Chapter 6 #2
Mis sandalias golpean el suelo con un eco escandaloso mientras esquivo estudiantes, carpetas y mochilas. En este momento es como si me estuviera persiguiendo una corrida de toros o como cuando pierdes el autobús y lo intentas alcanzar, aun sabiendo que no servirá de nada.
Respiro agitadamente cuando finalmente alcanzo la segunda planta.
Localizo el aula y noto un pequeño alivio al ver la puerta abierta.
Perfecto. Quizá el profesor no haya llegado todavía, pero no puedo estar más equivocada.
Sí, ha llegado, y además está justo delante de mí.
Me doy cuenta cuando tropiezo violentamente con alguien nada más entrar.
—¡Ahhh! —suelto un grito ahogado.
El golpe me deja completamente paralizada.
Levanto la mirada despacio y entonces lo veo: un hombre alto, de tez morena, cabello muy oscuro —demasiado oscuro— y que muestra facciones duras —demasiado duras—, se da la vuelta, más sorprendido que yo. Sus ojos de un negro intenso, tan negro como el carbón, se clavan en mí sin pestañear.
Me quedo atónita y mis mejillas se encienden al notar que él aprieta ligeramente la mandíbula.
¿Está molesto? Sí, lo está, y tiene motivos. Entonces mi mirada desciende automáticamente hacia el vaso de café prácticamente vacío que sostiene en la mano. Después veo la pequeña mancha marrón extendiéndose sobre el blanco de la camisa, en la zona de la cintura, y en su pantalón oscuro.
Ya lo entiendo. Le he derramado el café encima.
—¿Se puede saber qué hace?
—Eh… ¡Perdón! —balbuceo horrorizada—. Yo… no lo he visto.
Sin pensarlo demasiado, saco un pañuelo de papel del bolso y prácticamente me lanzo hacia él. Las rodillas me tiemblan mientras froto la mancha de su camisa y pantalón con desesperación, intentando arreglar el desastre.
—Señorita…
Ni siquiera proceso su voz.
—De verdad, lo siento muchísimo —continúo atropelladamente—. Venía corriendo y…
—¡Pare ya! —ordena bruscamente.
Me quedo congelada. Alzo la cabeza y descubro que él ha retrocedido un paso, claramente incómodo. Sus dedos rozan la tela húmeda, y entonces lo comprendo. La mancha está justo en una zona extremadamente comprometida.
«Virgen Santa».
El calor me sube hasta las orejas y casi me santiguo por reflejo. Me llevo una mano a la boca mientras siento que quiero desaparecer del planeta inmediatamente.
Como si aquello no fuera suficientemente humillante, escucho algunas risas contenidas dentro del aula. ¡Genial! Toda la clase me está mirando.
—¿Quién es usted? —pregunta él nuevamente.
—Soy… soy alumna. Estoy en su clase —consigo responder mientras localizo a Berta sentada varias filas más atrás.
Cuando vuelvo a mirarlo, sigue exactamente igual de serio.
—¿Y por qué llega tarde?
—No ha sido por gusto. Tenía una urgencia y…
—¿Puede haber una urgencia mayor que llegar a tiempo? —replica con voz grave.
Por algún motivo, esa pregunta me irrita un poco.
—Pues, en este caso, la verdad es que sí.
Berta me hace gestos exagerados desde el fondo del aula. Uno de ellos incluye cortarse el cuello teatralmente, e incluso me la figuro diciendo: «Estás acabada», « C´est fini », « Tu sei finita ». Estoy tan desquiciada que hasta parece que todos los idiomas se han dado una cita en mi cabeza.
—Entonces espero que la próxima vez establezca correctamente sus prioridades —dictamina él mientras se acaricia la corta barba.
Vale, estoy acabada. Completamente acabada.
En realidad, no sé qué me preocupa más, haberle tirado el café encima, o el hecho de estar preguntándome cómo se sentiría esa barba rozando la piel. ¿Será áspera?
Parpadeo varias veces.
—Por supuesto —respondo dócilmente porque en este momento solo quiero sobrevivir.
—Pase. Y procure que no vuelva a ocurrir.
Se ajusta ligeramente la corbata.
—Gracias.
Camino rápidamente entre las mesas hasta llegar al asiento que Berta me ha guardado junto a ella. Respiro hondo. El silencio que domina el aula resulta casi opresivo.
—Bueno, ahora que estamos todos… —carraspea él—. Mi nombre es Brian Alexander Woods y seré vuestro profesor de Finanzas este curso o… —hace una breve pausa— vuestra peor pesadilla.
Varias personas intercambian miradas tensas, yo incluida.
¿Acaba de decir eso de verdad?
El aula entera parece contener el aliento cuando habla. Algunas chicas lo miran embobadas, como si acabaran de descubrir una especie de dios griego vestido con traje caro.
Y sinceramente… las entiendo. Observo al nuevo profesor con más atención y odio admitir que Berta tenía razón.
Brian Alexander Woods es jodidamente atractivo.
No atractivo de forma normal. Y es raro que justo yo diga esto, pero confieso que es tan atractivo que te cuesta despegar los ojos de él. Tiene algo que engancha.
Además, impone. Mucho. Impone con su porte, su espalda erguida y la ropa elegante que lleva. Todo en él parece oscuro, el cabello, los ojos, la voz… incluso la energía que desprende. Solo la camisa blanca rompe aquella estética casi intimidante.
