Chapter 8
—B uenos días.
La sobria voz del señor Woods resuena por toda el aula en el instante en que atraviesa la puerta. Camina con pasos firmes y seguros hasta su mesa, deposita el maletín y da un pequeño sorbo al café que sostiene entre los dedos.
Todas las miradas recaen sobre él y, sinceramente, la mía no es precisamente la más inocente.
Pienso que el profesor Woods resulta atractivo incluso al hacer algo tan simple como beber café y fruncir ligeramente los labios después.
También me pregunto cómo se verían esos labios relamiéndose despacio. O rozando mi piel.
El calor me sube inmediatamente por el cuello y me llevo una mano a la nuca, avergonzada por el rumbo que están tomando mis pensamientos desde ayer.
—Amiga… —dice Berta junto a mi oído.
—¿Qué? —susurro inclinándome hacia ella sin apartar la vista del profesor.
La realidad es que no quiero perderme ni un solo minuto de su clase.
Desde que Berta me contó que Woods es socio mayoritario de AmExpress Co, me tiene completamente intrigada.
Anoche decidí que la información que tengo sobre él es insuficiente.
Necesito saber más. Mucho más. Siempre he creído que, para llegar lejos, debes aprender de los mejores.
—Déjame la tarea de Contabilidad —murmura desesperada—. ¡No me puedo creer que esa mujer mande trabajos desde el primer día!
—Pero estamos en clase. ¿La vas a copiar ahora?
—Sí.
—¿Y si te ve?
—Descuida.
Saco la libreta mientras una punzada de nervios me atraviesa el estómago al notar que el profesor mira justo en nuestra dirección.
Entro en pánico. Perfecto. Berta volviéndome cómplice de sus irresponsabilidades desde la primera semana. Aun así, consigo pasarle el cuaderno discretamente por debajo de la mesa. Tenemos Contabilidad después de Finanzas y la señora Brown me parece demasiado agradable como para decepcionarla.
Berta escribe rápidamente I luv u sobre la mesa y dibuja un corazón enorme.
—Como iba diciendo, los resultados de las pruebas de ayer son pésimos —continúa el señor Woods mientras alza ligeramente el mentón—. De hecho, en algunos casos me vi obligado a detener la corrección por pura falta de sentido común. Ahora mismo están todos suspensos… salvo tres personas.
«Mierda».
La sorpresa recorre la clase entera. Con esa afirmación, me confirma algo todavía peor: el camino hasta conseguir unas prácticas en una gran agencia financiera será mucho más difícil de lo que imaginaba.
El profesor continúa caminando pausadamente entre las filas mientras mantiene ese contacto visual frío y calculador que lo hace parecer más un militar que un catedrático de Harvard.
—Ahora voy a hacerles algunas preguntas. Escuchen atentamente. Tal y como planteé en el examen, sabemos que invertir en bolsa implica invertir en renta variable. Pero hablemos ahora de renta fija. Pregunto: ¿renta fija significa también rentabilidad fija?
Silencio absoluto.
La chica del bótox —la misma de la pregunta tonta de ayer— se apresura a contestar. Un grave error.
—Yo diría que sí. Si inviertes en renta fija, la rentabilidad también debería ser fija.
Woods arquea lentamente una ceja.
—¿Y nunca existen pérdidas? —pregunta apoyándose en el escritorio—. ¿Siempre obtiene beneficios?
La chica vacila.
—No… bueno…
—No —interviene un chico rubio con gafas.
—Explíquese.
—En un depósito de renta fija, las entidades suelen garantizar un retorno concreto desde el inicio de la inversión, aunque normalmente inferior al de la renta variable.
—Pero entonces… ¿hay riesgo? —insiste el profesor.
El chico se queda callado, de hecho, nadie responde.
—Sí que lo hay… —digo, por impulso.
—¿Disculpe?
Siento decenas de miradas sobre mí.
—Es un error asumir que la renta fija carece de riesgo —explico intentando mantener la calma—.
Existe riesgo de insolvencia o quiebra, entre otros factores.
Por eso es importante consultar los ratings de las empresas antes de invertir.
Cuanto menor sea el riesgo de impago estimado, mayor será el rating y, por tanto…
—Más segura la inversión —completa él mientras se ajusta ligeramente la corbata.
Un escalofrío me recorre la espalda. No sé si se debe a lo intimidante que resulta este hombre o al hecho de estar hablando delante de toda la clase. Probablemente ambas cosas.
—Interesante aportación —afirma, claramente sorprendido—. Gracias, es correcto.
Le sonrío discretamente, pero por dentro grito como una loca. Quizá esto consiga borrar la imagen de la alumna torpe que ayer le derramó café encima.
