Chapter 6 #3
—¡Mierda! Y encima le he dicho que salga a pasear para secarse el pantalón. ¿Qué clase de persona dice algo así?
Berta se echa a reír escandalosamente.
—¿¡Qué!?
—Yo solo quería…
—¿Interrumpo algo?
Alzo la vista al oír la voz masculina. Un chico alto que debe rondar nuestra edad se ha detenido frente al banco.
—Depende —responde Berta—. ¿Vienes a vendernos marihuana?
Él suelta una carcajada.
Tiene el cabello castaño, los hombros anchos y una sonrisa dulce que contrasta con sus rasgos marcados. Lleva unos vaqueros desgastados y una camiseta negra de Nirvana. No recuerdo haberlo visto antes.
—Adam Larrison, vuestro nuevo compañero.
Nos tiende la mano.
—¿Nuevo? —Frunzo el ceño.
—Más o menos. He estado viviendo en Los Ángeles durante los últimos años, pero soy de Boston. He vivido aquí prácticamente toda mi vida.
—Aylin. —Le estrecho la mano por educación.
—Roberta, ¡pero llámame Berta!
—Encantado.
Su mirada permanece un segundo más sobre mí. Un segundo, o quizá dos.
—¿Qué tal vuestra primera clase?
—Traumática —responde Berta.
Adam sonríe.
—Woods suele causar ese efecto.
—¿Lo conoces? —pregunto.
—Un poco. —Mete las manos en los bolsillos y alza los hombros—. Tengo amigos en Derecho que hablan mucho de él.
—¿Amigos? —la italiana tiene mucho interés, de repente—. ¿Qué amigos?
—Muchos, pero sobre todo Sander.
Berta se incorpora de golpe, conozco a mi amiga y sé que algo le ha llamado la atención.
—Vaya, lo conoces… —se acerca con pasos sutiles.
No sé quién cojones es su amigo Sander, pero parece alguien importante.
—Bueno, ¿y quién no? Eso ocurre cuando eres el hijo de uno de los senadores más famosos de Massachusetts. En realidad, es amigo mío desde hace años.
Ella arquea una ceja cuando Adam señala hacia el edificio de al lado con el pulgar.
No sé por qué, pero su mano se posa en mi cintura cuando se inclina para mirar algo detrás de mí y saluda a alguien.
No es un gesto exagerado, ni siquiera parece consciente de haberlo hecho.
Pero tampoco aparta su mano enseguida y sus dedos permanecen allí unos segundos de más.
Cuando finalmente retrocede, nuestras miradas se cruzan.
—Bueno —dice con un carraspeo, pero no añade nada más, puesto que una voz desconocida se oye detrás.
—Señor Larrison, lo esperan en dirección. Es urgente.
Un hombre bigotudo, más bien de estatura baja y barriga cervecera espera detrás de él. Parece un profesor, o el administrativo del equipo directivo.
—¿Dirección? —El chico arquea una ceja, sin entender nada.
Menuda pieza. Ya está teniendo problemas desde el primer día, así que directamente ha perdido todo el encanto.
—Bueno, chicas, ha sido un placer conoceros —nos guiña el ojo.
Espero a que se aleje unos metros antes de girarme hacia Berta y tirar de su codo.
—¿Quién es Sander? —le pregunto cuando Adam se pierde en la multitud.
—El que te he enseñado esta mañana —susurra desquiciada—. Bram Sander.
Vale, entiendo. El moreno del deportivo es amigo de Adam. No sé cómo no me he dado cuenta de que el chico alto estaba en nuestra clase, no es alguien que pase desapercibido. Aunque… por supuesto. Toda mi atención estaba centrada en otro.
A la italiana ni le da tiempo a seguir contándome, porque en ese instante el profesor de Finanzas aparece saliendo de la facultad.
Intento apartar la mirada deprisa mientras siento un nudo en la garganta, pero fracaso.
Imposible apartarla. Imposible moverme y…
joder. Imposible respirar. Woods lleva unas gafas de sol oscuras, que encajan perfectamente con sus rasgos varoniles, y un maletín elegante. Camina erguido y seguro de sí mismo.
—Madre mía… —susurra Berta—. Qué hombre.
Pasa junto a nosotras sin mirarnos siquiera y se dirige directamente hacia un todoterreno negro de alta gama aparcado cerca de la entrada. Vale, no sé por qué no me sorprende el color de su coche. También es oscuro.
—Vaya cochazo —añade la italiana.
—Supongo que ganará bien como catedrático.
—Parece que pertenece a la directiva de aquella agencia financiera llamada... ahm... —titubea—. Am... Ameri…
—¿¡AmExpress Co!?
La miro atónita.
—¡Eso! Es socio mayoritario —afirma—. Dicen que su padre era colombiano y su madre americana.
Su padre lo abandonó cuando era pequeño y su madre se casó con un estadounidense, de ahí su apellido.
Al parecer, Woods no tenía nada. Trabajó y estudió duro para convertirse en uno de los socios de la empresa.
—¡No me digas! —exclamo, tirando de su camiseta—. Dios mío, Berta... Soy fan de esa empresa y de McGringuer. Son dos referentes en transacciones financieras y mercados bursátiles.
—Pues entonces ojalá puedas hacer las prácticas allí, cariño.
—Pero sabes lo difícil que es. Todo el mundo querrá esas plazas.
—Y el señor Woods es muy estricto —añade, recalcando lo evidente.
Me quedo pensando en AmExpress Co y me cuesta creer que él sea uno de sus socios mayoritarios. Conseguir unas prácticas en una empresa así sería un sueño para cualquiera que estudie en la Escuela de Negocios.
Además, siempre he admirado a las personas capaces de construirse a sí mismas.
Gente que empieza sin privilegios, trabaja más que nadie y acaba levantando algo propio; vamos, su propio imperio.
Si lo que cuenta Berta es cierto, parece que él pertenece a esa clase de personas.
Aunque apenas sepa nada de él, empiezo a sentir cierta admiración.
Respiro hondo y me limpio unas babas imaginarias mientras pienso que, probablemente, tengamos mucho que aprender del profesor Brian Alexander Woods.