Chapter 7
D isfruto del silencio de mi despacho. En realidad, no es silencio, es orden.
Hay una diferencia considerable entre ambas cosas.
El silencio puede ser accidental: una pausa en medio de una conversación, o una ausencia momentánea de estímulos.
El orden, en cambio, exige disciplina. Y para mí, eso marca la diferencia.
El reloj de pared marca las once y diecisiete minutos.
La carpeta negra está alineada con el borde izquierdo de mi escritorio.
Los exámenes descansan en una pila perfecta, colocados de mayor a menor puntuación estimada antes incluso de corregirlos por completo.
Tres bolígrafos negros reposan junto al iPad , paralelos entre sí, separados por la misma distancia.
El móvil, boca abajo. Un vaso vacío, a la derecha.
Froto un bolígrafo de gel entre mis dedos, porque algo me desconcierta: mi pantalón huele a café.
Magnífico.
La primera clase del curso y una alumna ha decidido inaugurarla derramándome el vaso encima. Harvard lleva años perfeccionando el arte de enviarme estudiantes brillantes, ambiciosos y, en ocasiones, insoportablemente torpes, pero reconozco que esa ha sido una entrada difícil de superar.
Me inclino sobre el escritorio, tomo el primer examen y corrijo la respuesta inicial con rapidez. Incorrecta. La segunda, incompleta. La tercera, mediocre. Marco el margen con una línea roja recta y dejo el papel a un lado.
Hay alumnos que llegan aquí convencidos de que haber sido los mejores en sus pequeños mundos los convierte automáticamente en excepcionales.
No comprenden que no premiamos la brillantez, sino la resistencia.
No basta con tener talento, el talento sin disciplina es igual a cero.
Y, desgraciadamente, los ceros están a la orden del día.
Corrijo otro examen. Y después otro. Joder. Una justificación ridículamente pobre. Todos suspensos.
Sin embargo, el siguiente examen tiene una letra limpia y las respuestas son extensas, pero no innecesariamente largas. Eso ya resulta poco común porque la mayoría confunde profundidad con volumen.
Leo la primera respuesta, y en la segunda ya frunzo el ceño. Es correcta, pero no es perfecta. Tiene una conclusión demasiado optimista sobre la evolución del mercado, pero al menos esta persona piensa. No puedo tacharla; aun así, sospecho que se ha copiado.
Entonces, mi mirada asciende hasta el nombre escrito en la esquina superior. Leo en voz alta.
—Aylin Vega.
Busco el nombre en mi tablet , porque debo ponerle rostro urgentemente. Abro su expediente académico y aparece la fotografía de la matrícula.
Genial. La chica del café.
Durante unos segundos me quedo observándola.
Tiene el cabello de color castaño, casi rubio.
Ojos azules. No, azules no… celestes. No el color tan sereno del cielo, sino algo más parecido al mar.
Esta chica probablemente proceda de Latinoamérica, pero sus facciones no encajan con su nombre y apellido.
Deslizo la vista hacia el resto de los datos: cumple veinte años en unas semanas, nació en Long Island, Nueva York, disfruta de una beca de excelencia académica y posee un expediente prácticamente impecable.
Primer puesto en varias competiciones nacionales de economía y análisis financiero.
Finalista en la Long Island Marathon . Voluntaria en un centro de rescate canino.
Habla francés, italiano y español con fluidez, aparte del inglés como idioma nativo.
No sonríe, y eso es lo primero que me llama la atención.
Curioso. Muy curioso. En la fotografía parece más seria y reservada que en persona.
Cierro la imagen mientras aprieto ligeramente la mandíbula. Nadie jamás me ha puesto en una situación tan difícil porque ni una persona ha tenido todas las respuestas correctas en uno de mis exámenes. Es por eso que me parece sospechoso.
Doy unos golpes con el bolígrafo contra el escritorio mientras me reclino en la silla rotante de cuero. Aparto el examen y continúo corrigiendo, aunque el nombre permanece unos segundos más en mi mente.
«Aylin Vega».
Me resulta molesto, no sé por qué. No por ella, evidentemente.
Al fin y al cabo, una alumna de segundo curso no tiene capacidad para alterar nada en mi vida.
Menos aún una alumna que llega tarde, irrumpe en mi clase, me tira el café encima y después intenta limpiar la mancha en una zona que jamás debería haber tocado.
El problema es que si junto sus respuestas correctas con lo que aquella chica me ha provocado físicamente, me convierto en una bomba de relojería. La señorita Vega no querría saber lo mucho que me he contenido al sentir su pañuelo contra la bragueta.
Sin venir a cuento, recuerdo la forma en que se ha ruborizado, su mano tapándose la boca y el horror en sus ojos. Habría sido más divertido si no hubiera ocurrido delante de casi cincuenta estudiantes. Solo ella y yo, a puerta cerrada.
El móvil vibra sobre la mesa una vez, pero no lo miro de inmediato. Termino de corregir la respuesta que tengo delante, marco la calificación y solo entonces giro el dispositivo.
