El profe de Hugo CAPÍTULO 20EL PROFE DE HUGO #2
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CAPÍTULO 20EL PROFE DE HUGO #2

La batalla terminó con Hugo completamente empapado, Álvaro sin camiseta porque el niño había logrado tirarlo al agua y Marta riéndose hasta que le dolió el abdomen.

Por la noche cenaron en una terraza. Hugo se durmió en el coche de regreso, con la cabeza inclinada y una bolsa de patatas vacía entre las manos.

Marta condujo. Álvaro lo miró por el retrovisor.

—Ha aguantado menos de tres minutos.

—Lo niega si se lo dices.

—Tengo foto.

—No la uses. Te guarda rencor.

—Pensaba enseñársela cuando cumpla dieciocho.

Marta sonrió.

—Eso sí puede funcionar.

En la casa, Álvaro cargó con Hugo desde el coche hasta la cama. El niño abrió un ojo a mitad del pasillo.

—Puedo andar.

—Perfecto.

Álvaro intentó bajarlo.

Hugo cerró el ojo y se agarró a su hombro.

—Ya mañana.

Marta los siguió sin decir nada. Álvaro lo dejó sobre la cama, le quitó las zapatillas y salió de la habitación.

—No cuentes que lo he llevado —murmuró.

—¿Por qué?

—Mañana dirá que no pasó.

—Sabio.

Se quedaron en el porche con dos cervezas. La noche era cálida y apenas se oían coches.

—¿Te imaginas esto hace un año? —preguntó Marta.

—¿Una casa rural?

—Hugo dejando que lo cargues dormido.

Álvaro sonrió.

—Creo que estaba demasiado cansado para mantener la dignidad.

—Aun así.

Él apoyó un brazo en el respaldo de su silla.

—No necesito que me llame de otra manera, Marta.

—Ya lo sé.

—Ni que deje de tratarme como profesor aunque tenga cuarenta años.

—Eso tampoco va a ocurrir.

—Me vale estar.

Marta apoyó la cabeza en su hombro y se quedó allí un rato.

Al día siguiente Hugo negó haber sido transportado.

—Fui andando.

—Claro —dijo Marta.

—Me acuerdo.

Álvaro bebió café y no levantó la vista.

—Yo también recuerdo que volaste un poco.

Hugo lo miró.

—No tienes pruebas.

Álvaro enseñó el móvil.

Hugo abrió mucho los ojos.

—Borra eso.

—Quizá a los dieciocho.

—Eres peor de lo que pareces.

—Gracias.

Marta se echó a reír.

El sábado siguiente, el partido empezó a las diez y media.

David llegó con Hugo veinte minutos antes. Álvaro ya estaba en la grada con dos cafés y una bolsa de churros.

Hugo lo vio desde el campo. No saludó. Tampoco hizo falta. Durante el calentamiento miró hacia allí tres veces. Marta se sentó junto a Álvaro.

—Has venido pronto.

—Me dijeron que era una invitación.

—Oficiosa.

—Las mejores.

David subió a la grada después de dejar la mochila de deporte.

—¿Churros?

—He traído suficientes.

—Cada día me caes mejor.

—Papá —gritó Hugo desde el césped—, ¡deja de comer!

David levantó un churro.

—¡Estoy cargando energía por ti!

—¡No funciona así!

Álvaro miró a Marta.

—En esta familia todo el mundo corrige a todo el mundo.

—Bienvenido.

El partido fue malo.

Hugo falló un penalti.

Marta vio cómo se le caían los hombros antes de volver corriendo a defender.

Cuando terminó, perdió su equipo por dos goles. Hugo salió del campo furioso. David lo esperaba junto a la valla.

—Buen partido.

—Hemos perdido.

—Ya.

—He fallado.

—También has recuperado tres balones.

—Da igual.

Marta se acercó.

—No da igual.

Hugo apretó la mandíbula. Álvaro se mantuvo a unos pasos. El niño lo miró.

—Tú no digas nada.

—Perfecto.

Hugo pareció sorprendido.

