CAPÍTULO 19AMARÁS AL PRÓJIMO
AMARÁS AL PRÓJIMO
El martes, a mediados de junio, el salón de actos olía a madera, colonia infantil y nervios de padres.
Marta estaba sentada entre David y Lola en la cuarta fila.
—¿Por qué estamos tan delante? —preguntó.
—Para verlo bien —respondió Lola.
David miró al escenario con una seriedad sospechosa.
Marta lo observó.
—¿Tú sabes algo?
—No.
—Mientes fatal.
—Eso me lo has pegado tú.
—David.
—De verdad, no sé qué va a hacer.
Marta giró la cabeza muy despacio.
—¿Qué va a hacer quién?
David se encogió en la silla.
—Nuestro hijo.
—¿Qué ha preparado Hugo?
—Una intervención.
—Ya sé que tiene una intervención.
—Pues eso.
—Te voy a matar.
—No soy yo esta vez.
Lola intervino:
—Seguro que es precioso.
Marta miró a su madre.
—Tú también sabes algo.
—Muy poco.
—Me quiero ir.
—Ya empieza —dijo David.
Las luces bajaron.
Marta vio a Álvaro a un lado del escenario, con otros profesores. Él le sonrió desde lejos y ella le devolvió el gesto.
El festival comenzó con una canción, siguió con dos lecturas y una representación breve que parecía haber sido ensayada durante aproximadamente siete minutos.
Un niño olvidó una frase. Una niña empezó a saludar a su abuela desde el escenario.
Un padre grababa con el móvil levantado por encima de la cabeza de todos los demás y alguien le pidió dos veces que lo bajara.
Marta empezó a relajarse.
Entonces apareció la clase de Hugo.
Lo vio colocarse frente al micrófono con tres folios doblados por la mitad.
Álvaro estaba detrás. Parecía tranquilo. Eso significaba que no sabía nada.
—Buenas tardes —empezó Hugo—. Nos han pedido que hablemos de convivir y respetar a los demás.
Marta respiró.
Perfecto.
—Álvaro nos dijo que podíamos hablar del amor al prójimo porque sale en la Biblia y también sirve para no ser un imbécil con la gente.
Varias risas recorrieron la sala. Álvaro cerró los ojos un instante. Marta empezó a hundirse en la silla.
—Eso último no lo puso él —aclaró Hugo.
Más risas.
—Yo he aprendido que amar al prójimo puede ser difícil. Por ejemplo, Samuel me cae bien, pero un día le pegué.
Samuel, sentado en otra fila, levantó el pulgar.
—Y luego hicimos las paces. También he aprendido que los adultos dicen que hay que hablar las cosas, pero a veces no las hablan.
Marta dejó de respirar.
David se tapó la boca.
—Mi madre y Álvaro hicieron eso. Se enfadaron y casi cortan.
El salón de actos soltó un murmullo colectivo.
Marta quería evaporarse.
Álvaro miró a Hugo como si estuviera calculando cuántas sanciones cabían en un boletín.
—Pero ya no van a cortar —continuó el niño—. Creo.
Marta cerró los ojos.
—Y menos mal, porque mi madre estaba insoportable.
La carcajada fue general.
—Hugo —murmuró Marta, aunque él no podía oírla.
—Entonces he pensado que el amor al prójimo sirve para aguantar a la gente incluso cuando te pone nervioso. Mi madre aguanta a Álvaro. Álvaro aguanta a mi madre. Y los dos me aguantan a mí, que tiene más mérito.
Aquello provocó otra ola de risas.
Hugo miró sus hojas.
—Mi padre también los aguanta, pero él dice que no le queda otra.
David levantó las manos ante las miradas cercanas.
—Eso está sacado de contexto —susurró.
Marta estaba roja hasta las orejas.
—Y también he aprendido otra cosa —siguió Hugo—. Cuando entra alguien nuevo en una familia no tiene que echar a nadie. Mi padre sigue siendo mi padre. Álvaro sigue siendo mi profe. Mi madre sigue mandando demasiado. Y yo sigo teniendo que recoger mi habitación, así que tampoco ha cambiado tanto.
