El profesor (El profesor 1) Chapter 7 #2
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Chapter 7 #2

Observo mi alrededor, intentando distraerme. Los ejecutivos salen de los edificios de oficinas y los estudiantes invaden las cafeterías sonrientes, convencidos de que podrán cambiar el mundo. La mayoría se equivoca.

Cuando llego a Back Bay, el barrio residencial donde vivo, aparco en el garaje privado del edificio y subo directamente al ático. La última planta completa me pertenece. No hay vecinos, ni ruido, solo orden; eso me reconforta.

La puerta se abre automáticamente y entro en mi apartamento. Cocina abierta, isla central de mármol, con electrodomésticos integrados. Un amplio salón presidido por ventanales de suelo a techo que ofrecen una vista privilegiada del perfil urbano de Boston y del río Charles.

Dejo las llaves sobre la consola de entrada y después el móvil, siempre bocabajo. Por costumbre y precaución, en cualquier momento puedo recibir un mensaje comprometedor.

Me quito la chaqueta y la doblo con cuidado sobre el sofá. Acto seguido, camino directamente hacia el mueble bar donde me sirvo una copa de whisky escocés. Solamente dos dedos.

La pantalla del salón se activa automáticamente.

La presentadora de las noticias financieras analiza la evolución del Nasdaq mientras un gráfico azul asciende en una esquina de la televisión.

Varias compañías tecnológicas han superado las previsiones del trimestre y los analistas discuten si el crecimiento es sostenible.

La misma jodida conversación de siempre.

Me acomodo en el sofá con la copa en la mano mientras observo los gráficos desfilar delante de mis narices.

Los mercados tienen una ventaja sobre las personas, al menos son honestos.

Si una empresa está al borde de la quiebra, termina reflejándose en los números.

Si un ejecutivo es incompetente, tarde o temprano aparece en los balances.

Las cifras no tienen sentimientos y no mienten.

Las personas sí, y por eso llevo años prefiriendo los mercados a la mayoría de seres humanos.

Sigo escuchando las noticias.

— AmExpress Co vuelve a superar las expectativas de crecimiento por tercer trimestre consecutivo...

Aparece mi fotografía y la presentadora sonríe.

—Algunos analistas ya se refieren a Brian Alexander Woods como El Lobo de Boston, y no es para menos —continúa.

Perfecto. Justo lo que necesitaba, aunque detesto ese apodo. Lo inventó un periodista hace años y desde entonces parece perseguirme. Idiota. Los lobos actúan por instinto, pero yo no. Mi éxito nunca ha dependido de los impulsos.

Bebo un sorbo. Intento concentrarme, pero nada funciona. Una parte de mi cerebro —la más obsesiva y que conozco bien—continúa regresando al mismo punto. La misma imagen, los mismos ojos y la misma jodida voz que me taladra el cerebro.

Dejo la copa sobre la mesita que hay delante del sofá. Aprieto la mandíbula mientras me levanto como un resorte. Conozco perfectamente esta puta sensación. Y conozco aún mejor las consecuencias.

Camino hacia el centro del salón. La alfombra amortigua mis pasos y eso me distrae por un momento, no oír mis propios pasos. No hay nada que pensar, solo lo hago, es automático. El cuerpo conoce ciertos rituales antes incluso de que la mente los formule.

Me agacho y apoyo las puntas de los dedos sobre el suelo. Primero los índices, después los dedos corazones y finalmente los anulares. Jamás las palmas. Me dejo caer mientras oigo crujir la tela cuando la camisa tira ligeramente de mis hombros al bajar el cuerpo en la primera flexión.

Una. El aire entra por la nariz.

Dos. Sale despacio.

Tres. Siento la tensión concentrándose en las falanges y en las muñecas. Intento vaciar mi mente.

Cuatro. Cinco. Pienso en Singapur y en la cena con Lorraine.

Seis. Cifras, balances, mercados.

Siete… Ocho… Pienso en un olor concreto.  ¿Era coco? ¿Esa chica olía a coco?

Nueve…

Permanezco inmóvil, con los brazos tensos, sin poder continuar. El sudor resbala por mi cuello y siento la espalda empapada. La concentración ha desaparecido por completo y eso me enfurece hasta tal punto de tener ganas de matar a alguien.

No me dejo caer contra el suelo, todo lo contrario.

Me pongo de pie con un salto ágil al mismo tiempo que me desabrocho la camisa con una sensación insoportable de ahogo.

Me la quito deprisa, la enrollo en un puño y giro hacia la despensa de la cocina, donde está la lavadora.

La tiro con fuerza en un cubo de ropa sucia.

Odio tener ropa por medio y jamás dejo mi ropa tirada de cualquier manera, menos la sucia.

Apesto a sudor, testosterona e incertidumbre.

¿Qué cojones me está pasando?

No soy consciente de mis propios movimientos hasta que me detengo frente a uno de los muebles bajos situados junto a la biblioteca, de vuelta al salón.

Observo el cajón y, como si estuviera en trance, lo abro. Entonces, mi mirada se detiene en un objeto concreto. No lo toco, simplemente lo observo. Me contengo, no porque lo necesite, pero representa algo que comprendo. Control y dominación.

Enseguida apoyo una cadera contra el mueble y dejo escapar el aire de golpe.

—Ἡ δύναμις ἄνευ ἐλέγχου καταστρέφει [5] —susurro.

Vuelvo a repetir la frase con más firmeza, como si intentara convencerme a mí mismo.

No funciona y es por eso que me siento idiota.

Mi sexto sentido jamás me ha fallado. He construido empresas enteras tomando decisiones suicidas.

He identificado mentiras antes de que contaran hasta tres.

He visto depredadores disfrazados de corderos y corderos convencidos de ser depredadores.

Y las personas siempre terminan revelando quiénes son. Siempre.

Pero esa chica...

Necesito entender por qué esa chica no termina de encajar en mi cabeza.

Cuando recuerdo su rostro, no veo únicamente vergüenza e inocencia, veo una contradicción. Y si estoy en lo cierto, si esos ojos escondían siquiera una mínima parte de lo que creo haber visto, entonces me estoy enfrentando a tres cosas…

—Lascivia… admiración… —hablo en voz alta como un lunático.

Cierro los ojos por un instante.

—Y curiosidad.

Joder.

La curiosidad representa el principio de todos los problemas.