—Woods. —La voz de Carlyle entra al otro lado de la línea—. Tenemos un problema con la operación de Singapur.
Me vuelvo a recostar en la silla.
—Define problema.
Mi socio guarda silencio, y eso es mala señal.
—Uno de los inversores quiere retirarse antes del cierre.
—No se retirará —digo.
—Brian…
—No he terminado. Dale una reunión, escúchalo durante siete minutos y después recuérdele que si se retira ahora perderá el acceso preferente a las dos operaciones del próximo año. Las dos. No una. No negociable.
Carlyle sigue, dándome un toque de atención que ni me interesa.
—Puede interpretarlo como una amenaza.
—No. Es simplemente información.
—Entiendo.
No entiende, pero obedecerá.
—Una cosa más…
—Sí.
—La próxima vez que me llames para decirme que un cliente nos quiere dar puerta, procura traerme también una solución.
Cuelgo con un carraspeo grave. Me levanto, me abotono la chaqueta y rodeo el escritorio.
Miro por la ventana del despacho. Desde la tercera planta se distingue parte del Campus, la entrada principal y los grupos de estudiantes moviéndose de un lado a otro.
Cruzan las zonas verdes, algunos con mochilas colgadas de un hombro, otros sosteniendo cafés, carpetas o teléfonos.
Gesticulan demasiado, el primer día siempre es así, un auténtico caos.
Entonces veo a dos mujeres rubias, cerca de un banco frente a la facultad.
Pero hay una en concreto que atrapa toda mi atención.
Es esa chica, la del examen. Sonriente, llevando ese vestido negro, que parece más bien una camiseta que apenas le tapa el culo, postura algo tensa, sujetando un vaso de café.
Por el bien de todos, espero que esta vez permanezca lejos de cualquier prenda de ropa.
También hay un chico hablando con ellas, y noto que está demasiado cerca para tratarse de una conversación casual.
Aparto la mirada y cojo mi maletín. Mientras me dirijo a la puerta pienso en por qué las he visto; me irrita el hecho de haberme fijado.
Bajo las escaleras con prisas. Todos los estudiantes se apartan al verme y ninguno me saluda.
Siempre me ha resultado curioso ese fenómeno, nadie les ordena hacerlo.
En el fondo, no me molesta. El miedo, cuando es moderado, suele ser más útil que el respeto.
Al cruzar la entrada principal, la luz de la mañana me golpea y me coloco las gafas de sol deprisa. Mi coche está aparcado a pocos metros, así que paso junto al banco donde están las dos chicas. Sé que me observan incluso sin girar la cabeza.
Continúo caminando hacia el aparcamiento mientras varios alumnos fingen mirar sus teléfonos y una morena le susurra algo al oído a otra.
Abro la puerta del coche y dejo el maletín en el asiento del copiloto.
Durante un instante veo el reflejo de las chicas rubias proyectado en el cristal oscuro de la ventanilla.
Ambas siguen hablando agitadas y la verdad es que no sé por qué me estoy distrayendo con trivialidades.
Me acomodo en el asiento del piloto y el motor responde con un rugido. Las máquinas suelen ser más fáciles de entender que las personas. Salgo del aparcamiento y avanzo varias calles antes de pulsar el botón del manos libres y efectuar una llamada, que apenas tarda dos tonos en ser respondida.
—¿Sí?
No saludo. Él tampoco.
—Necesito información detallada sobre una persona.
Al otro lado se produce un silencio breve.
—¿Todo bien?
—Sí —miento mientras me aflojo el nudo de la corbata.
—Nombre.
Miro el tráfico que avanza delante de mí.
—Aylin Vega, estudiante en Harvard.
—¿Qué quiere que busque?
—Un informe completo— afirmo tenso.
Corto la conversación. Apenas ha durado dos minutos, pero es suficiente. Ahora solo necesito respuestas.
El sonido vuelve a vibrar dentro del Land Rover varios minutos después. Esta vez ni siquiera necesito mirar la pantalla para saber quién es. Contemplo el nombre iluminado durante unos segundos antes de aceptar la llamada.
—Lorraine…
—¿Dónde estás?
Su voz conserva esa frialdad y soberbia a las que estoy muy acostumbrado.
—Trabajando —le respondo con el mismo tono de voz.
—Qué novedad.
Mantengo la vista fija en la carretera.
—¿Qué necesitas?
La pregunta genera un silencio incómodo, porque ambos sabemos que no le he preguntado cómo está. Y ella tampoco esperaba que lo hiciera.
—Tenemos la gala esta noche.
—Lo recuerdo.
—La última vez también lo recordabas y llegaste cuarenta y cinco minutos tarde, Brian.
Aprieto ligeramente la mandíbula. Las palabras suenan vacías, como todo entre nosotros últimamente.
—Confórmate con que llegue.
La llamada termina poco después, y miro mi reflejo en el retrovisor durante apenas un instante. Suelto el aire lentamente mientras acelero cuando el semáforo cambia a verde en la calle Beacon. Hay discusiones que es mejor no continuar porque no te llevan a nada.