Las risas fueron más suaves esta vez. Marta sintió que algo le apretaba la garganta. Hugo no levantó la vista de los papeles.
—Al principio pensaba que si te acostumbras mucho a alguien y luego se va, fastidia más. Pero mi abuela dice que, si piensas así, acabas sin hacer nada. Y mi padre dice que no haga caso a la abuela en todo.
Lola golpeó el brazo de David.
—Eso sí lo dijiste —susurró ella.
—Porque es verdad.
—Así que… bueno. Mientras la gente está, pues está. Y ya.
Marta miró a Álvaro.
Él tenía la vista fija en Hugo.
El niño se removió delante del micrófono, incómodo ya con su propia seriedad.
—Bueno, y ya está. Hay que respetar a la gente, pedir perdón cuando la cagas y no pegar aunque te provoquen. Fin.
Se apartó del micrófono.
Álvaro se acercó y le dijo algo al oído.
Hugo volvió al micrófono.
—Y no se puede decir «la cagas» en el festival. Perdón.
La sala estalló otra vez.
Marta terminó riéndose porque cualquier alternativa digna había desaparecido hacía varios minutos. A su lado, David tenía la cara roja y Lola aplaudía como si Hugo acabara de recibir un premio literario.
—Tu hijo es un criminal —murmuró Marta.
—Nuestro hijo —corrigió David.
—Ahora es tuyo.
—Demasiado tarde. Hay custodia compartida hasta para esto.
En el escenario, Hugo volvió a su sitio con la satisfacción de quien acababa de resolver un conflicto internacional.
La función continuó, pero Marta apenas oyó el número siguiente.
Se quedó pensando en aquella frase torpe de Hugo sobre la gente que está mientras está.
Había esperado bromas, una humillación pública pequeña y alguna barbaridad religiosa.
No esperaba que su hijo hubiera entendido tanto de conversaciones que ella creía haber mantenido lejos de él.
David le tocó el brazo.
—¿Estás llorando?
—Se me ha metido algo en el ojo.
Hugo se inclinó para mirarla mejor.
—Tienes los dos raros.
—Cállate.
—Como quieras.
—Y no se lo digas a nadie.
—Qué ironía.
Marta le dio un codazo.
Cuando el acto acabó, encontró a Hugo en el pasillo rodeado de dos compañeros y de Patricia, que se estaba riendo.
—Ha sido espectacular —dijo ella al ver a Marta.
—No le des alas.
—Demasiado tarde.
Hugo se acercó.
—¿Estás enfadada?
—Muchísimo.
—Pero te has reído.
—También.
—Entonces no estás tan enfadada.
—Hugo, has contado nuestra vida delante de ciento cincuenta personas.
—David dice que eran más de doscientas.
—No ayudes.
—No he contado nada íntimo.
—Eso te salva un poco.
—Y he dicho cosas bonitas.
Marta cruzó los brazos.
—También has dicho que estaba insoportable.
—Lo era.
—Hugo.
—Perdón.
David apareció detrás.
—Yo me voy alejando.
Marta lo señaló.
—Tú no te vayas muy lejos.
Lola abrazó a Hugo.
—Ha sido precioso.
—Mamá, por favor.
—Bueno, un poco indiscreto.
Álvaro llegó por el pasillo.
Hugo lo miró.
—¿Me vas a suspender?
—Estoy valorando todas mis opciones.
—Pero he hablado del temario.
—Creativamente.
—Y he dicho que eres buen profe.
Álvaro levantó una ceja.
—¿En qué momento?
—Se entendía.
David soltó una carcajada.
Álvaro miró a Marta.
—¿Podemos hablar?
Ella asintió. Se apartaron hacia un aula vacía. Durante unos segundos ninguno dijo nada. Después Marta empezó a reírse. Álvaro intentó mantener la seriedad y perdió.
—Lo voy a matar —dijo ella.
—Ponte a la cola.
—«Mi madre aguanta a Álvaro».
—Ha sido especialmente bonito.
