El profesor (El profesor 1) Chapter 5
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Chapter 5

D ejo la bolsa XXL de palomitas caramelizadas sobre la mesita y corro las cortinas de la pequeña ventana que hay al lado de la cama.

La luna llena ilumina parte del campus y desde aquí puedo ver algunas luces encendidas en los edificios de ladrillo rojo y a varios estudiantes arrastrando maletas por los caminos empedrados de la residencia.

Sonrío y me dejo caer sobre la cama mientras me pregunto cómo irá este nuevo curso. Casi de inmediato me respondo y me guiño el ojo mentalmente.

«Genial. Va a ir genial».

Empiezo a repasar la lista de objetivos que me he marcado para este nuevo comienzo. No sería yo sin una lista perfectamente organizada.

Objetivos del segundo curso:

1. Seguir siendo una de las mejores alumnas de la promoción.

Eso significa hincar los codos como nunca y no dejarme intimidar por todos esos rumores que aseguran que el segundo curso es muchísimo peor que el primero. Si algo aprendí el año pasado es que aquí no compito contra estudiantes normales. Compito contra los mejores de sus respectivos estados.

2. Participar en mi primer maratón y convertir mis intentos fallidos de atletismo en algo útil.

Salir a correr cada noche me encanta, pero hacerlo para ayudar a alguna ONG sería todavía mejor. Exactamente lo que necesito.

3. Conseguir unas prácticas en una agencia financiera importante.

Eso significa que nadie podrá superarme. Llegados a este punto… volvemos directamente al número uno.

4. Perder la virginidad antes de cumplir los veinte.

El objetivo favorito de Berta, mi amiga y compañera de habitación.

Ella se muestra muy optimista con el tema. Yo, en cambio, lo veo complicado. Queda menos de un mes para mi cumpleaños y, sinceramente, no creo en los milagros. Ese supuesto hombre no va a aparecer de repente en Harvard como si lo hubiera enviado Amazon en un paquete Prime.

Carraspeo, incómoda, al darme cuenta de que llevo semanas sintiéndome acorralada por las insistencias de mi mejor amiga. Maldito el día en que le confesé que sigo siendo virgen.

Le doy un sorbo al enorme vaso de Coca-Cola mientras cierro mi agenda e intento concentrarme en la película que se reproduce en la pequeña televisión que hay frente a nuestras camas.

Berta y yo acabamos de instalarnos de nuevo en nuestra residencia estudiantil del Campus.

Hace apenas una hora hemos terminado de deshacer maletas, colocar ropa, organizar apuntes y ocupar el baño como si fuéramos dos accionistas peleándose por Wall Street.

Ni más ni menos. Pero estamos felices de haber vuelto.

Bueno… Berta más que yo.

Llevamos más de un mes sin vernos y, después de las largas vacaciones de verano, somos incapaces de callarnos. Podemos pasar horas hablando sin respirar hasta quedarnos afónicas. Después solemos hidratarnos con un capuchino gigante —su favorito— y seguimos como si nada.

—Estoy segura de que acabarán enamorándose —comento mientras observamos intrigadas Tácticas en el amor . Ya veo venir los corazones y la música romántica. No tengo ni idea de quiénes son los protagonistas, lo único que sé es que la película es turca.

—¡No! —protesta ella, irritada, lanzándome unas palomitas—. Esos dos lo que necesitan es un buen polvo.

—Pues yo pienso que con un beso lo solucionarían todo.

—¡Lyn, olvídate de los besos! El sexo mueve el mundo, igual que el dinero —declara Roberta Monticelli con el típico dramatismo italiano.

Berta nació en Milán y posee un máster honorífico en sarcasmo y seducción, si tomamos en cuenta la lista interminable de chicos con los que ha estado. Según ella, con más de diez, aunque ninguno le ha interesado lo suficiente como para echarse novio.

Alzo una ceja mientras analizo su respuesta. No sé cómo puede afirmar que el sexo y el dinero son más importantes que el amor. Lo dice con la misma seriedad con la que alguien afirmaría que el agua moja o que existen demasiados ricos en Manhattan.

—¡No me jodas! —Le lanzo varias palomitas de vuelta, empezando a irritarme de verdad—. ¿Qué sería el sexo sin amor?

—¡Auchhhh!

—¡Y no te quejes! —continúo indignada—. Bastante suerte tienes de que no te haya tirado la Coca-Cola encima. ¿Desde cuándo te has vuelto tan insensible?

Por no llamarla insensata.

Mi amiga mira al techo y sus labios se curvan en una sonrisa maliciosa.

—Desde que descubrí esa cosa maravillosa que tienen los hombres entre las piernas —suelta una carcajada mientras se echa hacia atrás—. Ah, y desde que entendí que a los tíos no les gustan las chicas cursis.

—¿Quieres decir que soy cursi? —pregunto ofendida, incorporándome despacio mientras sostengo el vaso como si fuera un arma cargada. Al menos espero verme amenazante.

—Bueno… cursi, cursi, no —se ríe—. Pero estás peligrosamente cerca de convertirte en una de esas chicas que van a misa los domingos esperando encontrar al hombre perfecto.

Tiene razón, pero pienso morirme antes de admitirlo delante de ella.

—Como sigas así, no volveré a prestarte mis apuntes de Marketing.

—¡Eso no, Lyn! —grita horrorizada.

