CAPÍTULO 18OPERACIÓN SALVACIÓN
OPERACIÓN SALVACIÓN
El problema de Hugo era que había descubierto dos cosas peligrosísimas en muy poco tiempo: los adultos podían arreglar discusiones y, según su propia interpretación de los hechos, él había contribuido de forma decisiva.
A partir de ahí, su confianza en sus capacidades diplomáticas se volvió insoportable.
La semana siguiente decidió que Marta y Álvaro necesitaban una cita y, en lugar de avisarles, llamó a Lola.
—Abuela, necesito que me recojas el viernes.
—¿Por qué?
—Porque mamá tiene un plan.
—¿Qué plan?
—No puedo decirlo.
—Entonces no voy.
Hugo suspiró.
—Tiene una cita con Álvaro.
—Ah. ¿Y por qué no me ha llamado ella?
—Porque es sorpresa.
Lola tardó cinco segundos en aceptar.
Luego llamó a Marta.
—¿Qué vas a ponerte el viernes?
—¿Para qué?
Silencio.
—Nada.
Marta cerró los ojos.
—Mamá, ¿qué ha hecho Hugo?
Tres llamadas después, el plan estaba desmontado.
Hugo recibió una bronca de diez minutos. Aguantó los primeros ocho con cara seria y en el noveno cometió el error de preguntar si podía sugerir restaurante.
Marta lo miró como si estuviera valorando la posibilidad de venderlo.
—No.
—Conozco uno de hamburguesas.
—Hugo.
—Solo aporto soluciones.
—El problema eres tú.
—Pues la solución puede seguir siendo una hamburguesa.
Marta tuvo que apartarse para que no le viera la risa.
—No puedes organizarme citas.
—Solo quería ayudar.
—No necesito ayuda.
—La última vez casi cortáis.
Marta abrió la boca y la volvió a cerrar.
—Eso no te da permiso para meterte.
Hugo apretó los labios, poco convencido.
—Entendido.
—Y no llames a la abuela para inventarte cosas.
—Lo de la abuela fue idea suya.
—Hugo.
—Está bien.
—Y deja de utilizar a Álvaro como si fuera una ficha del Monopoly.
—No sé qué es eso.
Marta lo miró como si acabara de confesar un crimen cultural.
—Eso me ha dolido.
El viernes, pese a todo, Marta y Álvaro salieron a cenar. Hugo no había organizado nada, aunque Marta tuvo que insistir en ese punto durante toda la tarde.
—Claro —dijo Hugo.
—Deja de poner esa cara.
—¿Qué cara?
—La de «mi plan ha funcionado».
—No estoy poniendo ninguna cara.
La estaba poniendo.
David llegó a recogerlo a las ocho. Hugo apareció con una mochila pequeña.
—¿Para qué llevas eso? —preguntó Marta.
—Voy a dormir con papá.
—Ya, pero llevas una camiseta, un mando de consola y tres bolsas de chuches.
—Lo necesario.
David asomó desde la puerta.
—¿Lista para tu cita organizada por nuestro hijo?
—No ha organizado nada.
—Claro.
—Tú tampoco pongas esa cara.
David levantó las manos.
—Yo no digo nada.
—Llevas diez años diciendo cosas con la cara.
Hugo intervino:
—A las diez y media os he reservado postre.
Marta giró la cabeza.
—¿Qué?
El niño empezó a reírse.
—Era broma.
—Fuera.
Cuando se cerró la puerta, Marta apoyó la espalda contra ella.
—Algún día lo echaré de menos —dijo en voz alta.
El móvil vibró.
**Álvaro:** Estoy abajo.
Marta sonrió.
La cena fue una de las primeras en mucho tiempo en la que hablaron de cosas que no tenían relación con el colegio, Hugo ni las consecuencias de estar juntos.
Álvaro le contó que de adolescente quería estudiar Historia.