—Te odio.
—Eso complicaría bastante el discurso.
Marta se apoyó contra una mesa.
—El enano tenía razón en algunas cosas.
Álvaro se acercó.
—Demasiadas para su edad.
—Me asusté porque pensé que podía perjudicarte. Y todavía me preocupa. Pero ya no quiero reaccionar apartándote cada vez que algo se complique.
—Bien.
—¿Eso es todo?
—No. También quiero besarte, pero hay una ventana enorme y unas ciento cincuenta personas ahí fuera.
Marta sonrió.
—David dice que eran doscientas.
—David exagera.
—Eso es verdad.
Álvaro le cogió la mano.
—Estamos bien.
—Estamos bien.
—Y si vuelve a haber un problema, lo hablamos.
Álvaro asintió.
—Lo hablamos.
—Sin pausas preventivas hasta junio.
Marta hizo una mueca.
—No prometo no tener ideas estúpidas.
—Con que me consultes antes de ejecutarlas, me vale.
Ella se inclinó y le dio un beso rápido.
Desde la puerta se oyó:
—¡Os he visto!
Se separaron.
Hugo estaba asomado con media cabeza dentro del aula.
Marta agarró una goma de borrar de la mesa y se la lanzó.
Hugo salió corriendo muerto de risa.
Álvaro fue detrás hasta el pasillo.
—Hugo.
El niño frenó a unos metros.
—¿Qué?
—Ven un momento.
—¿Me vas a echar bronca?
—Un poco.
Hugo volvió despacio.
Marta se quedó en la puerta del aula.
Álvaro se agachó lo suficiente para hablar con él sin convertir la escena en una conferencia.
—El discurso ha estado bien.
Hugo sonrió.
—Pero cambiaste el texto después de que te dijera que no lo hicieras.
La sonrisa bajó un poco.
—Sí.
—Y has contado cosas de otros sin preguntarles.
—Pero no malas.
—Eso no decide si son tuyas para contar.
Hugo miró a Marta.
—¿Estás muy enfadada?
Marta pensó la respuesta.
—Estoy avergonzada. Y orgullosa. Y enfadada. Todo junto.
—Vaya lío.
—Bienvenido a ser madre.
Álvaro le tendió los papeles.
—La próxima vez, si vas a hablar de alguien, preguntas.
—Vale.
—Y no me vuelvas a cambiar un texto después del ensayo.
—Vale.
—Y «la cagas» sigue sin entrar en el vocabulario oficial del centro.
—Eso es censura.
Álvaro señaló el pasillo.
—Fuera.
Hugo salió riéndose.
Marta miró a Álvaro.
—Lo manejas demasiado bien.
—Me entrena cinco horas a la semana.
—Yo llevo diez años y todavía me gana.
—Tiene ventaja en casa.
Cuando salieron, David esperaba junto a la puerta.
—¿Todo bien?
Marta asintió.
—Sí.
Hugo apareció detrás de él con una bolsa de patatas que nadie sabía de dónde había salido.
—¿Podemos ir a cenar hamburguesas?
Marta lo miró.
—Después de lo que has hecho, lo lógico sería castigarte.
—Pero estás orgullosa.
—No abuses.
—Entonces hamburguesas.
David levantó un dedo.
—Yo voto sí.
Lola también.
Álvaro miró a Marta.
—Democracia.
—Sois todos unos traidores.
Acabaron cenando los cinco en una hamburguesería a diez minutos del colegio.
Hugo habló durante media hora del festival y exageró el volumen de los aplausos.
David lo corrigió. Lola volvió a decir que había estado precioso.
Álvaro pidió una cerveza y Marta, mirándolos a todos alrededor de una mesa demasiado pequeña, entendió que la palabra familia podía ensancharse sin borrar lo anterior.
Hugo mojó una patata en ketchup.
—Mamá.
—Qué.
—¿Sigues enfadada?
—Un poco.
—¿Cuánto?
—Hasta mañana.
—Vale.
—Y no vuelves a hacer algo así sin avisar.
—Vale.