El profe de Hugo CAPÍTULO 20EL PROFE DE HUGO
94%

CAPÍTULO 20EL PROFE DE HUGO

EL PROFE DE HUGO

Una semana después, el último día de clase, Hugo llegó a casa con una mochila que pesaba el doble que por la mañana y una bolsa llena de trabajos que Marta sospechó que acabarían olvidados en un cajón antes de julio.

—He aprobado todo.

—Eso esperaba.

—Religión también.

—Enhorabuena.

—Álvaro me ha puesto notable.

Marta levantó una ceja.

—¿Y cuánto esperabas?

—Sobresaliente.

—¿Te lo merecías?

Hugo dejó la mochila en el suelo.

—No importa.

—Entonces no.

—Eso es favoritismo al revés.

—Eso tampoco existe.

—Pues debería.

Sacó una carpeta azul y la dejó sobre la mesa.

—Tenemos que guardar esto.

—¿Qué es?

—Trabajos buenos.

Marta abrió la carpeta. Había dibujos, una redacción sobre el barrio, un examen de Ciencias y, al final, la reflexión que Hugo había escrito después de pegarse con Samuel.

—¿Quieres guardarla?

—Sí.

—¿Por qué?

Hugo cogió el papel por una esquina para que no se lo guardara todavía.

—Porque saqué bien.

Marta leyó otra vez la frase sobre que pegar convertía un problema en dos.

—Vale.

La guardó sin comentar nada. A las ocho llegó Álvaro con pizza. Hugo abrió la puerta.

—Hola, profe.

—Ya no soy tu profesor hasta septiembre.

—Sigues siendo profesor.

—Pero estoy de vacaciones.

—Pues hola, profesor de vacaciones.

Álvaro le pasó una caja.

—Sujeta.

—¿Cuál es la de barbacoa?

—La de arriba.

—Bien.

Marta apareció desde la cocina.

—Hola.

Álvaro la besó.

Hugo hizo un ruido de protesta.

—Podéis esperar a que no esté mirando.

—Puedes dejar de mirar —dijo Marta.

—Estoy en mi casa.

—Yo también.

—Y yo he traído la cena —añadió Álvaro.

Hugo lo consideró.

—Tú tienes más derechos hoy.

Cenaron en el salón viendo una película que ninguno había elegido realmente. Hugo protestó por las aceitunas de una pizza, Álvaro defendió su derecho a existir y Marta prohibió una nueva discusión gastronómica.

A mitad de la película, Hugo apoyó los pies sobre las piernas de Álvaro.

—Quítalos.

—Estoy cómodo.

—Yo no.

—Eso es egoísmo.

Álvaro empujó uno de sus tobillos.

—Eso es circulación sanguínea.

Hugo no los quitó.

Marta los miró de reojo.

Meses antes, la idea de aquella escena le habría parecido tan improbable que ni siquiera la habría imaginado. Álvaro en su sofá. Hugo usando sus piernas como reposapiés. Una pizza abierta sobre la mesa. Ninguna solemnidad.

La película terminó y Hugo anunció que no tenía sueño.

Cinco minutos después bostezó.

—A la cama —dijo Marta.

—Es el último día.

—Precisamente.

—No tiene sentido.

—Mañana agradecerás dormir.

—Mañana puedo levantarme tarde.

—Pues cuanto antes te acuestes, más tarde te parecerá.

Hugo frunció el ceño.

—Eso tampoco tiene sentido.

Álvaro intervino:

—Tu madre está perdiendo facultades.

—Muchas.

Marta les lanzó una mirada.

—Los dos al pasillo.

—Yo no vivo aquí —dijo Álvaro.

Hugo se quedó quieto.

La frase, dicha en broma, le cambió la cara apenas un segundo.

Álvaro lo vio.

—Todavía —añadió Marta antes de pensar.

Ahora fue Álvaro quien la miró. Hugo también. Marta notó cómo se le calentaban las orejas.

—Quería decir que... bueno, que...

—¿Va a vivir aquí? —preguntó Hugo.

Álvaro levantó ambas manos.

—Nadie ha dicho eso.

