El profe de Hugo CAPÍTULO 18OPERACIÓN SALVACIÓN #2
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CAPÍTULO 18OPERACIÓN SALVACIÓN #2

La escena se prolongó casi una hora porque David terminó quedándose a cenar. Marta pidió comida para cuatro y se encontró observando una mesa que un año atrás habría considerado imposible: su exmarido, su novio y su hijo discutiendo sobre una película mientras ella repartía servilletas.

Nadie parecía incómodo.

Eso le produjo una felicidad tranquila, distinta de la euforia de los primeros besos. Había costado conversaciones, límites, errores y unas cuantas preguntas difíciles. La recompensa era precisamente aquella falta de espectáculo.

En un momento, David fue a la cocina por más agua. Marta lo siguió.

—Gracias —dijo.

Él abrió el grifo.

—¿Por cenar gratis?

—Por hacerlo fácil.

David la miró.

—No lo hago por ti.

—Qué bonito.

—Lo hago por Hugo. Y porque Álvaro me cae bien, aunque me fastidie admitirlo.

Marta sonrió.

—También te cae bien porque te deja ganar al futbolín.

—Eso no está demostrado.

—Te vi.

—Viste una estrategia compleja.

Desde el salón, Hugo gritó:

—¡Mamá! ¡Álvaro dice que Star Wars no es fantasía!

Marta cerró los ojos.

—Tengo que ir a resolver una emergencia.

David levantó el vaso.

—Suerte.

Cuando volvió al salón encontró a ambos defendiendo posiciones incompatibles con absoluta seriedad. Hugo pidió arbitraje. Marta se negó.

—No pienso meterme.

—Eres neutral —dijo Hugo.

—Soy la persona que ha pagado la cena.

—Eso te da autoridad.

Álvaro negó con la cabeza.

—Ese concepto de democracia necesita trabajo.

La discusión continuó hasta que David anunció que era hora de irse. Hugo recogió la mochila y, antes de salir, miró a Álvaro.

—Mañana ensayamos otra vez.

—Si me dejas cortar.

—Ya veremos.

David abrió la puerta.

—Venga, dictador.

Hugo salió detrás de él.

Marta cerró y se apoyó en la madera.

—¿Te has dado cuenta?

—¿De qué?

—Te ha incluido en el plan de mañana sin preguntar si vienes.

Álvaro sonrió.

—Eso es peligroso.

—Mucho.

—¿Tengo derecho a negarme?

Marta se acercó.

—En teoría.

—¿Y en la práctica?

—Pregúntale al dictador.

Álvaro la rodeó por la cintura.

—Me gusta esta casa.

—Tiene un régimen político complicado.

—Puedo adaptarme.

Marta lo besó.

—Eso espero.

El sábado por la mañana David llamó a Marta.

—Tengo una pregunta.

—Dispara.

—¿Has leído el texto de Hugo para el festival?

—No. Álvaro sí.

—Ah.

Marta se incorporó en el sofá.

—¿Por qué ese «ah»?

—Por nada.

—David.

—Solo me parece interesante.

—¿Qué ha hecho?

—No sé nada.

—Mientes fatal.

—En esta ocasión, técnicamente, no sé nada concreto.

—¿Te ha llamado?

Silencio.

—Te ha llamado.

—Puede.

Marta se levantó.

—¿Qué te ha dicho?

—Que me siente cerca de ti.

—¿Y?

—Y que va a hablar de ti.

Marta cerró los ojos.

—Voy a hablar con él.

—No le digas que te lo he contado.

—¿Por qué?

—Porque quiero conservar algo de autoridad, aunque sea un rato.

—Llegas diez años tarde.

Hugo negó cualquier acusación.

—No he cambiado nada importante.

—Enséñamelo.

—No.

—Hugo.

—Es una sorpresa.

—Odio las sorpresas que preparas tú.

—Pues no preguntes.

—Tu padre me ha llamado.

Hugo abrió los ojos.

—Chivato.

—No llames chivato a tu padre.

—Él ha contado algo privado.

—Tú llevas meses contando mi vida privada.

—Eso es distinto.

—¿Por qué?

Hugo pensó unos segundos.

—Porque hace gracia.

Marta se llevó una mano a la frente.

—Dame el texto.

—Lo tiene Álvaro.

—Álvaro tiene la versión del jueves.

La cara de Hugo lo traicionó antes de que pudiera corregirla.

Marta lo señaló.

—Te he pillado.

—No he dicho nada.

—Tu cara habla muchísimo.

—Eso me lo has pegado tú.

Marta intentó mantener la bronca y perdió al verle sonreír.

—Solo te pido que no cuentes nada íntimo. Nada que pueda avergonzar de verdad a nadie.

Hugo se puso serio.

—No voy a contar cosas de dormir.

Marta cerró los ojos.

—Gracias. Qué alivio.

—Ni lo de la toalla.

—Hugo.

—Vale.

—Y si Álvaro te dice que cambies algo, le haces caso.

—Depende.

—No depende.

—Es mi texto.

—Y él es el profesor responsable.

—También es tu novio.

—Precisamente por eso no le hagas pasar vergüenza.

