CAPÍTULO 19AMARÁS AL PRÓJIMO #2
—Lo digo en serio.
—Sí.
—¿Por qué estás sonriendo?
—Porque no has dicho que haya salido mal.
Marta señaló su plato.
—Come.
Hugo obedeció satisfecho.
El lunes siguiente al festival, Hugo descubrió que la fama escolar tenía una duración aproximada de cuarenta y ocho horas.
En la puerta del colegio, dos madres le dijeron que había estado muy gracioso. Un padre le pidió que no preparara el discurso de Navidad. Samuel le chocó la mano y le preguntó si de verdad había llamado mandona a su madre delante de todo el mundo.
—Sí.
—Mi madre me mata.
—La mía casi.
Álvaro lo interceptó antes de entrar en clase.
—Un momento.
Hugo se acercó con prudencia.
—¿Qué?
—Tu discurso estuvo bien.
—Gracias.
—Y cambiaste una parte que habíamos acordado revisar juntos.
—También salió bien.
—Eso no convierte la decisión en correcta.
Hugo suspiró.
—Ya me lo dijo mamá.
—Pues ahora te lo digo yo.
—Sois pesados.
—Nos coordinamos.
Hugo miró hacia la puerta.
—¿Me vas a castigar?
—No. Vas a ayudarme a recoger las sillas al terminar.
—Eso es castigo.
—Lo llamaremos consecuencia educativa.
—Es peor cuando le pones nombre.
Álvaro sonrió.
—Dentro.
Marta supo de la recogida de sillas porque Hugo llegó veinte minutos tarde a la salida.
—Explotación infantil —anunció.
—Has movido ocho sillas —dijo Álvaro detrás de él.
—Grandes.
—De plástico.
—Pesaban.
Marta miró a su hijo.
—Me parece una consecuencia educativa excelente.
Hugo abrió los brazos.
—Claro. Ahora os ponéis de acuerdo en todo.
Álvaro se acercó a Marta, aunque mantuvo la distancia prudente de la puerta del colegio.
—No en todo.
—Decid una cosa en la que no estéis de acuerdo.
Marta señaló a Álvaro.
—Él cree que las aceitunas negras son mejores.
Hugo hizo una mueca.
—Eso es grave.
—Gracias.
—Pero no cuenta.
—Vete al coche —dijo Marta.
Hugo se alejó murmurando sobre familias autoritarias.
Álvaro la miró.
—¿Familias?
Marta sonrió.
—Lo ha dicho él.
—Lo he oído.
—No pongas cara.
—No estoy poniendo ninguna cara.
—Tienes una cara muy concreta.
—Soy profesor de Religión. Solo transmito paz.
Marta se rio.
Ese mismo viernes, David invitó a Álvaro a quedarse después del entrenamiento de Hugo para tomar algo con varios padres. La invitación parecía insignificante, pero Marta entendió lo que significaba cuando vio a David hacerle sitio en la mesa sin convertirlo en acontecimiento.
Hugo apareció con una bebida isotónica y se dejó caer en una silla.
—¿Por qué está él aquí?
—Porque lo he invitado —dijo David.
—Ah.
—¿Problema?
—No. Solo pregunto.
Álvaro levantó el vaso.
—Estoy infiltrado.
—No cuentes cosas de casa.
—¿Qué cosas?
Hugo lo pensó.
—Ninguna.
David sonrió.
—Ahora quiero saberlas todas.
Marta se sentó al lado de su hijo.
—Qué mala idea ha sido mezclaros.
—Tarde —dijo David.
Hugo bebió y miró a los tres adultos.
—El año que viene Álvaro sigue siendo mi profe, ¿no?
—Sí —respondió él.
—Vale.
—¿Te preocupa?
—No. Solo quiero saber si puedo seguir llamándote profe fuera del colegio.
Álvaro fingió pensarlo.
—Creo que ya es irreversible.
—Bien.
—Podrías llamarme Álvaro alguna vez.
Hugo negó con la cabeza.
—Raro.
David soltó una carcajada.
Marta miró a Álvaro y supo que el título que Hugo le había dado el primer día probablemente iba a acompañarlo muchos años. De todas las formas posibles de pertenecer a una familia, aquella les quedaba bien.
Después del discurso, el festival siguió durante casi cuarenta minutos.
Marta no oyó la mitad.
Hugo regresó a su sitio entre los niños con una satisfacción insoportable. Cada vez que giraba la cabeza hacia el público, encontraba a su madre mirándolo y sonreía como si acabara de ganar un juicio.
David se inclinó hacia Marta.
—No lo mates aquí.
—Lo estoy pensando.
—Hay testigos.
—Puedo esperar al parking.
Lola estaba emocionada.
—Ha hablado precioso.
—Ha contado nuestra vida.
—Con cariño.
—Eso no lo hace mejor.
—Un poco sí.
Marta miró hacia Álvaro.
Él seguía junto a los profesores, pero cuando sus ojos se cruzaron hizo un gesto pequeño con la mano: luego.
Al terminar el acto, el patio se llenó de familias.
Hugo apareció corriendo.
Marta cruzó los brazos.
—Ven aquí.
—¿Qué?
—¿Qué ha sido eso?
—Mi trabajo.
—Tu trabajo original no decía nada de mi vida sentimental.
Hugo sonrió.
—Lo mejoré.
David se tapó la boca.
—Tú no te rías —dijo Marta.
—Estoy tosiendo.