—Mamá ha dicho «todavía».

—Tu madre a veces habla antes de pensar.

—Eso ya lo sé.

Marta lo señaló.

—A la cama.

—Pero...

—Mañana hablamos de cualquier cosa que haya que hablar. Ahora duerme.

Hugo miró a Álvaro.

—¿Tú quieres vivir aquí?

Marta abrió la boca.

Álvaro respondió con calma.

—Algún día me gustaría vivir con tu madre. Si seguimos bien y si tiene sentido para todos. Mañana no me voy a presentar con cajas.

Hugo pensó la respuesta.

—¿Cuántas cajas tienes?

Marta soltó una carcajada involuntaria.

—Vete a la cama.

—Solo pregunto.

—Mañana.

Hugo se levantó.

Se acercó a Marta y le dio un beso rápido en la mejilla. Después miró a Álvaro.

—Buenas noches, profe.

—Buenas noches.

Hugo dio dos pasos y se volvió.

—¿Mañana vienes al partido?

—Sí.

—Vale.

—¿Eso era una invitación?

—No.

—Entonces puedo no ir.

Hugo frunció el ceño.

—He preguntado si vienes.

—Y yo te he dicho que sí.

—Pues ya está.

Se marchó por el pasillo.

Marta esperó unos segundos.

—Te ha invitado.

—Lo sé.

—Nunca lo admitirá.

—También lo sé.

Álvaro la rodeó con un brazo.

—¿Qué tal estás?

—Bien.

—¿Bien de verdad?

Marta lo miró.

—Sí. De verdad.

Él sonrió y la besó en la frente.

—Yo también.

Desde el pasillo llegó un grito:

—¡Que os oigo!

Marta cerró los ojos.

—¿Cómo narices nos oye?

Álvaro se echó a reír.

—No quiero saberlo.

—Ha heredado algo diabólico.

—Cuidado. Según él, Satán escucha.

Marta se rió y apoyó la cabeza en su hombro.

Cuando estuvieron solos de verdad, volvió sobre la frase que se le había escapado.

—Lo de vivir aquí...

—Sí.

—No te estoy proponiendo que te mudes mañana.

—Ya.

—Pero tampoco me da miedo pensarlo.

Álvaro la miró.

—A mí tampoco.

—No quiero correr.

—Yo tampoco.

—Y habría que hablarlo con Hugo.

—Claro.

—Y con David.

—¿También tiene voto?

Marta sonrió.

—No. Pero tiene derecho a saberlo antes de que Hugo lo anuncie por megafonía.

Álvaro soltó una carcajada.

—Buen criterio.

—Y necesito espacio en el armario.

—Eso sí me preocupa.

—¿Por qué?

—Porque tengo más ropa de la que crees.

Marta levantó la cabeza.

—¿Tú?

—Sí.

—Con las mismas cuatro camisas.

—Tengo más.

—No te creo.

—Algún día te enseñaré.

—Qué misterio tan sexy.

—Gracias.

—Te aseguro que no pretendía halagarte.

Álvaro la besó.

Al día siguiente fueron los tres al partido. David ya estaba junto a la valla. Cuando Hugo salió al campo, levantó la mano hacia los tres adultos y luego se concentró en el balón.

—Nos ha saludado —dijo Marta.

—No montes una escena —contestó David.

—Cállate.

Álvaro sonrió.

El partido acabó dos a dos. Hugo marcó un gol feo, de rebote, y lo celebró como si acabara de ganar una final.

Corrió hacia la banda sin pensar y miró a David, a Marta y a Álvaro.

Los tres estaban aplaudiendo. La alegría del niño bastó para que Marta entendiera algo sencillo: nadie estaba sustituyendo a nadie.

La vida se había complicado un poco y, a cambio, había ganado gente.

Después del partido, David propuso comer juntos.

—¿Los cuatro? —preguntó Hugo.

—Los cuatro.

—¿En hamburguesas?

—No.

—Entonces no me parece buena idea.

—Tú no decides.

—Pues vaya familia democrática.

Se fueron a un restaurante de menú. Hugo pidió pasta.