A partir de ahí, la clase se transforma en un despliegue de su brillantez. Durante los siguientes cuarenta minutos, el profesor Woods desglosa el mercado de deuda analizando la crisis de liquidez y anotando fórmulas complejas en la pizarra.
El eco de sus pasos y el ritmo constante de sus explicaciones llenan el aula, obligándome a tomar apuntes a toda velocidad mientras trato de ignorar la intensa fijeza con la que, de vez en cuando, sus ojos se clavan en los míos. El tiempo vuela y disfruto de cada segundo escuchándolo.
—Bien. Como quedan pocos minutos, voy a entregarles las pruebas corregidas —anuncia mientras regresa a su mesa y saca nuestros exámenes del maletín—. Espero que aprendan de sus errores. Pero antes quiero dejarles una tarea para mañana.
Abro inmediatamente mi agenda y tomo el bolígrafo.
—Quiero que investiguen qué implica el horizonte temporal de una inversión. ¿Entendido?
—Sí —respondemos varios al mismo tiempo.
Los empollones de siempre, el resto apenas reacciona.
Durante los siguientes minutos, Woods empieza a llamarnos uno por uno para devolvernos los exámenes. Algunos compañeros evitan mirar la nota, otros parecen resignados. Y otros están directamente indiferentes.
Miro a Berta de reojo, ha sacado una D. Ahogo una risita porque la expresión traumática de su cara al ver que ha suspendido resulta conmovedora.
—Aylin Vega.
Me levanto como un resorte. Las rodillas me tiemblan mientras camino hasta su mesa. No sé por qué estoy tan nerviosa, pero necesito desesperadamente que sea una de esas tres personas que han aprobado. El profesor me observa con atención cuando llego frente a él. Incluso parece intrigado.
—Excelente trabajo, señorita Vega.
Miro la nota. No solo he aprobado, tengo una A.
¡Un jodido sobresaliente!
—Gracias —respondo intentando sonar profesional mientras aprieto el examen contra mi pecho. Tengo que hacer un esfuerzo monumental para no ponerme a chillar allí mismo.
Sus facciones permanecen completamente inmóviles. Nada nuevo. Ese hombre podría anunciar el apocalipsis con exactamente la misma expresión.
Regreso a mi asiento y empiezo a revisarlo buscando alguna corrección marcada en rojo, pero no hay. Estoy tan concentrada que ni siquiera escucho el timbre. Solo reacciono cuando mis compañeros comienzan a levantarse y salen del aula.
—¡Enhorabuena! —susurra Berta—. Eres una maldita máquina en Finanzas.
—Bueno… aquí podría haber desarrollado mejor la respuesta —murmuro señalando un ejercicio.
—Chica, ¡cállate ya y disfruta!
Recojo rápidamente el bolso y nos acercamos hacia la mesa del profesor para devolver los exámenes. Sin embargo, noto algo extraño. La mirada de Woods sigue fija en mí, y esa intensidad me pone nerviosa. No solo nerviosa. Jodidamente nerviosa.
—Señorita Vega, ¿puede concederme unos minutos?
«¿Me está hablando a mí?»
Me detengo en seco, sin dar crédito. Miro a Berta y ella me dedica una sonrisa sospechosa antes de desaparecer. Tenemos veinte minutos antes de Contabilidad.
Camino hasta la mesa mientras observo cómo él toma asiento y acerca una silla junto a la suya.
—Siéntese.
—Gracias.
Cruzo las piernas intentando mantener la compostura.
Hoy llevo un vestido rojo ajustado y, cuando noto que sus ojos descienden lentamente hacia mis piernas, siento un extraño cosquilleo en el estómago.
Quizá sean imaginaciones mías. Aun así , instintivamente coloco el bolso sobre mis rodillas para cubrirme un poco.
—Quería felicitarla por su trabajo —dice—. Creo que tiene muchísimo potencial. Ha resuelto todos los casos prácticos correctamente y eso no suele ocurrir en mis exámenes.
Gira un bolígrafo negro entre sus dedos.
—Me siento halagada —respondo, intentando controlar los nervios.
Vuelvo a cruzar las piernas. No consigo estarme quieta.
—Todos los años selecciono a uno o dos alumnos para trabajar conmigo como asistentes —continúa—. Y ya tengo mi primera elección, señorita Vega. Usted.
Parpadeo sorprendida y mi corazón se detiene un segundo. No me lo puedo creer. ¿Después de derramarle café encima? ¿Después de hacer el ridículo delante de toda la clase?
—¿Yo? —pregunto incrédula.
—Sí. ¿Por qué le sorprende tanto?
Cuando frunce ligeramente los labios, mi atención se desvía inevitablemente hacia su boca.