Y ahora por fin comprendo por qué narices me siento tan cohibida. Cuanto más lo miras, más comprendes por qué todo el mundo habla de él.
—Lyn, ¿qué ha sido eso? —susurra Berta junto a mi oído, arrancándome de mi trance—. Esto te pasará factura. Por cierto… todos lo conocen, dicen que le encantan los castigos.
Todos lo conocen. Todos menos yo.
—Pues que me castigue —bromeo intentando relajarme.
—¡Chica mala! —Berta ahoga una carcajada—. ¿Crees que aceptaría castigarnos a las dos?
Apenas la escucho, mi atención sigue completamente atrapada en el profesor.
Y ahora, por culpa de mi cerebro traidor, una imagen inapropiada cruza mi mente: Woods sosteniendo un cinturón mientras me obliga a pedir disculpas por arruinarle el traje.
En realidad, me daría igual si fuese una regla de madera. Uhm… O ambas cosas.
«¿Pero qué coño te pasa, Aylin?»
Me llevo una mano a la frente, avergonzada de mí misma.
—Después de una breve introducción sobre la asignatura y los criterios de evaluación, realizaremos una prueba inicial —explica él—. Tendrán la oportunidad de sorprenderme.
Joder. Sería mejor no seguir mirando esa camisa que se moldea a la perfección en su ancho torso y se pierde bajo la chaqueta oscura y la corbata negra. La rigidez de su postura, sus brazos cruzados y su voz grave y controlada te intimidan.
—Profesor, ¿contará para nota?
—Sí.
—Pero normalmente el primer examen no cuenta… —protesta un chico con gorra sentado en primera fila.
—Normalmente —replica Woods avanzando unos pasos hacia él—, pero aquí está en mi clase. Y quítese la gorra o salga inmediatamente del aula.
La tensión se vuelve palpable. A continuación, el chico se quita la gorra, resignado, y yo confirmo lo evidente: los rumores eran ciertos. Brian Alexander Woods no parece alguien amable o paciente.
—Tienen cuarenta minutos.
Empieza a repartirnos los exámenes y el silencio se vuelve absoluto.
—¿Podemos escribir con boli borrable, profe? —pregunta una chica que lleva bótox hasta en las pestañas.
La típica pregunta tonta, todos sabemos que está prohibido usarlo. Seguro que la ha hecho solo para llamar su atención.
—Un no categórico.
Intento concentrarme en la prueba y, por suerte, descubro que el tema gira en torno a mercados bursátiles e inversiones.
Mi terreno favorito. Me relajo y dejo de prestarle atención al profesor, pero cada vez que levanto la vista, descubro que él sigue observando el aula desde su mesa, con esa expresión de dureza que no comprendo del todo. No estamos en el ejército.
Y cuando nuestras miradas se cruzan durante apenas un segundo, se me acelera el corazón como a una gilipollas. Entonces aprieto con fuerza el bolígrafo entre los dedos y vuelvo rápidamente al examen.
«Concéntrate, Aylin».
Dicho y hecho. Minutos más tarde, cuando quiero darme cuenta, casi todos mis compañeros ya han terminado. Berta me indica desde la puerta que me esperará fuera y miro el reloj, nerviosa. Faltan unos tres minutos. Más que suficientes.
—El tiempo ha terminado.
La voz grave del profesor me sobresalta. Termino la última frase deprisa y alzo la vista justo cuando unos pasos lentos se detienen junto a mi mesa.
—¿Está usted acostumbrada a dejarlo todo para el último momento?
—Disculpe.
Le entrego el examen intentando ignorar lo cerca que está. Él revisa rápidamente las respuestas y frunce ligeramente el ceño.
Joder. Lo miro con cara de idiota porque desde esta distancia, es todavía más impresionante. Demasiado.
—Ya puede salir.
Parpadeo al descubrir que sigue observándome fijamente. Sus pestañas son muy largas, y sus labios…
Dios mío.
Qué putos labios.
—¡Señorita!
—¡Sí!
—La clase ha terminado, puede irse.
Me levanto rápidamente y recojo el bolso con el corazón en la garganta. Soy imbécil nivel Dios. Seguro que ha notado cómo lo estaba mirando, y eso no puede volver a pasar.
Y entonces, porque aparentemente mi cerebro ha decidido suicidarse hoy, lo señalo con el dedo.
—Por cierto, hace un día estupendo. Quizá debería salir a dar un paseo y así… se le seca el pantalón.
Sonrío exageradamente. Yo, él no. La mandíbula de Woods vuelve a tensarse y, por unos instantes, no dice nada. Solo sigue observándome, incluso juraría que este hombre no sabe pestañear.
—Muy bien. Hasta luego.
—Hasta luego y perdón otra vez por… —tartamudeo— lo del café.
Oh. Dios. Mío.
Salgo del aula sintiéndome más idiota que nunca. Si antes estaba al borde de un precipicio, ahora acabo de tirarme de cabeza. Necesito, como mínimo, mojarme la cara para refrescarme y llamar a mi madre. Solo los ladridos de mi perro me tranquilizan cuando estoy tan nerviosa.
Y cuando, media hora más tarde, encuentro a Berta esperándome en un banco frente a la facultad, todavía noto las piernas temblándome y las mejillas ardiéndome.
—Toma, cariño. Te he comprado un café.
Empieza a reírse antes incluso de terminar la frase.
—No me hables —gruño dejándome caer a su lado—. He hecho el ridículo, ¿verdad?
—Un poquito. —Hace un gesto diminuto con la mano.