David y Álvaro discutieron sobre fútbol.

Marta los miró y recordó la primera reunión en el colegio, aquella tarde en la que apenas conseguía recordar cómo se llamaba su propio hijo porque tenía delante a un profesor rubio con unos ojos absurdamente azules.

Había pensado que quería acostarse con él. No se había equivocado. Solo se había quedado cortísima.

Al salir, David se llevó a Hugo para pasar la tarde juntos. El niño se despidió de Álvaro con un choque de manos que habían inventado sin que Marta supiera cuándo.

—¿Desde cuándo hacéis eso? —preguntó.

—Desde hace tiempo —dijo Hugo.

—¿Y yo no sabía nada?

—Hay cosas privadas.

Marta lo señaló, escandalizada.

Álvaro se tapó la boca para no reírse.

—Vete con tu padre.

—Adiós.

Cuando el coche se alejó, Marta se volvió hacia Álvaro.

—Lo ha usado contra mí.

—Aprende rápido.

—Es un monstruo.

—Tu monstruo.

—Nuestro problema, como mínimo.

Álvaro la miró con una sonrisa tranquila.

—Puedo vivir con eso.

Marta le cogió de la mano.

El curso terminaba con las mismas tres personas que lo habían empezado, aunque ya no ocupaban el mismo lugar en la vida de los otros.

Hugo seguía siendo un pequeño delincuente.

Álvaro seguía siendo el profesor de Religión.

Y Marta seguía sin saber cómo había pasado de acudir al colegio para disculparse por un crucifijo del revés a imaginar que quizá, algún día, aquel hombre tendría más de un cajón en su casa.

La idea ya no la asustaba.

Le hacía ilusión.

El verano empezó con una negociación logística que ocupó una mesa entera.

Marta había impreso un calendario. David llegó con otro. Hugo aportó un rotulador verde y una opinión sobre cada fecha.

—La última semana de julio quiero estar con papá porque Nico está aquí.

—Eso ya estaba previsto —dijo David.

—Y en agosto quiero ir a la playa con mamá.

—También estaba previsto.

—¿Álvaro viene?

Marta levantó la vista.

—Unos días, si tú estás de acuerdo.

Hugo miró el calendario.

—Puede.

David sonrió.

—Qué generoso.

—No he acabado. Si vamos en coche, yo elijo música una hora.

—Eso no tiene nada que ver con Álvaro —dijo Marta.

—Hay que aprovechar las negociaciones.

Álvaro llegó diez minutos después y encontró a los tres inclinados sobre el calendario.

—¿Interrumpo una cumbre?

—Hugo está repartiendo Europa —dijo David.

—Estoy organizando mis vacaciones.

Álvaro dejó una bolsa con helados sobre la encimera.

—He traído sobornos.

Hugo levantó la cabeza.

—Puedes venir a la playa.

—Gracias. Me alegra haber superado el proceso de selección.

—La música la elijo yo.

—Entonces retiro mi candidatura.

Marta observó cómo Hugo intentaba convencerlo con un discurso sobre una lista de reproducción «objetivamente buena».

David abrió un helado sin esperar permiso.

Durante meses, Marta había pensado en aquella relación como algo que debía encajar con precisión para no romper ninguna pieza.

El verano le enseñó otra cosa: las familias reales no encajaban como un mecanismo perfecto.

Se organizaban, discutían horarios, olvidaban bañadores, cambiaban planes y encontraban sitio.

La primera escapada de los tres fue a una casa rural durante un fin de semana.

Hugo protestó porque no había piscina, descubrió un río a quinientos metros y dejó de protestar.

Álvaro llevó un libro que no abrió. Marta consiguió leer veinte páginas del suyo antes de que ambos empezaran una guerra con pistolas de agua compradas en una gasolinera.

—Sois dos idiotas —dijo desde una tumbona.

Hugo apuntó hacia ella.

—Neutral o enemiga.

—Soy adulta.

Álvaro le lanzó una mirada.

—Respuesta evasiva.

Marta recibió un chorro en la pierna.

Cinco segundos después estaba de pie con la segunda pistola.