lentamente y se ajusta la corbata con calma.
Al instante me doy cuenta de la estupidez que acabo de preguntar.
Él ya parece haber conseguido absolutamente todo.
Dinero, prestigio, Harvard, AmExpress Co.
Y por no hablar de una esposa que seguramente es una modelo de revista, además de tener un despacho gigantesco como este.
—¿Ha terminado con los correos? —pregunta de pronto, esquivando mi pregunta con una facilidad insultante. Igual que un torero esquivando al toro.
Bajo rápidamente la vista hacia el ordenador y descubro que apenas llevo redactada la mitad del correo. ¡Leches!
—En menos de cinco minutos estarán enviados.
—Señorita Vega…
—¿Sí?
Nuestras miradas vuelven a encontrarse.
—Me gustan las cosas bien hechas. Y aunque a veces me lleven tiempo… siempre consigo salirme con la mía.
La frase queda suspendida entre ambos. Una frase extrañamente íntima que, por un momento, me eriza la piel.
—Comprendo, profesor.
Pero la realidad es que no comprendo una mierda. Y, aun así, algo en su voz hace que me tiemblen ligeramente las manos cuando vuelvo al teclado y termino de redactar los correos con una concentración casi obsesiva.
—¡Listo! —anuncio orgullosa varios minutos después.
—Déjeme revisarlo.
La silla cruje. Se levanta y mis latidos aumentan vertiginosamente cuando se coloca detrás de mí y apoya ambas manos sobre la mesa, encerrándome prácticamente entre sus fuertes brazos mientras revisa la pantalla.
Su respiración roza mi cuello.
Cielos. Hasta su manera de respirar resulta atractiva.
Derrotada, le doy toda la razón a Berta, por enésima vez. Este hombre te quita el puto aliento.
—Buen trabajo —dictamina finalmente—. Muy buena redacción.
—Muchas gracias.
—Ahora voy a asignarle otra tarea y la quiero terminada para mañana.
Se aleja hacia su escritorio y yo me levanto enseguida para seguirlo.
—Aquí tiene un estudio de la Universidad de Princeton. Necesito que realice una encuesta empresarial sobre tendencias de inversión. Buscamos pruebas objetivas sobre el comportamiento del mercado para redactar posteriormente las conclusiones.
Me entrega una carpeta bastante gruesa.
—¿Cree que podrá hacerlo?
—Sí, claro.
La agarro con seguridad.
—Entonces… ¿puedo irme ya?
—Sí. Mañana nos veremos a la misma hora.
—¡Estupendo! —exclamo satisfecha. Parece que he pasado la prueba del primer día.
—Una cosa antes de irse.
Levanto la vista.
—Necesito su número de teléfono.
—¿Mi número? —pregunto sorprendida.
—Sí. —Asiente—. Vamos a trabajar juntos. Necesito poder localizarla.
—Tiene razón.
Le escribo mi número rápidamente en un post-it .
—Hasta mañana, señorita Vega —dice tendiéndome la mano.
—Hasta mañana, señor Woods.
Salgo del despacho todavía conmocionada. Brian Alexander Woods ha dicho que trabajaremos juntos. Juntos.
¿En serio?
—¡Ahhh…!
Me llevo una mano a la boca para ahogar semejante chillido.
Seguramente mi grito se ha oído hasta en la Luna, pero me da exactamente igual.
Feliz, aprieto la enorme carpeta contra mi pecho mientras camino por el pasillo, incapaz de borrar la sonrisa de mi cara.
Sé perfectamente que tengo potencial y que las finanzas son lo mío.
Pero él… Joder.
Ese hombre juega en otra liga. Es inteligente, tiene experiencia, carisma y, sobre todo… contactos. Por no decir que destila una seguridad aplastante que hace que todo el mundo a su alrededor parezca pequeño.
«¿Desde cuándo se te caen las babas con un jodido hombre, Aylin?», pienso en última instancia.