Marta confesó que había abandonado clases de baile a los dieciséis porque una profesora le dijo que tenía poca coordinación y ella decidió demostrar su madurez no volviendo jamás.
—Qué respuesta tan equilibrada —dijo él.
—Tenía dieciséis años.
—Ahora harías lo mismo.
—Ahora escribiría una reseña negativa.
Álvaro se rio.
—Eso sí me lo creo.
Hablaron de viajes que no habían hecho, trabajos que habían odiado, relaciones anteriores sin convertirlas en inventario de exnovios y exnovias.
Marta descubrió que Álvaro había vivido seis meses en Salamanca durante una sustitución y que odiaba los hoteles porque nunca sabía dónde poner la ropa.
Él descubrió que ella podía comerse una bolsa entera de kikos durante una película sin darse cuenta.
—Eso no es un dato romántico —dijo Marta.
—A mí me ayuda a conocerte.
—Pues aprende que no comparto.
—Importante.
Después caminaron por el centro sin decidir adónde iban. Hacía una noche templada y Madrid estaba llena de terrazas, motos y gente que parecía no tener que levantar a ningún niño a las siete y media del día siguiente.
—Hugo cree que esta cita es obra suya —dijo Marta.
—Lo sé.
—No podemos darle esa satisfacción.
—Podemos decirle que ha salido fatal.
—Se ofrecerá a organizar otra.
—Cierto.
Se detuvieron delante de un escaparate de una tienda cerrada. Álvaro la abrazó por la cintura.
—¿Estás bien de verdad?
Marta asintió.
—Sí. Más tranquila.
—Bien.
—Y un poco avergonzada todavía por mi intento de pausa sentimental preventiva.
—Eso se te pasará.
—¿Cuándo?
—Cuando hagas otra cosa de la que avergonzarte.
—Qué apoyo tan bonito.
—Soy profesor. Trabajo por objetivos.
Marta lo besó riéndose.
Las semanas siguientes pasaron con una normalidad nueva. Los rumores del colegio se apagaron en cuanto dejaron de tener novedad. El padre que había preguntado por las notas no volvió a hablar con Álvaro. Hugo sacó un siete en Religión y acusó a su profesor de falta de objetividad.
La vida se llenó de pequeños acontecimientos que no parecían importantes hasta que Marta empezó a darse cuenta de que eran precisamente lo que estaba construyendo la relación.
Un martes, Álvaro llegó a casa con una bolsa de naranjas porque Marta había dicho de pasada que no le quedaban.
Otro día, ella encontró una sudadera suya en el respaldo de una silla y ya no pensó en si aquello significaba que estaba dejando cosas en casa. Simplemente la dobló y la guardó en el cajón donde había empezado a reservarle espacio.
Hugo descubrió el cajón una tarde.
—Tiene un cajón.
Marta estaba respondiendo un correo.
—Ya lo he visto.
—Entero.
—Sigue siendo un cajón, Hugo.
—Yo comparto uno para los pijamas.
—Tú tienes tres cajones y un armario.
—Pero ese es nuevo.
—Hugo.
—Solo digo que esto avanza.
Marta cerró el portátil.
—¿Te molesta?
Hugo pensó.
—No.
—Entonces deja el cajón en paz.
—¿Puede tener uno de calcetines?
—Vete.
—Era una pregunta logística.
La llegada del festival de final de curso ocupó el colegio entero.
Cada clase preparaba una intervención. A la de Hugo le tocaba una pequeña presentación sobre convivencia y respeto. Álvaro coordinaba parte del acto con otros profesores.
—Me toca hablar —anunció Hugo en casa.
Marta dejó de cortar tomate.
—¿A ti?
—Sí.
—¿Delante de todo el colegio?
—No de todo. De las familias y los de cuarto y quinto.
—Ah, bueno. Entonces solo serán doscientas personas.
—No me pongo nervioso.
—Ya.
—Tú sí.
—Yo tampoco.
—Te pusiste nerviosa hablando con Álvaro.
—Eso fue hace meses.
