El profesor (El profesor 1) Chapter 4
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Chapter 4

Todos tenemos una versión de nosotros mismos que dice: «Yo nunca haría eso». Hasta que la vida deja de ponerte teorías delante y empieza a ponerte personas.

M i «yo del presente»:

Me llamo Aylin.

Aylin Vega.

Mi nombre lo eligió mi madre por una serie turca con la que estaba completamente obsesionada. Como nunca supo explicarme qué significaba, acabé buscándolo yo misma.

«Aylin: transparente; clara».

En aquel momento me gustó la definición. Me parecía bonita, incluso adecuada para mí. Jamás imaginé hasta qué punto acabaría describiéndome.

Desde pequeña mi familia me enseñó a aspirar alto.

No alto… altísimo. Fueron mis padres quienes me inculcaron la idea de estudiar en el lugar donde todo es posible.

Alcanzar el «Santo Grial» de las universidades de un país con más de trescientos millones de habitantes, como lo es Estados Unidos.

Tenía que formar parte, sí o sí, de la institución que garantizaría mi futuro y me abriría todas las puertas: la prestigiosa Universidad de Harvard.

Y aquí estoy, en el segundo curso de Economía y Finanzas, soñando despierta con convertirme en una importante agente financiera. Una bróker en Wall Street.

Y si alguien me preguntara, diría que lo tengo todo bajo control: un expediente impecable, un futuro prometedor y una vida perfectamente diseñada. Sin distracciones. Sin errores. Sin hombres.

Los hombres, especialmente los universitarios, no me interesan. Todos son unos pijos inmaduros que parecen niños grandes, aunque ya sean mayores de edad. Solo quieren llevarte a la cama sin asumir ninguna responsabilidad, y eso hace que ninguno sea suficiente para mí.

¿Soy exigente?

Quizá.

No estoy dispuesta a conformarme, simplemente quiero algo más.

Aunque suene tradicional e incluso anticuado, primero quiero acabar mis estudios y ya después le daré una oportunidad a alguien.

No es que busque precisamente a un príncipe azul, pero sí a un hombre de verdad, que me respete y me ame.

Uno que me pida matrimonio arrodillado, con un bonito anillo incluido.

Esa es mi parte favorita de las películas.

Y bueno, si no pido demasiado, que sea atractivo y haga deporte.

A veces me imagino caminando hacia el altar, donde él me espera. No veo su rostro, pero sé que está ahí, como si el destino lo hubiera reservado para mí.

Quiero enamorarme y vivir mi propia historia. Tener mi final feliz.

¿Ridículo?

Quizá.

Pero ojalá el hombre de mis sueños exista de verdad.

Mi «yo del futuro» hablándole a mi «yo del presente»:

Aylin… si tú supieras.

He repasado el plan perfecto de tu vida tantas veces que  me lo sé de memoria. Veamos. Harvard: bien. Carrera profesional: bien. Éxito: aceptable. Sin hombres: error. Sin sexo: error enorme. Sin diversión: catástrofe absoluta.

¿De verdad pensaste en todas esas cursilerías?

Siento decirte, pero ese hombre que pides tiene pinta de príncipe azul y los príncipes azules no existen. Y si existieran, no durarían ni cinco minutos en el mundo al que estás a punto de entrar.

¿Un hombre que te ame? Ilusiones. Claro que existen hombres así, pero tú no has tenido la suerte de encontrar uno. Muy a mi pesar. Y también al tuyo.

¿Que te pida matrimonio? Pamplinas de niña enamoradiza.

La mayoría de los hombres no desean casarse, y eso tendrás que asumirlo con el tiempo.

Siento decirte que él casi está dentro de esa mayoría.

Porque él solo busca el placer y la dominación.

El morbo. La lascivia. El sometimiento. La rendición. Las sensaciones poderosas.

Ese hombre que será tu profesor está rodeado de un ejército de mujeres experimentadas, seguras de sí mismas, que parecen salidas de una pasarela de la Fashion Week . Auténticas diosas.

Y esa música ridícula de iglesia… elimínala de la lista. Claramente, no va con él.

En resumen —y desafortunadamente para ambas—, los únicos requisitos que se acercan a tus expectativas son que sea atractivo y deportista.

Aunque, siendo honestas, «atractivo» se queda corto.

El profesor Brian Alexander Woods es irreal, como si hubiera caído del mismísimo cielo.

Eso se traduce en que es exorbitantemente atractivo, tentador y adictivo.

Pero también es un capullo vicioso y arrogante.

Y por si aún conservas alguna esperanza absurda, déjame recordarte que está casado.

Niña tonta… los cuentos de hadas no existen.

Ahora dime, Aylin, ¿sigue pareciéndote tan bonito tu cuento? Porque yo sí recuerdo cómo termina.