El profesor (El profesor 1) Chapter 6
4%

Chapter 6

L os rayos de luz atraviesan la fina tela de las cortinas e inundan la habitación con ese brillo molesto propio de las mañanas universitarias. Afuera, el murmullo constante de estudiantes cruzando el campus convierte en misión imposible seguir durmiendo.

Joder.

Extiendo una mano hacia la mesita de noche y entrecierro los ojos para mirar la hora.

Como siempre, faltan cinco minutos para que suene el despertador.

Y da igual a qué hora lo programe, mi cuerpo tiene la extraña costumbre de despertarse antes, aunque después la puntualidad y yo mantengamos una relación bastante tóxica.

Tras las típicas rutinas caóticas de todas las mañanas, como por ejemplo hacer la cama a medias, manchar el lavabo de pasta de dientes y entrar al baño varias veces porque siempre olvido algo, consigo estar lista.

Y también consigo algo todavía más complicado: despertar a Berta, algo casi imposible a la primera.

Sin embargo, mi amiga no piensa sacar el culo de la cama, y vuelve a cerrar los ojos.

—Berta…  —La observo desde arriba mientras ella sigue enterrada bajo la sábana—. ¡Se te va a enfriar el desayuno!

La manta le cubre hasta las orejas y tiene esa expresión de felicidad que solo aparece cuando alguien está soñando algo interesante.

—¡Berta! —insisto inclinándome sobre ella—. Es la hora.

Ni caso.

Me alejo resignada hacia la diminuta cocina situada a apenas dos pasos de las camas. A veces siento que Roberta Monticelli es más mi hija adolescente que mi compañera de habitación.

Nuestro apartamento universitario es pequeño, funcional y exageradamente caro para lo que realmente ofrece, que básicamente es una habitación compartida, una mini cocina improvisada, un armario empotrado y un baño minúsculo. Pero era lo más asequible que encontramos en el campus.

Cuando por fin se digna a levantarse, aparece bostezando hasta la cocina y se sienta sobre la silla con el pelo completamente revuelto y expresión zombi.

«Necesito paciencia», pienso mientras le doy un sorbo a mi café con leche fría. Me muerdo la lengua porque prefiero conservar mis energías para sobrevivir al primer día de clases y no gastarlas asesinando a mi mejor amiga antes de las nueve de la mañana.

—Estás muy guapa hoy —comenta de repente tras varios minutos desayunando—. Me recuerdas al sueño que tuve anoche.

Ahí está. La verdadera Berta ha regresado y lo sé porque analiza atentamente mi vestido negro de manga corta. Es sencillo, cómodo y probablemente parece más una camiseta larga que un vestido de verdad. Justo como me gusta.

—¿Qué sueño?

— Ragazza [3] …

Me mira fijamente y sus ojos verdes adquieren ese brillo desconcertante que siempre aparece cuando tiene una idea.

—¡Ya lo tengo!

—¿El qué?

—¡La temática para el concurso de Vogue! —Levanta las manos emocionada con la misma expresión que usa cada vez que habla de su sueño de ser diseñadora—. Creo que ya sé cómo quiero hacer el desfile.

—¡Eso es genial! —aplaudo sonriendo—. Y hablando de ropa… ¿ya sabes qué vas a ponerte hoy?

— Cazzo [4] . —Abre los ojos como platos—. No. Y no tengo ni idea.

Reprimo una carcajada. La vida de Roberta Monticelli es un desastre.

—No vayas a culpar al universo —digo con una risita mientras dejo mi taza en el fregadero—. Sabías perfectamente que hoy empezaban las clases.

—Relájate ya, doña Perfecta . Improvisaré.

Se levanta, me planta un beso exagerado en la mejilla y sale disparada hacia el armario. Sí, Berta puede ser un desastre con patas, pero también resulta adorable cuando le da la gana. Solo cuando le da la gana.

Mientras ella rebusca ropa como si estuviera participando en un reality de supervivencia, recojo los platos, los lavo y reviso mi aspecto por última vez en el espejo. Mi maquillaje apenas se nota, aunque mi cabello ondulado sí parece haberme declarado la tercera guerra mundial esta mañana.

—Pareces una leona —comenta ella saliendo por fin vestida—. Me encantaría tener tu melena.

Me da una palmada juguetona en el trasero y ambas abandonamos la habitación justo después de comprobar la hora. Todavía quedan diez minutos y eso es, sin duda, un milagro histórico.

Bajamos las escaleras de la residencia y cruzamos la calle Stanford entre grupos de estudiantes que van con prisas y conversaciones animadas, típicas del primer día.

Harvard vuelve a sentirse viva y aunque parezca idiota, hasta lo echaba de menos.

Hoy tengo más claro que nunca que es aquí donde quiero estar.

—Por cierto… ya me contarás qué te parece el profesor Woods —dice Berta pegando el hombro al mío mientras me lanza una mirada pervertida, tan típica en ella.

—Cuando se te mete algo en la cabeza das muchísimo miedo.

—¡No seas aburrida! —protesta—. No me digas que no tienes curiosidad, Santa Lyn.

—¡Berta!

Intento parecer seria mientras la arrastro hacia la facultad, aunque mi sonrisa probablemente me traiciona.

—¡Lo sabía!