—Claro.
Álvaro llegó.
Hugo lo miró.
—¿Me vas a bajar nota?
—Estoy considerando varias opciones.
—Pero ha gustado.
—Eso no es un criterio académico.
—Podría serlo.
Marta lo señaló.
—Has dicho delante de todo el colegio que estoy enamorada de tu profesor.
—Ya lo saben.
—Hugo.
—¿Qué? Era peor cuando solo lo sabían algunos.
Álvaro soltó una risa y se llevó una mano a la boca.
Marta lo fulminó con la mirada.
—Tú tampoco ayudas.
—Lo siento.
—No lo parece.
Hugo se acercó a Marta.
—Pero ha servido.
—¿Para qué?
El niño miró a Álvaro.
—Para que dejéis de hacer cosas raras.
Marta se quedó quieta.
Álvaro agachó un poco la cabeza.
—¿Qué cosas raras?
—Hablar bajito. No tocaros cuando hay padres. Preguntarme si estoy bien cada dos minutos.
Marta parpadeó.
—Eso lo hacemos porque...
—Ya sé por qué.
Hugo se metió las manos en los bolsillos.
—Pero me pone nervioso.
La respuesta le quitó a Marta parte del enfado.
—¿Nervioso por qué?
—Porque parece que pasa algo malo.
Álvaro se agachó un poco para quedar a su altura.
—No pasa nada malo.
—Ya.
—Y que seamos discretos en el colegio no significa que estemos escondiendo que estamos juntos.
Hugo lo miró.
—Pues hoy ya no podéis.
David volvió a reírse. Hugo sonrió. Marta suspiró.
—No vuelvas a utilizar un festival escolar para gestionar mi vida.
—Vale.
—Lo digo en serio.
—Sí.
—Y no cuentes cosas privadas.
—No he contado nada privado.
—Has contado que le quiero.
Hugo frunció el ceño.
—Eso no es privado si se nota.
Marta abrió la boca. No encontró respuesta. Lola intervino:
—Tiene razón.
—Mamá, por favor.
Álvaro se incorporó.
—Creo que necesitamos comer algo.
—Yo quiero hamburguesa —dijo Hugo.
—Qué sorpresa —respondieron Marta y David a la vez.
Caminaron hacia la salida.
Patricia apareció por un lado y abrazó a Marta.
—Tu hijo es un delincuente.
—Gracias.
—Pero ha estado maravilloso.
—No le des ideas.
—Demasiado tarde.
El padre de Samuel pasó junto a ellos y saludó. Samuel levantó una mano hacia Hugo.
Hugo respondió.
Marta reparó en el gesto. Meses atrás, una frase de Samuel había acabado con Hugo en dirección. Ahora los dos ya estaban discutiendo sobre quién jugaría el sábado. Marta dejó que siguieran.
Esa misma noche, después de la hamburguesería, David se quedó unos minutos en el portal mientras Hugo subía con Lola porque había olvidado enseñarle una cosa en el móvil.
Marta y Álvaro esperaban el ascensor.
—Ha estado bien lo de hoy —dijo David.
—Excepto la parte en la que nuestro hijo expuso mi vida sentimental ante todo el colegio —respondió Marta.
—Esa ha sido mi favorita.
Álvaro sonrió.
—La mía también, desde cierta distancia temporal.
David metió las manos en los bolsillos.
—Lo que ha dicho de que yo sigo siendo su padre...
Marta lo miró.
—Sí.
—No sabía que lo tenía tan presente.
—Lo ha preguntado de muchas formas estos meses.
David asintió.
Álvaro mantuvo un silencio respetuoso hasta que David se volvió hacia él.
—Gracias por no intentar ocupar un sitio que no te corresponde.
Álvaro lo miró.
—No quiero ese sitio.
—Ya lo sé.
—Quiero el mío, si me lo dejan.
David sonrió.
—Parece que te lo has ganado.
Marta sintió ganas de llorar y se negó a concederle el gusto a ninguno de los dos.
—¿Podéis dejar de comportaros como personas emocionalmente sanas? Me ponéis nerviosa.
David soltó una carcajada.
—Perdón.
El ascensor llegó.
—Nos vemos el martes —dijo David.
—Hasta luego.
Subieron. Dentro del ascensor, Marta apoyó la cabeza un segundo en el hombro de Álvaro.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Sí.
—Pareces emocionada.
—Como lo digas en voz alta, te dejo aquí entre plantas.
—Entendido.
Marta sonrió.
En casa encontraron a Hugo sentado en el sofá con Lola, enseñándole un vídeo absurdo. La abuela se levantó.
—Me voy, que mañana madrugo.
—Son las once —dijo Marta.
—Por eso.
Lola besó a Hugo y después a su hija. Al pasar junto a Álvaro, le dio dos palmadas en el brazo.
—Tú aguanta.
Álvaro parpadeó.
—Lo intento.
—Mi hija tiene carácter.
—Mamá.
—Y el niño también.
—Buenas noches, Lola —dijo Marta, abriendo la puerta.
—Buenas noches.
Cuando se quedaron solos, Hugo miró a Álvaro.
—La abuela te quiere.
—Eso parece.
—Te regala cosas cuando te quiere.
Marta frunció el ceño.
—¿Qué cosas?
—Ya verás.
—Hugo.
El niño sonrió y se fue hacia su habitación.
Marta miró a Álvaro.
—Tengo miedo.
—Yo también.