Hugo la miró un momento.

—No quiero que pase vergüenza.

La respuesta fue tan sincera que Marta bajó el tono.

—Entonces usa la cabeza.

—La uso.

—A ratos.

—Es cansado usarla todo el tiempo.

Marta se rio. No consiguió leer el texto. Tampoco volvió a preguntar.

La semana del festival convirtió el colegio en un almacén de cartulinas, cables y padres entrando a deshoras. Marta acabó ayudando a Patricia a colocar unas letras enormes en el gimnasio porque cometió el error de preguntar si necesitaban algo.

—Nunca preguntes eso en un colegio —dijo Patricia, subida a una escalera.

—Lo sé desde hace cuarenta minutos.

—Sujeta la A.

—¿Cuál?

—La grande.

—Todas son grandes.

—La que tienes al lado.

Marta levantó una letra de cartón.

—Esto es una M.

Patricia miró hacia abajo.

—Pues sujeta la M.

Álvaro entró con una caja de cables y se detuvo al verlas.

—¿Necesitáis ayuda?

Marta lo señaló con la letra.

—Huye.

—Demasiado tarde —dijo Patricia—. Deja eso y ven.

Durante media hora trabajaron sin poder acercarse más de dos metros.

Cada vez que Álvaro pasaba cerca, Marta notaba la tentación infantil de tocarle la mano o hacer algún comentario solo para recordarse que fuera del horario escolar eran pareja.

Se contuvo. Aquella era precisamente la clase de frontera que habían prometido cuidar.

Hugo apareció con otros niños para ensayar.

—Mamá, ¿por qué estás aquí?

—Porque cometí un error.

—¿Qué error?

—Ofrecerme a ayudar.

—Ah.

Miró a Álvaro.

—Mi texto ha cambiado.

—Lo sé. He visto la última versión.

—No toda.

Álvaro dejó la cinta adhesiva.

—¿Qué significa eso?

—Nada.

Marta y Álvaro se miraron.

—Esa cara la conozco —dijo ella.

—Yo también.

—No podéis registrar mi discurso.

—Puedo pedirte que lo ensayes —respondió Álvaro.

—Entonces deja de ser sorpresa.

—Hugo.

—Está bien. No voy a decir nada malo.

Marta bajó la letra.

—Define malo.

—Nada privado.

—Eso tampoco me tranquiliza.

Patricia intervino desde la escalera.

—Dejad al niño. Como mucho nos da contenido para el grupo de padres hasta Navidad.

—Gracias, Patricia —dijo Marta.

—De nada.

Esa tarde, Hugo ensayó en casa con una seriedad sospechosa. Leyó la parte oficial sobre el amor al prójimo, el respeto y pedir perdón. Luego dobló las hojas.

—¿Ya?

—Sí.

—Has dicho que habías cambiado cosas.

—Las haré mañana.

—Hugo, no improvises una barbaridad delante de doscientas personas.

—No son doscientas.

—Eso no es lo importante.

—No voy a decir tacos.

—Me parece un listón demasiado bajo.

El niño puso las hojas en la mochila.

—Confía.

—Esa palabra en tu boca me da miedo.

Hugo salió del salón con una expresión demasiado satisfecha.

Álvaro llegó más tarde, ya fuera del horario del colegio. Traía cena y una expresión cansada.

—He ensayado a cuarenta niños —dijo al entrar—. Tres han olvidado sus frases, uno quiere cantar un rap que nadie ha aprobado y tu hijo cree que la censura es una violación de derechos humanos.

Marta cogió la bolsa.

—Bienvenido a casa.

Álvaro se quedó quieto un segundo.

Marta también.

—Lo he dicho sin pensar.

—Me ha gustado.

—No te emociones. Sigues teniendo un cajón.

—Y un cargador.

—Conquistas territoriales.

Cenaron con Hugo. El niño habló poco del festival y demasiado de una partida que quería descargar. A las diez estaba en la cama.

Marta y Álvaro se quedaron en la cocina.

—¿Te preocupa mañana? —preguntó él.

—Me preocupa siempre que Hugo tenga un micrófono.

—Razonable.

—¿Y a ti?

—Un poco. Tiene buen instinto para el humor y pésimo criterio para los límites.

Marta apoyó la cadera en la encimera.

—Se parece a alguien.

—¿A David?

—A mí, imbécil.

Álvaro sonrió.

—También.

Marta jugueteó con su mano.

—Estoy contenta.

—Yo también.

—Incluso con todo el lío.

—Incluso.

—Eso me da un poco de vértigo.

—A mí me da más vértigo que ya conozca la contraseña de tu wifi.

—La sabe desde el segundo mes.

—Entonces estamos perdidos.

Marta se rio y apoyó la frente en su pecho.

La víspera del festival terminó sin grandes declaraciones.

Recogieron la cocina, comprobaron que Hugo dormía y se quedaron un rato hablando en voz baja.

La relación tenía ya suficientes momentos importantes.

También necesitaba esos otros en los que dos personas cansadas compartían sofá, se reían de una tontería y se quedaban juntas porque allí estaban bien.