Aplaude triunfalmente, pero enseguida se distrae al ver a un chico esperando cerca de la entrada principal.

Es alto, atractivo y lleva gafas. Tiene pinta de ser uno de esos estudiantes obsesionados con sacar matrículas de honor y probablemente duerma abrazado a un libro de economía.

Personalmente, eso me parece atractivo. A Berta, no tanto.

El chico aprieta una carpeta de cuero contra el pecho y, en cuanto nos ve, se baja las gafas ligeramente para mirarla.

—Menudo idiota —murmura ella junto a mi oído—. Pasó todo el verano detrás de mí. Sabía que estaría esperando aquí.

—¿Es el chico que te gusta?

—Me gustaba. Ya no, es un pedante.

—Entonces… ¿por qué te enrollaste con él?

—Por diversión. —Empieza a mascar chicle mientras mira hacia los aparcamientos—. Pero Tim ya no es mi objetivo, mi objetivo es otro.

Sigo la dirección de su mirada hasta un deportivo oscuro aparcado a varios metros. «Pobre víctima», pienso. Cuando Berta fija el ojo en alguien, el desastre está prácticamente garantizado.

De pronto me clava el codo en las costillas.

—¡Míralo! —exclama como si hubiera visto una aparición divina—. Está en cuarto de Derecho y le ha puesto los cuernos a su novia un montón de veces. ¿A que está para comérselo?

Un chico moreno de rasgos varoniles rodea el cuello de una chica mientras habla con ella despreocupadamente.

Pues sí, es muy guapo. Muy universitario.

Muy pijo. Muy… Harvard. Sin embargo, hay algo en él que llama la atención, y no porque sea tan atractivo, sino porque parece completamente seguro de que el mundo gira a su alrededor.

—Yo podría ayudarle a volver a ponerle los cuernos —añade tranquilamente.

—¡Roberta!

—¿Qué? —Se encoge de hombros—. Seguro que la novia terminaría agradeciéndomelo.

—Joder… —Miro rápidamente el reloj y casi me atraganto—. Vamos a llegar tarde.

—¡Ah! —suspira agarrándome del brazo y tira de mí hacia la facultad—. ¡El profesor Woods! Te quedan exactamente cinco minutos para preguntarme sobre él.

Me ruborizo ligeramente, y odio que ella se dé cuenta. Porque sí, aunque no quiera admitirlo, la curiosidad empieza a picarme por dentro.

—¿Es su primer año aquí? —pregunto mientras cruzamos el umbral de la facultad.

El diseño guarda la misma línea arquitectónica que el resto de Harvard.

Los pabellones están distribuidos alrededor de amplias zonas verdes y conectados por caminos impecables.

A través de los ventanales, alcanzo a ver aulas modernas y salas de estudio, justo antes de reparar en la imponente escalera central que conecta las cuatro plantas, flanqueada por un ascensor minúsculo.

—¡Qué va! —responde mi amiga deprisa—. Lleva varios años. Publicó como diez libros y terminó su doctorado summa cum laude aquí mismo.

—Vaya… —murmuro impresionada—. Eso es increíble.

—Y espera, que hay más. —Berta me aprieta el brazo con emoción—. Dicen que es súper severo y todo el mundo está aterrorizado en sus clases. Serio, severo y soso.

—Entonces seguro que es mayor.

—¡No! —grita escandalizada—. Creo que tiene casi treinta o treinta y uno. Aunque obviamente sigue siendo mayor que nosotras.

—¿Treinta? No sé por qué, pero me esperaba a alguien más viejo.

—Ay, Lyn… ojalá todos los viejos se parecieran a él.

Se lame los labios y me lanza esa mirada peligrosa que conozco demasiado bien.

—Ni se te ocurra empezar el curso ligando con docentes —le advierto golpeándola suavemente con el bolso.

—¡Como si pudiera! —Abre los brazos dramáticamente—. ¿Sabes lo que significa inaccesible ? O sea… ¿fuera del alcance de los seres humanos? Además, está casado.

—Entonces no me sorprende.

—A mí sí, los casados son todavía peores.

—Berta…

—¿Qué? Tú sabes igual que yo que aquí hay profesores casados que luego se lían con alumnas.

De repente, un retortijón repentino me atraviesa el estómago.

Fantástico.

Aprieto los labios y disminuyo el paso mientras una desagradable sensación empieza a instalarse en mi vientre.

Maldigo internamente haber cambiado el desayuno de siempre.

Estoy casi segura de que el culpable es el paté.

Porque, por algún motivo inexplicable, esta mañana he decidido sustituir mis habituales tostadas con mantequilla por unas de paté. Una decisión terrible.

—Berta, ahora te alcanzo —digo llevándome una mano al abdomen.

—¿Quieres que vaya contigo?

Ya estoy alejándome cuando niego rápidamente con la cabeza.

—No hace falta. —Miro el reloj de pasada—. Todavía quedan cinco minutos.

Joder.

Después de salir del baño y lavarme las manos a toda velocidad, descubro que el universo claramente me odia. El aula donde tendremos Finanzas es la B23, y eso está en… ¡la jodida segunda planta!

Aprieto el horario entre los dedos y echo un vistazo desesperado alrededor. El ascensor está ocupado y las escaleras parecen multiplicarse ante mis ojos. Entonces empiezo a correr maldiciendo la mala suerte que tengo.