—Te caíste con una silla.
—No me caí. Tropecé.
—Casi te caes.
—Termina la ensalada.
Hugo llevaba un pequeño texto preparado. Marta pidió leerlo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque es mío.
—¿Lo ha revisado algún profesor?
—Sí.
—¿Álvaro?
—Sí.
Marta se relajó.
Error.
En el colegio, el ensayo general tuvo lugar el jueves por la tarde.
Álvaro escuchó a Hugo leer un texto correcto, breve y sorprendentemente prudente sobre respetar a los demás aunque pensaran distinto.
Le hizo cambiar una frase demasiado larga y le pidió que levantara la cabeza del papel de vez en cuando.
—¿Así? —preguntó Hugo, mirando al techo.
—A las personas.
—Ah.
—Y habla un poco más despacio.
—Mi madre dice que hablo demasiado.
—No se refiere a la velocidad.
—¿Crees que le gustará?
—Sí.
—¿Seguro?
—Seguro.
El niño dobló las hojas.
Álvaro lo miró.
—No vas a cambiar nada, ¿verdad?
—No.
—Hugo.
—¿Qué?
—Te conozco.
—No tanto.
—Bastante.
Hugo guardó el texto en la mochila con una cara demasiado inocente.
Álvaro señaló la mochila.
—El martes lees eso.
—Sí.
—Tal cual.
—Sí.
—Promételo.
Hugo hizo una pausa.
—No me gusta prometer cosas.
Álvaro cerró los ojos.
—Hugo.
—Voy a leerlo bien.
—Eso no es lo mismo.
—Es parecido.
Álvaro supo que debía revisar el texto otra vez antes del festival.
No llegó a hacerlo.
Aquella misma noche, ya en casa, Hugo empezó a modificarlo.
No demasiado: unas líneas, según su propio criterio.
Con la puerta cerrada y el bolígrafo azul que usaba para los exámenes, borró una frase sobre convivencia, escribió otra, la tachó y volvió a empezar.
Luego leyó el texto en voz baja y sonrió.
El jueves por la noche llamó a David.
—Papá.
—¿Qué pasa?
—El martes tienes que venir al festival.
—Ya iba a ir.
—Pero tienes que sentarte cerca de mamá.
—¿Por qué?
—Porque sí.
David reconoció inmediatamente el tono.
—¿Qué estás preparando?
—Nada.
—Hugo.
—Es una sorpresa.
—Eso no me tranquiliza.
—A la abuela le ha parecido bien.
—¿También se lo has contado a la abuela?
—Más o menos.
David se llevó una mano a la cara.
—Voy a arrepentirme de preguntar esto, pero ¿qué vas a hacer?
—Hablar del amor al prójimo.
—Claro.
—Es de Religión.
—Claro.
—Y de mamá.
David cerró los ojos.
—Hugo, no hagas nada que pueda hacer que tu madre quiera cambiarte de colegio.
—No va a querer.
—Eso no es una promesa suficiente.
Hugo tuvo que apartar el teléfono de la cara para que David no oyera la risa.
—Confía en mí.
—Esa frase me da muchísimo miedo.
El viernes anterior al festival, David pasó a recoger a Hugo y encontró a Álvaro ayudándolo con una cartulina en la mesa del salón.
—¿Qué hacéis? —preguntó.
—Una cosa del festival —dijo Hugo.
Álvaro levantó las manos.
—Yo solo sostengo.
—Porque corta torcido —añadió Hugo.
—He cortado una línea.
—Torcida.
David dejó las llaves en la entrada.
—Veo que la relación pedagógica funciona.
Marta apareció desde la cocina con cuatro vasos de agua.
—Lleva veinte minutos humillándolo.
—Estoy enseñando precisión —dijo Hugo.
David se acercó a la mesa y miró la cartulina.
—Está torcida.
Álvaro lo señaló.
—No necesito más enemigos.
Hugo pareció encantado con el caos que había provocado.