Chapter 9
—P ase.
La voz masculina del señor Woods resuena desde el interior del despacho. Aliso mi falda, procurando verme lo más presentable posible.
Hoy he optado por una blusa blanca atravesada por pequeños botones dorados desde el escote hasta la cintura y una falda vaquera.
Mientras tomo aire antes de entrar, repaso mentalmente todo lo que hice ayer.
Me pasé la tarde entera revisando apuntes de Finanzas y conceptos del curso anterior, empeñada en causarle una buena impresión desde el primer día.
Sinceramente, estoy convencida de que el profesor tendrá preparado algún tipo de interrogatorio retorcido. Y con su reputación, no me sorprendería en absoluto.
Hoy es miércoles y esta mañana no hemos tenido Finanzas. Aun así, mi cabeza no ha dejado de girar en torno a lo mismo: qué ocurrirá dentro de ese despacho y qué demonios implicará trabajar para Brian Alexander Woods.
—Buenos días.
—Buenos días —responde distraídamente.
Apoya los codos sobre el escritorio y me invita a sentarme con un leve movimiento de cabeza.
—Cierre la puerta, por favor.
Obedezco y rezo mentalmente para no cometer otro desastre delante de este hombre. Mi futuro depende de mí, por supuesto. Pero tampoco estaría mal recibir ayuda de alguien con semejante trayectoria.
Woods permanece sentado en una silla rotatoria de cuero negro mientras desliza la vista por una tablet de última generación.
Entre sus dedos gira aquella pluma negra que parece formar parte de su anatomía desde que lo conocí.
Siempre hace el mismo movimiento. Dos veces hacia delante. Dos hacia atrás. Una y otra vez.
Es probable que sea un tic nervioso o quizá simplemente necesite tener algo bajo control constantemente.
—Siéntese.
Tomo asiento y aprovecho para observar el despacho con discreción.
Confieso que lo primero que pienso es que aquello no parece una oficina universitaria.
Hay muebles repletos de volúmenes perfectamente ordenados, un globo terráqueo antiguo decorando una esquina y una iluminación tenue que hace que el lugar parezca más el despacho privado de un empresario millonario que el de un catedrático de Harvard.
A la derecha hay una zona separada por un pequeño desnivel donde descansa un sofá de cuero oscuro frente a una enorme ventana. También distingo una botella de whisky junto a varios vasos de cristal sobre un mueble bajo.
¿Acaso se puede beber alcohol dentro de la universidad?
Cuando vuelvo a mirarlo, me centro en varios diplomas enmarcados detrás de él. Licenciaturas, doctorados, reconocimientos literarios y distintos seminarios en los que ha participado. No hay duda de que Brian Alexander Woods es el tipo de hombre que convierte el perfeccionismo en una religión.
—¿Qué le parece el despacho?
Su voz me arranca de mis pensamientos. Me está observando como si acabara de pillarme invadiendo su casa.
—Realmente… impresionante.
Y lo es. A estas alturas no tengo ninguna duda de que Woods es prácticamente una celebridad en Harvard.
—Bien, vayamos a lo importante —dice finalmente—. Como sabe, gran parte de mi trabajo gira en torno a la investigación. Actualmente estoy escribiendo un libro titulado Binomio rentabilidad-riesgo y creo que usted es la persona más adecuada para ayudarme.
—Es un tema que me interesa mucho —respondo con cierta timidez.
—Y además se le da bien, señorita Vega.
Sonrío genuinamente.
—Debo agradecerle esta oportunidad.
Él se inclina hacia atrás y deja la pluma sobre el escritorio.
—Me lo agradecerá cuando el libro esté publicado. Recibirá reconocimiento académico y, si desempeña bien su trabajo, su calificación en Finanzas aumentará considerablemente.
Mi corazón da un pequeño salto.
—Me esforzaré muchísimo.
—Eso espero. —Se pone de pie de repente—. Sígame.
Me levanto inmediatamente, demasiado ansiosa por empezar como para pensar con claridad. Y precisamente por eso no me doy cuenta y piso una de las patas del enorme escritorio victoriano.
Joder.
Pierdo el equilibrio por unos segundos y ya me imagino estampándome contra el suelo como una inútil, pero Woods me sujeta del brazo cuando me tambaleo sutilmente.
Todo ocurre demasiado rápido. Su mano rodeando mi brazo, el olor intenso y masculino que desprende y el leve roce de su cuerpo contra el mío hacen que un escalofrío me erice la piel.
—Tenga cuidado —advierte con calma, pero su expresión sigue siendo tan rígida como siempre.
Mierda. Me acabo de dar cuenta de algo. Suelo llevar sujetadores sin relleno debido a mis grandes pechos, y en este instante, se marcan perfectamente bajo la blusa blanca.
Y él lo ha notado. Claro que lo ha notado.
Cuando sigo la dirección de su mirada, siento que la sangre me abandona el cerebro.
No sé si está mirando mi blusa, o lo que se marca bajo ella.
—¿Está bien?
—¡Sí! —respondo demasiado deprisa—. Yo… no me llevo muy bien con los escritorios.
Silencio.
—Con las patas de los escritorios… —añado moviendo las manos nerviosamente como una azafata de vuelo desquiciada.
Tierra trágame. ¿Qué coño acabo de decir?
Él arruga ligeramente el entrecejo antes de apartar la mano de mi brazo.