—Por nada. —Junto las manos intentando parecer profesional—. Solo pensé que, después de ayer…
—Una cosa es su torpeza y otra muy distinta lo que puede aportarme. La necesito.
Mi cerebro se bloquea durante un instante.
La necesito. ¿Acaba de decir eso?
Entonces pienso en lo primero. Se ha dado cuenta de que soy torpe y mentiría si dijera que no me siento frustrada, no suelo ser tan patosa en mi vida real, pero no sé qué malditos cables se me cruzan cuando él está cerca.
—¿De verdad? Qué sorpresa, yo no esperaba…
Su ronca voz me embauca hasta tal punto que no me puedo concentrar. Y cuando no me concentro, tartamudeo y digo idioteces. Pero, como si alguien hubiese decidido echarme una mano, el sonido estridente de mi móvil interrumpe la conversación.
—Disculpe.
Intento sacarlo rápidamente del bolso, pero los nervios me traicionan y el móvil termina cayendo al suelo, justo a sus pies.
Maravilloso.
Me agacho para recogerlo, pero Woods se adelanta.
—Aquí tiene.
Y entonces ocurre algo peor.
Al moverme, el vestido se ha subido ligeramente por mis muslos.
Cuando levanto la vista, me parece que sus ojos descienden un instante.
Tiro instintivamente de la tela hacia abajo, pues lo peor de todo no es esto, sino las sensaciones que tengo.
Es como si sintiera una tensión extraña vibrando en el aire.
Una tensión que se podría cortar con un cuchillo.
Vuelvo a juntar las piernas mientras intento recuperar el control de mí misma. Él me tiende el teléfono y se inclina apenas unos centímetros más hacia mí.
—Debería apagar el móvil en clase.
Cuando nuestros dedos se rozan al coger el teléfono, mis pulsaciones se disparan absurdamente.
—La clase ya ha terminado —replico algo molesta, aunque disimulo con una sonrisa.
—Entonces, ¿acepta ser mi asistente?
Directo y sin rodeos. Como todo en él.
—Sí, acepto —respondo inmediatamente—. Pero antes me gustaría saber exactamente en qué consistirá nuestro trabajo.
—Muy sencillo. Algunos días deberá acudir a mi despacho para ayudarme con distintas tareas relacionadas con la investigación. También podrá conocer más de cerca el funcionamiento real de una empresa. Como sabrá, además de profesor soy gerente de una agencia.
—Lo sé —lo interrumpo con entusiasmo.
—Bien. Y si consigue impresionarme, tendrá muchas más posibilidades de acceder a un periodo de prácticas.
La emoción me atraviesa entera.
—¡Eso sería increíble!
Woods mira su reloj. Debe de ser un Rolex, se nota que es de muy buena calidad.
—No quiero entretenerla más. ¿Le parece bien que nos reunamos mañana después del almuerzo? Mi despacho está en la tercera planta. C30.
—Ahí estaré.
—¿Trato hecho?
Se pone de pie y me tiende la mano.
—Trato hecho.
Cuando estrecho su mano, noto la firmeza de sus dedos rodeando los míos.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana, señor Woods.
Suelto su mano despacio y doy media vuelta. Camino hacia la puerta, pero justo cuando extiendo la mano, a punto de girar el pomo para marcharme, su voz me detiene en seco.
—Le recomiendo una cosa, señorita Vega.
Me giro despacio, intrigada. El profesor sigue de pie junto a su mesa, observándome con atención.
—¿Qué cosa?
—Procure no idealizar a nadie. Tarde o temprano la decepcionarán.
Asiento, completamente aturdida. No me salen las palabras, solo soy capaz de huir.
¿A qué se refiere? ¿Soy tan jodidamente obvia para darse cuenta de que lo admiro? ¿Que quiero ser como él?
Niego con la cabeza, desconcertada, pero no dejo que nada nuble mi felicidad. Ser asistente del profesor Woods puede convertirse en la oportunidad perfecta para conseguir las prácticas con las que llevo soñando años.
Bajo las escaleras prácticamente flotando, abrazando el bolso contra mi cuerpo mientras sonrío como una idiota. Necesito contárselo a Berta inmediatamente. Entonces recuerdo el móvil y lo saco del bolso a toda velocidad para comprobar que sigue funcionando.
Por suerte, sí, aunque la hora me provoca otro ataque de estrés.
Contabilidad ya ha empezado y llego tarde otra vez.
Aun así, mientras corro por los pasillos de Harvard, apenas puedo dejar de pensar en mañana y en el despacho C30.
En Brian Alexander Woods. Y en el hecho de que, de alguna manera peligrosamente emocionante, siento que mi vida acaba de cambiar.