Y sí, admito que eso me produce una satisfacción inmensa. Berta podrá sobrevivir sin novios, sin dormir por las fiestas, e incluso sin estabilidad emocional, pero jamás sin mis apuntes.

—Vale, vale, paro —se rinde—. Pero lo digo para ayudarte.

—¿Llamándome cursi?

—Ya en serio… —continúa mientras yo pongo los ojos en blanco—. Tienes que probarlo de una vez. Te falta nada para cumplir veinte.

Por Dios.

—¿Qué le pasa a todo el mundo con ese tema? —pregunto gesticulando—. Hoy en día parece que ser virgen es peor que tener la peste negra.

—¡Y lo es! Cariño, no sabes lo que te pierdes. ¿Y si mañana te atropella un coche?

Se acerca con una expresión dulce. Berta es exactamente así, una drama queen [1] capaz de pasar de demonio a osito de peluche en menos de treinta segundos.

—No seas dramática —me río sin querer.

—¿Dramática yo?

Se señala el pecho con un gesto inocente.

Perfecto. Me siento como una auténtica oveja negra. No porque me importe demasiado ser distinta, sino porque soy consciente de que probablemente sea una de las pocas estudiantes de Harvard —si no la única— que todavía no ha estado con un chico.

Sí, he tenido rollos. Besos, caricias, alguna mano atrevida. Pero cada vez que las cosas intentan avanzar un poco más, entro en pánico. Y no sé por qué.

Tal vez porque nunca me he enamorado de verdad. O tal vez hay algo dentro de mí que prefiere no recordar ciertas cosas. Recuerdos que prefiero dejar donde están, enterrados por el paso de los años para así convencerme de que nunca ocurrieron.

Cuando un escalofrío me recorre, decido cambiar de tema. Me prometí dejar el pasado atrás, y no pienso joderlo todo ahora.

—Deberíamos dormir —murmuro cansada—. Mañana empezamos las clases muy temprano.

—Ni me lo recuerdes —bufa—. No sé en qué momento pensé que estudiar una carrera era buena idea. Por cierto, ¿qué tenemos a primera hora?

Apaga la televisión con desgana.

—Creo que… —miro rápidamente el horario en el móvil— Finanzas.

—¡Ah! —Da un salto sobre la cama, sobresaltándome—. Lyn, ¿sabías que el señor Pembroke ya no nos dará clase este año?

—¿Por qué?

—Se ha prejubilado. Y, sinceramente, aunque le tenía cariño, no puedo decir que me moleste demasiado el reemplazo.

Empieza a frotarse las manos con una sonrisa sospechosa. Y eso es mala señal. Muy mala señal.

—¿A qué te refieres?

Me acomodo de lado sobre la cama sin dejar de observarla. La tenue luz de la habitación hace que su pelo rubio platino casi parezca blanco.

—¡No me creo que no lo sepas!

Suspiro. Berta debería dirigir un periódico universitario dedicado exclusivamente a cotilleos. Estoy convencida de que sería millonaria antes de graduarse.

—¿Qué se supone que tengo que saber?

—¡Que este año nos dará clase el profesor Brian Alexander Woods!

«Brian… »

Trago en seco al repetir ese nombre en mi mente.

Brian Alexander Woods.

La forma en que mi amiga pronuncia su nombre completo debería estar penada por la ley porque lo dice de manera lenta, y obscena.

—¿Y quién es?

—¡Lyn! —grita indignada—. ¡Es el hombre más hot que he visto en mi puta vida!

Se incorpora emocionada, claramente preparada para soltarme una conferencia completa sobre el nuevo profesor de Finanzas.

—Dios, tía, el profesor Woods es…

—¡Berta! —la interrumpo antes de que empiece su documental informativo—. Mejor mañana. Son las tantas y sé perfectamente que vas a contarme hasta su grupo sanguíneo.

Frunce el ceño.

—Pero tienes que saber quién es.

—Mañana durante el desayuno, ¿vale?

Me tumbo deprisa porque estoy agotada.

—Qué sosa eres —murmura molesta mientras se gira hacia la pared.

—Buenas noches, loca.

—Buenas noches, santurrona.

Sonrío. Es su manera de llamarme cuando le digo algo que no quiere oír.

—Me alegro de que estemos de vuelta —susurro.

—Yo también, cariño.

Nos dormimos casi al instante. La mudanza ha sido agotadora y mi cuerpo pesa demasiado como para seguir debatiendo con ella sobre si seguir virgen o no, o si el nuevo profesor de Finanzas está bueno.

Antes de quedarme dormida, recuerdo fragmentos del verano, pienso en mi trabajo temporal en la pizzería más famosa de Long Island y en mis padres y mi perro Don.

Y también pienso en mis sueños. Imagino que estoy vestida con un elegante traje de oficina, caminando con tacones por las calles del distrito financiero de Nueva York mientras sostengo un café en una mano y el teléfono móvil en la otra.

Sueño que me estoy dirigiendo a un enorme despacho acristalado situado en la mejor agencia financiera del país.

Aylin Vega: la prestigiosa bróker de Wall Street [2] .

A veces me pregunto si aspiro a demasiado, aunque quizá no sea eso. Quizá simplemente me niego a conformarme con menos de lo que merezco.

Y después de contaros todo esto… seguro que ya sabéis cuál es mi película favorita.

El lobo de Wall Street.

Pero con un final distinto. Uno feliz.