—Bueno, los escritorios me dan igual. Lo que no tolero es la impuntualidad.
Quiero morir. Ahora mismo.
Ahí está otra vez, la pulla por el primer día.
—Seré puntual, no se preocupe —le respondo apretando los dientes.
No responde, simplemente me da la espalda.
—Aquí trabajará usted, señorita Vega. —Me señala una mesa situada junto a la ventana.
—Perfecto.
La silla parece cómoda y el espacio está sorprendentemente ordenado. Demasiado, incluso para alguien como yo.
—¿Desea una copa?
Parpadeo. No me da tiempo a responder porque él ya está sirviéndose whisky en un vaso de cristal. Dos dedos exactos, ni uno más, ni uno menos.
—No suelo beber. Y menos aquí.
Observo sus movimientos mientras toma un sorbo. Nunca había visto a un hombre moverse con tanta elegancia, o quizá solo me lo parece porque jamás he estado tan cerca de alguien como él.
—Su jornada terminó hace más de una hora.
—No, gracias.
Mantengo mi postura.
«Si tropiezo sobria, no quiero imaginarme borracha».
—De acuerdo. —Parece ligeramente crispado—. Pero…
—¿En qué puedo ayudarle, señor?
Lo interrumpo deliberadamente. No quiero que esta conversación siga girando alrededor del whisky.
—Bien. —Relaja mínimamente el gesto—. Tome asiento.
—¿Nos llevará mucho tiempo?
Me siento expectante mientras saco mi agenda.
—¿Tiene prisa?
—No. —Sonrío—. Solo me gusta organizarme.
Su mirada se posa inmediatamente sobre mi agenda abierta.
—¿Es usted de las que apuntan absolutamente todo?
—Un poco —admito avergonzada—. Me gusta tener las cosas bajo control.
—Eso se llama perfeccionismo. —Mete una mano en el bolsillo del pantalón—. Y me gusta la gente perfeccionista.
Siento un pequeño cosquilleo recorriéndome el estómago.
—No creo que sea para tanto, pero…
—Si trabaja bien, terminaremos en media hora —me corta antes de que termine la frase—. Necesito que envíe varios informes a estos socios.
Señala la pantalla del ordenador y una hoja llena de direcciones de correo.
—¿A nombre de quién?
—Del suyo. Preséntese correctamente y firme como asistente del profesor-doctor Brian Alexander Woods.
Hace una pequeña pausa.
—Le conviene empezar a hacer contactos.
La emoción me explota dentro del pecho. Estoy literalmente a dos segundos de sacar pompones imaginarios.
—¡Genial, señor! Se lo agradezco muchísimo.
La respuesta que recibo es exactamente la misma mirada impenetrable de siempre. Ni una sonrisa, ni media. Vaya, Berta tenía razón. Este hombre es más duro que una piedra y más soso que un chusco de pan.
—Perdón… —carraspeo apartando la vista.
Me pregunto si alguna vez lo veré relajado, o sonriendo. Quizá reserve esa parte de sí mismo para su esposa. Al recordar ese aspecto de su vida, mi atención se desvía involuntariamente hacia su mano. Percibo una alianza y, por alguna razón, eso me provoca una sensación extraña en el pecho.
Al instante intento distraerme con los correos mientras él vuelve a su escritorio y bebe la copa de whisky de un trago. Tengo la extraña sensación de que está nervioso, aunque por fuera no lo aparente. O, en el peor de los casos, le va el alcohol demasiado.
Lo observo de reojo mientras él analiza algo en la tablet , muy concentrado.
—Una cosa…
Levanto la cabeza automáticamente. Me doy cuenta demasiado tarde de que tengo las piernas ligeramente separadas y él está justo enfrente. Entonces cruzo las piernas de golpe y tiro discretamente de la falda. Mañana me pondré pantalones, definitivamente.
—En ocasiones tendrá que venir a mi casa —explica con total normalidad—. Allí guardo archivos y documentación importante. Además, es posible que deba acompañarme a cenas o reuniones relacionadas con el trabajo. ¿Le supondría algún inconveniente?
—Ninguno, señor.
—No sé si tiene usted pareja… —Se humedece los labios—. Este puesto puede absorber gran parte de su tiempo.
—No se preocupe —me río ligeramente—. No tengo pareja. Ni un gato.
Hago una pausa.
—Bueno… tengo un perro, Don. Solo que está con mi familia.
—Entiendo.
Asiente apoyándose en un codo y me sigue analizando. Nunca me había sentido tan pequeña en presencia de un hombre y eso me enfurece.
—¿De dónde es exactamente? —pregunta reclinándose en la silla.
—De Long Island.
—Entonces, ¿por qué Harvard y no Columbia? —carraspea, concentrado en mí.
—Porque todos sabemos que los mejores agentes financieros salen de Harvard.
Levanto ligeramente la barbilla, orgullosa. Y lo estoy. Conseguir estudiar con una beca representa uno de los mayores logros de mi vida.
Una chispa de interés cruza fugazmente sus ojos.
—Entonces entiendo que le gustaría convertirse en una mujer de éxito. Me refiero a un éxito merecido, por supuesto —continúa con aquel interrogatorio encubierto.
Me quedo pensativa unos segundos.
—Más o menos. —Entrelazo las manos bajo la barbilla—. Más que buscar el éxito, creo que estoy intentando descubrir cuáles son mis límites.
—Entonces sí cree en los límites.