—¿No vas a decir que lo importante es participar?

—No.

—¿Ni que he aprendido algo?

—Tampoco.

—¿Entonces?

Álvaro se encogió de hombros.

—Has fallado un penalti. Jode.

David soltó una carcajada.

Marta abrió mucho los ojos.

Hugo miró a Álvaro y, después de dos segundos, empezó a reírse.

—Profe.

—Estoy de vacaciones.

—Has dicho jode.

—Fuera del aula.

—Se lo voy a contar a todos.

—Yo contaré lo del crucifijo.

—Eso ya lo sabe todo el mundo.

—Buen punto.

La rabia de Hugo bajó lo suficiente para que aceptara una botella de agua.

En el coche de vuelta, Marta se dio cuenta de que aquella escena resumía mejor su relación que cualquier conversación solemne. Álvaro sabía cuándo hablar y cuándo dejar espacio. Hugo podía enfadarse con él sin miedo a que aquello pusiera en peligro nada.

Por la tarde, David pasó a recoger unas cosas.

Marta lo encontró mirando las zapatillas de Álvaro junto a la entrada.

—Ya tiene calzado fijo.

—No empieces.

—Solo observo.

—Hugo lleva la cuenta.

—Eso me preocupa más.

David entró en la cocina.

—¿Habéis hablado de vivir juntos?

Marta abrió la nevera.

—Un poco.

—¿Y?

—No hay fecha.

—Bien.

Marta se volvió.

—¿Bien por qué?

—Porque no hace falta correr.

—Eso mismo pienso.

—Y porque Hugo necesita saberlo con tiempo cuando ocurra.

Marta asintió.

—Claro.

David cogió agua.

—No hace falta pedirme permiso.

—Ya lo sé.

—Pero avísame.

—Lo haré.

—No por mí. Por él. Si cambia algo en casa, quiero saber cómo organizar la mía.

—Tiene sentido.

David bebió.

—Mira qué bien nos ha quedado el divorcio.

Marta se rio.

—Costó.

—Mucho.

—Pero sí.

Él miró hacia el salón, donde Hugo discutía con Álvaro sobre un videojuego.

—Prefiero esto a que te hubieras liado con un imbécil.

—Qué romántico.

—Soy tu ex. No tengo obligación de ser romántico.

—Menos mal.

David dejó el vaso.

—Y él tampoco parece tener prisa por jugar a las familias.

—Eso me gusta.

—A mí también.

Marta arqueó una ceja.

—¿Acabas de aprobar oficialmente a mi novio?

—No exageres.

—Lo has hecho.

—He dicho que no parece imbécil.

—En tu escala es altísimo.

David se dirigió a la puerta.

—No se lo digas.

—Se lo voy a decir ahora mismo.

—Marta.

—Álvaro —gritó ella.

David salió riéndose antes de que pudiera rematar.

Más tarde, cuando Hugo ya estaba en la ducha, Marta se sentó junto a Álvaro en el sofá.

—David te ha aprobado.

—¿Había examen?

—Siempre.

—¿Nota?

—Apto.

—Me conformo.

Marta apoyó las piernas sobre él.

—Yo te pongo notable.

—¿Solo?

—Tienes margen de mejora.

—Esto huele a favoritismo al revés.

—Hugo te ha contaminado.

Se quedaron un rato viendo cualquier cosa en la televisión.

Desde el baño llegó un grito:

—¡No queda champú!

Marta hizo ademán de levantarse.

Álvaro la detuvo.

—Voy yo.

—Está desnudo.

—Entonces ve tú.

—Prudente.

—Muchísimo.

Marta salió riéndose.

Aquella noche, cuando Hugo ya dormía, ella y Álvaro hablaron de verano otra vez. Sin fijar fechas ni hacer listas, imaginaron una semana en la costa, algún fin de semana de casa rural y una combinación razonable de días separados y días juntos.

Marta se sorprendió al darse cuenta de que el futuro había dejado de parecerle una decisión gigantesca. Empezaba a parecerse a una suma de planes pequeños.